En El amor del revés Luisgé Martín narra la búsqueda de la verdadera identidad sexual, que comienza en la adolescencia y termina en la madurez. Martín, que es autor de novelas en las que ha introducido a veces elementos de su vida personal de manera más o menos disfrazada, se propuso en El amor del revés exponer públicamente la verdad de su vida sexual y afectiva y ponerla por escrito sin tapujos ni disimulo. La verdad del amor de Luisgé Martín es homosexual. No es el primero entre nosotros en contarlo, pero es, creo, el primer testimonio que afronta el reto de enunciar la «diferencia» desde la normalización que supuso la ley de matrimonio homosexual. Él mismo cierra su relato cuando se casa con Axier, es decir, desde la atalaya de la normalización, sin autocomplacencia, aunque seguro de que el camino, con sus dificultades y negaciones, ha merecido la pena.

Cada uno de estos libros presenta una variedad de contenidos y facturas formales, aunque comparten su carácter de autobiografías. Han hecho una bandera de la no invención, han renunciado a ella para hacer un relato veraz. No buscan mezclar lo vivido con lo inventado ni parecen narraciones reales, lo son. Salen de la necesidad de hacer balance sobre un asunto lo suficientemente serio, incluso trágico, que con dificultad admitiría un tratamiento ambiguo. Son temas con los que no se puede jugar ni frivolizar: la muerte de un ser querido, la enfermedad, el dolor físico y espiritual, el malestar consigo mismo o el desarraigo.

Cuando la contundencia de los hechos no se deja manipular, la escritura autobiográfica no es ni puede ser sólo un refugio ensimismado, sino la brújula que nos orienta en la busca de nuestra identidad y su relación con los otros, a descubrirla o afirmarla en relación con el sexo (Luisgé Martín), con el mundo (Argullol), con el desarraigo (Landero), con la enfermedad, la muerte y el duelo (Giralt) o con el conocimiento del propio cuerpo (Sanz). Aunque los cinco libros chocan con algunos de los imponderables más dolorosos, cada uno encierra una invitación a la vida.

Tal vez ninguno de los autores elegidos aceptaría de buen grado que se los considerase autobiógrafos. Pensarían, y con toda razón, que lo que han escrito no es ningún ejercicio rutinario, sino el reto de buscar su verdad a través de la escritura. En las últimas décadas la autobiografía ha cambiado de orientación, pues no aspira ni pretende ya contar la vida de una vez por todas, sino ir produciendo en sucesivos relatos el derrotero de la misma sin ponerle punto final. A esta práctica autobiográfica Lejeune la ha denominado «autobiografía permanente». En pocas palabras, la autobiografía ha dejado de ser un relato previsible y muchas veces adocenado para convertirse, guiado por la verdad, en un espacio de creatividad literaria.

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