El gusto
«El gusto también es un gesto social, un recurso aprendido».
[El interior. Malpaso, 2006]
Una de sus tantas definiciones de la crónica: mezcla de mirada y de escritura. Hablemos de la escritura. Del gusto por el estilo. ¿Se atreve a improvisar una definición del estilo martincaparrós?
Ha cambiado con el tiempo. Cuando releo algunos textos míos de hace treinta años me dan como ternura por aquel chico que quería mostrar todo lo que sabía y todo lo que podía. ¿Para qué tanta pirueta? Desde entonces fui escribiendo más austero.

¿Y ahora?
Ahora tengo una idea: cada palabra ha de ganarse su lugar sin ninguna duda. Las miro todas con desconfianza; las someto a examen. Por eso el mejor estilo es aquel en el que todo da la sensación de ser necesario. Como aquella boutade de Miguel Ángel: esculpir es sacarle al mármol todo lo que le sobra. Lo mismo con un texto: hay que quitarle todo lo que le sobra. Eso va complementado con un trabajo muy intenso sobre la música. Eso lo trabajo a fondo, y me asombra que sorprenda a amigos escritores cuando lo cuento.
Pues se nota mucho que tiene la musicalidad del verso incrustada en el oído. Que incluso cuenta las sílabas para que la frase suene bien. Y diría que hasta lee en voz alta sus textos.
Los recito, sí, en voz alta o en la mente. Tantas veces he cambiado palabras porque tienen una sílaba de más o una de menos. Me sorprende que eso no sea más central en la escritura. Para mí lo es.
¿Piensa a veces que escribe demasiado como Martín Caparrós?
Todo el tiempo, sí. De hecho, de vez en cuando me someto a purgas en la mejor tradición estalinista. Llevo unos años queriendo usar menos los dos puntos, pero no me convence ningún sustituto. Los sigo manteniendo por vergüenza, porque se parecen demasiado a mí mismo. Ahora me he acordado de una escena.
¿Cuál?
Tenía diecinueve años y comía en una fonda gallega con mi padre. Le mostré un textito mío contra el caballo manso, siendo el caballo manso el endecasílabo. Prometía no escribir más en endecasílabo. Y mentí: seguí escribiendo en endecasílabos mucho tiempo. Pero ya entonces tuve la sensación de que un estilo propio está para romperlo todo lo posible.
«Si me dan espacio suficiente y no me rompen las bolas«. Espacio e independencia. Parece su divisa.
Por esas dos cosas siempre me peleé. Y por esas dos cosas, y alguna más, me pasé mucho tiempo sin trabajar más de un año en el mismo lugar. Por la impaciencia y la intolerancia, que son mis dos «cualidades» principales.
Ambas parecen en peligro de extinción.
La transformación a lo digital cambió lo primero. Se acabó la vieja excusa del papel: que no cabía. Ahora se pone más en práctica el texto largo. Eso ya no va a ser un problema. Al menos, material.
¿Y las bolas? ¿La independencia?
Para que valga la pena, uno ha de poder hacer lo que cree que debe hacer. Para hacer un trabajo burocrático hay otros mucho mejor pagados y más cómodos que el periodismo. Si el periodismo se convierte en un trabajo burocrático en el que uno hace lo que le dicen que debe hacer, se está equivocando. Vete a un banco: ganas más plata, te dan más vinos a fin de año, tienes ventajas. Para que valga la pena ser periodista hay que pelear por esa independencia. Es lo que le da sentido.
¿Qué pensaría Rodolfo Walsh acerca de la prosa de aquel chico que con 16 años repartía cables en el diario Noticias?
Nunca me lo pregunté. Quiero creer que le gustaría. Porque Walsh era también un escritor complejo. En los textos por los que más se le conoce es más despojado. Pero también tiene cuentos de escritura compleja. Mira: me impresionaron unos papeles de Walsh aparecidos muchos años después de su muerte. Mostraba decepción consigo mismo por no haber escrito una novela. Él, que decía que la novela era un género burgués sobrepasado por la Historia, se fustigaba por no haber sido capaz de haber escrito una novela. Era un escritor bastante más complejo que lo que cierta reducción contemporánea ha hecho de él.
¿Qué piensa de Walsh?
Fue un escritor del carajo. He releído con miedo sus cuentos, también Operación Masacre. Y todo me volvió a gustar. Es una de las personas que más he lamentado que matasen los militares. Le quedaba mucho por escribir.
Para que valga la pena, uno ha de poder hacer lo que cree que debe hacer. Para hacer un trabajo burocrático hay otros mucho mejor pagados y más cómodos que el periodismo. Si el periodismo se convierte en un trabajo burocrático en el que uno hace lo que le dicen que debe hacer, se está equivocando
El principio es decisivo en sus crónicas, en sus libros. ¿Qué busca en un arranque? Porque intuyo que le obsesiona durante todo el proceso.
Me importan mucho los principios. Es el fragmento que será más leído y que definirá –desde un punto de vista tristemente publicitario– si ese texto se lee o no. Además, el principio define muchas cosas de un texto: un tema, un tono, un clima. Hay que elegirlo con sumo cuidado. Y efectivamente: pienso mucho en cuál va a ser ese primer párrafo. Cuando se me ocurre uno me tranquilizo. Cuando se me ocurren dos o tres, me calmo más.
¿Qué arranques propios y ajenos recuerda con más fuerza?
Como arranques míos pienso en dos. Uno es de una crónica de hace treinta años escrita en Lima: «No es bueno estar tan convencido de que te van a matar antes de media hora». También me viene a la mente –y hace tiempo que no pasaba– el principio de mi primera novela. Decía así: «pero ya entraste, dudando, sabés que no deberías». Me estaba hablando a mí mismo en segunda persona. Eso era para mí entrar en la literatura.
¿Y un arranque ajeno?
Es raro, pero el primero que se me cruza es el Facundo, de Sarmiento: «¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!». Es un llamado tremebundo desde ultratumba.
A ver si reconoce este arranque: «No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director».
(Silencio largo) La tengo, pero no. Qué es.
«La señorita Cora», de Cortázar.
¡Aaaaah, miiiraaa! Hace tanto que no lo leo. Buah, voy a leerla de nuevo.
En ese cuento descubrió, a los once años, que existía el estilo.
Era primero o segundo de bachiller, sí. Y allí vi que había algo que iba más allá de contar una historia. No ya solo un estilo, sino unas estructuras que opinaban sobre sí mismas. Fue una revelación: aquello era la literatura. La profesora se llamaba Adriana Canal Feijóo De Capurro Robles. Era un nombre ridículo. Nadie en Argentina tiene doble apellido. Y ella tenía dos veces doble apellido. ¡Un disparate!
Siéntese en el diván de su padre, porque le gustará saber que en ese relato, iniciático para usted, hay una palabra que se repite 104 veces.
¿Cuál?
«Decir».
¿Decir? ¡Ah, mira! (risas).
Y hay otra palabra que se repite 65 veces. Es «yo».
Uf (risas), ya.
Sería bonito imaginar que ahí está la simiente de su amor por el verbo decir y de su modo de usar el yo.
Ojalá. Y se non è vero, è ben trovato. Te lo agradezco. Voy a releer el cuento esta tarde, sin duda. Has conseguido que vuelva a Cortázar, algo que no hacía por el miedo a que no me guste después de haberme gustado mucho.
Le pido un par de frases sobre cada uno de estos nombres.
Gay Talese.
Lo he leído muy poco. Y las dos o tres veces que lo intenté, lo dejé.
El error es creer que la masividad es la condición. No: lamentablemente, escribimos para pocos. Mala suerte. Es así
Joseph Mitchell.
Hay algo ahí, otra cosa. Pero lo leí en castellano. Tengo pendiente volver a leerlo en inglés.
Jon Lee Anderson.
Es un amigo; nos peleamos de vez en cuando. Me parece serio y consecuente lo que hace. A veces le criticaría que se centra mucho en el poder.
Emmanuel Carrère.
No me gusta. Dos amigos escritores, que lo adoran, han intentado que me gustara. Pero no.
Leila Guerriero.
Le tengo un cariño de décadas. La conozco desde que tenía veinte años. Ha ido construyendo una personalidad y un estilo que la ponen donde ahora está.
Svetlana Alexiévich.
La leí poco. En Homo sovieticus me pareció que ya había leído todo eso y mejor en El imperio de Kapuscinski. La idea de que la transcripción sea tan absolutamente el texto me parece bien, pero prefiero leer a escritores.
Como amante del fútbol, ¿me haría un once de buenos cronistas de todos los tiempos?
Uf, improvisemos. En el arco estaría Herodoto. En el centro de la defensa pondría a Julio César y a Ibn Battuta. Y en las puntas, a Bernal Díaz y a Fernández de Oviedo. En el medio –vamos a pensar un poco– de cinco pondría a Stendhal, y para que se entiendan en francés, pondríamos a Albert Londres y a José Martí, aunque no sé si le van a dar una pelota. Y en la delantera estamos jodidos, pero venga: vamos con Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Walsh y John Hersey. Y en el banco ponemos a los vivos: Poniatowska, Leila, Juan Villoro, Joseph Zárate y Carlos Manuel Álvarez.
Le van a nombrar seleccionador del equipo Lacrónica.
¡No! Lo que pienso es que mucha gente me va a matar. Y quiero que conste que todo esto es un disparate. (risas)
Perfecto. Asumo toda responsabilidad.
Espera: Se nos olvidó Kapuscinski. ¿Lo ponemos donde Stendhal? No, estamos jodidos. ¿En el lugar de Hersey podría ser? Pero no. Estamos jodidos.
Si quiere lo ponemos de entrenador.
De entrenador? Madre mía. Bueno, era un polaco mentiroso. Venga, vale: de entrenador.
Le pido un breve comentario sobre cada uno de estas herramientas de su trabajo.
El adjetivo.
Como la cocaína: poco está muy bien; mucho te jode la vida.
El buen periodismo es literatura tanto como una mala novela no lo es. No hay diferencias
El verbo.
Indispensable. Como el pie que el andinista perdió: sin verbo no vas a ninguna parte.
La coma.
Necesarias cuando son necesarias, sin exagerar. Algunos las usan como purpurina.
El punto y coma, tan poco usado.
Se usa poco, pero vale la pena. Establece una separación no radical entre dos frases; como la relación de los viejos matrimonios.
Los dos puntos.
Son una bendición y una carga. Me gustan: son como una puerta que se abre.
Los tres puntos: muerte súbita para usted.
Puaj…
Los guiones.
Otra cosa de la que quiero deshacerme. Son un modo de abarrocar un texto –una excusa para parecer que un texto no está abarrocado, cuando lo abarroca más.
¿Quiénes son los peores obstáculos de la crónica? ¿Los editores, los gerentes, el público, los cronistas vanidosos?
O todos los anteriores. Los más eficaces son esos editores que han inventado el-lector-que-no-lee y creen que publican para esa gente. Y con más eficacia aún, esos lectores que no leen cosas que valen la pena. Pero el error es creer que la masividad es la condición. No: lamentablemente, escribimos para pocos. Mala suerte. Es así.
¿Cambiaría el enorme prestigio que tiene como cronista por uno igual de grande como novelista?
No sé cuánto prestigio tengo, pero yo me considero un escritor. Ni cronista ni novelista. A veces escribo ficción, otras veces no ficción. Y no creo que mis ficciones sean notoriamente peores que mis no ficciones. Por alguna razón, las no ficciones se han difundido mucho más.
No le preguntaré acerca de la diferencia entre periodismo y literatura. Ni siquiera qué herramientas de una le valen para el otro. ¿Le quito un peso?
No necesariamente, porque lo diré pese a que no me lo preguntes: el buen periodismo es literatura tanto como una mala novela no lo es. No hay diferencias.
El tacto
–¿Así que todavía no conocés a Yohan? Ah, pero es maravilloso. Maravilloso. Tal vez, si me da un ataque de bondad, mañana te lo paso, y vas a ver.
[«El sí de los niños». Clarín, 1997. Recogido en Lacrónica, Círculo de Tiza, 2015]
Aquellos pobres chicos de Sri Lanka, ¿qué simbolizan para usted?
El asco. Eso me sugieren: asco. El asco que me di a mí mismo al darme cuenta de que aquellos chicos a los que fotografiaba estaban posando desnudos y haciendo poses eróticas para mí. Al tiempo que sentía alivio por conseguir las fotos para el reportaje que estaba haciendo, sentí asco de mí mismo dentro de una situación de enorme asco. Aquel viaje podría no haberlo hecho por muchos motivos. No lo tenía previsto, dudé hasta el último momento, casi no entro en el avión porque no tenía visado y llevaba el pasaporte español muy vencido. De muchas maneras podría no haber ido a aquel lugar. Pero fui. Y esa historia continúa persiguiéndome desde hace veinticinco años.

¿Por qué?
Tuve la sensación de haber conocido unos límites de la bajeza que ni había imaginado. Sobre todo, en un momento: una señora me ofreció a su hijo para que yo le diera algo de dinero. Estaba por venir la Navidad, necesitaban plata y me ofrecía a su niño de ocho o nueve años para que yo me fuera con él. Es algo que yo no imaginaba que pudiera suceder. Que una madre me dijera: vete a follarte a mi hijo. Me sigue impresionando haber descubierto esa extensión de la bajeza. También me impresionó que un cura intentaba convencer a las familias de que no hicieran aquello con sus hijos con un argumento: que aquello era un mal negocio, porque sacaban plata tres o cuatro años, pero luego los chicos quedaban tan arruinados que se drogaban y acababan inútiles para trabajar. El cura había abandonado la postura moral –con perdón– y se aclamaba a la lógica económica. Eso me impresionó también.
El interior me parece un intento extraordinario por desbucolizar lo rural. De quitarle capas de folklore y tópicos a la cebolla de la realidad, siempre más compleja. ¿Qué le aportó ese libro?
Extendió mi campo de pertenencia. Quise entender cómo era todo aquel espacio al que yo teóricamente pertenecía pero que en la práctica nunca había integrado. También me dio el placer de estar solo y sin planes. En el coche, cada vez un poco más sucio y descuidado, por aquellas provincias argentinas. Ese libro me satisfizo: encontré formas de contar que antes no había encontrado. Viajé, descubrí y me bajé del caballo manso del estilo ya conocido. Encontré nuevos caballos. Y sigo escribiendo con algunas de las maneras que hallé en El interior.
El hambre es un intento por quitarle lágrima y miserabilidad a la miseria.
Es que cada vez me irrita más la posición de la víctima. De todo aquel que se conmisera de sí mismo. Que se siente tan lesionado por el mundo y con tanto derecho a quejarse que acaba en un llanto melancólico que no lleva a nada. Mucha gente lo encuentra satisfactorio: «somos los que sabemos llorar con ellos». ¡Bah!
¿Eso es inmovilista?
Sí, y autoindulgente.
Dice que la crónica será marginal o no será.
Siempre será marginal. Que te pongan una medallita no implica que deje de ser marginal. En todo caso es una medallita al buen marginal. Y no solo marginal en relación al lugar que ocupa o a los temas que trata. También a marginarse de sí misma: a buscar formas nuevas, a no conformarse, a no pensarse como método cristalizado.
«Si es por buscar, mejor que busques lo que nunca perdiste». ¿Qué no ha perdido y quiere buscar ahora?
El entusiasmo. Nunca lo he perdido, y me da un poco de miedo perderlo. Ya soy un señor mayor, debería quedarme aquí, sentadito, recordando tonterías sobre lo que hice. El entusiasmo. Me da miedo perderlo. Y espero seguir encontrándolo.