VI

En la obra de Alejandro Rossi conviven distintos géneros y prácticas literarias. Casi podría decirse que ilustran un museo de la retórica literaria o de las formas y procedimientos de la enunciación. De un lado, el ensayo filosófico más severo y riguroso, en el otro extremo el diario, la fantasía, la parábola; de un lado un lenguaje universal y del otro una suerte de práctica y mímesis de la oralidad campante a lo largo y a lo ancho de Hispanoamérica, como es el caso de los cuentos de La fábula de las regiones: «El cielo de Sotero», «La estatua de Camargo», «Sedosa, la niña», «El brillo de Orión», «La lluvia de enero» y «Luces del puerto». Rossi no sólo vivió entre Europa y América, entre Venezuela, Argentina y México, literariamente se asoma en sus narraciones a otros rumbos lingüísticos del continente. Uno de los modelos literarios de Rossi en este último sentido es el de Valle Inclán y en particular de la novela Tirano Banderas (1926). Entre esta última novela y la prosodia desplegada en los diversos cuentos de La fábula de las regiones se da una afinidad radical que a su vez refleja la diversidad de las prácticas lingüísticas que se verifican tanto dentro de España como entre España y los distintos países de América Latina. El abismo de la traducción se abre a cada paso en su obra.

 

VII

Después de haber pasado unos breves meses en California en 1951, donde encuentra a Vicente Gaos, el poeta y hermano del filósofo José Gaos. Rossi llega a México a los diecinueve años. Se había formado en Argentina donde hizo su bachillerato. Quiere estudiar filosofía. Se encuentra con Luis Villoro, Fernando Salmerón, Emilio Uranga y el mencionado maestro José Gaos. Con éste, realiza una tesis de maestría sobre la lógica de Hegel. Merece una mención Cum laude. Le atrae la filosofía y gracias a su maestro José Gaos se encamina a Alemania donde se encontrará al filósofo Martín Heidegger, al igual que lo habían hecho antes Luis Villoro y Emilio Uranga.[11] Al regresar de Europa participa en un seminario organizado por su maestro José Gaos, con Luis Villoro, Ricardo Guerra, Vera Yamuni y Emilio Uranga, autor de Andanzas de mocedades. Rossi la leyó y dijo de ella que si Uranga «había ingresado a la filosofía “de una hermosa mujer”, cursilería por cursilería, él, por su parte, había sido introducido por un acedo y mal oliente jesuita».[12] Tanto Uranga como Rossi habían «vuelto de Europa, decepcionados de la filosofía alemana, y había que llenar el vacío con otra “moda”, con otra “vigencia”».[13] Rossi acuñó la frase que cita el autor de Astucias literarias: «después de todo, Uranga, para algo nos sirvió aprender alemán, para poder leer a Ludwig Wittgenstein».[14] Uranga escribió «Tensiones Rossinianas», uno de los textos más penetrantes dedicados a Manual del distraído, publicado en El tablero de enfrente. Segunda serie, México, 1981. Ahí alcanza uno de los temas profundos de Alejandro Rossi. En ese texto Uranga concentra muchos nombres en torno al comentario del Manual del distraído, uno de los temas profundos de Rossi es alcanzado en este texto de su antiguo y repudiado amigo Emilio Uranga: «el sujeto se mueve y actúa obedeciendo a su lógica. Hay que aceptar la confusión».[15] Uno de los textos más inquietantes de Manual del distraído se titula justamente «Sin sujeto» y se refiere a la imposibilidad de encontrarlo: «pero nada de esto exime de culpa a esos libros plomizos, herederos de una falsa tradición, al saber, la búsqueda del sujeto». Esta inquietante indagación lleva a Rossi muy lejos: «La acción humana es una ilusión. ¿Qué importancia tiene saber quién hizo algo? ¿Por qué empeñarse con tanta saña en identificar al sujeto de una acción? ¿Qué más nos da si fue el primo o el robusto san Bernardo el padre de la criatura? Una curiosidad de policías y abogados alimentada por una literatura a la vez ávida e ingenua. ¡Esa ridícula obligación de precisar quién abrió la puerta, quién tocó el timbre, quién envió la carta, quién se lavó los dientes, quién se durmió en esa cama, quién mantiene a la viuda, quién estrangulo a la gata!». [16]

 

VIII

A fines de 1982, se publicó Los existencialistas mexicanos de Oswaldo Díaz Ruanova, un periodista contemporáneo del grupo Hiperión. Recuerdo que le mostré el libro a Alejandro. «Es un libro chismoso». Tenía razón. Ahí aparecen José Ortega y Gasset, José Gaos, Luis Villoro, Emilio Uranga, Jorge Portilla e, inevitablemente…

Alejandro Rossi gozó de la privanza de Gaos y justificó el seminario de Hegel con su brillante examen. Entre los sinodales que lo examinaron, recordamos a Francisco Larroyo y a Eli de Gortari. Tan acertado estuvo Rossi en sus respuestas, que Larroyo calificó la prueba de «verdadera fiesta de la inteligencia». El joven Rossi fue aprobado «summa cum gloria», y Edmundo Valadés le dedicó una minuciosa crónica. El emocionado Gaos comparó a Rossi con un hondero antiguo, un pequeño Davis que ganó su batalla ante Hegel, gigantesco Goliat. Gaos agregó aún que no recordaba otro examen tan brillante ni tesis sobre Hegel tan claramente escrita. Nunca estuvo tan contento, como en el homenaje a Rossi en el «Ambassadeurs». Marchó Alejandro a Friburgo y a su regreso dijo que Heidegger no sólo era un filósofo extraordinario, sino también un extraordinario profesor… Años después visité a Rossi en Oxford, en el Magdalen College, que allá pronuncian «modlén», como en los tiempos en que los primeros maestros llegaron de París. En el cuarto piso de Humanidades de Ciudad Universitaria, formó Rossi generaciones de alumnos en las filosofías sobre el lenguaje. Todos creyeron en la capacidad de Rossi, como no fuera el venerado Mario de la Cueva, que el otoño de 1965, en París, en el desaparecido hotel «Iená» ante Uranga, Muñoz Ledo y otros mexicanos, profetizó que Rossi no escribiría un tratado filosófico.[17] Y, en 1978, seducido por Borges, dio a la estampa su Manual del distraído, ensayos y relatos que declararon su gusto por el juego, la moral, la amistad y la literatura.

 

IX

Alejandro Rossi amaba los deportes, los juegos, las competencias. De niño y adolescente nadaba y montaba a caballo, era un admirador del corredor de autos y motocicletas «Tazio Nuvolari, el del cráneo de platino», como le decía su hermano mayor. Fueron célebres los partidos de pimpón que jugó con Juan José Arreola, y me consta que le apasionaba el fútbol, aunque creo que no le interesaba mucho ni el boxeo ni el ajedrez. Le fascinaba el juego de la política y gozaba la cercanía con algunos amigos politólogos, que a su vez eran amigos de políticos, como lo fue Fernando Pérez Correa. Además de su vocación filosófica y literaria, Rossi era un universitario capaz de acompañar al rector Juan Ramón de la Fuente a dialogar con los huelguistas en el paro que tuvo en vilo a la UNAM entre 1999 y 2000, y produjo la caída del rector Barnés. A Rossi le gustaba estar en ciertos espacios como el FCE y el Instituto de Investigaciones Filosóficas. Llegó a ser Director de la Imprenta Universitaria, cargo que ocupó durante un breve periodo. En esas esferas se hacía palpable el entusiasmo que le causaba estar en el mundo del mando.

A Rossi le fascinaba conversar y dar rienda suelta a la imaginación en diálogos de viva voz, o incluso telefónicos. Podía estar horas hablando al teléfono, por ejemplo, con Octavio Paz y con muchos otros. Sus oídos conocieron la fiebre producida por las interminables conversaciones telefónicas.

 

X

Para Alejandro Rossi la amistad y la conversación que la sostiene y la acompaña no eran casuales. Sus amigos fueron, como en el caso de José Gaos, sus maestros; sus compañeros de navegación, como en los casos de Luis Villoro, Jorge Portilla y Emilio Uranga o en los de José Bianco, Octavio Paz, Rafael Segovia, Jaime García Terrés, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid o Juan García Ponce. También tuvo otros amigos más jóvenes como Enrique Krauze, Juan Villoro, Guillermo Sheridan, Christopher Domínguez, Fabio Morábito o Fabien Bradú. De todo ese universo de amistades, subsisten algunos rastros escritos, susceptibles de documentarse. Están, por ejemplo, el texto de Rossi «Una imagen de José Gaos», incluido en Manual del distraído, o los textos reunidos con el título Filosofía y vocación. Seminario de filosofía moderna de José Gaos, editado por Aurelia Valero en 2012, en el cual se cruzan los trabajos y comentarios de Gaos, Villoro, Uranga, Ricardo Guerra y Rossi en torno al tema axial de la vocación. Dentro de ese horizonte estarían también las tres cartas que Rossi le dirigió a su amigo Emilio Uranga desde Alemania entre 1954 y 1956 (como se desprende del epistolario de éste; se deprende también de ahí que los amigos no se tuteaban, se hablaban y escribían de usted) y el texto que improvisó Alejandro Rossi en el acto para recordar a Emilio Uranga después de su fallecimiento, titulado «Emilio Uranga, un demonio no convencional».[18] Ese demonio es el de la conversación y del desprendimiento que exige la estima intelectual. No se encuentra recogido en las Obras completas de Rossi, de 2005. Quizá porque dichas palabras no fueron sancionadas por el autor que, aunque era muy crítico de la función del «sujeto» en el discurso, hasta el punto de escribir un texto titulado «Sin sujeto», era también muy celoso de lo que se imprimía y encuadernaba con su nombre. Me permito entresacar de ese texto de Rossi sobre Uranga algunos tramos:

Yo sugeriría, por ejemplo, que se hiciera un tomo de correspondencia de Uranga. A él le gustaban mucho estos géneros dieciochescos, un poco ficticios: se escribía cartas a sí mismo; nos escribía cartas cuando vivíamos a dos cuadras; escribía cartas a un amigo en Francia, cuando estaba al otro lado del pasillo; en fin, a él le gustaban todas estas cosas, estos géneros literarios que él se inventaba. Por eso, creo que un tomo de cartas en verdad sería interesante. Yo conservo algunas de su periodo de Alemania y son francamente impresionantes. Son cartas de los años —si no me acuerdo mal— 53 y 54, en que Uranga ya en una cierta soledad escribió unas cartas kilométricas que yo recibía y contestaba a medias. Hoy vuelvo a encontrar, en estos libros, algunas de las ideas incluidas en aquella correspondencia. Por ejemplo, una que me viene a la memoria: decía Uranga que no tuviéramos miedo nosotros dos de ser muy pedantes en las cartas, decía que entre nosotros la naturalidad era la pedantería y que justamente lo artificial habría sido tener una correspondencia mesurada, muy simplona, etcétera, etcétera […].

Hay una especie de característica que es quizá la que más me emociona en los tres libros de Uranga. Es, por cursi que parezca, por anormal que parezca decirlo: el amor a las ideas. Uranga era sencillo, pero en realidad es muy raro. Se dice que Uranga tuvo otros intereses, pero ésos son puros cuentos chinos. Ciertamente Uranga sobrevivió después de algunas maneras, unas mejores y otras peores; pero lo que siempre lo apasionó fueron las ideas. A Uranga le gustaba la filosofía real y profundamente, y por eso me atreví a decir en alguna ocasión que su generación, filosóficamente hablando, era la inteligencia más natural. Esto se nota a través de formas literarias muy hechizas, muy artificiosas en algunos momentos. Pero hay siempre ese temple fuerte de pensador, de filósofo y de hombre buscador de ideas. Creo que nada le gustaba a él más que eso: conversar de filosofía, escribir de filosofía, leer filosofía; esto era su pasión auténtica.[19]

 

Al hablar de Uranga, Rossi no puede dejar de referirse a los textos que ha escrito sobre Gaos, maestro y amigo de ambos:

Emilio Uranga dice cosas muy agudas sobre la personalidad de Gaos y las dijo en vida. A quien lo lea ahora le parecerá quizá excesivamente cruel, duro. Porque sucede que la de Uranga no es una prosa monjil; es una prosa de un hombre polémico, un poco ácida, de un hombre enojado. Es la prosa un poco canalla a veces, en el buen sentido de la palabra, y él es un hombre con tendencias al epigrama, a la frase rotunda, y que goza mucho en la refutación de algo y en el desmontar una personalidad o un conjunto de ideas. En este sentido es un escritor muy interesante y yo diría que muy completo. Esta es una de las sorpresas que se llevará quien lea los libros ahora. Creo que tiene una vena innata de ensayista, porque es muy variado en sus apreciaciones, es un hombre de muchas lecturas, que sabe elegir las citas adecuadas, que se sabe adornar; en ese sentido funciona muy bien. Pero, con lo de Gaos a veces es sumamente duro. Yo recomendaría a quienes lo lean ahora que no se dejen llevar tanto por estas apariencias estilísticas, pues había una relación inmensamente amorosa entre Gaos y Uranga y todo esto es un homenaje, en definitiva, de Emilio Uranga a José Gaos.

Emilio dice por ejemplo que los textos que explicaba su maestro eran como cadáveres. Después hay alusiones interesantes, pero no explicaciones a fondo, de esto que todos notamos y que fue una tragedia para el propio Gaos y una fatiga para sus lectores: su estilo literario, el terrible castellano que escribía; una cosa realmente extraña, y yo diría que no he descubierto un español tan raro como el de Gaos. Uranga se hace esta pregunta, se burla mucho, hace muchas paráfrasis de esto y se interroga, como nos interrogamos todos, de dónde venía esta manera pedregosa de escribir, terrible de Gaos. Incluso propone algunas hipótesis. En el libro Astucias literarias hay una que me parece más certera —yo también la he pensado—: que Gaos venía de una tradición fenomenológica, digamos de segunda generación, donde el ideal —por llamarlo de algún modo— era describir con una perfección de hormiga, con una lupa, todos los diferentes detalles del asunto en cuestión. Entonces esto era lo que hacía que esta prosa se volviera prácticamente ininteligible, y que fuera una desgracia en Gaos. Pienso que si hubiera tenido, con las ideas que manejaba, una prosa más limpia, más ligera, otra habría sido su fortuna.[20]

 

XI

Hombre-levadura, Alejandro Rossi polinizaba su entorno, lo transformaba y hacía crecer. A su paso, el grupo cristalizaba y cobraba forma, hacía revista, se creaba un rico entrenós compuesto de amigos y lectores, provenientes de varios rumbos y disciplinas. Era un académico profesional y, a esa profesión, la sazonaban sus vocaciones paralelas de filósofo y de escritor, de pensador y filólogo, siempre comprometido con la historia, con el quehacer de lo histórico como agenda y perspectiva. Esta condición plural se refleja en la multiplicidad de hablas y saberes que conviven en su obra literaria y crítica. La levadura es lo que levanta, y Rossi no podía renunciar a ese ejercicio continuo del asombro, del despertar y del despertar dentro del despertar. La levadura está compuesta por microorganismos, por familias de hongos. Los escritores no nacen solos.

 

 

[1] Alejandro Rossi, «Robos», Obras reunidas, México, FCE, 2005, p. 56.

[2] «Relatos», Idem., p. 40.

[3] «Relatos», Idem., p. 40-48.

[4] Guillermo Furlong, Universidad Nacional de Córdoba, 1939, 423 páginas.

[5] Rossi, «Premio Xavier Villaurrutia», Letras Libres, núm. 100, 30 de abril de 2007.

[6] Rossi, Edén: vida imaginada, México, FCE, 2006, p. 247.

[7] Adolfo Castañón, «Primera conversación», Algunas tardes con Alejandro Rossi: conversaciones, ensayos y apuntes, México, El Colegio de México, 2010, p. 21-23.

[8] Rossi, «Cartas credenciales», Obra reunida, pp. 486-487.

[9] Vol. I y II, Librería y Editorial del Maestro, Caracas, 1946, facsímil de la 1ª ed., Hellet y Breen, Nueva York, 1869.

[10] Juan David García Bacca, Introducción literaria a la filosofía, Primera edición en Universidad Central de Venezuela: 1964, Primera edición en Anthropos Editorial, 2003, p. 10.

[11] Sobre la relación de José Gaos y Emilio Uranga véase Algo más sobre José Gaos, advertencia, edición y selección de Adolfo Castañón, México, El Colegio de México, 2018.

[12] Astucias Literarias, Gobierno del Estado de Guanajuato, Guanajuato, 1990, p. 182.

[13] Idem, p. 183.

[14] Idem, p. 184.

[15] Idem, p. 98.

[16] Rossi, Obra reunida, op. cit., pp. 252-253.

[17] Oswaldo Díaz Ruanova, Los existencialistas mexicanos, Editorial Rafael Giménez Siles, México, 1982, p. 232.

[18] Emilio Uranga, Años de Alemania (1952-1956), Bonilla Artigas, Instituto de Investigaciones Filosóficas, México, en prensa.

[19] Alejandro Rossi, «Emilio Uranga: un demonio no convencional» en El instante de Emilio Uranga, edición de Jorge Olmos Fuentes, Gobierno del Estado de Guanajuato, 1991, pp. 37-45.

[20] Idem.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]