POR JAVIER LOSTALÉ
Vicente Alexandre. Fuente: wikicommons.

Yo conozco un jardín donde es, callado, el amor. Muchas tardes empujé la verja que me introdujo en un ámbito donde todo era misteriosa propagación y, traspasado el umbral, vi al fondo un rostro cuyo hálito los años no borraran, que reflejase continuo un fuego y secreta vida comunicara; y unos ojos que sin tiempo ahondaban lo mirado, a pesar de ser mortales. Esos ojos eran los de Vicente Aleixandre que, recostado en un sofá testigo de tantas confidencias, brillaban con el pulso de gran parte de la poesía española del siglo XX en Velintonia bautizada. Las sombras de Lorca, Neruda,Miguel Hernández, Cernuda, Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego… y de multitud de poetas de las diversas generaciones, caldeaban ese habitáculo de la poesía donde la palabra del autor sevillano alentaba existencia, se tornaba conocimiento, en alguien se encendía solitaria y brotaba tan pura como la amistad: «No hay amigos literarios, sino amigos sin más calificativos», solía decir Aleixandre, y en su corazón extendido encontraban consuelo el que, tímido, comenzaba a escribir, el desengañado, el que temblando, buscaba correspondencia en otro ser. Jóvenes o viejos todos resonaban en él a través de la única edad: la del amor. El latido de su vivir depurado convertía cada respuesta a su interlocutor en algo esencial, iluminador de su existencia. Y en su diálogo, nunca tertulia, había una demora, una pausa impuesta por el significado de lo dicho que hilaba voz, mirada y gesto hasta el punto de alumbrar la desnuda condición humana. Ningún tema se escapaba a su nombrar dignificado: desde la publicación de un libro hasta la inauguración de un club eran materia viva surcada por la sangre de unos sonidos. Y se repetía siempre el respeto emocionado al que en silencio escuchaba, que veía así reconocido el latido último presente en la comunicación humana. «No hay amigos literarios, sino amigos sin más calificativos», insistía el Premio Nobel. Y ¡cómo los enaltecía! ¡A cuántos conocimos desde la altitud de su nombrar! Cualidad del poeta que no era sino la confirmación de la solidaridad que respira toda su obra, de ese fluido amoroso que irriga su poesía: principio de un mundo en el que una única y sucesiva criatura resplandece con la luz de lo habitado.

Velintonia tras décadas de abandono, de paredes desnudas en las que siempre se dibujaron los claroscuros promovidos por el pincel del viento alojado en el enorme cedro que preside el jardín; por fin a finales del año próximo, celebración del centenario de la Generación del 27, se convertirá en una casa museo que albergará los tres mil volúmenes de la biblioteca de Vicente Aleixandre, en la que figuran primeras ediciones de sus compañeros de generación y de grandes autores del otro lado de Atlántico; los libros del propio autor, así como las ediciones críticas; y la correspondencia epistolar importantísima para conocer desde el poso más humano y literario a multitud de creadores del siglo XX. En total mil quinientos documentos, a los que podemos sumar una carpeta con su obra manuscrita a partir de 1932, diversos objetos personales y cincuenta poemas inéditos.

Antes de que dentro de algo más de un año eso suceda, deseo, acompañado por los Sonetos del amor oscuro de Lorca, leídos en este espacio por primera vez; por el sonido de su piano y de multitud de voces nunca apagadas, abrir la puerta e invitaros a entrar en un recinto donde vida, poesía y amor tenían la misma respiración, la misma comunión con lo absoluto. Vida que para Aleixandre estaba siempre por encima de la poesía, y Amor con mayúscula pues «en su solio alcanza su más radiante estadio en el combate entre instantaneidad y eternidad que luchan abrazadamente en el corazón del hombre», según pronunció en 1949 durante su discurso de ingreso en la Real Academia Española. «Si algo sé en la vida -le dice a su más fiel confidente José Luis Cano- es del amor. Al borde mismo de mi tumba palpitará la última onda de amor de mi corazón».

Según Antonio Colinas «su humanismo afecta a muchas fibras del ser, pero es, sobre todo, el que se manifiesta, con extremada plenitud, a través del tema amoroso». Digámoslo de una vez: Aleixandre es el gran poeta del Amor. Y hablar de su casa es sin límite conjugarlo. Junto a otra palabra íntimamente ligada y y apuntada: solidaridad, a la que se refirió en su discurso de recepción del Premio Nobel del que en 2027 se cumplirá medio siglo. Solidaridad porque en su obra tiene siempre presente al lector, con el que dialoga y del que escucha en silencio su respuesta. «Nuestro ser solo alcanza su verdadera individualidad junto a los demás, frente al prójimo», afirma Aleixandre. Discurso en el que también refleja su vocación comunicativa: «Quisiera hacerse oír desde cada pecho humano, puesto que, de alguna manera, su voz es la voz de la colectividad, a la que el poeta presta, por un instante, su boca arrebatada».

Llegados a este punto escuchemos las palpitaciones de ese gran corazón extendido que es Vicente Aleixandre. Escuchémoslas pensando en esos dos escenarios de su creación: uno, su dormitorio en Velintonia, en concreto su cama, donde la noche acompañó estelar el movimiento de su pluma sobre el papel contenedor del universo; y el otro la terraza de su residencia de verano en Miraflores de la Sierra, donde escribía envuelto en una claridad, en una transparencia, muy semejante a la Málaga de su infancia. Ambas casas, de un modo muy especial Velintonia, fueron también el termómetro no solo de un tiempo literario, sino también histórico.Velintonia sufrió las bombas de la Guerra Civil y supo también durante la posguerra de la soledad de un ser humano que, debido a su enfermedad, no pudo exiliarse como muchos de sus compañeros. Soledad vivida con una dignidad y un afán de libertad ejemplares.

Velintonia, al poco tiempo de que la familia de Aleixandre decidiera vivir en esta casa sita en el distrito madrileño de Chamberí, fue el lugar donde se produjo el bautizo del primer libro del poeta, Ámbito. Otro momento especialmente emocionante se produjo cuando, con motivo de la publicación de La destrucción o el amor, recibió una carta de Miguel Hernández en la que este le pedía un ejemplar porque no disponía de dinero para comprarlo. La carta terminaba con unas palabras en las que el remitente se despedía como el «pastor poeta». Más tarde, durante la Guerra Civil, cuando la casa fue bombardeada y saqueada, el poeta de Orihuela le ayudó a salvar los libros que pudo, entre ellos el ejemplar del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías dedicado por Lorca, que mostraba la huella impresa de las botas de uno de los soldados, libros todos transportados en una carretilla en la que también fue trasladado el propio autor sevillano.

Antes de la contienda, Vicente, que fue presentado por Rafael Alberti a Lorca con motivo del estreno de Mariana Pineda el 12 de octubre de 1927 en el teatro Fontalba de Madrid, ya asistió, con el propio Lorca, Dámaso Alonso, el citado Alberti, Cernuda, Dalí o Buñuel, a ese epicentro del 27 que entonces fue la Residencia de Estudiantes, y digo esto porque, tras clausurarse en 1936 esta institución, a partir de 1940, en cierto modo, como muy bien piensa el poeta Pedro López Lara, Velintonia pasó a ser su heredera: refugio y abrigo de esa época, el hogar donde encontraron cobijo tantos exiliados exteriores e interiores y donde se fue cristalizando la historia de la mejor poesía española del siglo XX.

El Premio Nobel, que desde el primer momento decidió quedarse en España para, como dijo, seguir la suerte de su pueblo, hizo de su Casa (de nuevo con mayúscula) el lazo de unión de las diversas generaciones, el pulso de la España peregrina.

En la Velintonia el poeta vivirá los siete últimos años de su vida afectado por un herpes que le impidió leer y escribir. La concesión del Premio Nobel, cuya gloria compartió íntimamente con todos los miembros de su generación, alteró su vida y le condenó al mayor castigo: el tener que soñar los poemas, sin poder rescatarlos al despertar. Castigo que duró hasta un trece de diciembre de 1984. Sus últimas palabras antes de perder el conocimiento fueron para su gran amigo Carlos Bousoño. Apretó su mano y dijo: «Carlos, la vida es un dolor».

Hoy he vuelto a Velintonia, acompañado por una luna que se mostraba como una mancha dolorosa que unos ojos inmóviles aplacaran, mientras los esqueletos amantes lucen un momento. Unos ojos, los de Aleixandre, que más allá de la vida una mirada piadosa enviaban al corazón del hombre.