POR CARLOS PARDO
Foto fundacional de la Generación del 27. De izquierda a derecha Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabas.

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A principios de los dos mil fui profesor de poesía en el medio rural andaluz. Un programa del Centro Andaluz de las Letras enviaba a un escritor a un pueblo, por ejemplo a Lanjarón, en la Alpujarra granadina, o a Moclín, entre Alcalá la Real y Granada, para que allí diera talleres o introducciones a la poesía española del siglo XX.

Aquellas eran unas nuevas misiones pedagógicas de sobremesa, no especialmente bien pagadas sino más bien ese tipo de trabajos de los que viven los poetas veinteañeros con currículum, ya reconocidos pero marginales.

Como no tenía coche esperaba un autobús comarcal que me llevaba al pueblo, con Radio Olé a un volumen inadecuado para preparar mis clases, y a veces debía esperar después de la clase hasta cuatro horas para tomar el autobús de vuelta. Me quedaba leyendo una antología de los poetas del 27 que me había prestado mi amigo el poeta Rafael Espejo, titulada Grupo del 25 porque incluía una nómina más amplia de vanguardistas españoles, aunque no a Lucía Sánchez Saornil. Me comía un bocadillo.

Como no vivía en Granada dormía en casa de Rafa, que organizaba aquellos pequeños bolos en la provincia. A veces dormía en casa del poeta Juan Carlos Abril. Y a veces me acompañaba el poeta Abraham Gragera. Ese dinero venía muy bien para poder vivir porque ni yo ni mis amigos teníamos otros ingresos.

Gran parte del éxito de mis clases radicaba en que yo era un muchacho chistoso. Las he llamado misiones pedagógicas de sobremesa, y es que daba las clases a la terrible hora de la siesta, dos horas seguidas de cuatro a seis de la tarde, así que concentraba toda mi inventiva y mi humor en el único fin de que mis alumnas no se durmieran, unas amables mujeres mayores del medio rural de entre setenta y cinco y cien años, que iban al centro cívico de Lanjarón o de Moclín a escuchar mi clase sobre la Generación del 27 mientras sus maridos (los que siguieran vivos) bebían en un bar del pueblo.

Y pronto quedó clara su preferencia por los poemas humorísticos. Por ejemplo, aquellos de Gerardo Diego de “Nocturno funambulesco”:

La luna en cuarto creciente
es como un huevo esplendente.
Todo el cielo se resiente
de su luz.

Los faroles en hilera
son estrellas de primera,
de segunda y de tercera
magnitud.

Yo había pensado que cuanto más solemnes fueran los poemas mejor iban a ser recibidos por mis alumnas (pues así es un poco el mundo de la poesía, trascendente y solemne), pero aquellas mujeres ancianas de medio rural, bastante echadas para adelante, resultaron ser las mejores compañeras de viaje de aquellos jóvenes poetas que éramos Rafael Espejo, Juan Carlos Abril y Abraham Gragera. Como a nosotros, les gustaban el ingenio y los juegos de palabras, les gustaba hablar y también burlarse entre ellas. Por supuesto comprendían la guerra, el peso de la memoria y a veces alguna se ponía sentimental. Entonces se hacía el silencio en la clase. Se respetaban sus lágrimas. Pero muy pronto la alumna mayor de la clase (centenaria que empezó a invitarme a comer a su casa empanadillas calcinadas, porque había perdido la vista y el olfato) interrumpía la escena con algún sarcasmo.

Entendían la tradición popular que aparece en Lorca (lo que es llevarse al río a una muchacha) y quizá la lírica era connatural a su habla. Pero, lejos de querer retratarlas como clichés de lo popular ingenuo, debo decir que mis alumnas tenían preferencia por Luis Cernuda, por el resentimiento de quien no ha recibido del mundo y de los poetas un trato acorde a su grandeza.

En este sentido, me ayudaba de la astrología. No quiero decir que la astrología fuera mi único recurso pedagógico, pero si uno quiere entender una generación literaria, que es una entidad ficticia formulada con hitos y supersticiones narrativas, debe recurrir a patrones y arquetipos inventados. Ahí entraba la astrología.

¿Quién, sino un Géminis, puede debatirse “entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal”? ¿Cómo no maravillarse del equilibrio dúctil entre clasicista y terrorista de la imagen de Gerardo Diego, Libra? Y, ¿quién más que un sagitario, en pleno proceso de soberbia desapegada, podría escribir aquello de “¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!”?

Por volver a mi querido Cernuda, muchos de sus versos más conocidos, como aquel del “aguachirle conyugal” o ese otro en el que remata “Y si un sarcasmo escuchas, súbito como piedra, / formas amargas del elogio ahí descifre tu orgullo”, muchos de sus versos más negruzcos, digo, se entienden mejor si los ubicamos en esos procesos negativos que viven los Virgo. Esto es evidente. Los Virgo a veces se encierran en su casa durante años para no aguantar tonterías de nadie, como hizo mi madre, y escriben “Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma”.

Cada uno de los poetas del 27 tenía un carácter, una cualidad afectiva y un ataque invencible. Pero, como los Caballeros del Zodíaco, a pesar de su súper poder individual debían su éxito al trabajo en equipo.

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Pertenezco a una de las generaciones de la poesía española que más ha padecido etiquetas y categorías idiotas. Alguien debería explicarlo con la debida distancia crítica. Pero creo, sin miedo a exagerar, que pocas generaciones de poetas recientes han padecido una torpeza igual: generación desolada, ruptura interior, los del fragmento, órficos.

Aquí operaba una tensión interesante. Los que comenzamos a publicar en los 90 y primeros 2000 fuimos quizá la primera generación postgeneracional y postnacional de España. Y quizá fuimos también, en gran parte, los primeros poetas españoles que evitaron agruparse en torno a una estética cerrada o a una antología. Nos queríamos ajenos al cliché patriótico y estudioso, cavábamos nuestra propia tumba universitaria. ¿Qué hacer, entonces, con la Generación del 27?

No me parece que haya influencia del 27 en Mariano Peyrou, Mercedes Cebrián o Julieta Valero. En cambio, creo que parte de la fascinación con la que leímos los primeros poemas de Abraham Gragera y Elena Medel tiene algo de 27. Me gusta pensar que versos como “esta tarde las rosas tenían el aspecto de saberse orejas” de Abraham Gragera estaban recorridos por el aire fresco de la Fábula de Equis y Zeda. Y cuando Elena Medel dedica un poema a sus pitufos en Mi primer Bikini, con los que entablaba un juego ambiguo, yo ahí leía el eco “aquellos ojos míos de 1910” y la sabiduría rítmica de Lorca.

Ahora que lo pienso, fuimos una generación marcada por los centenarios de la Generación del 27. Y cuando por fin tuvimos la posibilidad de ser invitados a dar una charla a un precio justo, la mala fortuna quiso que fuera el centenario de Manuel Altolaguirre. Así que el poeta Antonio Lucas decidió organizarle un centenario tardío a Vicente Aleixandre, su preferido (que cumpliría ciento siete años entonces), al que fuimos invitados.

A riesgo de aburrir quisiera detenerme en una etiqueta en particular, la “ruptura interior” de la poesía de la experiencia. Así se nos definió a quienes estudiábamos o vivíamos en Granada entonces, alumnos de los poetas de la experiencia. En el fondo éramos jóvenes universitarios que aprendían nuevos poetas cada hora, así que probablemente nuestro foco entonces estaba en poetas latinoamericanos como Carlos Martínez Rivas. Pero si tuviera que encontrarle alguna verdad a esa etiqueta tímida y traumática diría que leíamos la poesía de la experiencia filtrada por el ludismo, la imagen ambigua y el choque verbal del 27. Por eso admirábamos, sobre todo, al Luis García Montero neolorquiano y neoalbertiano (“era el frío / ese orgullo de plata que cruzaba la calle”, “el líquido leopardo de su sombra”) de Las flores del frío, un libro que dedica a Baudelaire.

En Granada vivía un gran poeta de edad intermedia (es decir, algo mayor que nosotros), Luis Muñoz. Había sido secretario de Alberti. Y nos enseñó al Juan Ramón Jiménez de la Segunda antolojía poética (ambos, Luis y Juan Ramón, eran Capricornio). En esa antolojía de 1922, como en sus dos libros del siguiente año, Poesía y Belleza, se abrían casi todas las posibilidades de los poetas del 27. Y cuando JRJ, en su antolojía, reescribe algún verso modernista (“sol enfermo del otoño / ¡mátame con tu tristeza!”) lo transforma en una imagen mental (“sol interno del otoño / pásame con tu tristeza”). Puro 27.

En este sentido, en otro poeta de mi edad, Juan Antonio Bernier (Escorpio), siempre he visto el magisterio de Juan Ramón Jiménez, una interesante manera de convertirse, a su manera, en un miembro del 27, tardío y hermosamente anacrónico: “oscuramente ardía / la llama anaranjada / de la refinería”. Y a partir de El fósforo astillado, Juan Andrés García Román (otro Escorpio) es un poeta que habrían admirado Diego y Lorca. Lo que me lleva a dos conclusiones: la herencia más viva del 27 se dio en Andalucía y el 27 estaba falto de Escorpios.

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En mi 27 incluiría al Gerardo Diego vanguardista. El del humor y la inteligencia vitalista de las imágenes. Pocos poetas me han dado más alegría al leerlos. Uno no puede deprimirse si lee a Gerardo Diego: “yo te daré un desierto y un oasis / a fin de perseguir tu fuga en chasis”. Y para mí fue una revelación descubrir en su biblioteca de Santander una edición de Las quejas de Jules Laforgue, mi ídolo, con sus poemas favoritos marcados.

Luis Cernuda. Fuente: buscabiografías.

Otro poeta importante para mí fue Jorge Guillén, ya desde mi primer libro, escrito con dieciocho años. La sintaxis que avanza a laminazos, siempre en presente, la durée bergsoniana. Ese tipo de arquitectura del poema fue para mí una influencia loquísima: que el poema fuera una cosa fenomenológica, un órgano de vivencia. Además, algunos títulos de mis libros han salido de ahí. Guillén es un publicista del instante, así que cada verso es un título: “Todo en el aire es pájaro”. De ahí salió Desvelo sin paisaje, el título de mi segundo libro, que estuvo a punto de titularse con otro verso suyo: Prisa por ser feliz. Guillén era Capricornio.

Y por supuesto está Cernuda. Yo leí pronto al Cernuda triunfante de la generación de los ochenta, que fue, asimismo, el reivindicado por los poetas del 50: Las nubes, Como quien espera el alba o Desolación de la Quimera. Enseguida me fascinó el Cernuda “irracional” de un Un río, un amor y Los placeres prohibidos, que escribe cosas como “estar cansado tiene plumas, / tiene plumas graciosas como un loro”. Y de una manera quizá más profunda, el de Invocaciones y Donde habite el olvido, que toca hondamente el tipo de formación que acabó marcando mi pensamiento poético, por decirlo de un modo grandilocuente: la herencia de un romanticismo alemán, algo sarcástico y depurado.

Evidentemente Cernuda es una inteligencia crítica enorme y yo leí sus ensayos y su Historial de un libro como una especie de mapa de paso a una tradición lírica y de pensamiento más amplia, menos francesa y más anglosajona. Pero me gustaría un pequeño apunte: incluso en sus libros más conversacionales (y este adjetivo es raro en un hombre tan proclive al hipérbato) siguen apareciendo algunas de las imágenes más fascinantes de la poesía en español del XX. Por ejemplo, en “Cementerio en la ciudad”, un poema de Las nubes escrito en su exilio inglés, Cernuda escribe que un tren que pasa “agita largos ecos como bronce iracundo”.

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Si algo aprendimos en mis clases de Moclín o Lanjarón mis alumnas y yo es que la Generación del 27 no podía estudiarse seriamente sino al precio de descomponer su paradoja, su propia existencia. Es un mito aprendido en la escuela, una liga de superhéroes. Un grupo de hombres que había dejado fuera a una Lucía Sánchez Saornil, que leí a mis alumnas:

A toda luz mis palabras-reflectores
proyectan en tus ojos
un film sentimental.

Un grupo que obviaba a sus compañeros de América, a Huidobro, Vallejo o Neruda. Un grupo contemporáneo de los Contemporáneos, de mi querido Salvador Novo, que leí a mis alumnas. Un grupo que dejó fuera al poeta de Jacinta, la pelirroja por viejo. Y a una enorme novelista, Rosa Chacel. ¡Y a María Zambrano! Una categoría encantadora y dudosa, chispeante, que parecía revivir en cada sobremesa, cuando aquellas mujeres de Lanjarón o de Moclín venían a ver conmigo la novela de la generación del 27.