Sin embargo, a pesar de los argumentos ab contrario que dan los textos de estos amigos de don Ramón para que le desliguemos de posiciones políticas de izquierdas, hay que aceptar que posteriormente nacería la leyenda de un Valle-Inclán simpatizante del socialismo, incluso militante comunista. La leyenda era por supuesto una exageración o una visión deformada o ignorante, pues alguien, como Victoriano García Martí, un amigo gallego de toda la vida, que le conocía bien y le seguía tratando en esta segunda etapa en Madrid, tenía una visión más matizada, y acertaba al ver la coherencia de la persona y su pensamiento político: «Expresión de espíritu y nobleza, mirada el rostro de empaque hidalgo y desdén señorial», apostilla en sus memorias.
Por tanto, su acercamiento a republicanos y socialistas se debió más a razones de amistad o de oportunidad porque con ellos, en lo político, compartía sólo el deseo de que cayese Alfonso XIII, al que desde su óptica carlista seguía considerando un monarca ilegítimo, entregado a los intereses de los liberales. En cambio, en 1931, después de algunos tanteos con otros partidos que no le propusieron para ir en sus listas al Congreso como diputado, puesto político al que venía aspirando sin éxito desde 1910, dudoso e intrigante a partes iguales, terminó en las listas del partido de Alejandro Lerroux, sin obtener el acta y dando lugar a una bochornosa polémica con el diputado que obtuvo el acta de manera legítima.
Su apoyo a la república fue circunstancial, y posteriormente mediatizado por su complicada situación familiar y económica. Separado de su mujer desde 1931 y con cuatro hijos pequeños que cuidar, quebrada la empresa editorial de la ciap que le había reportado excelentes ingresos de 1928 a 1931, vivió unos meses de dificultades a raíz de la separación legal –que no divorcio, como se ha dicho tantas veces–, que sus amigos republicanos y socialistas trataron de remediar con cargos oficiales. Sin embargo, a pesar de ser distinguido por los gobiernos de turno con varios nombramientos, pronto se desencantó de las ilusiones y esperanzas concebidas en el advenimiento de la República. Estos cargos iban acompañados de importantes honorarios, en realidad eran «momios», pero él se los tomó en serio y quiso desempeñarlos, cuando en realidad se los concedieron sin exigirle otra cosa que discreción.
CRONISTA ESCÉPTICO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
En el fondo Valle-Inclán desconfiaba de cualquier solución política democrática para arreglar los problemas de la conflictiva sociedad española de la época. Fue –como los grandes escritores de su generación– un gran individualista y no atisbó otros remedios para los males patrios que soluciones personalistas. Solamente contemplaba viables soluciones autoritarias y providencialistas, que identificaba indistintamente, como ya se ha dicho y según el momento, con personalidades de carácter fuerte como Lenin, Mussolini, el pretendiente Carlos VII, Lerroux o los presidentes mexicanos Porfirio Díaz y Álvaro Obregón.
Con estos diferentes e incompatibles elementos políticos, que constituían un potaje ciertamente espeso y de difícil digestión, don Ramón no tenía por menos que concebir un cuadro humano y social de fuerte escepticismo, negativo y desesperanzado. En su ideario tremendista el hombre se regía por una suerte de fatalismo determinista, que le conducía funestamente a una muerte dramática y absurda, que encontramos siempre en los desenlaces de la mayoría de sus obras. Por eso no esperaba ni creía posible la redención del hombre, a pesar de reconocerse profundamente cristiano (véase, por ejemplo, el ambiguo desenlace de Divinas palabras, que tal vez sea su drama más salvaje y logrado, en el que el perdón compasivo, la superstición y el miedo dibujan un final sin esperanza). En fin, tenía la percepción de que España arrastraba una crisis desde el siglo xix, prolongada hasta el primer tercio del xx, para la que no vislumbraba una salida satisfactoria.
En este sentido Valle-Inclán fue un cronista cruel, implacable y atinado del proceso de descomposición de España, iniciada a su juicio con el triunfo del liberalismo burgués que llevó al trono a Isabel II, y que haría crisis final con el colapso del régimen nacido en la Restauración canovista en la dictadura de Primo de Rivera. Ese largo proceso de casi cien años lo plasmó literariamente en tres momentos históricos.
En primer lugar, en la segunda guerra carlista, y en el consiguiente triunfo del liberalismo y la desaparición de los restos del Antiguo Régimen, que Valle-Inclán relata de manera ambivalente en La guerra carlista y las Comedias Bárbaras. Unas veces presenta este proceso histórico de modo nostálgico e idealizado; y otras, muestra, desencantado, la desintegración de una sociedad fanatizada que hace apología de la violencia y en la que los hijos se encargan de destruir la casa levantada por el padre. Después puso el foco literario en el caos grotesco de la corte isabelina, que queda primorosamente descrita en Farsa y licencia de la reina castiza y en las novelas de El ruedo ibérico. Y por último mostró de manera esperpéntica el inicio del final del régimen de la Restauración en obras como Luces de Bohemia y Martes de carnaval, del que forma parte el esperpento La hija del capitán, que en 1927, bajo la dictadura de Primo de Rivera, fue secuestrada por la policía por la denuncia y escarnio de las corruptelas de los militares en el poder.
En cada grupo de estas obras, que tienen como referente un momento de la historia contemporánea de España, Valle-Inclán mira críticamente, y el dibujo resultante de la sociedad y de la política nacional no puede ser más negativo, pues el escepticismo se infiltra sin atisbar ninguna solución con respecto a sus soluciones. No atisba ni prevé cómo se sale del círculo vicioso del ruedo ibérico. Cuando describe procesos revolucionarios, como ocurre en Tirano Banderas, su conclusión no puede ser más nefasta: la violencia, que los revolucionarios triunfantes ejercen sobre sus adversarios derrotados, anuncia, como si de un designio fatal se tratase, una nueva e inexorable tiranía. Como ya he adelantado, creía que el hombre se regía por una suerte de fatalismo determinista, atado como estaba a los instintos más bajos. O, como él dirá, la lujuria y la avaricia, es decir, los bajos instintos que rigen los destinos del hombre. Esto estaba ya en Flor de santidad, pero alcanzaría su mejor expresión en Retablo de avaricia, lujuria y muerte.
Casi al final de sus días, en junio de 1935, cuando estaba ingresado en la clínica del doctor Villar para tratarse del cáncer de vejiga que le aquejaba desde hacía años, y que finalmente le llevaría a la muerte el 5 de enero de 1936, los periódicos de Madrid difundieron que don Ramón había sido invitado e iba a asistir al Congreso Internacional de Escritores de París. Si la invitación contó o no con su beneplácito es algo que no podemos saber, pero cualquier pretensión de contemplar este hecho como una muestra de hipotéticas afinidades izquierdistas tropieza con demasiadas pruebas contrarias que la invalidan, incluida la opinión de alguien como Azaña, para quien la verdadera adscripción política de su amigo se situaba en un acendrado y sentido tradicionalismo. En las cartas que se escribieron en aquellos meses quedaba claro que ambos se profesaban una profunda admiración; en el caso de Azaña, literaria sobre todo, pero sus respectivas concepciones políticas diferían completamente; la de don Ramón estaba constituida por una mezcla de religiosidad e ingenuidad junto a conceptos tan adocenados como el destino histórico de los pueblos y su admiración por los hombres conductores de masas. Por ejemplo, veía a Azaña como la solución a la inoperancia con que los gobiernos republicanos dirigían los destinos de España. Incluso muchos españoles que no simpatizaban con Azaña –le decía a éste Valle-Inclán en una carta– admitirían «tomarse el aceite de bacalao» si fuese necesario para poner remedio a los males de España. En su opinión, Azaña encarnaba la figura del dirigente carismático que era capaz de imponer castigos y sacrificios al pueblo, venerado como un redentor y un enviado mesiánico que anuncia la fe en el futuro. En fin, un predestinado, un redentorista que había venido a evangelizar infieles y a imponerles la salvación: «Me parece que podrá usted intentar la educación del pueblo español, tan falto del sentido y del sentimiento del futuro que constituyen el aliento histórico, la capacidad y la fe para hacer historia […], una fe áspera y confortadora como la que Lenin le inspirase al pueblo ruso».
Por las mismas fechas, exactamente seis meses antes de su muerte, en una serie de tres entrevistas, publicadas en El pueblo gallego, Valle-Inclán, alejándose de los que sólo veían agravios en la política del poder central, criticaba los tópicos galleguistas del momento y se explayaba en el carácter europeo de Galicia y en la beneficiosa influencia que el sistema nobiliario había desempeñado en el pasado. Cuando el periodista le pidió que precisase un modelo político y cultural, nuestro hombre no lo dudó ni un momento. Para él los hidalgos, los caballeros nobles, eran la clase social, ya desaparecida, más importante en la historia gallega, pues en ella se condensaban las virtudes gallegas por antonomasia. «Cada pazo era un foco de cultura, y cada mayorazgo, una garantía de perpetuidad de los valores raciales. Los segundones en el mayorazgo escogían la carrera de las armas o eran magistrados o eclesiásticos. Los herederos conseguían fácilmente unas charreteras, corrían tierras y tenían sentimiento del honor y de las obligaciones de la sangre, sentido de fundación, de perpetuarse. Esta clase se ha perdido y no ha venido ninguna otra a sustituirla». Aunque la declaración tuviese un inequívoco tono nostálgico, la suya era la nostalgia del pasadista, que seguía fiel a los códigos antiguos y a su fiel juramento. Y desde luego, al menos de manera subliminal, su propuesta de futuro era acabar con el caótico sistema de valores vigente a través de una vuelta a los principios caballerescos. Dicho así de manera tan tajante puede parecer excesivo, pero el tradicionalismo de nuestro hombre era irreductible.