La tercera y última anécdota alberga una diáfana moraleja, que redondea el recorrido por los símiles poéticos-ontológicos del payaso. Supongo que es efectiva para leerlo con la inteligente mesura que siempre lo animaba, con la invitación a la artesanía verbal que nunca dejó de ejercer, con el horror a la sandez —bajo sus mil disfraces— y a la subestimación del lector, contra la que se opuso siempre, hasta alcanzar tonalidades irónicas, simpáticas burlas dignas de Samuel Johnson.

Eliseo había perfeccionado el cuento, quizás de repetirlo muchas veces. Nos lo hizo una madrugada —estábamos Lichi (Eliseo Alberto), Juan Carlos Tabío, Tato Quiñones y otros que no recuerdo, tal vez Wichy Nogueras— en el amplio portal de la casa de E entre 23 y 21. Ya se había resignado a que no nos íbamos a ir temprano, aunque en dos ocasiones nos apagó y encendió la luz del portal para que habláramos más bajito; en consideración a Bella y a él y, sobre todo, a un vecino insomne que al otro día con toda seguridad protestaría en la bodega del sótano por la vocinglería en casa del artista… Tras tomar asiento, se unió enseguida a la tertulia y aprovechó una alusión al aburrimiento de Ariadna, mi hija menor, ante un muñequito soviético que pasaron por la televisión, para tomar la palabra.

Fue maravillosa su narración de la historia «real» —mejor «imaginada»— de Onelio Jorge Cardoso en la casa de Raúl Aparicio en Praga, donde era agregado cultural. La «payasada» —lejana de los buenos payasos— venía a cuento por lo de subestimar al lector, en este caso a los niños. La transcribo de la versión que le ofreció a Luis Manuel García. Cuenta Eliseo: «La hija de Aparicio, digamos que se llamaba Rosarito (no recuerdo bien), de unos cinco años, estaba en su cuna dando un escándalo mayúsculo mientras ellos conversaban en la sala. Entonces la mujer de Raúl le pide a Onelio: «Tú, que sabes hacer cuentos, ve a la cuna y hazle un cuento a Rosarito, a ver si se calla». El pobre Onelio, pálido de miedo, se defendió: «Yo nunca he escrito un cuento para niños». «Pero tú eres un cuentista, ve y hazle un cuento», le dijo la mujer. Y allá fue Onelio: «Mira, Rosario, yo vengo a hacerte un cuento. ¿Quieres oírlo?» —Rosario se calló momentáneamente, lo miró con una desconfianza terrible y asintió con la cabeza. Entonces Onelio empezó. «Había una vez un pajarito que tenía un nidito en el copito de un arbolito y estaban ahí sus pichoncitos que tenían mucha hambre. El pajarito vio que en el suelo había un gusanito. Voy a cazar el gusanito y se lo voy a traer a mis pichoncitos, pensó el pajarito. Y bajó. Pero cuando el pajarito vio al gusanito, le dio tanta pena porque era tan chiquitico, que lo dejó ir». Rosarito lo miró con infinito desprecio y le dijo: «Que comemierdita era ese pajarito» (Diego, 2010).

El «comemierdita» —tras la contundente burla de la niña— se sabe que abunda en cualquier época en el ámbito de cualquier lengua, sin distinguir países porque las fronteras románticas —tan siglo xix— se van arrinconando en la cultura. El conocido personaje acostumbra subestimar al lector o ser así, quizás hasta genéticamente, «comemierdita». La mala literatura que produce en abundancia no sólo es substancialmente ajena a la poesía de Eliseo Diego, como muestran los poemas cuyo leitmotiv existencial he comentado, sino que se halla en el polo opuesto de sus exigencias al lector, del placentero desafío que suscita leerlo.

Sé que la glosa precedente ha sido cómplice, gustosamente cómplice —no hagiográfica—, de mi amistad con Eliseo Diego y el grupo Orígenes; de haber aprendido en sus escritos un arte de leer opulento, que sigue retando la sensible inteligencia —no creo que en extinción— de la «inmensa minoría» de lectores de poemas, según frase de un andaluz que premió a Cuba con su estancia y trabajo, Juan Ramón Jiménez. Así lo supo captar otra andaluza, la malagueña María Zambrano —quizás el mejor discípulo, varón y hembra, de Ortega y Gasset—, cuando en su sagaz reseña de la antología Diez poetas cubanos (1948), que tituló «La Cuba secreta», dijo: «Poesía la de Diego, que resulta tan sólo de una simple acción, prestar el alma, la propia única alma de las cosas para que en ella se mantengan en un claro orden, para que encuentren la anchura de espacio y del tiempo, todo el tiempo que necesitan para hacer y que en la vida no se les concede» (Zambrano, 1948: 4).

Como en el decisivo poema-poética «A través de mi espejo», la Villa Eliseo Diego sabe regalar su nariz de payaso en la «anchura» que capta María Zambrano. Porque también se les concede el tiempo a los recuerdos que saltan de la infancia a los versos bajo las carpas del circo.

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

· Diego, Eliseo (2001). Obra poética. La Habana: Ed. Letras Cubanas.

· Diego, Eliseo (2010). En las extrañas islas de la noche. Entrevistas a Eliseo Diego. La Habana: Ed. Unión, (compilación y breve presentación de Josefina de Diego).

· Vitier, Cintio (1970). Lo cubano en la poesía. La Habana: Instituto Cubano del Libro.

· Zambrano, María (1948). «La Cuba secreta». Orígenes, 5, 20, págs. 3-9.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]