
Mis ojos, acostumbrados a dos tonos de verde, parpadeaban ante la abundancia.
Todo parecía crecer silvestre, atrevimiento en el deseo de perdurar, el aire plagado de ramas, sombras y el despliegue de eso que llamamos naturaleza.
Era mi primera vez en Buenos Aires. Cuando pude pagarme un vuelo, a los veinticuatro, había ido al encuentro de mi mejor amiga.
Pedaleaba siguiendo a Valeria. Me conducía por sus rutas favoritas, ninguna turística: las de su memoria afectiva. Partíamos de su casa en Paternal, siempre en bici las dos, desde los catorce cuando la conocí en Lima, señalándonos cosas y casas con una sola mano. El aire frío de abril se colaba en mi abrigo; también, el sol.
Subimos el puente resoplando –ninguna tenía cambios– y llegamos a las facultades de agronomía y veterinaria de la UBA. Cuando la vi cruzar el portón a toda velocidad le grité:
—¿Cómo vamos a entrar si no estudias acá?
—Se puede.
Avanzamos por senderos de pinos y tipas –una al lado de la otra–, rodeamos parques. Perros correteaban, niños y niñas jugaban fútbol, bebés aprendían a gatear, manteles y picnics se salpicaban por el césped. Parejas mayores charlaban, se habían remangado y compartían el mate. Estaba en uno de los grandes pulmones de la ciudad, junto con los Bosques de Palermo y la Reserva Costanera Sur, y no lo sabía. Pero iba entendiendo los conceptos cruzados de contemplación, disfrute y espacio público.
Llegamos a las vías del ferrocarril Urquiza. ¿Atraviesa los predios de la universidad? Nos detuvimos para que yo, deseosa de trenes en una ciudad que había dejado morir los suyos, escuchara los bocinazos, lo viera pasar. Valeria me miraba el asombro y sonreía.
Calles con casas de techos a dos aguas nos saludaron.
Apenas circulaban autos, pero a tan solo tres cuadras rugía la avenida San Martín. No nos alcanzaba su eco.
Tejas y chimeneas, ventanales coloridos, enredaderas y flores. Y edificios de hormigón –con el gris de lo nunca vuelto a pintar–, de solo tres pisos, inmersos en un jardín común. Los bordeaba una breve reja que nos aventuramos a cruzar: variedades de pinos, araucarias, limoneros, naranjitas chinas, Ginkgo biloba y plátanos (los árboles que regalan una sombra extraordinaria entre noviembre y marzo y sus esporas dan alergia en septiembre). En medio de esta exuberancia, buganvilias se enredaban en una torre de agua de más de doce metros de alto. Bancas de concreto desperdigadas y faroles. ¿Qué se sentiría amanecer todos los días en un lugar como este? ¿Cómo era posible esta isla de recogimiento, cercana a todo?
Araucarias resistiendo un año tras otro, afirmadas a la tierra. Las libélulas revoloteando antes de la tormenta. Las buenas conversaciones que podrían darse en la intimidad. El repiqueteo de la lluvia en las hojas, crac crac al pisarlas en otoño. Los pájaros llamándose a primera hora, sus picoteos en el suelo húmedo.
Nos sentamos en silencio, conmovidas, en ese estado de atención milagrosa que a veces tenemos frente a lo excepcional.
En Buenos Aires descubriría que las estaciones se manifiestan en los árboles. Cuando parece que el verde ha brotado de repente, cuando su sombra techa a quien camina o las primeras hojas caen anaranjadas y la desnudez se presagia perenne y luego reverdece y las golondrinas hacen un verano.
En Anhelo de raíces de May Sarton leería más tarde: «Nosotras envejecemos cada año, pero no el jardín: él cada primavera renace».
Tuve un soplo al corazón, no un anuncio de taquicardia sino el de un misterio. Quería pertenecer a este lugar, sembrarme. Se lo dije a Valeria:
—Algún día quiero vivir aquí.
Apenas una cuadra más adelante, en una placita al centro de un óvalo, tres gatos conversaban. Uno blanco con motas negras se arqueó en el piso de piedras rojizas y mostró la panza.
Mi amiga apuntó a un edificio, similar a los que acabábamos de ver:
—En ese piso de allá vivía Cortázar con su madre, antes de irse a París.
Y cerca de donde habíamos estacionado las bicis vimos la rayuela. En Lima le decimos: Mundo. Recogimos una piedrita y saltamos.
Era 2002. Argentina vivía las consecuencias del corralito; para los argentinos era cara y para los extranjeros, baratísima. Hoy es cara para todos.
Como una guía autoinvitada, todas las veces que volví a Buenos Aires llevé a gente querida a recorrer estas tres o cuatro manzanas, tan fuera de radar para los propios porteños, en Agronomía.
Lo que más me gusta del barrio es que nació con vocación de bienestar. Esta belleza visible la imaginó la Comisión Nacional de Casas Baratas que dispuso en 1928 la construcción de espacios dignos para los trabajadores de clase media y sus familias. Se levantaron 104 chalets de estilo inglés y 9 bloques de edificios con áreas verdes comunes, inspirados en la corriente de la «ciudad jardín» europea: todos por igual debían disfrutar la tierra y la luz y la naturaleza.
A diferencia de los conventillos, tendrían ventilación cruzada, tres habitaciones cómodas, arboledas para el disfrute al aire libre, ingreso de luz solar, manejo de la basura y su propia torre de agua potable. La calidad se plasmaría también por dentro: los pisos de los cuartos serían de pinotea y las escaleras comunes de mármol. Y se pensó en un trazado diferente para las calles: el diseño en cuadrícula del resto de la ciudad sería reemplazado por curvas, propensas al diálogo entre vecinos.
Este acceso significaría menos estragos por enfermedades físicas y mentales, menos contagios. El ideal no era ingenuo: donde hay salud y distensión y las necesidades básicas y gregarias están cubiertas, los trabajadores rinden mejor por más tiempo.
El barrio-parque Rawson debe su nombre al epidemiólogo, político y catedrático Guillermo Rawson, cofundador de la Cruz Roja Argentina, especialista en higienismo. Pionero en el estudio de la relación entre vivienda y salud pública, sabía que el hacinamiento favorece la propagación de enfermedades como la gripe o el cólera.
En su inauguración, en 1934, la familia Cortázar fue de las primeras en mudarse.
Pese a los coletazos de la Gran Depresión que afectaba las exportaciones de carne, cuero y granos, la ciudad seguía transformándose y creciendo. Ese mismo año, vería sobrevolar al portento de la tecnología alemana, al rey de los cielos con forma de cigarrillo, el Graf Zeppelin, desde el Río de la Plata hasta Campo de Mayo, y acogía al Congreso Eucarístico Internacional que movilizó a más de dos millones de personas, la mayor concentración de fieles católicos en ese entonces, por fuera de Europa.
Una calle contiene la memoria de toda la vida que la transita a diario. Incluye a los animales que la surcan; las rutas del mosquito y del caracol. También guarda las huellas de sus habitantes. Entre ellos, Julio Cortázar.
Durante diecisiete años vivió con su hermana Ofelia y su madre Herminia en el tercer piso de la calle Gervasio Artigas 3246, frente a la plaza Carlos de la Púa. Tenía veinte cuando llegó.
Dos placas de homenaje en la fachada, colocadas por el gobierno de la ciudad, dan cuenta de la influencia del barrio en sus creaciones. Aquí fue acumulando los libros que lo apasionaron. Aquí escribió, entre otros, «Casa tomada», uno de sus relatos más queridos. Inspirado en una casona de Chivilcoy, a unos 150 kilómetros de su hogar en la capital –adonde viajaba en la semana a dictar clases en una escuela–, algo de la atmósfera en la que viven los hermanos solteros del cuento podría conversar con su propia vida en Agronomía: el silencio que permite fantasear con el misterio, el misterio que coquetea con lo sobrenatural.
Borges fue el primero en publicarlo en 1946 en la revista Anales de Buenos Aires. Cinco años después este cuento abriría su Bestiario.
En «Ómnibus», también de Bestiario, describe las calles, el recorrido del colectivo y la famosa iglesia de la avenida San Martín: «A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía. En la esquina de avenida San Martín y Nogoyá, mientras esperaba el ómnibus 168, oyó una batalla de gorriones sobre su cabeza, y la torre florentina de San Juan María Vianney le pareció más roja contra el cielo sin nubes, alto hasta dar vértigo».
Aunque del jazz aprendió los saltos de ritmo que aplicaba en su escritura, se consideraba pésimo músico. Para no torturar a nadie con el ruido y desahogarse, subía a la terraza del edificio a tocar su trompeta.
Desde esa altura, le gustaba observar los campos de las facultades. Vacas, ovejas y caballos pacían entonces y todavía. Esas experiencias de tardes lánguidas las plasma en su novela Divertimento de 1949: «En un campo a tres cuadras, al borde mismo de la facultad de agronomía, un montón de vacas pastaba a pleno sol, blancas y negras con infalible simetría. Tenían algo de mosaico y cuadro vivo, un ballet idiota de figuras lentísimas y obstinadas».
Cuando se mudó a París dejó atrás la mayor parte de sus libros. Décadas después, evocaría con nostalgia esa biblioteca donde convivían Thomas Mann, Roberto Arlt, Colette y el pequeño Larousse ilustrado.
En 1977, su madre vendió el departamento de la calle Artigas a Nelly Shmalko, socióloga y profesora. Ella iba guardando las cartas que aterrizaban en su dirección y se hizo amiga de Herminia y Ofelia. En 1983, al retorno de la democracia, durante la última visita de Cortázar a Buenos Aires, un año antes de morir, la conoció en un encuentro familiar. Le preguntó si le había hecho reformas –pocas, dijo ella– y se alegró al saber que había mantenido en pie el mueble original de su biblioteca.
Veinticuatro años después de haber dicho en voz alta mi deseo, de haber adivinado una y otra vez las vidas detrás de las ventanas, tengo la alegría de ser una vecina.
Al poco tiempo, un fumigador tocó la puerta. La herencia higienista de Rawson.
Debo decir la verdad: en el barrio-parque hay belleza, pero no silencio.
El fútbol de las canchas del Club de Comunicaciones, uno de los clubes de barrio más emblemáticos, con casi seis mil socios, irrumpe en los oídos como una radio que siempre se repite. Desde las seis de la mañana se escucha: ¡Corré gordo, dale! ¡Daaaleee boludo! Y así hasta la medianoche.
Mejor deporte que conciertos. Mejor deporte que… y siempre encuentro una respuesta que me distraiga.
A tres cuadras, el bar «Rayuela» congrega lectores y paseantes, con sus sillas en la vereda que miran a los viejos chalets y su letrero «barrio sin prisa». Escala obligada de quienes llegan buscando la ruta de Cortázar o un buen café. También me siento a escribir en ese ruido deseable. La rayuela sigue ahí. Y los gatos, siempre los gatos, remoloneando entre las piernas. Ya se sabe, te piden un mimo y demasiado rápido dejan tus manos plantadas en el aire.
Muchas tardes después del almuerzo, durante más de una hora, recorro los jardines de Agronomía. Las estaciones pasan, el cielo inquieto de nubes y ramas. Mi dios interior se inclina a la gracia, otra vez. A veces me acompaña Valeria y, delante nuestro, casi siempre corriendo detrás de un perro o una bici, mostrando todos los dientes, su pequeño hijo Camilo.
Encontré mi isla de escritura, reescritura y conversación, la escala humana, mi espacio encapsulado al deslumbramiento. Me edito, me edito, me edito. Medito. Las sombras multiplican el contorno de los árboles en la pared. Yo me levanto aquí cada día. Es casi una plegaria.
