POR MACARENA URZÚA OPAZO
«Quería escribir algo sobre tu
pieza. No puedo. Surges ante
ella, y me la ocultas. Me dices:
“¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?…
Trescientas rosas morenas lleva
tu pechera blanca”»

(Versos del «Romance sonámbulo»)
Victoria Ocampo en «Carta póstuma a Federico García Lorca
el día del estreno de Rosita la soltera»1
Dibujo de Ximena Morla (hermana de Carlos Morla Lynch), «Federico García Lorca, recitando poesías a los campesinos a orillas del Tajo». Revista de Arte n°15, 1937.4

La foto de la portada de Diarios españoles. Volumen I, 1928-1936 (Renacimiento, 2019), de Carlos Morla Lynch, muestra a dos amigos abrazados: el de la izquierda, con una sonrisa los ojos entrecerrados, sonríe mientras sostiene un cigarro en su mano y lo rodea con el brazo su gran amigo, Federico García Lorca. La foto de Carlos Morla Lynch y Federico García Lorca dan inicio a estos Diarios españoles. Es este un registro excepcional, el que además de poseer un carácter histórico, contiene un testimonio íntimo y afectivo de la amistad y creatividad que rodearon las tertulias de la casa de Morla Lynch mientras fuera funcionario de la Embajada de Chile en España, en un momento histórico que se sitúa entre la República y los inicios de la Guerra Civil.2

Es así como el punto de partida de estas historias se transforma en el diario de una amistad, que se escribe entre las lecturas de poesía, la música y el teatro, revelando progresivamente las afinidades electivas que tensionan el pathos que oculta una intimidad.

En este contexto, surge la pregunta sobre cómo leer la memoria de un archivo a partir de sus ausencias, a partir de lo no dicho y de las páginas no leídas, en este caso las cartas de García Lorca a Carlos, las respuestas no encontradas o las páginas perdidas del recuerdo de los mismos protagonistas, aquello que completa o da vida a un acervo que aún continúa vivo.

Esta forma incesante de una emoción fecunda, cuya constante es siempre lo incompleto del relato (las respuestas de Federico por ejemplo), será una de las claves para acercarse a la lectura de un afecto, una amistad, por definirla con una palabra conocida, la de García Lorca y Morla Lynch, de la que hay noticas en la web del Archivo Lorquiano, entre otras páginas españolas, pero de la que poco y nada se conoce en Chile, salvo por la dedicatoria de Poeta en Nueva York, a Carlos y Bebé Morla (Bebé Vicuña, mujer del diplomático Carlos Morla Lynch). Esta dedicatoria es expresión y síntesis de este afecto, como una huella y marca indeleble en el archivo afectivo, uno que recoge estas improntas del tiempo, y que nos llevan a esta historia de creatividad, de un afecto sin forma definida, más allá de las polémicas que podrían rodear esta relación entre Carlos y Federico. Diremos que es el afecto aquella fuerza que va más allá de los cuerpos pero que marca también el alcance de lo indeterminado, y que —siguiendo a Spinoza—, no sabemos lo que puede un cuerpo.

Poeta en Nueva York fue escrito entre 1929-1930, años en que García Lorca vive en Nueva York como estudiante y residente en la Universidad de Columbia.3 Por lo tanto, podemos inferir que para esa época ya existía el fuerte vínculo con el diplomático chileno Morla Lynch. Se consigna en los Diarios españoles que García Lorca visitaba casi a diario la casa de Morla, en donde se reunía gran parte de los poetas pertenecientes a la Generación del 27, tales como: Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti y su esposa María Teresa León y, sobre todo, Federico García Lorca. Estos encuentros forjados en la amistad y creación literaria-musical, se extendieron hasta la muerte de Federico y queda testimonio de esta en los diarios y cartas publicados en el libro citado, el cual tuvo la más reciente reedición en 2019.

Estos pasajes del diario se expanden como un puente entre la poesía chilena y la española; se extienden así estas luces de un archivo imposible, el que, además, como señala Sergio Macías en el prólogo a En España con Federico García Lorca: páginas de un diario íntimo, 1928-1936 (2008), incluye algunas páginas que estuvieron a punto de ser quemadas, como fuera inicialmente el deseo de Morla Lynch.

García Lorca habla, recita. Su voz pareciera adquirir sonido y ritmo; baila tras un tul negro en una representación teatral. El alcance de ese archivo audiovisual conservado por la Fundación Menéndez Pidal fue encontrado hace poco por el director Manuel Menchón, el cual se hizo viral recientemente gracias a las redes sociales y, particularmente a Instagram donde circuló un fragmento de esa película. Hecho que lleva a preguntarnos por el rol de ese hilo de archivo, el que tiramos de una correspondencia desconocida o de una película que se revela y se despliega ante la luz.5

De esta luminosidad recojo las palabras de «Evocación de una Semana Santa con García Lorca», de Carlos Morla Lynch, en una crónica fechada el 25-04-1954, que rememora esa Semana Santa de los años treinta: «Entonces, fraternalmente cogidos del brazo, deambulamos por esas calles dormidas cuya quietud profunda e infinita tan solo interrumpe uno que otro gato negro, que cruza nuestros pasos con rapidez de rayo. Y pasa el tiempo de prisa porque los dos hablamos únicamente cuando deseamos hacerlo y nos callamos cuando nos place guardar silencio… el poeta duerme. Entonces, en la semisombra y la paz del reciento me parece escuchar una voz enigmática y velada que murmura su poema incomparable de la procesión que pasa:

…Virgen de la soledad
abierta como un inmenso tulipán…»
(62-63)

En varios pasajes de los Diarios españoles, leemos cómo se transmite este afecto entre Lorca y Morla, a través de las intensidades de ese presente, que dan cuenta de una conexión que va más allá de lo corporal con un magnetismo propio. Como ejemplo, se puede leer el siguiente extracto del diario de Carlos, quien relata una lectura, en la que Federico ha sacado de su bolsillo y luego leído «Así que pasen cinco años»: «La ha leído a un ritmo sostenido, con un ardor y una impetuosidad arrebatadores. Le brotaban llamas por los ojos, por la boca, por las narices, y vibraciones refulgentes por el pelo, las orejas y todos los poros del cuerpo. Una gran pieza de fuegos artificiales»; lo escuchamos «embrujados» dice Morla, caídos en un trance prácticamente, es decir en un efecto de aquella intensidad afectiva que transmiten las palabras no solo escritas y leídas, sino dictadas por García Lorca.

Una amistad que se desenvuelve a lo largo de este diario como único testimonio de ese afecto sostenido por años, desarrollado en el ámbito del trabajo como cónsul de Morla, pero que hablar de una hermandad artística y espiritual: «Mientras lo contemplo, pienso que la maravillosa veta de oro que lo habita —cuya explotación mirífica solo ha comenzado— ya ha producido un tesoro. Dios lo guarde».

El 1 de septiembre de 1936, Morla recibe en Madrid la noticia de su fusilamiento «como un golpe de maza en la cabeza, me zumban los oídos, se me nubla la vista y me afirmo en el hombro del muchacho que sigue arrodillado a mis pies…». Años más tarde alguien le pide que cuente esos días previos a la guerra, la vida con Federico y los demás poetas de la generación del 27, así como su presencia en el círculo de esos años. Así, lo señala Morla en el prólogo: «Son instantáneas, tomadas sin plan preconcebido, que lo han sorprendido en cualquier hora del día —aún sólo, a veces, a través de la puerta entreabierta desde la habitación vecina—, viñetas que, reunidas, nos dan de él una estampa fiel, precisa y viva, cuando no asumen las proporciones de un film…que recita poemas y se ilumina».

Sin duda, la idea de una simultaneidad, de un montaje parecieran prever que 90 años más tarde, tendremos a un Federico en movimiento, en el film encontrado en el archivo Menéndez Pidal, asomado bajo un velo negro, que pareciera dar luz otra vez una memoria de un archivo que se eleva desde el polvo y vuelve a revelarse en el espíritu de la poesía iluminada y en movimiento: «como en un círculo de luz por él proyectado hasta el momento en que ese fulgor se extinguiera súbitamente como una estrella que se abisma en las tinieblas de una noche insondable».

Emociona leer las notas de Morla en la entrada del 27 de septiembre de 1933, titulada «Despedida» (luego de dejarlo en Atocha antes de comenzar su travesía para ir a Buenos Aires), un augurio insondable, un deseo como oración: «las manos se tienden hacia él como si fuera esperado en todo sitio en que se presenta. Destino privilegiado. Un ser feliz, feliz, feliz. Que lo sea hasta el final. Es el voto que para él formulo mientras el convoy se aleja».

Si la aparición del duende «presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas…», dice García Lorca en «Teoría y juego del duende».

Con esta idea, imaginando que Federico venía o traía en sí al duende como dice la cita de Morla que da título a este ensayo, queda en el aire la pregunta por el lugar en donde se oculta este duende, en una amistad que se escribe con la intensidad de los afectos y la creatividad pasional de la poesía, quizás, según Lorca, «se acerca a los sitios donde las formas se funden en un anhelo superior a sus expresiones visibles». Es imposible no preguntarse también en dónde se encuentra o se oculta el duende en los fragmentos de un archivo. Cómo es que este aparece en las cartas y los diarios que lo muestran y a la vez lo ocultan. Quizás aparezca en esa mina de oro inagotable que aún sigue reverberando como la poesía, el teatro y ahora el cuerpo de Federico tras el velo negro, con los ojos del duende que no solo habita ese cuerpo como una forma que vive y muere, sino que lo sobrevive.

1 Publicada en el N°33 de la Revista Sur, junio de 1937.
2 Bajo el nuevo título de Diarios españoles Volumen I (1928-1936) (2019), son recogidos en dos volúmenes los diarios del diplomático chileno Carlos Morla Lynch: En España con Federico García Lorca, editado en 2008 y España sufre (2008), más lo publicado en Informes diplomáticos (2010).
3 Asimismo, el «Poema de la siguiriya gitana, incluido en el Poema del cante jondo (1931) es dedicado a Carlos Morla Vicuña, hijo de Carlos y Bebé.
4 El dibujo de Ximena Morla apareció publicado en la Revista de Arte de la Facultad de Bellas Artes, Universidad de Chile. pp. 52. Ximena Morla fue una de las más reconocidas espiritistas chilenas, junto con Carmen Morla, ambas han inspirado numerosas crónicas y ficciones debido a sus poderes de contactar a los muertos y de comunicarse desde el astral.
5 El archivo fílmico fue encontrado por Manuel Menchón en la Fundación Menéndez Pidal. Paralelamente, se anuncia el próximo estreno del documental La voz quebrada, de Menchón este año 2026, el cual mostrará imágenes inéditas de García Lorca.