POR BERTA GARCÍA FAET
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por chinos y las orugas
y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor
Federico García Lorca
Pero ahora ya serán las ardillas, lindas, veloces llamas, llamitas de verdad;
y las telas de araña, celestes pedrerías;
y la huida de corzas, la fuga secular de las estrellas a la busca de Dios.
Dámaso Alonso

I.

Federico García Lorca posando junto a un cartel de La Barraca. Fuente: wikicommons.

¿Qué leíamos quienes, no mucho después, haríamos de la lectura y la escritura un amor físico? ¿Qué leíamos antes de que esta necesidad se revelara como tal? Leíamos lo que había por casa (no mucho). Leíamos lo que nos daban a leer en el colegio (no mucho). Leíamos a la generación del 27.

Entendíamos algo entre poco y muy poco.

Me encanta la definición de Italo Calvino: llamamos «clásicos» a esos libros que, aunque aún no los hayamos leído, ya sabemos que nos van a gustar.

Ahora entiendo que lo que empezamos a comprender con aquellas primeras lecturas desconcertantes de los trece o catorce años es que «gustar» es un concepto tan complejo como limitado. No tenían por qué gustarnos, entonces. Ya nos gustarían (y mucho más, y mucho menos) más adelante, a medida que fuéramos cobrando conciencia de a qué bellezas y compromisos aspirábamos.

Cualquier poeta de este país —en especial si escribe en castellano— ha debido leer a la generación del 27. De un lado, a una edad temprana (tal vez, en cierto sentido, demasiado temprana, pero mejor así). De otro, a cualquier edad y por siempre, dado que cualquier poeta al que cualquier poeta ha leído ha tenido que —y, muchas veces, amado tener que— leer a la generación del 27.

Somos muñecas rusas, somos quimerismo.

II.

En unos meses se cumplirán cien años del año de aquel homenaje a Góngora que lo precipitaría todo. En 1927 algunos grandes libros ya se habían escrito y otros estaban por escribirse. En paralelo, muchos otros escritores publicarían algunas de sus obras más trascendentales: Vallejo, Huidobro, Joyce, Rilke, Saint-John Perse, Céline, Eliot, Brecht, Faulkner, Musil… «Grandes libros»: la expresión no nos dice demasiado sobre sus propuestas concretas, más allá de que, un siglo después, son parte de nuestros «clásicos». A pesar de la variedad de estilos (dentro de la generación del 27 y en sus aledaños), la etiqueta grupal sigue facilitándonos el primer acercamiento.

Al igual que lo hace este monográfico, con la llegada del centenario muchas publicaciones y eventos se van a preguntar (o acaban de preguntarse, como es el caso del iluminador monográfico de Archiletras Científica «La vigencia de la generación del 27 en la poesía actual», coordinado por Carlos Peinado Elliot) por, digamos, «lo que tiene de presente aquel pasado». Pero ¿sobre qué queremos reflexionar cuando nos interrogamos por «el 27 hoy»? Primero, sobre si siguen influyéndonos. Sobre si viven. Sobre, por tanto, si se funden los tiempos. Segundo, sobre si está ocurriendo en la poesía actual algo equivalente a lo que ellos, los del 27, hicieron que ocurriera. (Énfasis en ellos: únicamente en las últimas décadas estamos empezando a valorar a «las que faltaban»; la feliz expresión es de Cristina Oñoro).

La segunda pregunta no me motiva: ¡está llena de trampas! (Además de que cada quince años nos da por hacer la misma pregunta). Lo único que me apetece es fantasear con a quién podríamos reivindicar todos juntos. ¿A Santa Teresa?

La primera pregunta, en cambio, sí me parece abordable: para empezar, preguntando a los propios poetas. Surgirían enseguida, sin embargo, algunos problemas interesantes, y con «interesantes» quiero decir que de este modo las respuestas, paradójicamente, ganan en sustancia. Por ejemplo: tengamos en cuenta que algunos de nuestros ascendentes son inconscientes; algunos se quieren disimular; algunos ascendentes son indirectos (en mi caso, me doy cuenta de que he debido de leer a Luis Cernuda mucho más de lo que lo he leído, puesto que sí he leído intensamente a Manuel Vázquez Montalbán, Ángel González o, como se verá en su artículo, Carlos Pardo); algunos son superficiales (y algunos lectores los percibirán profundos) y otros son profundos (y viceversa); algunos ascendentes son inestables; algunos terminan por anularse y es casi como si no hubieran existido.

Otra complicación (que nos afectaría también si nos pusiéramos a entrevistar a críticos e historiadores): la falla de las categorías de análisis. Pensemos en estos binomios, aplicados todavía a la generación del 27 cuando se enseña en la escuela y la universidad, y a veces a la poesía posterior: generación/genio, vanguardia/tradición, realismo/surrealismo, cosmopolitismo/folclore, erudición/lo popular, imagen rara/imagen razonable, colisión/armonía. Y la que me provoca arcadas: humanización/deshumanización. La deshumanización del arte de Ortega y Gasset: pocos textos consiguen sacarme de mis casillas a tal grado. El caso: ¿podríamos hablar de la viveza del 27 en nuestra poesía sin simplificar tanto, o sea, sin volver a simplificar? Tenemos que expresarnos de alguna manera y para expresarnos necesitamos hacer distinciones, crear criterios, está claro. Pero nos queda margen para hilar más fino. Hay vida y verdad más allá de los pares real/surreal, sujeto/objeto, poesía social/poesía pura. ¿Tal vez la manera menos rígida de dar cuenta de una pasión literaria haya de ser desde la propia literatura (una literatura que, si quiere, haga teoría)?

Así nació este número, «La única maravillosa realidad: la generación del 27 y nosotros», enfocado en el caso español. Quería pensar en común con estas cuatro mentes asombrosas, con estos cuatro poetas que aúnan, siempre, belleza y pensamiento, poesía y algo así como ensayo, intervención, proposición: Carlos Pardo (nacido en los 70), Luna Miguel (nacida en los 90), María de la Cruz (nacida en los 2000) y, como nexo entre la creación y la academia, Álvaro López Férnandez (nacido en los 90). (Él es, junto a Raúl Molina Gil, el responsable del impactante estudio Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025) recientemente publicado en Cátedra; ya ambos, junto a Ángela Martínez Fernández, habían coordinado Lecturas del desierto. Antología y entrevistas sobre poesía actual en España, publicado en la revista Kamchatka en 2018). Les invité a indagar sobre si, y cómo, la generación del 27 sigue generando realidad: tanto en el trabajo de los poetas y artistas que les rodean en el aquí y ahora como en su propio trabajo.

Sus artículos recogen, amplían y desvían los «peros» que he mencionado. Son tan hechizantes que más vale no adelantar demasiado. Son muchos los nombres que nos lanzan: Abraham Gragera, Elena Medel (a quien debemos su extraordinario trabajo de recuperación de voces femeninas en Cien de cien), Angélica Liddell, María Salgado, Laura Rodríguez Díaz, Juan Gallego Benot, María Sánchez, Helena Mariño, Violeta Gil, Ángela Segovia, Paula Melchor… La «única maravillosa realidad»: las huellas de aquellos a quien hemos frecuentado y querido están ahí, a la vista: sin pudor. Aunque no paran de moverse y no las atrapamos.

Algunas palabras clave: señoras, horóscopo, pis, risa, rima, cuerpo, inclusiones, exclusiones, identidad, oficio, audacia, profecía, reencantamiento.

III.

Sobre mí: ¿qué amaba?

Había una antología del 27 en casa. La leía, la trasteaba. No puedo decir que me gustara, exactamente. Volvía y la releía. ¿Para qué? La abandonaba. Me perdía en novelas.

Años manoseando un mismo libro, sin entender (sin entender siquiera qué significa «entender»).

En realidad no empezó a volverme loca la poesía hasta que leí, en clase, a Rubén Darío y a Blas de Otero. Luego la historia se vuelve, más si cabe, no lineal. Superposiciones, desproporciones, saltos. El quid: de algún modo, sólo después de enamorarme de un libro de Cátedra llamado Páginas escogidas y de otro que no consigo visualizar (¿Verso y prosa de Cátedra? ¿O la antología de Castalia?) sucedió que cuando regresé a mi subrayada antología del 27 ya era otra. Mejor dicho: ya iba siendo otra. En algún momento (no sé cuál) fue cuajándose mi pasión: Lorca, Dámaso Alonso, Miguel Hernández.

Y nadie más.

Pasaron más años, ¡veinte!, ¡más!, estudié, me hice profesora. He debido releer a la generación del 27 muchas veces para poder «enseñarla» (no acepto más que una acepción: la de mostrar, no la de instruir). En otras cosas me he movido mucho, no en esta. Sólo tres nombres de cuyos hilos tirar. Es cierto que mucho después de aquellos primeros amores literarios (amores que me fulminaron entre los dieciséis y los veinte años), leí a María Zambrano, a Rosa Chacel, a Concha Méndez. No obstante, la edad, el tullimiento importan. Ya no fueron lecturas formativas.

Sobre Miguel Hernández (que, por cierto, no suele considerarse parte de la generación del 27 como tal) escribí una carta de amor y quedé contenta. «Nanas de la cebolla» me hace viajar muy lejos, muy atrás. Los lectores interesados lo pueden encontrar como prólogo en Elegías y nanas. Poesía selecta de Miguel Hernández (Alba Editorial, 2025).

Así que me voy a centrar en Lorca y Alonso.

IV.

De Lorca no amé lo primero que leí: Poeta en Nueva York. Me saturaba su horror vacui, la profusión de sustantivos enormes, enteros. Tuve que adentrarme en Yerma, La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre, su teatro más tremendista, para salir a otro lugar, de la mano de Romancero Gitano y Diván del Tamarit. Y ahí, después (¿cuándo?), lo que sentí como dos milagros: de una parte, su teatro más, ¿cómo llamarlo?, Amor de Don Perlimplín con Belisa en su Jardín, El público, Así que pasen cinco años. De otra parte, su primera poesía, Libro de poemas, Canciones. Me cambiaron otra vez. Los enlaces causa-efecto no están claros; tampoco los cronológicos. Pero me explico a mí misma que esas lecturas o coincidieron con o me llevaron a o me devolvieron la literatura del absurdo. En su versión más disparatada, abstracta y despolitizada y en su versión más expresionista y existencialista (aunque no tremendista, aún): Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela (y, desde ahí, de nuevo a Valle-Inclán); Pirandello, Beckett; Ionesco, Arrabal. Los pormenores darían para un texto mucho más largo, pero baste decir que, para mí, este Lorca lúdico, tierno, galán, saleroso, en algún punto tontorrón, místico, siempre (sutilmente) metaliterario y metalingüístico, siempre (a la vez) popular, a veces romántico, siempre infantil y soñador, amigo de los animales, conecta con uno de mis lados. En lo literario y en lo vital. Estoy dividida y por ahí anda mi primera mitad. Soy esos «niños idiotas», rumbo a las ardillas y las arañas.

De todos mis años lorquianos, los más lorquianos fueron 2016 y 2017. Releí, leí más. Escribí un estudio sobre el Perlimplín de Lorca y La Diana de Jorge de Montemayor, escribí sobre el Lorca del Quijote o el Quijote de Lorca, muchos poemas de Una pequeña personalidad linda y Corazonada, pensé en escribir sobre por dónde anda Rubén Darío en su poesía inédita de juventud (pista: por doquier). Lo importante: Lorca se estira, se actualiza, no se agota. Escribió cosas tan lorquianas como «¡Cigarra! / Estrella sonora . . .» y cosas tan marcianas como «Entre los juncos y la baja tarde, / ¡qué raro que me llame Federico!» (ahí ya estaba Carlos Edmundo de Ory) y «Que no me entienda nadie. / ¿Para qué? / Versos que no sean versos / Quiero hacer» (ahí ya estaba Guillermo de Poitiers). Y (¡atención!) versos tan ¿pop de los ochenta, neocursilerías del siglo XXI? como «Sale del monte la luna / con su cara bonachona / de jamona».

V.

De Dámaso Alonso no había nada en casa, pero en mi casa vivía una niña (yo) de zozobras metafísicas y (luego) una adolescente que pensaba mucho en (una amalgama caótica) Dios, la muerte de Dios, el problema del mal, la dictadura, la España negra, Goya, José Gutiérrez Solana, los enemigos de los animales, aquella España que no conocí, aquella España que conocía, República, memoria histórica, memoria perdida, llamas, fuegos, fe, duda, Dostoievski, apostasía, mi pueblo, el verano, San Juan de la Cruz. Fue desde Ángel fieramente humano que llegué a Hijos de la ira (ya he dicho que no recuerdo la cronología, aunque sí que mis hallazgos respetaban poco el orden de los acontecimientos). Me impresionó. «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…», «Hombre y Dios», «Monstruos», «Elegía a un moscardón azul», «A Pizca»… Y, por supuesto (cualquiera que me conozca habrá tenido que soportar en algún punto que perore sobre este poema, que tanto le habla a mi vida) «La madre». Dámaso piensa en sí mismo de niño, en su madre de niña y… magia: en este instante tienen los dos los mismos años, juegan de tú a tú. Ya lo he dicho: esos a quienes hemos amado nos constituyen. El tiempo no existe. El pasado es este nanosegundo lento: nos reencontramos.

Lecturas sincrónicas, o apenas dorsales, o que vendrían de la mano de Alonso y que para mí (verídica o fantasiosamente) dialogaban con esas primeras lecturas alucinadas de Hijos de la ira: más expresionismo, existencialismo, tremendismo… Albert Camus, Jean Anouilh… Pero también Ángela Figuera Aymerich, y Luis Rosales, y Arturo Serrano Plaja. Esta es mi otra mitad.

VI.

Veo estos polos (esparcimiento y pies alados/gravedad y agonía, el Dios del «Jesusito, eres niña como yo»/el Dios-Amo-y-Señor), organizados de otras formas, en otros. Alberto Cortés, Juan Andrés García Román, Blanca Llum Vidal, Irene Solà, Olga Novo… El teatro de Alberto Conejero, de La Tristura…

Y qué placer hallar tantas otras trazas de la generación del 27 —otra eternidad, otros dejá vu, otras bifurcaciones que, por suerte, me son ajenas y las puedo disfrutar desde la extrañeza— en tantos otros.

VII.

Un punto medio entre ese Lorca y ese Alonso: Niebla, de Unamuno. Niebla (tal vez también Platero y yo) está justo a la mitad: entre el extremo liviano y vivaracho y enredador de ese Lorca y el extremo (mitad extremadamente religioso, mitad extremadamente antirreligioso) del Dámaso más desesperado (que coincide, claro, con el Lorca más desesperado). (Más intuiciones: el primer Dámaso es como el primer Lorca, el último Lorca es como el medio y último Dámaso). (Algo que siempre soy: una niebla, un burro).

Bueno, aquellas fueron mis dos mitades. Vamos siendo otras. Quedan surcos. Lo único que conservo verdaderamente intacto de aquella bipolaridad es que, hoy como ayer, me pavoneo exageradamente de no hacer nunca humor irónico, «humor británico», ni —Dios me libre— «humor inteligente».

VIII.

Vuelvo a Italo Calvino. La generación del 27 son nuestros clásicos (son el ABC de cualquier aprendiz de escritor y/o lector de poesía) porque las instituciones así lo han querido, vale. Lo son, además, porque incluso cuando como escritores o lectores conseguimos ir más allá de aquello que nos han obligado a leer, algo en nosotros y en ellos (llamémosle «la maravillosa realidad», sea única o no) nos junta. Los clásicos nos van a gustar (aunque sea en algún mañana; aunque «gustar» pueda incluir un cierto «no gustar»; y aunque sea a través de más libros: los amigos de mis amigas son mis amigos) siempre.

Buscamos, encontramos.