POR CYNTHIA RIMSKY

1. Hace años que para ir al Varela Varelita salgo del subte por la boca que está junto al banco Francés en Scalabrini Ortiz y Santa Fe. Hoy me vino a la memoria la placa que pusieron los vecinos tras la muerte de Pechito Ferreyra. Creo recordar que estaba en la fachada del Banco. No está, me asusto de que la hayan sacado, sería un gesto terrible, miro hacia abajo, a las baldosas: ahí está.

2.

3. A quien le cuento que vivo en el sur de Capital, contesta sin que le pregunte, que en Palermo roban y también hay personas que duermen en la calle.

4. Borges decía que Buenos Aires estaba en el sur.

28. Adrián Alejandro Ferreyra, alias Pechito, vivió doce años en la vereda junto al banco Francés; allí tenía su cama, un sillón, un equipo de audio y micrófono, un teléfono celular -con el que hacía fotos artísticas- y sus dos perros. Los vecinos le hicieron la conexión eléctrica y la del cable para el televisor. Cuando desapareció, seiscientas personas salieron a buscarlo por la ciudad. La Policía no quiso decir por qué se lo llevaron y adónde. Los vecinos lo encontraron en la puerta de un hospital, golpeado y enfermo. Después de ingresarlo, salieron a buscar a sus perros Galo y a Pechin y les consiguieron hogares adoptivos.

5. A la segunda noche que dejamos el coche estacionado frente al edificio, rompen el vidrio y se llevan el neumático de repuesto.

15. Antes de venirme a la Argentina, escribía una columna con mis peripecias por Santiago para un portal de noticias. Al mudarme a Buenos Aires acordamos con la editora que seguiría escribiendo, pero omitiría los nombres para que los lectores chilenos no advirtieran mi cambio de residencia.

6. Policías recorren día y noche el barrio en el que vivo. Nunca todos los días y todas las noches, nunca todas las semanas y meses.

29. A trece años de la muerte de Ferreyra este mensaje continúa apareciendo en el grupo Salvemos a Pechito de feisbúk. «Acabo de volver del hospital con Valeria. Agradezco mucho toda la ropa donada, fue utilizada para acondicionar e higienizar a Ale. ¡Necesitamos algunos voluntarios para remplazarnos a partir de las 5 am!».

7. Dos puertas más allá del edificio en el que vivo entran y salen continuamente mujeres, niños y niñas. Durante el día siempre hay uno o dos hombres esperando en la vereda. Algunos se quedan a dormir bajo el alero vecino, con una manta, cartones.

23. En una de las columnas que escribí para el portal cuento que afuera de la biblioteca del Maestro había una fila de personas que sostenían en sus manos algún tipo de contenedor, al costado de un auto de un modelo antiguo, con el baúl abierto. Adentro del maletero había una cocina tan organizada como la de un restorán; las ollas envueltas en frazadas para mantener el calor, botellas con jugo, panes cortados iguales, trapitos blanqueados de lavandina. Más que la caridad, conmovía la justicia con la que la mujer, el hombre y una hija o hijo, servían a esas personas que esperaban comer. Después supe que en otros barrios de la ciudad había personas que se organizaban espontáneamente para salir en sus autos a servir comida a los y las que vivían en la calle.

54. Hablo en pasado porque no estoy segura si continúan haciéndolo.

30. Pechito murió en el hospital de las heridas y el frío. Un viernes de octubre del 2013, a las ocho de la noche, en la esquina de Scalabrini Ortiz y Santa Fe, los vecinos colocaron la baldosa conmemorativa. La ceremonia contó con la presencia de un representante del Banco Francés y de sus dos perros. Se le prometió justicia y un mural.

31. ¿Qué de especial tenía Adrián Alejandro Ferreyra, alias Pechito, para concitar estas consideraciones y cuidados de los y las vecinas de Buenos Aires?

8. Me dicen que el pasadizo contiguo al edificio en el que vivo y por el que entran y salen mujeres con sus hijos e hijas es un refugio para madres solas.

16. Teniendo restringida por mi editora chilena la palabra maestro, la marca Impala, el guiso de fideos moñito, el baúl del auto, en mis columnas escribía de las vueltas de la frazada alrededor de las ollas, la perfección del doblez, el movimiento del cucharón que malgasta una gota de caldo, las finas lonjas de jamón que el fiambrero de Ecuador disponía en la lámina, el carnicero que rehusaba vender a sus clientes carne que no era de primera, las personas que le dejaron un cojín al perro que dormía en la plaza, el niño que saludaba con la mano en alto a los personajes de la cuadra. ¡Lugar de la ciudad donde ponía el ojo, encontraba un procedimiento! Los lectores del portal se dieron cuenta de que no estaba en Chile.

10. Afuera del refugio para mujeres y niños hay dos grandes contenedores municipales que son continuamente visitados por personas que buscan en la basura. No se trata de cartoneros, que tienen su horario después de que cierran locales y oficinas. Son personas que buscan algo de comer o un objeto que vender para comer. Lo que no se llevan, va pudriéndose en el cordón de la vereda.

32. Leo crónicas, entrevistas, semblanzas sobre Pechito Ferreyra; periodistas que se esmeran por llegar al corazón de sus lectores. «Buena persona, siempre tan atento, si veía que pasaba algo malo alertaba a la gente». «Era un vecino más, hablaba de libros». «Hizo una expo en la pared con fotos que tomó de los tobillos de la gente que pasaba por la vereda, con su firma al pie». «Era como un hijo». «Como un nieto». «Alguien muy querido». «Siempre barría la vereda, acá nunca estaba sucio».

33. Los hermenéuticos buscaban lo que los textos sagrados querían decir en lo que no mostraban; para llegar a esas profundidades inventaban alambicados procedimientos difíciles de seguir. Mi intuición me dice que los y las vecinas de Buenos aires cuidaron algo más que a Pechito.

18. El portal que publicaba mis columnas me despidió. Ya me había acostumbrado a salir a la calle a buscar qué escribir. Las columnas se convirtieron en un marco que me permitió conocer la ciudad. Mis piernas quisieron seguir caminando, mis ojos no hallaban qué mirar. La ausencia de un motivo me sumió en la confusión. ¿Qué hacía en esa ciudad extranjera que solo podía mirar? Entonces los vi. Llamaban la atención porque parecían venir de otro tiempo. No eran personas que vivían en la calle, tampoco iban a un trabajo o a una dirección. Llevaban ropa de buena calidad aunque muy usada, podían venir de la industria textil de Perón, los años 60, los 90. Lo mismo ocurría con el peinado, la barba, los pasos lentos. Se notaba que no les importaba lo que pensaran de ellos y ellas, miraban condescendientes la modernidad, el apuro, los horarios, labrarse una carrera profesional, la propiedad privada; pensé que eran seres inadaptados a la actualidad.

11. Desde el edificio en el que vivo, bajando por la calle Santiago del Estero, hay una organización que reparte comida gratuita. Las personas llegan con bastante anticipación. Hombres y mujeres. Nunca niños. Sentados, acostados, con la cabeza reclinada sobre el puño, algunos conversan distendidos entre frazadas, cartones y contenedores.

17. En varios de los textos Pechito aparece junto a la palabra linyera. Viene de linghera, nombre que los inmigrantes italianos le daban al atado en el que llevaban sus pocas pertenencias. O de «lingerie», vocablo francés destinado a designar a la ropa interior que tenía en sus atados.

25. La tía de mi pareja y su hija, de visita en nuestra casa en el pueblo, me cuentan que desde hace años ambas mantienen (por separado) relación con dos linyeras que va más allá del dinero o la ropa que ocasionalmente les dan. Antes de irse, la tía, considerada en su juventud como estrafalaria, saca las sábanas que pusimos en sus camas y arma dos ataditos perfectos.

22. Un día no me aguanté y seguí a uno de los inadaptados por la avenida de Mayo, esa línea recta entre la casa Rosada y el Congreso. Entró en el bar La Embajada, caminó hasta una mesa junto a la ventana, y pidió un café. Hice como él. Atardeció.

34. Como si Alejandro Ferreyra fuese solo la capa superficial, al comenzar a investigar aparece una extensa, potente tradición de linyeras que comienza en 1917 y que se hace presente en el cine (El linyera, Que Dios se lo pague, Convención de vagabundos, El pibe cabeza, ¡Qué vivan los crotos!), en la música (Martín Castro, Daniel Melingo; «Linyera», que luego grabará Ignacio Corsini; «La Canción del Linyera»; el tango «Vagabundo»), en la literatura (Haroldo Conti, Ángel Borda —compilador—, Diego Angelino, Ezequiel Martínez Estrada, Juan Filloy, Bernardo Kordon, Diego B. Rositto, Manuel Angel Vidaurre, Hebe Uhart, Osvaldo Baigorria, César Aira, los poetas Juan Guijarro y Vicente Barbieri, que fue croto en su juventud), en la academia (Osvaldo Bayer, Alicia Maguid, Libertad Borda).

24. Volví al bar La Embajada varias veces. Era imposible que el propietario ganara dinero en el tiempo que los inadaptados demoraban en tomar un café o una copa. ¿Cómo sobrevivían? La pregunta se expandió a otros cafés viejos como el Roma al que iban puros viejos del barrio, a los automovilistas que conservaban sus coches mal parchados en vez de comprar uno nuevo; a las veredas y fachadas con añadidos de distintos materiales; a la ferretería donde un cliente mayor le dio su palabra al dueño que iba a volver a pagar lo que se llevaba, y el dueño aceptó su palabra. Tuve la impresión de que éramos miles sobre las espaldas de una actualidad cansada.

21. No me di cuenta de que en mi pregunta por cómo sobrevivían los y las inadaptados estaba la respuesta. El que no trabajaba o solo lo necesario para conseguir tres comidas diarias; la que necesitaba dormir hasta tarde, el que no le importaba el dinero, la que no consideraba necesario salir de su barrio, la carpintera que demoraba años en restaurar un mueble, los que ignoraban la ecuación del beneficio mutuo, los que se reían de que el mundo iba montado en una flecha y había que subirse, no eran linyeras como los de 1917 a 1940, pero continuaban la tradición y alguien los cuidaba, una ley, una familia, vecinos, departamentos municipales, estatales, universales… la Justicia acaso. No siempre.

26. El linyera nació junto al alambrado, a la extensión del latifundio y la imposibilidad del gaucho de continuar cruzando a su antojo la pampa. En las décadas del 30 y 40 llegaron a haber 360.000 linyeras y vagabundos. José Camilo Crotto, gobernador de la provincia de Buenos Aires, resolvió que los trabajadores golondrinas que iban a las cosechas de maíz, trigo y cebada viajaran gratis en los vagones de carga del ferrocarril. A los linyeras, andarines, vagabundos, se sumaron los crotos.

27. En Capital hay dos gigantescas estaciones de trenes de fierro por las que partían y llegaban los linyeras. Actualmente Retiro y Constitución reciben desde temprano una gran masa de trabajadores y trabajadoras que vienen a servir las necesidades de la capital y que luego vuelven a sus casas en el conourbano.

9. Cada vez que paso por fuera del asilo de mujeres y niñas me asalta un fuerte olor a amoníaco. Leo que cuando una persona pasa un período prolongado sin consumir líquidos, su orina se concentra y el olor se hace muy presente.

35. Desde 1977 al 2006 el diario Clarín publica diariamente la tira cómica El Linyera y su perro Diógenes, creada por Tabaré, Carlos Abrevaya y Jorge Guinzburg. En un episodio el linyera dice: «Lo más importante en la vida no puede comprarse… un amanecer, un otoño, el sonido del campo de noche, el canto de los pájaros». Diógenes piensa: «¿Y para qué comprarlo si es totalmente gratis?»

19. En su libro Construir, habitar, pensar, Heidegger describe habitar como cuidar, tener cuidados, que te cuiden.

36. Osvaldo Baigorria, autor de Anarquismo trashumante: crónicas de crotos y linyeras y En Pampa y la vía, cuenta que su viejo le contó que había estado tres años viajando con los crotos y que él mismo fue un croto, durmiendo a la intemperie, en la vía. Baigorria cambió la percepción que tenía de su padre, le comenzaron a atraer las figuras que huyen y rechazan lo que la sociedad les ofrece, aunque pierdan la comodidad, la salud y a veces hasta la vida. Vivió como beatnik en Estados Unidos y publicó una biografía del escritor Néstor Sánchez que también fue linyera. «Comprender o conocer a los linyeras nos devuelve un espejo que nos muestra otros caminos, otras vías».

37. A veces en el atadito no llevaban más que libros de Krotopkin, un filósofo ruso que justificaba la vida trashumante, y que los linyeras hacían circular en las ranchadas donde se compartía mate, churrasco y cigarros.

13. Cuando voy llegando a la cuadra en la que esperan las personas que viven en la calle, dudo si irme por la vereda donde está la organización que reparte la comida o cruzar hacia la vereda del frente que tiene menos personas. Después pienso que desde ambas veredas vieron que al llegar a la esquina crucé hacia la vereda que tiene más espacio para pasar.

39. «Bandas de vagabundos disfrazados de obreros», «vagos de profesión», «enfermos» y «bandidos», los llama La Nación. Los gobiernos dictan leyes y códigos rurales que consideran un delito no tener una residencia y una ocupación fijas. Se condena a los linyeras a trabajos forzados, se los deporta a Tierra del Fuego o se les enrolan en el ejército para pelear contra los indios mapuches y contra el pueblo hermano de Paraguay.

14. «Para mí, la relación con Pechito cambió mi punto de vista de la vida»: su vecina y amiga.

40. Paso delante de las personas que esperan la comida y no los miro. No, sus ojos, su cara, sus gestos y movimientos. Me pregunto cómo logro una visión general que me permite sortear sus piernas sin tropezar y, al mismo tiempo, no verlos. Para alcanzar ese punto de visión, tendríamos que estar a una distancia de unos cinco metros. Considerando que una vereda estándar tiene un metro cincuenta, estamos a cincuenta centímetros, y no los veo.

20. La ceguera me sigue, se mete en mi cama, en mi escritorio, en este texto.

41. «En todos los barrios aún hay uno o más linyeras que cumplen un mito de orden narrativo: los vecinos atesoran anécdotas sobre sus peripecias, las causas de su trashumancia, la primera vez que lo conocieron…».

43. «Los linyeras eran anarquistas, tenían en el horizonte la esperanza en una revolución que suprimiese el Estado y las clases sociales…. Como andaban por zonas rurales, no estaban obligados a vivir en medio de la basura que genera la ciudad, como los cirujas de hoy. Hay que aguantarse ese dormir y comer en público, sin pared mediante, expuesto todo el tiempo a la mirada de los otros». (Osvaldo Baigorria).

44. Comienzo a leer Bepo, vida secreta de un linyera. José Américo Ghezzi, alias Bepo, escribió sus aventuras de linyera en cuadernos que luego transcribió su amigo Hugo Nario. También veo el documental. Me emocionan los linyeras arriba de los vagones con su atadito y el acordeón. Las imágenes muestran la presentación del libro, a Hugo contando que de niño conoció a Bepo en el barrio y, mientras él trabajó cuarenta años con horario, Bepo andaba por el país en los trenes. Ahora que se jubiló y Bepo volvió a Tandil, todas las mañanas le lleva el diario y matean juntos.

45. En el sur de la capital, en el barrio de Barracas, existe un centro de inclusión social llamado Bepo Ghezzi que alberga a personas en situación de calle.

42. En el documental entrevistan a la hija del dueño del campo al que Bepo iba a trabajar antes de hacerse linyera. Ella estaba enamorada de él y no entendió que se fuera sin dejarle una palabra. Ahora que se reencontraron le gustaría darle un beso. En la mejilla, agrega, por su esposo.

47. Cuando terminó la pandemia y pudimos salir a la calle, las personas inadaptadas habían desaparecido, tal vez se recluyeron en sus barrios o se les hizo imposible sobrevivir sin un yugo, un horario, sin dinero, una carrera que ganar. Cerró La Embajada, la ferretería… los conserjes que el niño saludaba cada tarde al volver del colegio fueron reemplazados por unos tótems virtuales.

48. Escuchando a Bepo descubro lo que siempre estuvo a la vista.

49. Pasamos por una chacra y había una jaula con unos pájaros. Se la mostré al francés. Él me miró y dijo: «Nosotros también estamos en una jaula, pero la jaula es el universo». Eso me quedó grabado.

50. En una ocasión el francés volvió a la ranchada con flores silvestres y le dijo: Hoy vamos a comer con flores. «Y así fue, las miramos y nos sentimos felices».

51. Nardo cuenta que en una ocasión Bepo trabajó varios meses cuidando unos chanchos y les leía en voz alta. «Cuando fueron al matadero al menos habían escuchado El Quijote completo».

52. Me quedaba mirando los trenes de carga cuando pasaban con linyeras echados sobre los techos o asomados sobre el borde de las chatas. Me parecía que viajar y leer eran el ideal de vivir. Para entonces yo había leído muchos libros que me prestaba Jesús Losada, mi maestro de ideas. Pero nunca había viajado. Cuando tenía trece años me acerqué por primera vez a conversar con ellos. ¿Qué les pregunté? ¿Qué me contestaron? Nunca pude recordar. Jesús Losada aseguraba que en cada linye había un grito de libertad. A mí me gustaba eso que decía Losada. A los veinte años, con la cabeza llena de lecturas, no podía admitir que existiera bien más preciado que el de la libertad.

38. En las calles aparecen gigantografías que prometen hacer de Buenos Aires una ciudad limpia.

53. Cerca del final del libro Vida secreta de un linyera, Bepo busca trabajo en una chacra y le responden que no pueden tomar trabajadores libres.

12. Hay veces que siento un miedo horrible a que los lectores y lectoras dejen de leerme; que desaparezca la editora que pasa por alto la ecuación costo beneficio; las personas que deciden estudiar literatura, las autoridades que creen necesaria su enseñanza (de la que sobrevivimos), los talleres, las escuelas, las revistas, las becas; me da pánico que un día los habitantes de Buenos Aires descubran que no es necesario cuidar el misterio de los linyeras.

55. «¿Qué queda de aquel mundo que había sido toda mi vida?».

46. Hoy miré por primera vez el rostro de una persona que vive en la calle. Tuve la impresión de que me estaba esperando.

56. ¡El atado de ropa con el palito! ¡La imagen de los vagabundos en el cine!  ¡En Tom Sawyer!