La configuración de la subjetividad también se vislumbra mediante las redes del pasado y el vínculo del personaje narrador con la memoria colectiva, las costumbres, los contrastes topográficos, sociales o culturales. Este tipo de configuración permite evadir el tiempo presente y sumergirse en las circunstancias que viven los personajes, las experiencias que forjaron su voluntad y marcaron su conciencia del mundo. En esta línea está la breve novela Mudanza de los sentidos (2001) de Ángela Hernández. Este texto narra los menesteres cotidianos en los años finales de la dictadura de Trujillo, según los elementos contextuales serían los años 1958 y 1959. La historia se desarrolla en un ambiente rural, en una zona campestre que vive totalmente ajena a la industrialización y los desarrollos urbanísticos, en la que se lavaba la ropa en los ríos, según lo confiesa la misma narradora: «estábamos las dos lavando en la misma batea, frente a frente» (2003, p. 14).

En el relato sobresale la voz de una niña preguntona y un tanto rebelde: La Leona. Lo curioso es que este personaje y su infancia se desarrollan en un lugar llamado Quima, entre paisajes montañosos y bucólicos, con sus diversas vivencias y avatares. La escritora retomó el personaje y sus vivencias, muchos años después, en su novela Leona, o la fiera vida (Alfaguara, 2013), por lo que este relato contiene elementos autobiográficos y vitales. Sólo que aquí el personaje femenino, después haber vivido en la ciudad, emprende el viaje de regreso hacia el lugar de su infancia.

La configuración de la subjetividad individual —con los avatares, temores, miedos y angustias de los personajes— es el cráter de la novela más reciente de Jeannette Miller: Color de piel (2019), un relato en el que la autora mezcla el pasado histórico con lo autobiográfico según el tejido ficcional.

En la novela Los huéspedes del paraíso (2008), de Fernando Valerio-Holguín, la subjetividad se explora mediante el espacio textual y semiótico, apela a la fragmentación de los recuerdos según la visión del personaje que narra. El mapa de la memoria no sólo se revela en el territorio de la ficción a través de la ironía y el desdoblamiento de la perspectiva de la narración, sino que entra en juego lo personal, pues, según afirma Manuel García-Cartagena, «más acá o más allá del trabajo constante y sistemático de la ironía que despliega el narrador de Los huéspedes del Paraíso, una lectura atenta de ciertos pasajes de esta novela permitiría observar la manera en que una línea de escritura autobiográfica se va dibujando en y a través de la historia contada a partir de ese primer pasaje del primer capítulo».

El corpus muestra que la construcción del sujeto individual implica una mirada a la infancia de los personajes, mientras que la configuración de la subjetividad colectiva implica una relectura del pasado no tan remoto, y que se remonta casi siempre al período de la colonización o los siglos posteriores, sobre todo al siglo xviii y el xix. Curiosamente, esta constelación discursiva y artística es la que mejor revelan las fisuras del imaginario colectivo de los dominicanos. Aquí se torna patente la búsqueda de la identidad mediante el trance de la memoria colectiva, la mezcla de las costumbres y culturas (europeas, taínas y africanas) durante el largo proceso de mezcla racial, así como los efectos del mulataje y los remanentes de la cultura africana que permean el imaginario caribeño. En esta perspectiva, pueden leerse las novelas Memoria del horror hermoso (2007), de José Bobadilla; Memoria tremens (2008), de Veloz Maggiolo; la breve novela policial Cornalina (2012), de Miguel Aníbal Perdomo. En esta lista puede incluirse también la novela Sherlock Holmes y el misterio de los restos de Colón (2016), de Esteban Deive, aunque sea un relato de corte policial y satírico.

En algunos textos, la subjetividad se transforma mediante el oleaje de los sentimientos, el testimonio y las encrucijadas morales de una sociedad corrompida, consumista e indiferente ante la manifestación de la ternura, la poesía y la inocencia. La breve novela Papi, publicada por Rita Indiana Hernández en 2004, ilustra lo que acabo de enunciar. El relato es un extenso monólogo interrumpido, un discurso procesual en el que una niña narra la relación con su padre, quien no sólo la complace en todo, sino que se ufana de los bienes materiales que posee (carros, ropa, perfume, cadenas, piscina, etcétera). Los personajes representan a una sociedad que ha sido maleada y corrompida por el dinero y el materialismo. Suelta la narradora: «Papi se hace más poderoso gracias a la energía de todos los que desean un carro nuevo en el mundo. Los poderes de papi [sic] florecen cuando el espíritu de los deseantes vibra al máximo, haciendo que éstos le alquilen sus mujeres a los guachimanes y vendan por piezas a su hijos para comprarse un carro en el dealer de papi…» (2011, p. 100).

Lo interesante de esta novela, a pesar de los descuidos gramaticales y lingüísticos del texto, es la reconfiguración extensiva y simbólica de «papi», como centro de la diégesis, pues, al final, papi no tiene rostro, ni nombre, ni apellido; en realidad no representa a un individuo en concreto, ni sujeto alguno, sino que es la encarnación del patriarcado como sistema pasivo que transgrede y manipula la voluntad de los sujetos, los sentimientos y las relaciones humanas (véase la pág. 172).

Cuando me asalta el recuerdo de ti (2003), de Ligia Minaya, es un relato que versa sobre las prácticas amatorias, las angustias y las infidelidades del ser humano. A veces, la angustia existencial se conjuga con las vivencias del sujeto que se siente fracasado por lo que, como bálsamo, apela a la solidaridad para espantar la muerte inmanente. Es lo que acontece en la breve novela de Máximo Vega, titulada Al borde del Edén (2019), un relato que recoge las peripecias de un homosexual con sida (VIH) y que, al borde la muerte, trata de auxiliar y salvar a un niño de origen haitiano, huérfano.

No cabe duda de que la vida amorosa pesa tanto como el furor que engendra el saber y los senderos de la ciencia. La multitud (2011), de José Acosta, revela la pasión del hombre por el conocimiento y el misterio en la vida del hombre, y su deseo de decodificar el sentido de la vida y el universo a través de los resortes y los dispositivos del saber y la ciencia. Los personajes del relato sienten el temor a la vida y el estremecimiento existencial. Es una novela con un trasfondo filosófico y metafísico, al igual que El asesino de las lluvias (2008), de Manuel Salvador Gautier.

En algunos textos, la configuración de la subjetividad individual se materializa a través de la actuación —concebida como performance extensivo— de los personajes según la secuencia de sus acciones y sus construcciones emocionales y socioculturales. Esta construcción del yo se manifiesta en la voluntad, en los deseos y los movimientos de los personajes. El yo se humaniza y se transforma cada vez que encarna un nuevo ideal o emprende una nueva búsqueda. La intención de enunciar o querer comunicar algo transforma las posibilidades mismas de la subjetividad y su modo de comprender la vida humana a través de la escritura con intención acusada y artística. Por lo que la escritura se revela como una máquina catalizadora, capaz de transformar no sólo el sentido de la vida humana, sino también las experiencias más traumáticas. En esta singular tesitura están tres novelas con sorprendentes facturas —mezcla de estilo, mito y belleza del lenguaje—: El asesino de las lluvias (2008), de Manuel Salvador Gautier; El ángel plácido (2009), de Manuel Mora Serrano; y La mucama de Omicunlé (Periférica, 2019), la magistral novela de Rita Indiana Hernández, de la que hablaré a continuación.

 

SEXO Y PROSTITUCIÓN

Son muchas las novelas en las que se percibe el problema de la identidad sexual, la desviación sexual o perturbaciones sexuales de los dominicanos. Por ejemplo, en la novela Papi (pág. 57) se perciben los trastornos sexuales de la niña que narra la historia, así como su inclinación por el lesbianismo. Las perturbaciones sexuales también están presentes en Ritos de cabaret (1991) de Veloz Maggiolo, pero también sobresalen en la trama de la novela El violín de la adúltera (2007), de Andrés L. Mateo. Aquí, el personaje, Néstor, decide visitar a una prostituta con la idea tener sexo con ella y hacerse un hombre. No lo consigue. Esta experiencia lo marcará de modo negativo durante toda su vida, lo que afectará incluso su relación de hombre casado. Néstor no se siente satisfecho de su sexualidad, más bien se siente escindido, avergonzado. El problema, tal como lo describe el crítico Di Pietro, es que «el protagonista central no conoce nada de esto. A su edad, todavía tiene una fijación por su etapa de adolescencia. De ahí su interés por las estrellas del cine mexicano y, más revelador aún, su obsesión por las tetas de Ligia Monsanto, como lo evidencia su diario»

Con todo, la identidad sexual descrita en el terreno de la ficción se reduce a los entornos urbanos y citados, propios del siglo xx, sino que se ha mezclado con los anales y los registros de la historia. Es el caso de la novela Al fin del mundo me iré (Planeta, 2006), de Avelino Stanley, este relato sostiene que Cristóbal Colón no sólo estuvo en Quisqueya antes de 1492, sino que volvió varias veces movido por la relación con su amante, el cacique Guacanagarix.

La sexualidad adquiere una dimensión mítica y violenta en algunas novelas que muestran la figura del sujeto y los valores con los que suele identificarse en su diario vivir. En este orden, cabe mencionar la novela La Luisa (2016) y El ángel plácido (2009), ambas de Mora Serrano; la dosis de sexo se traduce en pornografía textual y gráfica en la novela El clan de los bólidos pesados (2010), de Pedro Peix.

El corpus sobre el burdel y la prostitución en la sociedad dominicana no es tan extenso, pero tiene una característica que llama mucho la atención: casi siempre está asociado al arribismo, al escalonamiento social y político, se apela al sexo como moneda de cambio con tal de ascender o sobrevivir. Por ejemplo, en la novela Distinguida señora (1995), de Carmen Imbert Brugal, el sexo y el libertinaje sexual son vías claras de ascenso social y un modo de conquistar el reconocimiento. El tema de la prostitución —y el arribismo— como elemento clave de la configuración de la subjetividad colectiva también está presente en el texto María de nadie (2013), de Ynoemia Villar; en la novela Nosotras las de entonces (2019) de Margarita Cordero; en la novela de Oquendo Medina, Aunque me cueste la vida (2019); en Memorias de una mula (2019), del escritor Jesús Paniagua; y en la ya citada La mucama de Omicunlé (2019).