Lo primero que llama la atención de La mucama de Omicunlé es que describe hechos apocalípticos y futuribles, se habla del maremoto de 2024, y de episodios que, según las coordenadas espaciales y temporales, ocurren entre 2044 y 2050. Este relato de corte metaficcional aborda diversos temas: la prostitución, las drogas o tuercas, la santería y los ritos religiosos de corte africano, la corrupción, el desastre ecológico, así como los gestos sombríos y antidemocráticos de quienes ostentan el poder en la República Dominicana. Ahora bien, el tema medular, la bisagra, es la transformación sexual de Alcide Figueroa, la sirvienta de la santera (Esther Escudero, llamada Omicunlé), quien se inyecta una poderosa droga con tal de convertirse en hombre. La narración muestra el vínculo entre las fuerzas secretas o atávicas y el dominio de la razón, de la sonada «razón de estado», pues la santera iba con frecuencia al palacio a tirarle los caracoles al presidente.

La metamorfosis del personaje andrógino (Giorgo) no parece alterar su estado de conciencia, como sí ocurre con Argenis, artista plástico joven, quien ha sido elegido por Giorgio Menicucci para que se sume al proyecto artístico Sosua Project, sin embargo, este artista visual vive en un trance y es presa de un delirio tremendo. Este personaje no sólo sueña con los ojos abiertos, sino que muestra la fuerza de la técnica empleada por la autora y, a la vez, pone de manifiesto la isotopía del relato, ya que la conciencia de Argenis es literalmente un lienzo borroso en que convergen dos pantallas (el pasado y el presente), y también el nexo entre los dominios de la razón y el dominio de lo irracional (los sueños siniestros). Esos sueños que quiso dibujar y plasmar el pincel de Goya.

En la década de los noventa de siglo xx, la ficción se aparta de los grandes hechos históricos y se ocupa de la constitución del sujeto histórico y su destino fatal (es el caso de las hermanas Mirabal) y explora los vínculos entre los miembros de una familia Henríquez Ureña. El rostro de Salomé y de su hijo Pedro Henríquez Ureña están plasmados en los billetes de la República Dominicana, porque, entre muchas cosas, forjaron el ideal de nación a la vez que vislumbraron los senderos del futuro, el aporte de la ciudad letrada y la edificación del proyecto nación: un proyecto basado en la educación y el cultivo esmerado de las artes. La exploración estética y literaria de los lazos y las relaciones humanas en torno a esta familia ha resituado la configuración de la subjetividad (individual y colectiva) de los dominicanos frente al proyecto de nación, e incluso podríamos afirmar que ha marcado los derroteros del ideal de corte moral, intelectual y estético del país. En 1998, Manuel Salvador Gautier publica la novela Serenata, un relato impecable y bien facturado. Es la primera novela, hasta donde sé, que retrata las relaciones humanas y las pasiones de la familia Henríquez Ureña compuesta por Francisco Henríquez y Carvajal (Pancho), Salome Ureña de Henríquez y sus cuatro hijos: Francisco, Pedro, Maximiliano y Camila, y algunos parientes, Daniel y Federico, el hermano de Pancho y Ramona, hermana de Salomé y la nodriza de Pancho. Dos cosas llaman la atención: la víctima y visionaria es Salomé; el malo o travieso de la película es Pancho, quien al parecer no era tan manso y humilde como lo han pintado. En el entramado de la novela hay un visible deseo por comprender la historia nacional a través de la desmitificación de los personajes históricos.

En torno a la familia Henríquez Ureña gira otra novela notable del siglo xxi: En el nombre de Salomé (2002), de la escritora Julia Álvarez. Es un relato polémico, pues desmitifica la imagen hagiográfica de las mujeres integrantes de la familia: narra la relación amorosa (lesbianismo) entre Camila Ureña Henríquez y una gringa (Marion). Esta novela resulta singular por varias razones; en primer lugar, el relato implica una relectura y una crítica, aunque indirecta, al proyecto de nación; en segundo lugar, muestra y critica los resortes que limitan la subjetividad del imaginario colectivo, según la concepción oficial de la heterogeneidad sexual, la identidad estática, los símbolos patrios y los emblemas de la dominicanidad.

La desmitificación, como elemento nodal de la construcción y expansión de la subjetividad, es un rasgo característico de la novelística actual. Se desmontan los gestos, los valores y la visión de personajes históricos, pero también la imagen de ciertos acontecimientos relevantes ligados a la historia nacional, como la guerra de abril de 1965. Las palomas de la guerra (2010), de Juan Carlos Mieses, desmonta, en palabras de Di Pietro, «la imagen hagiográfica de la guerra de abril» (2012, p. 190). La desmitificación tiende a reafirmar la dimensión humana, la fragilidad del personaje y su levedad moral. Lo dicho en la línea anterior vale también para la novela Manolo (2009) de Edwin Disla: un relato que tiene como protagonista al luchador antitrujillista Manuel Aurelio Tavárez Justo, alias Manolo. Hay, en estos relatos, un elemento digno de un análisis más profundo y semiótico: el abordaje de estos personajes implica no sólo una relectura del discurso histórico, sino también una restauración de la utopía rota, retazos visibles de un sueño que no ha cuajado, a la vez que se subraya el perfil redentor de los personajes y su vínculo con el fundador del cristianismo. Dicho de otro modo: en el relato hay gestos e indicios que muestran el nexo simbólico del personaje (Manolo) con Jesucristo. Lo mismo podría acotarse de otras novelas como Dimensionando a Dios (2010), de Manuel S. Gautier, y Jesús de la tierra (2016) de Edwin Disla.

La subversión (de voces y discursos) como reconfiguración de una utopía destrozada se expresa en algunas novelas que, curiosamente, tienen un trasfondo histórico o real. En esa línea está la novela Los amantes de abril (2004), de Manuel Matos Moquete. La historia narra la angustia y la desesperación que sienten dos enamorados, quienes interrumpen su romance y se distancian, de manera abrupta, a causa de la guerra, la represión de los militares y las barricadas. Este dramático hecho fulminó las esperanzas y las certezas del sujeto dominicano; este aspecto lo reconoce el mismo narrador: «la ciudad era un caos, escombros y barricadas. La guerra no sólo cambió el rostro de los lugares, sino que cambió fulminó los anhelos y esperanzas de los dominicanos» (p. 31).

En los novelistas dominicanos hay una constante, una característica, según Di Pietro, algo que llama mucho la atención y es que «están obsesionados por la suerte de su país desde el inicio» (2017, p. 52). Esto significa que tienen una soterrada preocupación por la nación como proyecto utópico, roto, fragmentado y burlado. Gregorio y su mundo perfecto (2016), la novela de Gautier, muestra cómo la búsqueda individual se convierte en búsqueda colectiva. El relato es un vivo ejemplo de las rémoras y los obstáculos que han enturbiado el proyecto de nación, es decir, de la lucha de la utopía versus la corrupción; o la utopía versus la degradación moral y social. En la novela No les guardo rencor, papá (2017), un texto con una impresionante factura formal y estética, el personaje principal no sólo se identifica con la causa ideológica de los «barbudos» (los comunistas), sino que lucha por la patria nueva, por la nueva utopía terrenal. Es ésta la otra cara de la subjetividad colectiva representada en la tradición novelística de las últimas décadas del siglo xxi.

No olvidemos que la subversión implica no sólo una crítica de corte metaliterario a través de una exploración de los discursos dominantes y oficiales, sino también una relectura de los límites de la subjetividad, de los eslabones del imaginario y sus voces sacudidas por ciertos eventos, por dramas sociales y crisis espirituales y éticas. La Luisa (2016), novela de Mora Serrano, dibuja el libertinaje y la doble moral de una sociedad que continuamente se ve vapuleada por la tiranía. Es una novela escénica, según la define el mismo autor y tiene como música de fondo la era de Trujillo y las acciones descarnadas de sus esbirros.

En el 2008, aparece La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, de Junot Díaz, obra con la cual obtuvo el Premio Pulitzer. Esta maravillosa novela es el paradigma de la subversión radical de las voces, la mezcla de registros verbales y culturales, pues en el entramado del relato convergen diversos temas y problemáticas asociados al sujeto dominicano y caribeño: el mito, la memoria cultural, la herencia cultural del África, la sexualidad volcánica de los dominicanos, la violencia de la tiranía, el trance la emigración, los conflictos de la identidad y el deseo de comprender la historia del país desde la cartografía borrosa del discurso histórico y la conciencia escritural, hija de la metaficción y la ciencia-ficción.

Estamos ante una obra maestra. En el texto se aprecia la destreza y la maestría técnica con las que el autor mezcla, con una naturalidad pasmosa, episodios tristes y trágicos; se mezcla el humor con el desenfado lingüístico, y la ironía con la elocuencia y el gracejo coloquial. Estamos ante una novela de impecable factura, con una trama fresca y paradójicamente romántica, que se disfruta y con la que uno hasta se ríe mientras va leyendo sus páginas. El relato se teje con los hilos de la fatalidad (el fukú) y las hebras de la conciencia mítica del inmigrante dominicano y sus profundos avatares, sus miedos, sus creencias atávicas, con sus carencias y los símbolos de la isla. En el texto se aprecia la conciencia sacudida del inmigrante dominicano —con sus diversos desencuentros sociales, políticos, éticos y míticos— a la vez que muestra «la memoria como un espacio de construcción y configuración de los vínculos primarios del sujeto y «sus mundos». Esto es muy relevante, ya que la vuelta al mito implica la reconstrucción de la identidad del sujeto errante y desarraigado mediante la manifestación de sus creencias y sus acciones» (Fari Rosario, 2019, artículo en fase de edición, Universidad de Guanajuato, México).

 

LA TRAMA

La novela es una crónica amarga, triste y trágica en torno a una familia dominicana que emigra a los Estados Unidos. En primer plano, los miedos y los fracasos de Óscar de Léon en sus numerosos intentos por perder la virginidad y ser feliz. A los seis años de edad, el protagonista de la de historia contada tuvo que emigrar a los Estados Unidos junto a su familia. Óscar Wao, según se narra en más de trescientas páginas, hace varios intentos, aborda varias jevitas (como las llama el narrador), con tal de establecer una relación amorosa y normal. No lo consigue, por el contrario es rechazado y se convierte en objeto de burlas de las personas de su entorno, debido al sobrepeso de su figura, a su estilo de vida tipo nerd y a su obsesión por la ciencia-ficción y los juegos de rol. El nerd dominicano vive leyendo y escribiendo como un loco, pues en su pecho siente un auténtico anhelo: ser escritor de ciencia-ficción. Su vida, no obstante, es un terrible círculo vicioso, por lo que su vida deviene en una repetición continua de gestos: ve y repasa, una y otra vez, la misma película. Quizás lo hace para escapar a un mundo despiadado e indiferente, ese mundo miserable de las grandes urbes posmodernas, esas que no perdonan los gestos en nombre del amor, la ternura, y menos aún los sueños y las ilusiones que tienden a liberar al hombre de sus miedos más profundos y atávicos. Al final, el protagonista, cual Quijote errante y desafiante, muere en su desacertada búsqueda del amor y la felicidad. Es asesinado en un cañaveral de la República Dominicana. (Es una víctima más, como diría el narrador, de las acciones trujillistas de la sociedad dominicana y de su sistema represivo y antihumano).

 

METAFICCIÓN Y ESCRITURA METALITERARIA

Dentro de los géneros épico-narrativos, según argumentan los investigadores García Berrio y Huerta Calvo (2015, p. 171), no sólo están la leyenda, el cuento, la novela corta, sino también la metanovela. Es una modalidad temática tan importante como la ciencia-ficción. La metanovela implica la mezcla de los datos de la cotidianidad y el mundo real con manifestaciones que son netamente textuales o discursivas. El profesor Gonzalo Sobejano (en línea), la define de este modo: «una novela que refiere a un mundo representado (fingido o imaginado en palabras) es una novela. Una novela que no refiere sólo a un mundo representado, sino, en gran proporción o principalmente, a sí misma, ostentando su condición de artificio, es una metanovela, de manera semejante a como el lenguaje que no remite a un mundo de objetos o contexto, sino a otro lenguaje o código, se llama “metalenguaje”».