POR  MARTA SANZ

1. Entremos en un cuadro: Las Edades y la Muerte de Baldung Grien; la Muerte con su reloj aguarda a una joven que le da la espalda. Una anciana de pechos sumidos le pasa la mano por el hombro. A sus pies, un bebé quizá está muerto. El pintor abstrae la edad de su marco económico, social y religioso. Pero pinta mujeres, y las edades escriben y son escritas en la época feudal o en el turbocapitalismo.

2. Cuando Adrienne Rich, en sus Apuntes para una política de la posición (1984), dice que nuestra geografía más cercana es el cuerpo alude a género, clase, raza, continente, civilización. Ahí se inserta un cuerpo. Todo eso -también el lenguaje- se inscribe en nuestra piel y nos hace tomar conciencia de nuestra posición en el espacio -desventaja, sumisión, sujetos y objetos de la violencia-. Nos rebelamos contra esas posiciones, esos escorzos, aparentemente inamovibles, estigmatizados: mujer, negra, pobre. Entre las categorías que nos marcan también está la edad. La edad recorre la piel de la escritura.

3. Escribimos desde una edad. Somos niñas, vivimos el climaterio, somos rabiosa o complacidamente jóvenes, casi nunca encajamos en la plenitud ideal de la palabra «mujer”» Hoy quiero pensar cómo mis años adecentan mi escritura. O la empobrecen. Cómo la pérdida de capacidades nos lleva buscar estrategias que devienen en lirismo y descubrimiento. O en nada. Cómo la experiencia sirve o agota, y eso se refleja en nuestra caligrafía de escritora madura. Quizá la mirada externa sobre la acción de escribir nos obliga a adoptar un estilo concreto al haber cumplido unos años: soy la mujer que ya ha llegado a la edad de escribir novelas de tacitas. Soy la mujer que ya no puede hablar de su clítoris. O, al revés, tengo que hacerlo continua, alegre, publicitariamente. No nos miran bien. Existe una posibilidad menos halagüeña: que nos hurten la mirada. Que nos hagan desaparecer. A casi todas. La publicidad, esgrimiendo filantropía cuando se trata de venta, atendiendo al envejecimiento de la población como target, busca otras fórmulas: Ángela Molina, de 67 años, protagoniza una campaña de Zara.

4. También la edad importa cuando somos jóvenes: la lucidez y el bellísimo atrevimiento de la inexperiencia nos lleva a construir personajes distanciados de lo que sabemos y hemos vivido. Creemos en esa condición hermafrodita de la escritura que siempre estuvo en manos de los hombres. Otras jóvenes escriben sobre mujeres jóvenes desde una perspectiva autobiográfica que las coloca en el centro del relato.

5. Lo peor para una escritora joven es hacer una genuflexión. Ahormarse a lo que ya no tiene sentido o tuvo un significado corrosivo. Lo peor, también para una escritora joven, es no reconocer una genealogía. La escritora joven, que pronto dejará de serlo, se piensa como Pulgarcita surgida, exenta y única, de la corola de un floripondio. Se hace moda. Desparece pronto.

6. Mi amigo José Ovejero dice que las personas jóvenes tendrían que leer a las viejas, incluidos clásicos y clásicas -hay más de las que parece-, y que quienes ya tenemos cierta edad no deberíamos desatender las nuevas escrituras. A menudo desprecio y desinterés -competencia insana- ocupan el territorio de esa mutua curiosidad. Veo a jóvenes que se centran en un universo vertiginoso, inalámbrico, espectacular, lleno de estímulos a los que no se tiene tiempo a responder. Veo a personas mayores que tiran la toalla y, para arraigarse a la vida y no caerse de la veloz tarima deslizante, recurren a la nostalgia y la melancolía. O, huyendo de artificios y artefactos incomprensibles, regresan a una naturaleza, cada vez más furiosa, que no sabemos cuánto tiempo podremos contemplar.

7. Hay una escritura joven que, adánicamente, se cree nueva. No lee. Busca llenar estadios. También hay una escritura que cierra los ojos al presente. Se queda instalada en esos viejos apuntes de clase que siempre funcionan. Se encierra dentro de una cáscara de huevo. En la playa, viejas y viejos practican aqua gym jugando al corro de la patata. No sé si el gesto es patético, alegre, provocador.

8. Me pregunto cómo todo esto repercute en los estilos literarios. En qué medida con la edad nos invade el bucolismo y cierto reaccionarismo retórico, mientras la juventud busca nuevas palabras para construir una realidad mutante. También hay jóvenes que escriben como viejas glorias educadas y personas mayores que lo hacen como recién nacidas: la palabra experimentación se enquista en los corazones viejos frente a textos de artistas, jóvenes y resilientes, que conocen las estrategias del mercado y el uso de las redes como formas de una literatura que es, sobre todo, marca. Hay caladeros en Instagram o en fanfiction.net. Personas que jamás podrían compartir sus textos lo hacen, aunque no pocas veces la imaginación se adapta al gusto mayoritario y se domestica la hipótesis retóricamente disidente. La maravilla de aprender de lo difícil. Existe una correctora cuestión de género: mujeres jóvenes, inquilinas de la contractura, la traducen, la muestran, la recrean, indagan en ella rompiendo el lenguaje y su previsibilidad; Lorena Salazar Masso, Natalia Freire, Elisa Victoria, Aida González Rossi recientemente han publicado libros que me llevan a mirar con admirada curiosidad y me ayudan a vencer mi cansancio. Las reticencias en la conversación entre espacio y tiempo de escritura, edades y orígenes, el peso del prejuicio que alimenta este mismo texto, se reducen cuando las escritoras practicamos sororidad y conciencia de clase.

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