La crítica se vio enriquecida por aportes externos y recuperaciones. Bajtín, con su rica sugestión de considerar la cultura de la carnavalización y el carácter coral del arte letrado —escuchar no una sola voz de un supuesto autor, sino las voces de las que el texto es cámara de ecos—, nos devolvía al mundo de la historia. En cambio, el intento de aplicar a la materia literaria el psicoanálisis lacaniano por la vía de la lingüística saussureana corría el peligro de encriptarse con un léxico de neologismos y claves bizantinas de difícil intelección. Lo mismo en cuanto a la desconstrucción que va haciendo desmigar el texto con sucesivas lecturas hasta alejarse de sí mismo y desaparecer.

Estas batallas de encajes y puntillas parecen haber cesado, aunque siempre aparecen fidelidades de escuela, como ahora sucede con los estudios de género, poscoloniales y multiculturalistas.

Este denso tejido, rico de ideas y, a veces, sobrado de obediencias literales, hace que el director de una revista generalista y neutral como Cuadernos deba imitar a un agente municipal del tráfico urbano, evitando siempre actuar de modo rígido y mecánico como si fuera un semáforo. Es lo que intenté hacer cuando me tocó el turno. No me juzgo porque sería inconducente hacerlo. Simplemente, declaro mi deseo de que la revista conserve su apertura actual a disciplinas, opiniones, tendencias y personalidades varias, como cuadra a un mundo que, dentro de la homogeneidad de la lengua, cubre la abarcante inquietud de los seres humanos por conocer ese mundo mientras lo hacen, evitar deshacerlo y tratar de conocerse a sí mismos —corrijo: conocernos— en el espacio de la palabra, que es, por excelencia, lo que nos hace humanos y hasta puede deshumanizarnos.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]