
Hace poco vi nuevamente las famosas clases sobre Borges que Ricardo Piglia dio por la televisión pública argentina en 2013. Fue una experiencia nostálgica: además de las clases en sí mismas, con el brillo inigualable y extinto de un escritor y ensayista genial hablando del más grande escritor y ensayista argentino, me golpeó el paso del tiempo. Se advierte en el solo hecho de que algo así sucediera en la televisión estatal, hoy parcialmente vaciada y con una programación de estupideces de todo tipo; en los sutiles cambios en la moda que revelan los atuendos del público; en los rostros de mejillas rozagantes de algunos amigos presentes, que hoy peinan canas; y sobre todo, en la triste noticia de que algunas personas que participaron en los programas no están más. Como el por entonces director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, y el mismo Piglia.
Cuentan quienes asistieron al rodaje una historia un poco incómoda. Las emisiones se grababan en pocas jornadas que luego se emitían una vez por semana a lo largo de un mes. En una de las grabaciones, cuando Piglia estaba subiendo al estrado desde el que hablaba, se tropezó y cayó al piso, con todos sus papeles a cuestas. Fue un traspié como el que le podría ocurrir a cualquiera, sin embargo, los que estaban enterados de la enfermedad que había empezado a asolarlo, se preocuparon mucho. Parecía indicar el signo de otra cosa. Piglia, sin embargo, no le dio tiempo a nadie a ayudarlo, se levantó sin dar muestras de nada y comenzó a hablar con fluidez.
Recordé el relato de ese mal momento cuando volví a ver las emisiones –en las que por supuesto no aparece la caída–, especialmente atenta a los detalles de sus gestos y palabras, pero ninguna señal delató extravío alguno. Pasé horas maratoneando las clases, tomando notas, hasta que en un momento dado Piglia dijo la frase que me iba a destruir: «Nosotros en Buenos Aires sabíamos que Borges estaba en algún lugar. Eso es un milagro. Lo podíamos ir a visitar. Vivía en el mismo lugar que nosotros.»
¿Qué es una ciudad además del conjunto de personas que viven ahí? Me refiero a las personas que una ama y también al círculo ampliado de seres que forman nuestra red, interlocutores, compinches, incluso ídolos. Cuando una de estas personas no está más, también se va toda la zona psicogeográfica asociada a ella. En realidad, esa zona no desaparece por completo, sino que empieza a formar parte de una ciudad nostálgica, fantasmal, ausente, que se superpone a la ciudad real, vertiginosa, que transitamos todos los días. La ciudad de nuestras ensoñaciones y la ciudad de nuestros pasos se funden en una caminata. Y de pronto una tarde, yendo por determinada calle hacia el sur, nos damos cuenta de que estamos haciendo el mismo camino que hicimos durante años para encontrarnos con un amigo muy querido al que no volvimos a ver. A veces ese amigo ni siquiera sigue viviendo en esa esquina y ese balcón iluminado no responde a su presencia en el departamento. Sin embargo, algo se carga en nuestro pecho. Caminamos en el presente, pero también en el pasado. Estoy pensando en la ciudad de Borges. En la que vivió, escribió, soñó y caminó durante mucho tiempo.
Vengo leyendo y releyendo sus textos y, como nadie desconoce, la ciudad de Buenos Aires aparece dibujada de muchas maneras. Poetizada en sus primeros libros, a veces como escenario directo, otras deformada hasta el punto de volverse irreconocible. Encontrar Buenos Aires en su obra y trazar un mapa desde ahí es un camino posible. Otro es el inverso: encontrar en la ciudad misma, en la actual, las huellas del propio Borges. No es una idea original; de hecho, existen unos recorridos borgeanos estandarizados que mezclan un poco de estas dos premisas: se va del barrio de Palermo, donde está su casa de la infancia en la famosa manzana de “Fundación mítica de Buenos Aires” –la calle Serrano, donde se ubicaba, fue rebautizada Jorge Luis Borges– a Recoleta, donde está la actual Biblioteca Nacional, de la que fue director. Y, luego, una última parada en San Telmo donde se visita la Sociedad Argentina de Escritores –quizás a alguien le resulte interesante – y la casa de su novia más destacada, la brillante Estela Canto. A mí ese circuito me parece aburridísimo. Ver los lugares desde afuera, arrugar la nuca para leer la placa con el “Aquí vivió” de rigor, me resulta insuficiente. No llega a ser la ruta que tienen otros escritores en el mundo, como la de Kafka en Praga, bastante más vistosa, que incluye un castillo, la escultura giratoria de David Černý y no sé cuántas cosas más. Decido armar mi propio recorrido.
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Borges nació en pleno centro y creció en el por entonces arrabalero barrio de Palermo. Durante un largo período vivió con su familia en Europa, donde hizo sus estudios de bachiller y empezó a escribir. Al retornar a Buenos Aires, sintió cómo la ciudad se había transformado en una suerte de rara metrópoli, apaisada y ancha, que crecía y se desdibujaba en dirección a la pampa. Era como si la estuviera viendo por primera vez. Lo escribió en su Autobiografía: más que regreso, fue un redescubrimiento. La fuerza de esa impresión quedó plasmada en su primer libro, Fervor de Buenos Aires. La relación de Borges con la ciudad, su corazón, sus márgenes, va a mantener siempre esa idealización, esa mirada distante y a la vez íntima, propia de un gran amor.
Durante años se trasladó por distintas residencias –la muerte de su padre, un casamiento infeliz, lo van corriendo de lugar– hasta que se instala junto a su madre, Leonor Acevedo, en la calle Maipú 994. Ese departamento de tres ambientes y con goteras, desde el que se atisbaba la elegante Plaza San Martín, fue su morada por más tiempo. Es conocida la historia de una visita de Mario Vargas Llosa, que fue a entrevistarlo y quedó muy sorprendido por la austeridad en la que vivía el gran escritor, al punto de mencionar en su nota unas indecorosas manchas de humedad en las paredes. Al poco tiempo, Borges se refirió al episodio: «Vino a visitarme un peruano que creo que trabajaba en una inmobiliaria».
Pero más allá del anecdotario borgeano y de las placas recordatorias con las que se sacan de encima estos asuntos los gobiernos, hay otro cruce entre Borges y Buenos Aires. Una y otra vez el escritor sentenció que su verdadera vida no había sido en un barrio determinado o una casa en particular, sino junto a un mueble muy específico: una biblioteca. El germen es, por supuesto, la primera: «Si tuviera que señalar el hecho Capital de mi vida –escribió–, diría la biblioteca de mi padre.»
Parte de los libros que aquella contenía, junto a lo que sumó a lo largo de su vida, se conservan en el Museo Borges, ubicado en la fundación que lleva su nombre. Un recorte de este patrimonio se puede ver en el bellísimo libro La biblioteca de Borges (Paripé books, 2018) compilado por Fernando Flores Maio, que reúne en una edición de lujo imágenes de tapas, portadillas, lomos y las anotaciones en letra diminuta del propio Borges, que nos acercan a sus obsesiones bibliográficas. También en la Biblioteca Nacional hay ejemplares que le pertenecieron. Son alrededor de mil libros, leídos y anotados por él, que abandonó en la Biblioteca. Con el correr de los años, se fueron encontrando sus anotaciones y armaron un corpus, que se puede conocer en Borges, libros y lecturas (Ediciones Biblioteca Nacional, 2017), compilado por Laura Rosato y Germán Álvarez.
Pero como esta vía continúa siendo bastante libresca, se me ocurre ir a las dos bibliotecas públicas donde Borges pasó el mayor tiempo de su vida. La Biblioteca Municipal Miguel Cané, su primer trabajo estable entre 1937 y 1946, y la antigua Biblioteca Nacional, donde fue director entre 1955 y su jubilación en 1973.
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Es un día otoñal, de sol y viento intenso, con las hojas de los árboles volando por el aire. El mapita marca 3.5 km en línea recta hasta llegar a avenida San Juan, donde está la Biblioteca Miguel Cané. Voy hacia el sur, como si un imán me estuviera llamando. Noto cómo el paisaje urbano cambia, se torna más solitario, bello y descuidado. Hasta que finalmente llego al barrio de Boedo y a la mentada Biblioteca. La fachada, de puertas blancas y vidrio repartido, tiene en alto grandes letras con el nombre entre firuletes metálicos. Adentro se impone el silencio. Primero observo todo, haciendo caso omiso de las miradas inquisitivas de los dos hombres que, tras un mostrador, esperan que me presente. Hay un viejo mobiliario de madera, posiblemente original, estanterías y adorables mesitas de lectura individual de madera oscura, quizás roble, sobre las que cuelga un velador apaisado como una regla. Esto convive con muebles de melamina blanca, tachos de plástico, cartelitos con prohibiciones, señalamientos o consignas a favor del reciclado.

Dejo mi nombre y mi DNI en una lista de ingresantes y subo hasta el primer piso, donde está el espacio destinado al escritor, completamente desierto: dos cuartos con luz tenue, vitrinas y algunas primeras ediciones. Luego, un salón central con el clásico ploteo de la línea de tiempo de la vida de Borges y fotos alusivas: Borges bebé, Borges niño con su hermana, joven y regordete, hasta llegar al Borges icónico, anciano y ciego. El espacio se angosta hacia una puerta que da a una terraza minúscula, con dos bancos de plaza enfrentados bajo el cielo de Boedo, ruidoso y coronado de antenas. De ahí se entra a la oficina que recrea el espacio de trabajo de Borges. Es un escenario imaginario, ya que es difícil que tuviera una oficina siendo que era un auxiliar primero, –catalogador y hemerotecario– cargo más bien bajo en el escalafón laboral. La supuesta mesa de trabajo tiene ese velador verde típico de biblioteca, una vitrina con libros forrados y un reloj de pared de agujas prudentemente inmóviles.
Borges habló de este lugar con ironía y con pesar. Contó que el primer día hizo su trabajo honradamente, pero que al siguiente sus compañeros lo llamaron aparte para decirle que no siguiera así, que los ponía en evidencia. Eran unas tareas monótonas, donde el entorno no lo estimulaba. «Los empleados sólo se interesaban en las carreras de caballos, los partidos de fútbol y los chistes verdes», contó en Autobiografía. Pese a todo, resistió en la biblioteca durante «nueve años de profunda desdicha» que, finalmente, no parecen haber estado tan mal. En todo caso, fue aquí donde, robándole tiempo al trabajo, escribió los cuentos de Ficciones. El manuscrito El Aleph tenía un membrete de esta Biblioteca.
En la sala de lectura contigua hay tres chicas estudiando que se pasan un mate de mano en mano, ajenas a mi previamente conmovida pesquisa. La fantasía de vislumbrar un fantasma, una huella, algún atisbo. ¿No es eso acaso lo que impulsa estas visitas? ¿Encontrar alguna señal que nos traiga de vuelta al escritor perdido? Vuelvo a la terraza donde se sentaba a leer para escapar de sus obligaciones. Miro lo que él miró. Después me siento, cierro los ojos y escucho.
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En 1945 Borges se fue de la Miguel Cané. La leyenda cuenta que renunció porque, con la llegada del peronismo, quisieron reasignarlo como «inspector de aves, conejos y huevos». Hoy se ha impugnado esa versión, echada a correr por el propio implicado. Patricio Zunini, en su libro Borges en la biblioteca, lo aclara con lujo de detalles. Lo cierto es que, en 1955, luego del golpe de estado que derrocó a Perón, le propusieron ser director de la Biblioteca Nacional. En ese momento funcionaba en la calle México 564. Hoy ese edificio no está en abierto, pero realizan unas visitas a las que me aventuré.
La ex Biblioteca Nacional está ubicada en el barrio histórico de San Telmo: se la ve imponente, con su fachada neoclásica restaurada. Al ingresar la impresión cambia, ya que lo que se puso en valor en los últimos años fue el exterior, la entrada y las dos oficinas de dirección. Pero con el gobierno actual la obra quedó parada. El guía consulta a los presentes quiénes estamos ahí por Borges y, para mi sorpresa, solo una señora con pinta de profesora de Letras y yo levantamos la mano con convicción. Los demás asistentes dicen «Sí, Borges, Borges», pero luego no van a acompañar ninguna de las referencias que arroje el guía. Comienza el recorrido.
La sala de lectura, en la parte central del edificio, tiene las puertas selladas con precintos. Solo es posible verla desde arriba, desde una balconada que nos ubica en un punto de vista aéreo, con la sensación de presenciar una escena lejana, no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Es un salón semicircular enmarcado por estantes que otrora albergaron centenares de libros a lo largo de tres pisos y ahora están vacíos. El techo se encorva hacia una cúpula con un vitraux que están acondicionando, por lo que se oculta en una serie de tules. Es extraño ver una biblioteca de estas dimensiones vacía. Tiene un aire teatral, levemente sombrío. La caminata sigue: nos dirigimos a las oficinas que usó Borges y anteriormente Paul Groussac, el mítico director que inauguró esta sede y la llevó adelante durante cuarenta años.
El guía habla un poco bajo y, por momentos, la voz de Bad Bunny que llega desde algún lugar del San Telmo lo tapa. Al ingresar a la Dirección, impresionan los muebles originales restaurados: un silloncito de cuero rojo, dos bibliotecas móviles y la pieza insignia: el mítico escritorio en forma de herradura que mandó a hacer Groussac, porque facilitaba la ubicación de papeles. Curiosamente él también quedó ciego en el final de su vida. Y hubo un director anterior, el escritor José Mármol, con la misma suerte. Una rara maldición compartida.
Hoy funcionan en el edificio dos asociaciones un poco contradictorias: el Centro de Estudios Borgeanos, grupo que coordina las visitas y otros trabajos de investigación filológica. Y el Instituto Nacional de Musicología, que organiza conciertos. Según dicen, no hace mucho funcionaba también un ballet de malambo, actividad realmente extrema para un edificio de más de un siglo que intentan restaurar.
Una vez que entramos en las oficinas, el guía cuenta que la Biblioteca fue, para Borges, su «lugar en el mundo». Pero no porque se desviviera por sus tareas bibliotecológicas, sino porque aquí se construyó el Borges que llegó hasta el presente. Trabajó en las oficinas los asuntos de su obra, preparó las traducciones de sus cuentos y cerró su primera obra completa en 1974. También recibía visitas, como la que contó Ricardo Piglia en aquellas clases televisadas. Me fascina pensar que se lo podía llamar por teléfono y que atendía. Que podías cruzártelo en un pasillo. Que vivía en esta misma ciudad. Bajo las escaleras de vuelta hacia la calle pensando que sí, que era un milagro.
Camino por Bolívar y paso por la antigua redacción de un diario donde trabajé hace ya mucho tiempo. Hace frío, me meto en el subte A, que me llevaba de vuelta desde el centro a la casa de mi infancia. La ciudad ausente se hace visible. Las marcas que dibuja la memoria se parecen a las que dejamos en los libros. La ciudad subrayada, anotada con nuestros recuerdos. Toda una marginalia urbana. Pero esto, me doy cuenta, ya lo dijo Borges mucho mejor en su poema llamado, precisamente, «Buenos Aires».
«Y la ciudad, ahora, es como un plano /de mis humillaciones y fracasos;/ desde esa puerta he visto los ocasos / y ante ese mármol he aguardado en vano./ Aquí el incierto ayer y el hoy distinto / me han deparado los comunes casos/ de toda suerte humana; aquí mis pasos / urden su incalculable laberinto./ Aquí la tarde cenicienta espera / el fruto que le debe la mañana;/aquí mi sombra en la no menos vana/ sombra final se perderá, ligera. /No nos une el amor sino el espanto;/ será por eso que la quiero tanto».
