
«Visto desde la altura, ese paisaje era el más austero, el más pobre del mundo –Darwin mismo, a quien casi nada dejaba de interesar, ya había escrito en 1832: «no hay ni grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa»–. Y sin embargo ese lugar chato y abandonado era para mí, mientras lo contemplaba, más mágico que Babilonia, más hirviente de hechos significativos que Roma o que Atenas, más colorido que Viena o Ámsterdam, más ensangrentado que Tebas o Jericó. Era mi lugar: en él, muerte y delicia me eran inevitablemente propias».
Juan José Saer, El río sin orillas
En 1536, una expedición comandada por el adelantado Pedro de Mendoza remontó el Río de la Plata y fundó el Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre en tierras habitadas por los querandíes, se cree que en lo que hoy es el barrio de La Boca. Tras un breve período de paz, los enfrentamientos con los nativos obligaron a los invasores a refugiarse en el fuerte que habían erigido para proteger el enclave. El hambre, las enfermedades y las tensiones internas se cobraron muchas vidas. En palabras de Ruy Diaz de Guzmán, cronista mestizo, hispano-guaraní, todo servía de alimento: «sapos, culebras, carroña y la misma carne humana». Los pocos sobrevivientes huyeron poco después hacia Asunción. Pedro de Mendoza murió en el viaje de regreso a España. El fuerte terminó quemado.
En 1580, con Juan de Garay a la cabeza, los españoles volvieron a remontar el río y fundaron la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre —nombre oficial hasta 1996— sobre la misma costa, en el terreno donde hoy está la Plaza de Mayo. Con los años, la ciudad fue avanzando sobre el agua. Hoy, desde la plaza hasta la orilla hay aproximadamente un kilómetro, pero no hay forma de ir en línea recta. La caminata, según Google Maps, llevaría unos cincuenta y tres minutos.
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En Buenos Aires hay un dicho que se repite con frecuencia: la ciudad le da la espalda al río. La costa se extiende a lo largo de 25 kilómetros —que continúan hacia el noroeste y el sureste, ya en el territorio de la provincia que rodea a la Capital Federal—, pero un porteño puede pasar semanas, incluso meses, sin ver el río, sin siquiera recordar que ese río de «cinco lunas de anchura», un horizonte de agua, está ahí tan cerca.
Es que el río está cerca, es cierto, y a lo largo de la orilla hay varios parques, paseos, y hasta dos reservas ecológicas, pero la ciudad no se recuesta sobre el agua, sino que se arma hacia adentro. Hay muy pocos trayectos, de un punto a otro, que impliquen pasar por la costa. Si uno quiere ver el río, tiene que ir a ver el río. Y para llegar hay que sortear varios obstáculos. Al norte está la Ciudad Universitaria, algunos clubes privados, un campo de golf, una autopista que bordea la ciudad y un aeropuerto de cabotaje, el Aeroparque. Después viene el puerto, que toma toda la zona que corresponde al barrio de Retiro, donde conviven una terminal de ómnibus de larga distancia, tres grandes estaciones de trenes, una de las zonas más exclusivas y uno de los asentamientos precarios más grandes de la ciudad, el Barrio Padre Carlos Mugica, conocido como la villa 31, donde viven más de cuarenta mil personas. Más hacia el sur, otro barrio, Puerto Madero, que nació con la reconversión de una serie de dársenas en las que en la década de 1990 se montaron restaurantes y departamentos de lujo, y donde hoy se erigen una serie de rascacielos totalmente sacados de contexto que se construyeron sobre terrenos ganados al río. Una zona que, en lugar de funcionar como puente entre la ciudad y la costa, se convirtió en una isla de difícil acceso. Más al sur, en La Boca y Barracas, zona fabril, el río se vuelve más hostil por la desembocadura del Riachuelo, donde solía volcarse casi sin filtro el contenido de parte de las cloacas de la ciudad, junto con los residuos de las curtiembres, los mataderos y las fábricas.
Pero, aunque esté oculto, aunque no lo veamos, el río siempre está y ejerce una influencia misteriosa, como la luna o las mareas. Quizás sea algo en el aire, un pulso, pero su presencia es de algún modo tan notoria como elusiva. Puede que esa paradoja se deba a que el río no es solo su costa; también corre por debajo, como una red de venas y arterias.
La ciudad de Buenos Aires está atravesada por once arroyos subterráneos, afluentes del Río de la Plata, que sucesivos gobiernos municipales fueron entubando a lo largo de los años para evitar inundaciones y porque las costas, a medida que la ciudad avanzaba, se iban convirtiendo en fuente de contaminación y enfermedades —en 1871, una epidemia de fiebre amarilla, transmitida por mosquitos, mató al 10% de la población local—. De todos esos arroyos, el Maldonado, el Ugarteche, el Vega, el Cildáñez, hoy quedan, a la vista, apenas unos cartelitos más bien tristes que indican que su cauce pasa por debajo de tal o cual esquina.
Otro dicho frecuente en la ciudad, que se repite con cierta resignación, como quien habla de una maldición o pecado original, es que Buenos Aires se fundó sobre un pantano y que sus condiciones geográficas eran especialmente propicias para el contrabando. Ese sería uno de los motivos por los que la ciudad creció a la luz, o a la sombra, del comercio ilícito, lo que a su vez explicaría algunos aspectos de nuestra idiosincrasia.
Cada vez que pienso en el pantano bajo la ciudad —la humedad ambiente de Buenos Aires nos lo recuerda con frecuencia—, imagino el día en que los terrenos cedan y se abra un socavón descomunal que vaya tragando lentamente las calles, los parques, las casas y los monumentos.
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No hay acuerdo formal entre geógrafos sobre si el Río de la Plata es —en su totalidad o en alguna de sus partes— técnicamente un río, un estuario, un golfo o un mar marginal del océano atlántico. Si se lo considerara un río en toda su extensión, sería el más ancho del mundo con 221 kilómetros de orilla a orilla en la línea que une Punta del Este, Uruguay, con Punta Rasa, Argentina.
Su cuenca se alimenta de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, junto con sus afluentes y las aguas de varios humedales. Recibe agua de cinco países: Argentina, Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay. Alrededor de 700.000 millones de metros cúbicos al año.
Además de agua, sus afluentes aportan entre 80 y 160 millones de toneladas anuales de sedimento, compuesto por limo, arcilla y arena, en ese orden de proporción. Todo este material se deposita en gran parte en el Delta del Paraná, que avanza 15 metros por año y va generando a su vez nuevos bancos de arena que con el tiempo se convierten en islas.
La profundidad del río, en la desembocadura en el Atlántico, varía entre los 60 centímetros y los 25 metros. La cuenca es navegable, pero la gran cantidad de bancos de arena obligan a un trabajo de dragado constante para mantener en condiciones los canales por los que circulan los buques. A lo largo de los años ha sido, a su vez, escenario de varios naufragios por la intensidad de sus tormentas y la rapidez con la que se forman.
El nombre del río no tiene nada que ver con su color, más bien marrón grisáceo, o chocolate, sino con la mítica «Sierra de Plata» que buscaban los conquistadores españoles y que esperaban encontrar remontando sus aguas.
En 1888 hubo un terremoto, el único registrado, a treinta metros de profundidad y cerca de la desembocadura, en el punto medio entre Argentina y Uruguay. La magnitud fue de 5.5 en la escala Richter. Los daños fueron leves.
Las aguas del río fueron escenario del único combate de la Segunda Guerra Mundial en la región, el 13 de diciembre de 1939, cerca de Punta del Este, cuando tres barcos británicos acorralaron al Admiral Graf Spee. En el año 2006, dos empresarios rescataron de las aguas del río un águila de bronce de 350 kilos posada sobre una esvástica que decoraba su proa. Quisieron venderla, pero fue incautada por el gobierno uruguayo.
El estuario, junto con parte de la costa atlántica, es el hábitat del delfín del plata, también llamado franciscana, relativamente pequeño y de pico alargado. Viven unos 20 años y suelen pesar entre 20 y 30 kilos. Es considerada una especie vulnerable, con altas probabilidades de entrar en peligro de extinción.
En 1923, la nadadora argentina Lilian Harrison, a sus diecinueve años, fue la primera persona en cruzar el río a nado. Salió de Uruguay el 21 de diciembre a las 9:28 de la mañana y llegó al lado argentino a las 9:47 del día siguiente. La escoltaban otros nadadores que se fueron turnando y un par de embarcaciones pequeñas. Lo único que consumió Harrison durante todo el trayecto fue un jugo de naranja, un café y un terrón de azúcar. El gobierno argentino la condecoró y recibió un premio de 5.000 pesos que ofrecía una revista deportiva para la primera persona que completara al cruce.
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La primera y única vez que visité Montevideo, hace no muchos años, vi que la relación de la ciudad con la costa podía ser otra. ¿Por qué Buenos Aires no tenía esas playas, esa conexión directa y cotidiana con el río? Ya conocía Colonia de Sacramento —en línea recta frente a Buenos Aires, a 50 kilómetros—, pero Colonia es una ciudad pequeña con aire de pueblo que vive en gran parte del turismo, y eso justificaba de algún modo que esa parte del río no se hubiera echado a perder, que no lo hubieran resignado a su condición más bien utilitaria: fuente de agua, medio de transporte, cloaca.
Parte de la explicación de las discrepancias entre un lado y otro se debe a cuestiones geográficas: la franja uruguaya pertenece al macizo de Brasilia, lo que la hace más alta y rocosa. La argentina, en cambio, está conformada por planicies barrosas. Las corrientes, además, llevan los sedimentos arenosos hacia el lado de Uruguay, mientras que el limo y la arcilla terminan en Argentina.
Más allá de esas diferencias, la relación de Buenos Aires con el río supo ser más cercana. A principios del siglo XX, alrededor del centenario de la declaración de independencia de la República Argentina, época de grandes obras en la ciudad, se inauguraron las dos costaneras, la Norte y la Sur, sobre terrenos ganados al río con tierra extraída, por ejemplo, de la excavación de los túneles por los que circularían los trenes subterráneos. Contaban con largas ramblas —que aún existen— y balnearios muy populares que cerraron recién en 1975, cuando una disposición municipal prohibió bañarse por la contaminación de sus aguas. En ese momento, la ciudad no tuvo mejor idea que seguir avanzando y ganando terreno con escombros que provenían de demoliciones. Pocos años más tarde, en 1992 y 1994, respectivamente, se volcaron al río los restos de los atentados a la Embajada de Israel y a la Amia.
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Sábado por la mañana. Es un día de otoño templado y húmedo. La superficie del río está planchada y no da la sensación de agua que corre, sino más bien la de una masa pesada que se desplaza lentamente. El gris del agua y el de la niebla se confunden en el horizonte. Pienso en Lilian Harrison a mitad de camino entre una costa y la otra, de noche, sin referencias visuales, nadando en el agua oscura.
La rambla pasa por un parque que parece recién arreglado. Al fondo se ve un montículo de arena y algunas baldosas apiladas, restos de la obra, detrás de una cinta de plástico que flamea con el viento. Hay árboles jóvenes y flacos sostenidos por tutores. Los juegos para niños están nuevos, los panes de pasto recién plantados, en los bancos se nota la pintura fresca. Todo está vacío.
En la rambla frente al Aeroparque, que ocupa 3,5 kilómetros de largo, tampoco hay nadie. A esa altura, el tráfico de la Avenida Costanera es bastante intenso. El aeropuerto recibe un promedio de cuarenta mil personas por día. Cuando el zumbido de los autos se empieza a atenuar, del otro lado, aparecen algunos pescadores. Se nota que vienen a pasar el día. Oficialmente, la pesca es deportiva, y como actividad comercial está restringida en gran parte de la cuenca. El consumo está absolutamente desaconsejado. Estudios de hace unos años detectaron, por ejemplo, niveles alarmantes de PCB, restos de un refrigerante altamente tóxico que se utilizaba en viejos transformadores eléctricos, en varios especímenes de sábalo, un pez que se alimenta del lecho y sus sedimentos.
Me acerco a uno de los pescadores a ver qué sacó. Está sentado en una reposera y fuma un cigarrillo. Señala el tacho de pintura a sus pies, ahora un balde, y me asomo. Hay tres o cuatro bagres amarillos, pequeños, de apenas 20 o 30 centímetros de largo. Le pregunto si los va a devolver y sonríe, sacude la cabeza: «enharinado y frito, con limón, lo más rico que hay».
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Mientras busco la forma de cerrar esta deriva, que no logro encauzar en un hilo como el de un río cualquiera, sino que se expande, ingobernable, a lo ancho y a lo largo como el cauce del Río de la Plata, me llama la atención un título en los estantes de una librería: ¿Están vivos los ríos? El autor es Robert Macfarlane y, según la contratapa, el libro plantea que «los ríos no son mera materia al servicio del ser humano, sino seres vivos que merecen ser reconocidos como tales, en nuestra imaginación y también ante la ley».
Imagino al Río de la Plata como un gigante milenario y apacible, a veces un poco malhumorado. Está sucio, quizás algo enfermo, pero eso es tan circunstancial como nosotros, los que vivimos en sus costas, que vendríamos a ser los piojos.
