POR ROQUE LARRAQUY
Fotografía de Buenos Aires. Fuente: Wikicommons.

Bajo tierra hay gliptodontes. Aparecen cada vez que se excava una línea de subterráneo. Algunos se exhiben en las estaciones. Son como armadillos con el tamaño y la forma de un Volkswagen Escarabajo, cola de garrote y una caparazón de placas poligonales con espacio para refugiar de la lluvia a tres humanos adultos. Pastaron el llano hasta hace unos nueve o diez mil años y los extinguió la primera gente que llegó hasta acá abajo por ser fáciles de matar, deliciosos y útiles hasta el último hueso.

Nos repugna que el turismo vestido para safari la llame «la París de América», salvo a una (espero) minoría de porteños descreídos de su destino sudamericano a los que de solo escucharlo se les derrite la próstata, los mismos que la llaman «Reina del Plata». Entre nos le decimos Baires por compresión afectiva, o capital a secas, sin artículo, reclamo piojoso de centralidad: «vuelvo el domingo a capital».

Buscando información sobre los gliptodontes encuentro una nota del diario Clarín que cierra así: «quizás Buenos Aires sea la ciudad capital donde más fósiles de grandes mamíferos se hayan encontrado en el mundo». Valoro el «quizás», es un gesto saludable. Quienes somos de ella (Buenos Aires es mujer, me dijo una alemana) la caminamos meados por un listado heroico con florituras de folleto turístico, la angustia de la periferia, leo: «del mundo, hoy, la ciudad con más teatros, más librerías, más cúpulas, más estadios, con el bulevar más ancho, junto al río más ancho, que cuenta además con la primera línea de subterráneos del hemisferio sur, el jardín japonés más grande fuera de Japón y el primer sistema de potabilización de agua para consumo masivo de toda América, décadas antes que en los Estados Unidos». Olvidaron mencionar a los psicólogos. Y que es la única de Occidente donde la fuerza aérea nacional bombardeó a su propia población civil. Y que tiene el registro más extenso en continuidad, frecuencia y número de manifestaciones populares tomando las calles desde siempre. El último eslogan del gobierno represivo y odiador de pobres de la ciudad es «La más linda del mundo». Los efectos de esta orina sobre el cuero cabelludo pueden ser devastadores.

A continuación hablaré de esos efectos y trataré de ya no usar el nosotros.

Estar al tanto de la estupidez del listado no es antídoto suficiente contra una ansiedad que me tuerce y se dispara cuando me encuentro con alguien que ve capital por primera vez. Es así: me urge invitar a pasear al turista, intervenir sus primeros vistazos, inclinarlo a recorridos cada vez más largos, quemarle la cabeza untado en datos y opiniones sobre los datos que acabo de darle, mostrarle todo sin descanso, sacralizar la ciudad, luego desmentirla. Esto me conduce a episodios donde tarde o temprano despierto la incomodidad o directamente el odio de los recién llegados. Soy consciente del papelón pero no puedo gobernarlo y lo hice muchas veces, demasiadas. Algunas fueron puntapié de buenas amistades, porque cuando me dejo ver así de mamarracho aliento un sentido de intimidad, como si mostrara mis medias. Eso fue dos o tres veces nomás. Para el resto fui un disgusto.

A modo de exorcismo confiaré dos de esos episodios.

El primer episodio es una historia de amistad. Mi muy querida amiga Daniela Tarazona estaba parando en capital. Yo había caminado bajo su guía la ciudad de México, me había prestado su ciudad deslumbrante. Existía el riesgo de una compensación excesiva cuando llegara mi turno de hacer lo mismo, pero por suerte ella ya conocía capital (la conoció antes que a mí) y yo no podía arrebatarla hacia mi impulso malsano. ¡Tanto mejor!

Un día en una charla casual me dijo que casi no había visto el centro y para mí no hubo casi: no lo había visto. La ansiedad me atoró la garganta. Sabiendo lo que pasaría, la invité a pasear al día siguiente.

Fueron doce o quince kilómetros empujados con argucias viles de mi parte. La próxima cuadra es preciosa. Ese edificio sí o sí hay que verlo de cerca. Ya que estamos acá, no podemos dejar de conocer esto otro. Vamos a tomar un café en un bar notable que está a diez cuadras. Si te queda resto nos sacamos una foto en eso de allá. Daniela fue todo lo curiosa que pudo hasta que se le llagaron los pies y delicada intentó disuadirme de continuar por medio de gestos faciales (poner los ojos en blanco, curvar las comisuras hacia abajo) que mi conducta patológica ignoró a la espera de una solicitud más explícita, la que haría una porteña jetona a un porteño jetón: me cansé, me las tomo. Eso no pasó y al llegar la noche nos subimos a un taxi en silencio. No pude dormir. Lloré un poco. Al día siguiente le pedí disculpas, ella minimizó todo con un chiste, cambió de tema y no dejó de quererme. Yo hubiera hecho lo mismo con ella. Se ganó para siempre mi vista gorda ante cualquier desliz que cometa. Final feliz.

Insisto en la idea de que algo o mucho de esa conducta no me pertenece.

El segundo episodio es una historia de venganza. Recibí un mail de un escritor español que quería conocer la licenciatura en Artes de la Escritura, la carrera pública y gratuita donde laburo como profesor. Si yo le conseguía una invitación de la Universidad, él podría conseguir fondos para su viaje. Tenía buen currículum, se la conseguí. Llegó, nos presentamos, lo incité a asistir a las clases y le sugerí que propusiera ante las autoridades algún seminario breve para dar en la facultad. Ese primer intercambio fue agradable, lo vi de pocas palabras, casi apocado, pero pensé que el interés mutuo por la escritura alcanzaría para armar algo. Lo invité con cara de cordero a dar un paseo por capital al día siguiente.

El plan era buscarlo por el Congreso, caminar en línea recta por la Avenida de Mayo, comentar todos los edificios, atravesar la Avenida 9 de Julio en un día de protesta masiva para empaparlo en nuestro deporte más glorioso, ir al obelisco, bajar por Diagonal Norte hasta la Plaza de Mayo, entrar a la catedral, entrar al falso cabildo colonial para contarle por qué es falso, entrar al Banco de la Nación fingiendo ser clientes para ver la cúpula más grande de las Américas, entrar al Palacio de Correos, ir a Puerto Madero, cruzar el puente de Calatrava como concesión al turismo más berreta, seguir camino hasta la Reserva Ecológica, explorar esa jungla apreciando pájaros y reptiles, descansar un ratito mirando el Río de la Plata, volver, recorrer San Telmo, más edificios, tomar un café por ahí, y si quedaba tiempo podíamos tomar el subte y el premetro para ver el atardecer en el barrio soviético de Lugano, o en su defecto ir hasta Retiro, comentar los encantos de la estación eduardiana, pispear la Villa 31, tomar el tren y comer en el Barrio chino. Si nos llevábamos bien y manejábamos la energía, ese sería solo el primer día.

Pasé a buscarlo a las nueve de la mañana. Me presentó a su novia, que se sumaría a la caminata. Tenían ganas de desayunar. Yo no había planeado un desayuno; además muchos cafés estaban cerrados por la protesta que iba ganando la calle. Les prometí que encontraríamos algo en el camino y empecé sin más a señalar cosas en las alturas. Me interrumpieron con una confesión: la arquitectura no les interesaba en lo más mínimo.

Entiendo que capital cuenta con valores intangibles que la hacen encantadora, no sé, la gente es simpática, digamos, o con valores inmediatos, un ojo de bife bien hecho, pero borrar la arquitectura del escenario es recorrerla tuerto, y además esa indiferencia, que a mí me era indiferente pero no a mi patología, coartaba la exposición detalladísima que había urdido para ellos. Caminamos por la Avenida de Mayo. Con naturalidad trajeron la escena literaria como tema de conversación. A quién conocíamos en común, a quién no habíamos leído, quién nos caía mal. Mi memoria para los nombres es pésima. Los hice entrar al hall del Palacio Barolo a ver si estimulaba cierta sensibilidad edilicia. No hubo caso. Era como mostrarles un tinglado.

La 9 de Julio estaba llena y con el tránsito cortado. Ahora sí, pensé, la masa humana desplegada en gritos y tambores los emocionaría. Atravesamos humo de choripán y banderas de Perón y Evita. Me preguntaron por qué la gente seguía interesada en ellos. Creo que intentaron comparar a Perón con Franco. Había mucho ruido, no estoy seguro. Decidí que el obelisco podía evitarse. Es la postal, sí, y también un monumento genérico que podría estar en cualquier otra ciudad.

Seguimos hasta Plaza de Mayo. Vimos varios cafés abiertos, pero yo ya venía medio emperrado y les aseguré que más adelante habría mejores. En la plaza no sacaron siquiera una foto testimonial. Ya estaba rindiéndome, ya volvía en mí, ya me sentía mejor, liberado y con ánimo de liberarlos. De pronto vieron Puerto Madero y por treinta segundos los vi asentir en silencio. Esto sí les gustaba. Contra todo lo ya visto preferían ese acné moderno inflamado por la congestión del capital. Mi ansiedad, mi impulso malsano, mi patología, colapsaron en perversión. Cruzamos el puente y nos metimos en un café pedorro y caro. Sin duda ya estaban hambrientos, pero los insté a atascarse de medialunas. ¡A recuperar energías!

Si dibujara un mapa del itinerario que hicimos después, sería una red de líneas cruzadas, desvíos sin salida y circunvalaciones al pedo. ¿Cuánto fue? ¿Dieciocho, veinte kilómetros? No paré de hablar. Lucían demolidos, incluso rengos, echándose miradas lastimosas entre sí como si no los viera, pero ninguno de los dos dijo nada para impedir el calvario, ni una palabra de apuro, ni siquiera el pretexto de descargarse en un baño. Otro porteño me hubiera mandado a la mierda con un abrazo.

Terminamos bajo el obelisco, no podían perderse el obelisco. Me despedí sonriente, ellos también sonrieron, tomé el subte y volví a casa en una nube de vergüenza. Lloré un poco. Si al día siguiente les pedía disculpas sacaría a la luz lo que ellos mantuvieron en la sombra. Acá no pasó nada.

En las semanas siguientes el escritor español asistió a mis clases sentado en el fondo del aula y hablamos bien poco. Le pregunté si ya había ofrecido algún curso a las autoridades. Dijo que estaba esperando un llamado telefónico. No lo vi más.

Meses después un amigo me envía unas capturas de pantalla desde España: «mirá esto». Veo mi nombre y apellido cacofónico salpicado cien veces en la prosa prolija del nuevo libro del escritor español. Leo. El personaje que lleva mi nombre es un papagayo que habla y se ríe ampulosamente, hace alarde de su amistad con escritores consagrados y le promete un llamado que nunca llega. Esperando ese llamado, el protagonista deambula por bares, concluye que capital nunca será París y se abre a la experiencia de la soledad del hombre europeo contemporáneo en alrededor de cuatrocientas páginas. Con bronca pensé que lo trillado y gordo del coso lo harían pasar desapercibido. Me equivoqué. Parece que en España fue un éxito.

La merecida venganza del español cerró mis aventuras como torturador de zapatos y hasta hoy conseguí mantenerme lejos de extranjeros desprevenidos. No más invitaciones a pasear.

Con el tiempo en debate con otros porteños vi que no era el único que sufría esto. Teníamos los mismos síntomas: el cosquilleo en la nuca, la boca seca, el dedo índice con ganas de alzarse; los mismos recorridos, el mismo cálculo sobre la resistencia del otro, sentir que esa conducta no nos pertenece, que es algo más antiguo que nosotros. No era nuestro mal, dijimos, era un mal de capital. Me vería tentado de hacer una estadística, pero nos conté y por el momento somos solo veintitrés.

De golosina me reservé el derecho de hablar cuanto quiera sobre los gliptodontes de capital y contar sus maravillas en ocasiones como esta.

Fotografía de Buenos Aires. Fuente: Wikicommons.