POR JUAN MATTIO
Fotografía de Julieta Bugacof.

Las ciudades son un misterio. Crecen, mutan, se deforman. Son transitadas por propios y extraños, gobernadas por fuerzas políticas hostiles, muchas veces convertidas en escenarios for export, llenas de clichés y autoconciencia. Buenos Aires y el tango, por ejemplo. Multiplicada en fotos e imágenes de un pasado ya extinto que solo existe ante los ojos de quien no la conoce. O Buenos Aires y el fútbol, donde todavía hay algo vivo, pero a todas luces inaprensible. El estadio de River en Núñez y la cancha de Boca funcionan, a veces, como maquetas prefabricadas donde su propia gente llega a sentirse incómoda. Lo que está vivo, lo que late, es algo que llega sin avisar y se expande y vuelve a replegarse sobre sí mismo sin pedir permiso. Es el insomnio de un trabajador pensando en el partido que se jugará mañana o el tarareo de un adolescente que alienta, casi inconsciente, a su equipo mientras viaja en el subte en horario pico. Nada que pueda capturarse en un reel o en una postal. O la Buenos Aires de los barrios más antiguos (digamos San Telmo y La Boca), donde el pasado colonial quedó retenido en cierta arquitectura y en cierta atmósfera, ahora gentrificados, lo que equivale a decir envasados y destituidos de su poder. Ya sin contradicciones son ofrecidos al público que mira esos escenarios sin nada que pueda ser llamado amor o inquietud. La lista es larga y podría seguir. Pero creo que alcanza para marcar una dificultad.

Decir, entonces, que una ciudad es un misterio es afirmar que cualquier evento, cualquier experiencia que intente describir de Buenos Aires (o de cualquier lugar en el mundo) corre el riesgo de convertirse en un ícono, algo paralizado que se disuelve al extraerlo de su aquí y ahora (quitándole eso que Walter Benjamin llamó aura) para transformarlo en un fósil. Escribo contra esa posibilidad, tratando de evitarla, asumiendo el riesgo.

Los espectros

Faulkner escribió alguna vez: «El Mississippi comienza en el vestíbulo de un hotel de Memphis, Tennessee, y se extiende hacia el sur hasta el Golfo de México». La frase siempre me resultó fascinante pero no entendí lo que contenía hasta que leí la biografía monumental de Blotner. Ahí supe que la primera vez que Faulkner vio el Mississippi fue durante una internación de Murry Falkner, su padre, en un Instituto de Memphis para tratar problemas relacionados al alcoholismo cuando él tenía solo ocho años. Las familias de los pacientes se hospedaban en un hotel contiguo a la clínica durante el tratamiento y sus grandes ventanales permitían ver, a toda hora, la visión majestuosa del Old Man River. A la luz de esa escena infantil la frase toma una nueva dimensión que podríamos intentar traducir de esta manera: ese río empieza en (para mí, en mi biografía, en mi conciencia, cuando mi padre es internado y yo, preocupado, acaso con miedo, veo desde) el vestíbulo de ese hotel de Memphis la imagen del río que se extiende (para el mundo, para la geografía, para los otros, en algo que podríamos llamar plano objetivo) al sur del Golfo de México. Todo lugar, parece decirnos Faulkner, se compone de su materialidad y su historia, pero también de lo que nuestra propia vida anímica le sobreimprime.

Buenos Aires, visto así, es una ciudad embrujada que alberga por igual los espectros históricos y los familiares, las huellas de mi experiencia personal que se mezcla con las ruinas de lo que esta ciudad fue, de los acontecimientos que la marcaron, de las vidas que contuvo y ya no están. Por momentos siento que ya no quedan calles o bares o esquinas donde no haya tenido un pequeño momento propio que se cristaliza en el tiempo. Detrás de esa puerta de San Telmo viví tres años, en esa plaza de Parque Patricios llevé a mi hijo a jugar, en ese bar de Chacarita me reuní con amigos durante años, en esa esquina di un beso furtivo y en esa otra vi por última vez a la chica del corazón de oro, toda la ciudad está espectralizada, así, transformada en estímulos que guardan memorias involuntarias, capaces de invocar lo no-muerto, el pasado, un tiempo fuera de quicio.

Exagero, está claro. Pero es que solo puedo decir que esta ciudad me pertenece si en su composición agrego mi mapa personal de fantasmas. Cuando Iain Sinclair trabaja sobre los ríos subterráneos de Londres, sobre la ciudad oculta que convive con la ciudad visible, sobre las derivas psicogeográficas, creo que está rastreando esas ciudades que viven y se multiplican en un mismo espacio, que llevan un solo nombre, que están hechas de una misma materia y que, sin embargo, son habitadas por la multiplicidad de recuerdos y emociones de todos sus habitantes, los vivos y los muertos, que a lo largo de los años, tal vez sin saberlo, fueron imprimiendo su rastro sobre otros rastros, su tristeza sobre otras tristezas, su alegría sobre otras alegrías.

Y de lo que quiero hablar es precisamente de esa Buenos Aires donde fui estableciendo ciertos puntos de reunión que están, a su vez, dentro de ciertos circuitos, que llevan y reúnen personas de una manera que, a simple vista, no es posible advertir. Hablo de las rutas afectivas que contiene la ciudad. Algo, tal vez lo único, a lo que no podría renunciar y por eso mismo, la razón principal que me retiene en Buenos Aires desde mi llegada, hace veintidós años, cuando este lugar empezó a serme develado.

Zonas liminales

El secreto está en los umbrales. El lugar de encuentro tiene que ser, para funcionar, un espacio relativamente indefinido. No una casa particular, donde solo se permite ingresar a los ya conocidos. Tampoco la mesa de un bar, donde todavía el grupo es capaz de cerrarse en su propia comodidad. Puede ser en un zaguán cualquiera, en el barrio en el que vivimos, una tarde de primavera, donde salimos cuando el sol empieza a declinar y necesitamos tomar un poco de aire después del día sofocante. Se acerca un conocido y cuenta algo, se acerca otro, se arma una ronda. El tiempo pasa en una lógica diferente, nadie parece apurado o comprometido, el lenguaje empieza a despojarse y aparecen las ocurrencias, la risa, de pronto es como si esa gente se conociera de toda la vida. Ahí empieza.

Algunas veredas en Buenos Aires son puntos de reunión para un ritual ya casi olvidado: la conversación entre desconocidos. Hay ciertos nodos, lugares críticos, que funcionan como campos de atracción, como si tuvieran su propio sistema gravitatorio, y enlazan personas con una facilidad sorprendente. Conozco cinco, seis veredas en la ciudad donde, a determinadas horas, sé que voy a encontrarme con una conversación. El juego es ir completamente desprevenido, no pensar demasiado en lo que está pasando, simplemente dejarse estar en la escena. Puede suceder todo: una polémica, un descubrimiento, el amor o la amistad, el roce y la distancia. Estar, por ese rato, dispuestos a que el mundo se torne incierto.

En el boliche de Roberto, por ejemplo, un bar de Almagro tan chico que siempre se desborda hacia la vereda. Adentro, por lo general, los viernes a la noche alguien canta tango, sí, pero es el sonido de fondo de una multitud de conversaciones que se superponen en la calle, donde las miradas se cruzan, donde los grupos intercambian integrantes, donde con el correr de las horas la gente va y viene, se emborracha, fuma, grita o se desvanece sin saludar. No es que la música no importe, al contrario, está ahí, dándole a la escena una textura que solo puede suceder en Buenos Aires y que no siempre necesita estar en primer plano para ser decisiva. Uno puede ir en algún momento a la barra a buscar algo para tomar y escuchar «Decí, por Dios, ¿qué me has da’o? / Que estoy tan cambia’o, no sé más quién soy». Y tararear la letra, y pensar en Goyeneche, y en el barrio de Saavedra, y en ese amor que alguna vez fue invocado con esos mismos versos, pero después seguir, volver a la vereda, retomar la conversación en cualquier punto, abandonar la poesía de Discépolo al lento destilar del inconsciente.

Pero mi preferida es la vereda de Aristipo, en el barrio de Villa Crespo, los miércoles a la tarde, cuando un lector o una lectora entra a la librería y se queda mirando un rato mientras Patricio, el librero, le saca conversación sobre lo último que leyó. Unos minutos después llega alguien más, trae una cerveza que convida, se habla de poesía chilena o del último partido de Racing, no importa, está sucediendo. Se suma un cuarto personaje que está buscando la edición de Pálido fuego de Nabokov traducida por Aurora Bernárdez. Patricio dice que la tiene en su casa, pero no está a la venta. Nos reímos. Y elogiamos con entusiasmo la traducción. Sale el nombre de Aulicino y su versión de la Comedia o de Fondebrider y su Bovary. De pronto alguien dice: saquemos los sillones a la vereda y ahí sigue, se expande, gana riesgo.

Cuando estoy ahí, en ese limbo social que es la vereda, cuando me encuentro hablando sobre Enrique Lihn o Vilém Flusser con alguien que hasta hace una hora no conocía, cuando siento, aunque sea por un momento, el temblor y el peligro y el placer de no entender qué es exactamente lo que está sucediendo, y entonces sonrío o lanzo una sentencia o busco la mirada cómplice de un amigo que acaba de llegar, solo ahí es cuando Buenos Aires se hace tangible para mí. En ese instante. No son una serie de nombres propios que designan calles, no son fotografías donde el rumor de la ciudad se aquieta, no son los monumentos ni los lugares típicos, tampoco los lugares seguros que frecuento, no está en los comercios o en el transporte público, ni siquiera es la multitud reconocible a la que me integro en una protesta. No. Esta ciudad existe en los corredores afectivos que construimos quienes la habitamos, y los construimos para sobrevivir. Esos espacios indeterminados, esos umbrales, son, en realidad, trincheras. Lugares de resistencia no contra un gobierno en particular o una injusticia, sino contra la propia hostilidad del mundo. Y donde solo es posible habitar si uno es capaz de ofrecer cierta forma de la amabilidad y de la seducción y de la ternura y de la alegría. Donde se hace visible la política de la amistad que nos salva y nos da sentido.

He ganado y he perdido cosas importantes en esas zonas. En la vereda de Aristipo me encontré con Pablo por última, lo vi irse en su deriva triste y perderse sin remedio. También ahí me enamoré insensatamente de una desconocida después de una charla de tres horas en el comienzo de una historia que terminaría mal y a miles de kilómetros de Buenos Aires. En esos encuentros escuché la risa de Nad, la inteligencia de Ricardo, la timidez de Moli, la intransigencia de Kike, el vitalismo de Mica y el desasosiego de Robi. Encontré amigos, amores, decepciones y valentías. Fui, de algún modo, feliz.

Pienso que tal vez este ritual exista en otras partes del mundo, con otros nombres u otros escenarios, pienso incluso que tal vez podría reconstruirlo si alguna vez tomara la decisión de vivir fuera de Buenos Aires. Pero lo cierto es que llegué a esta ciudad desamparado, huyendo de un infierno familiar y afectivo del que tardé años en reponerme, y que solo hallé un lugar cuando descubrí el misterio del encuentro fortuito en los umbrales, donde nadie es alguien, donde no importan los nombres propios o el origen de clase, donde el mundo parece abandonar su peso, salir de la anestesia, volverse algo hambriento y prometedor. Y son ellos, todos esos fantasmas de la gente que vi solo una vez y de la que todavía está en mi vida, con los que compartí, aunque fuera solo por una noche, el extraño placer de conversar, la erótica de la palabra, quienes me alojaron para siempre en esta ciudad que es, al fin de cuentas, la ciudad de mi vida.

Fotografía de Julieta Bugacof.