
Que no hay nada nuevo bajo el sol y que, por tanto, tampoco son novedad el poliamor o las formas no monógamas de relacionarse sexoafectivamente es algo que ya deberíamos saber. Basta con echar la vista atrás y mirar hacia novelas como Amora (1989) de Rosamaría Roffiel, La invitada (1943) de Simone de Beauvoir, donde la escritora y filósofa francesa narra con tintes autoficcionales un triángulo amoroso de amargo desenlace, o, incluso, Noticias de ninguna parte, la novela utópica que William Morris publicó allá por 1890, en la que, adelantándose desde la ficción a los planteamientos de Alexandra Kollontai en su Amor rojo (1923), se imagina una sociedad que ha erradicado el capitalismo industrial y ha abolido, con ello, la propiedad privada, algo que no se limita solo a los bienes materiales y a la vuelta a una preocupación por el medio ambiente desde una perspectiva ecocrítica, sino que también se traduce en una liberación del contrato social de la exclusividad romántica y del matrimonio victoriano.
Sin embargo, pese a la existencia de estos antecedentes poliamorosos, lo que es cierto es que el poliamor ha irrumpido con mucha más fuerza en el campo cultural durante la última década, sobre todo en el ámbito hispánico. Así se observa en la multitud de ensayos y antologías que se han sucedido desde el famoso Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (2018) de Brigitte Vasallo, pero también en temas musicales como «2+1» de Judeline (2023) y series como El embarcadero (2019) o Berlín y la dama del armiño (2026), donde la historia protagonizada por los personajes de Bruce y Keila ha abierto la reflexión sobre los modos no monógamos de relacionarse al público general.
En este contexto, la narrativa está siendo otra protagonista indiscutible de esta oleada, y podemos confirmar la existencia de un nutrido corpus de obras cuyo eje central, o al menos uno de ellos, es el poliamor. Este corpus, además, viene del lado de la autoría femenina, y no es en absoluto baladí el hecho de que sean las escritoras quienes se estén entregando a la labor de andamiaje de este pensamiento poliamoroso, pues tiene que ver con ese reconocimiento fehaciente de las subjetividades feminizadas de su derecho a liberarse de la opresión histórica que han sufrido con la imposición del matrimonio y de la exclusividad romántica y sexual. De hecho, podríamos definir precisamente el poliamor, o en general las no monogamias, como una suerte de escapatoria a los modelos hegemónicos de relacionarse que encuentran su soporte en esa lógica de posesividad, fidelidad, heteronormatividad y otros supuestos de la monogamia y del amor romántico que han depositado su peso históricamente de forma más acusada en la mitad femenina de la población. De ahí que este fecundo diálogo entre la autoría femenina y el poliamor como tema literario permita pensar en la emergencia de lo que podemos nombrar como un pensamiento poliamoroso de cuño marcadamente feminista y queer que circula hoy a sus anchas colándose entre las grietas de la heteronorma para derribar sus muros.
Con Sara Torres (El pensamiento erótico, 2026) hemos podido pasar recientemente de ese pensamiento heterosexual de Monique Wittig, donde la heterosexualidad se explicaba como un régimen político y simbólico que había que desmontar en tanto que estructura opresiva para imaginar una existencia fuera de su marco ontológico, a un pensamiento erótico que no plantea ya destruir ese orden, sino habitar sus márgenes a partir de la práctica erótica y nuevas formas del cuidado capaces de desafiar la razón patriarcal e introducir en la ecuación una ética del placer. En este punto, considero que podemos seguir avanzando camino en este trayecto hacia un pensamiento poliamoroso que dispone la pluralidad del placer como vía de emancipación feminista y de reivindicación del deseo y de vínculos menos opresivos y prefijados. Si el cuerpo deseante puede funcionar como una epistemología otra para Sara Torres, en la que el deseo no legitima la posesión del otro o de la otra, el cuerpo poliamoroso instala ya específicamente en la refracción del deseo y en la ética del cuidado su potencia política. Como afirma la autora argentina Mana Muscarsel en su ensayo La fiesta de las amigas (2024), las existencias no normativas tienen que ver justamente con «la invención de otras formas vinculares y de existencia, de hablar un lenguaje no descifrable para la maquinaria binaria cisheterocapitalista amorosa y familiar» y, por tanto, tienen que ver también con otra forma de pensamiento, como ya identificaron Wittig y Sara Torres, es decir, con la instauración de epistemologías queer y, por qué no, poliamorosas.
Por ello, siguiendo las intuiciones de Sara Torres, Mana Muscarsel y tantas otras teóricas lesbofeministas, mi deseo en esta ocasión es cartografiar esta narrativa poliamorosa que sobresale en la literatura contemporánea en su diálogo no solo con la apertura a un deseo liberado de la norma heteromonógama, sino, sobre todo, con la apertura a otras formas posibles de comunidad basadas en el imperativo de una ética del cuidado (Carol Gilligan, 1982). Postulo, además, que esta ética particular se proyecta tanto hacia el resto de los integrantes de la red afectiva como hacia el medio ambiente, lo que nos lleva a pensar en una búsqueda de formas de vida más sostenibles a todos los niveles, como ya hiciera William Morris en su utopía de finales del siglo XIX al considerar tanto los inicios de la crisis climática derivada del capitalismo industrial como la posibilidad de la existencia también, en esa utopía comunal, de un amor más libre y desvinculado del contrato matrimonial.
En este sentido, propongo leer ciertas novelas contemporáneas como espacios donde se ensayan formas alternativas de vinculación afectiva que desbordan la matriz monógama y reconfiguran la ética del cuidado. Estas formas otras de alianza a las que me refiero han sido nombradas por la escritora mexicana Aura García-Junco «alianzas bonóbicas». Apelando a las formas de relacionarse de las bonobas, en un texto incluido en la antología Cuando hablamos de amor (2025), la autora hace un alegato a favor de nuevas formas de vincularnos porque, concluye, despojado «del encierro y de la competencia, el amor puede ser otra cosa: […] una práctica colectiva de cuidado y una estrategia para sostener la vida».
Aunque es cierto que el poliamor ha sido leído muchas veces desde una lógica liberal en lo que respecta a la multiplicación de vínculos y a la libertad individual, también puede convocar otras perspectivas que desplazan el énfasis hacia lo colectivo y hacia formas de cuidado contrarias a la lógica de multiplicación de los vínculos sin la transformación necesaria de los modos de vincularse y de construir la red afectiva. En esta dirección podemos acudir a la noción de «comunalismo amoroso» propuesta por Abelardo Barra Ruatta en Amores bárbaros (2021), que trata de pensar el amor como un bien común: no como propiedad privada entre dos sujetos, sino como un recurso relacional que circula y se gestiona colectivamente. Esto implica, por tanto, una redistribución del cuidado, que ya no recae en una sola pareja, sino en una red.
Lo verdaderamente revolucionario de este pensamiento poliamoroso feminista y queer que vemos en la narrativa actual no es, entonces, la cantidad de relaciones, sino su función: sostener la vida en común y que los cuidados recaigan en redes más diversas y solidarias que las del dúo. Como afirma García-Junco (2025), «el capitalismo no te cuida, pero el examante o el metamor [ese término que se emplea en la teoría poliamorosa para nombrar a las parejas de tu pareja] quizás sí». Por ello, plantea la necesidad de que la estructura de las relaciones de cooperación se horizontalice para que «la pareja no sea la única (ni principal) fuente de sustento afectivo y material». Nada tan alejado, como vemos, de lo que planteara en su día Alexandra Kollontai respecto a la consideración hegemónica de los vínculos en términos de jerarquía, propiedad y posesión, pero sí algo en lo que se están volcando desde la imaginación literaria las autoras latinoamericanas y españolas en los últimos años.
Bien es cierto, no obstante, que no todas las obras que tematizan relaciones no monógamas lo hacen desde estas alianzas bonóbicas, pues algunas de ellas incluso reproducen esquemas patriarcales y/o monógamos pese a la libre exploración del deseo más allá de la pareja única. Entre ellas podríamos nombrar, quizás, Tesis sobre una domesticación de Camila Sosa Villada (2019) o La próxima vez que te vea, te mato (2025) de Paulina Flores, dos obras en las que, aunque existe una firme voluntad por salirse de los esquemas de la normatividad relacional y, sobre todo, de la exclusividad sexual, no hay un verdadero pensamiento poliamoroso que genere nuevas gramáticas del vínculo e instaure otras formas de convivencia y de sostén contrarias a la escalera del amor romántico. Sin embargo, la gran mayoría de ficciones sí participan de este pensamiento poliamoroso que aspira a reconfigurar las formas de hacer comunidad y activa esas alianzas bonóbicas. Lo hacen generando una ética poliamorosa del cuidado que apunta en dos direcciones, pues me aventuro a postular, como he adelantado, que existen precisamente dos modelos que sobresalen en el corpus poliamoroso de la narrativa contemporánea de autoras hispanohablantes y giran en torno a las ideas de sostén, sostenibilidad y cuidado.
El primero de ellos tiene que ver con las formas de cuidarnos los unos a los otros y de generar redes de apoyo en momentos de extrema vulnerabilidad como es el duelo. En esta dirección leemos obras como Huaco retrato (2021) de Gabriela Wiener o Lo que hay (2022) de Sara Torres, donde el pensamiento y la práctica poliamorosa se empiezan a desarrollar precisamente en momentos de duelo por la muerte de uno de los progenitores de sendas protagonistas, o como el Romance de la negra rubia (2014) de Gabriela Cabezón Cámara o Viudas jóvenes (2022) de Tamara Grosso, novelas en las que se activan unas políticas del cuidado particulares, definidas por una fuerte ética poliamorosa, a la hora de transitar por parte de los integrantes de una red sexoafectiva la muerte de uno de los vínculos que les unían. Así, en la obra de Tamara Grosso, al igual que en la serie El embarcadero, dos mujeres entrelazan sus vidas e inician una relación sentimental fundamentada en la convivencia y en las formas de cuidado y acompañamiento cotidiano tras el fallecimiento de la pareja que ambas tenían en común, mientras que en la novela de Cabezón Cámara también se generan esas mismas dinámicas de cuidado, compañía y placer entre la protagonista y otros dos vínculos o exvínculos que tenía su pareja en el momento en que ella fallece y entre los tres deciden sostenerse en el duelo.
El segundo de ellos está ligado a la relación que se establece entre dinámicas relacionales poliamorosas y formas de vida más sostenibles con el medio ambiente ante la crisis climática. Tanto en Las aventuras de la China Iron (2017) de Gabriela Cabezón Cámara como en Todo empieza con la sangre (2025) de Aixa de la Cruz, Todos los fines del mundo (2025) de Andrea Chapela y Zorra (2026) de Gabriela Jauregui se observa una analogía que vincula la práctica de modelos sexoafectivos no monógamos con la búsqueda de un modelo económico que no esté basado en la explotación de los recursos. Todas estas ficciones plantean, por tanto, en algún punto, una vuelta a la tierra y a las comunidades rurales que pasa por una reconfiguración de los modos de vincularse para luchar contra la propiedad privada y el extractivismo capitalista, y también, a fin de cuentas, contra el amor romántico y la alerta medioambiental. La crisis de la sacrosanta institución monógama y la crisis ecológica se postulan como dos manifestaciones de una misma crisis: la de los modos capitalistas de organizar la vida. Estas novelas nos enfrentan, por tanto, a la pregunta esencial de qué relaciones y modos de vida pueden protegernos cuando el sistema que organiza nuestra existencia deja de ser sostenible, y ensayan el tránsito desde la comunidad de las amantes que planteara Monique Wittig (1976, Borrador para un diccionario de las amantes) a otras comunidades de trabajo, cuidado y afectos preocupadas también por la sostenibilidad del planeta.
Como vemos, ambos caminos se desprenden parcialmente de las ideas que surgen al imaginar el fin de la sociedad capitalista y de la propiedad privada, cuestiones que habíamos observado tempranamente en Noticias de ninguna parte (1890). Y ambos evidencian también, además, un estrecho vínculo con las políticas de la amistad y de la comunidad que sobresalen igualmente en el pensamiento contemporáneo, desde Jean-Luc Nancy y Michel Maffesoli hasta, en relación directa con las no monogamias, Abelardo Barra Ruatta y su comunalismo amoroso o Mana Muscarsel y su fiesta de las amigas. Las nuevas políticas de la amistad y de la comunidad pasan en la actualidad por las redes de cuidado de la disidencia sexoafectiva, que es capaz de imaginar y practicar otras formas de vida ajenas a la organización capitalista.
Si la monogamia puede entenderse, a fin de cuentas, como un constructo sociocultural impulsado para disciplinar el deseo, la reproducción y la idea de familia tal como la concibió el sistema capitalista, el poliamor defiende la ruptura de la sacralidad del dúo, la libertad del deseo y la posibilidad de otros modelos de familia y otras formas de hacer comunidad. Por ello, impera en estas obras una ideología anticapitalista que lucha por hacer más sostenible la vida mediante otras alianzas que abrazan la lógica comunitaria frente a la individualista.
Con todo ello, no cabe duda tras este recorrido de que estamos asistiendo a un interés creciente en las no monogamias, impulsado tanto por la visibilidad cada vez mayor de las relaciones poliamorosas como por los avances de los estudios de género y queer, y que este interés social tiene su correlato en la literatura, que nos invita hoy a cuestionar la monogamia e imaginarnos otras formas de amar, de vivir y de crear comunidad. Confirmamos de este modo que se ha producido en el campo literario hispánico de autoría femenina la eclosión de narrativas que ensayan renovadas formas de alianza para hacer más sostenible la vida y nos garantizan que otras redes de afecto y de cuidado son posibles en el afuera de la heteronormatividad. Si asumimos que el amor de pareja, tan anclado al capitalismo y a sus dinámicas de explotación y privatización —tanto de la tierra como de los afectos— no está de ningún modo por encima ni resulta un lugar más seguro que otras formas de hacer comunidad, comprendemos mucho mejor la irrupción de este conjunto de ficciones que apuestan por la pluralidad no solo del deseo, sino también del amar y del cuidar. Con el pensamiento poliamoroso se inaugura, por tanto, tanto una nueva narrativa queer distanciada de la heteronorma monógama, como una nueva ética poliamorosa del cuidado preocupada por sostenernos los unos a los otros y por la sostenibilidad, a su vez, de este nuestro planeta y de esta nuestra comunidad.