
1.
Stefan Zweig aseguraba que no se puede ser muy joven —ni carecer de experiencia y desengaños— para poder apreciar la grandeza de Montaigne. La primera vez que tuvo entre las manos los Ensayos le interesaron muy poco las digresiones, los desvíos, aquella soberbia inclinación de andarse por las ramas sin un objetivo aparente y concreto. A los veinte años, ese libro le había llegado demasiado pronto; entonces no podía comprender que la voluntad de dar vuelta a las cosas y recrearse en el camino eran parte central de un «pensamiento vagabundo» que terminaría por electrizarle.
Es significativo que Zweig tardara algunos años en poder conectar su experiencia de vida con ese género libre, elástico, nómada. Felizmente errático e impredecible. No fue sino hasta que experimentó en carne propia la persecución del nazismo y tuvo que abandonar Europa y exiliarse en Brasil, que Montaigne se convierte para él en un «hermano indispensable», «un amigo», su «amparo y consuelo».
En esa tierra remota Zweig se da cuenta de que «Montaigne no tiene lo que solemos llamar una biografía» y decide darle forma, como lo había hecho antes con tantos otros personajes que le interesaban. No terminará aquel proyecto. El 23 de febrero de 1942, Zweig se quita la vida junto a su esposa en Petrópolis. En la nota de suicidio que encontró la policía local, Zweig se lamenta profundamente de la forma en que Europa se estaba destruyendo a sí misma, reconoce su impaciencia, saluda por última vez a sus amigos y les desea que puedan vivir lo suficiente para ver el amanecer tras aquella larga noche.
Siempre me ha parecido que ese texto inconcluso sobre Montaigne es uno de los más ensayísticos y entrañables de Stefan Zweig. Entre otras cosas, parece contagiarse de su apuesta por explorar el yo más íntimo y desnudo y conservar así la libertad de pensamiento en una época marcada por el fanatismo. Pero los talantes son muy distintos. También los medios y su destino. Montaigne nunca se ve obligado a cruzar un océano. Su huida es doméstica, voluntaria, privilegiada. Está cansado de lidiar con las responsabilidades heredadas por el padre y tomar decisiones cada día.
La historia es conocida. Al tomar posesión del castillo familiar, Montaigne descubre una torre alta y redonda. En esa especie de fortificación elige un dormitorio y hace instalar arriba la biblioteca que le ha dejado su amigo Étienne de La Boétie y la suya propia. Desde ese lugar tiene una vista privilegiada de sus campos. En las vigas del techo manda pintar 54 máximas. Todas en latín, menos la célebre Que sais-je. El mismo día en que cumple 38 años, Montaigne decide encerrarse en aquel «dulce escondrijo de sus antepasados» para dedicarse por completo a su «libertad, tranquilidad y ocio». No tendrá prisa por salir.
2.
Las primeras líneas de Doctor Pasavento de Enrique Vila-Matas trascurren en un sendero junto al castillo de Montaigne. El acompañante del protagonista no deja de preguntarle de dónde viene esa «idea de desaparecer» que tanto anunciaba en escritos y entrevistas, pero que nunca termina de llevar a la práctica. La respuesta, como si estuviera inspirada por la visita a ese castillo, no puede ser más subjetiva; por qué no pensar que toda esa pasión por desaparecer, todas esas tentativas casi suicidas, son al mismo tiempo «intentos de afirmación de su yo».
Pero no me interesa detenerme demasiado en la respuesta que desata esa novela que tanto recuerda a Robert Walser, sino en la lúcida —y muy ensayística— reflexión que pone Vila-Matas en boca de su personaje, mientras explora ese santuario laico en el que se apartó del mundo el singularísimo escritor francés:
«Como se sabe, Michel de Montaigne escribió sus libros en lo alto de una torre anexa a su castillo cercano a Burdeos. Los escribió en un estudio y biblioteca que estaba en la tercera planta de la torre. Allí inventó el ensayo, ese género literario que con el tiempo iría ligado a la construcción de la subjetividad moderna, construcción en la que participaría asimismo Descartes, que también decidió encerrarse a pensar en un lugar solitario, en su caso en la bien caldeada habitación de un cuartel de invierno de Ulm. De modo que puede decirse que el sujeto moderno no surgió en contacto con el mundo, sino en aisladas habitaciones en las que los pensadores estaban solos con sus certezas e incertidumbres, solos consigo mismos».1
Vaya paradoja. Los mismos autores que han encumbrado la subjetividad moderna y el pensamiento vagabundo fueron invadidos por un súbito deseo de retirarse y desaparecer del mundo. Al menos por un rato. Y es que ese impulso por encerrarse y vivir en soledad suele terminar tarde o temprano con un paseo, con un viaje. Descartes deja la habitación en la que medita frente al fuego, para continuar sus desplazamientos y comunicar su personalísima revelación y método.
Punto y aparte está la forma en que Montaigne decide poner fin a su retiro voluntario. A diferencia del inicio del confinamiento, el día y los motivos que le hacen volver al mundo no están inscritos en el muro de su gabinete. Es Zweig quien nos da a conocer los detalles: el 22 de junio de 1580, tras diez años de estar encerrado con sus libros, Montaigne decide bajar la estrecha escalera de caracol y salir de la torre. No son claros los motivos. Sabemos, sin embargo, que ese hombre «que ha luchado toda su vida contra la inmovilidad» padece los rigores y el empequeñecimiento de la vida sedentaria. Algo en su propio cuerpo le dice que es tiempo de abrir la puerta, viajar y ver lo extranjero.
Antes de partir, Montaigne lleva a la imprenta de Burdeos el manuscrito de los Ensayos. Una vez publicado decide poner tierra de por medio. Viajará durante más de un año. Deja atrás familia, torre y trabajo. Atraviesa Alemania y Suiza, antes de llegar a ese viejo objetivo que se llama Italia. En el trayecto comienza un diario en el que describe los montes y campos de cultivo, las ciudades y edificios que le maravillan, los albergues, los vinos turbios, las cortesanas con las que se encuentra, los baños que visita una y otra vez. También las migrañas y penurias de su propio cuerpo enfermo y una serie de divagaciones libres e improbables que le acompañan en su andar.
3.
Henry David Thoreau y Emerson se juntaban para dar largos paseos juntos y navegar por el río. Una tarde de otoño, Emerson intentó pensar en personas que llevaran un diario. Para su sorpresa solo pudo nombrar a Montaigne —por aquellos días le sorprende la publicación de Diario del viaje a Italia—, su tía, un vecino y a sí mismo.2 Fue entonces que le hizo a su amigo la pregunta que se convirtió, a la postre, en la primera entrada del Diario de Thoreau:
22 de octubre de 1837
«“¿Qué estás haciendo ahora?”» -preguntó. “¿Llevas un diario?”. Así que hoy escribo mi primera entrada».
Soledad
«Para estar solo, considero necesario escapar del presente. Me evito. ¿Cómo estar solo en la cámara de los espejos del emperador romano? Busco una buhardilla. Ni molestar a las arañas, ni barrer el suelo, ni ordenar los troncos. Los alemanes dicen: “Es ist alles wahr wodurch du besser wirst” [“Todo lo que te hace mejor es verdad”]».3

Otra vez el deseo de escapar y apartarse de esta vida en un lugar elevado. El Diario que Thoreau comenzó a los veinte años terminó por convertirse en una fuente inagotable de su proyecto narrativo y filosófico. No deja de escribirlo hasta poco antes de morir. Ahí hace notas cotidianas y personales que luego rescata en sus ensayos; sobre el disfrute indescriptible de bañarse en un día de calor; sobre cómo crecen los árboles sin premeditación; sobre el sueño de los sapos y su debilidad por el hielo y los arándanos; sobre la quietud de la mañana y toda la verdad que brota y nos golpea con tan solo contemplar la naturaleza. Entre otras cosas, también se detiene en la miseria a la que nos empuja el ansia de riquezas que cultiva la capitalización de la vida y la manera en que ayudó a un esclavo fugitivo —capaz de guiarse con las estrellas— a tomar uno de los trenes que tenía como destino Canadá.
Lo que Thoreau sí abandona es una serie de trabajos que le asfixian; comienza a dar clases en una escuela pública, pero no aguanta ni dos semanas —se niega a castigar corporalmente a los alumnos—. También trabaja en la fábrica de lápices de su familia, ayudando a Emerson con sus asuntos personales y como reportero en un diario de poca circulación.
En 1845 decide marcharse de la Concord y comienza a construir con sus propias manos ese lugar apartado del mundo que tanto buscaba. No será una buhardilla, sino una cabaña a las orillas de la laguna de Walden. Thoreau vivió solo en ese bosque de Massachusetts durante dos años, dos meses y dos días. El vecino más próximo se encontraba a una milla de distancia. En ese refugio aprende a ganarse la vida con el trabajo de sus manos. Camina. Observa. Lee. Escribe. Rescribe.
4.
Nada más arrancar Walden, Thoreau advierte que sus páginas están escritas, sobre todo, para los estudiantes pobres. Se lamenta de esos jóvenes cuya principal desgracia radica en haber heredado casas, granjas, ganado. Una carga de la que no es fácil despojarse. Nada habla de Montaigne y el peso del castillo, pero es difícil no pensar en él. Especialmente cuando uno lee, pocas líneas después, la muy ensayística defensa que hace Thoreau del yo y la escritura en primera persona. Si en su nota al lector, Montaigne advierte que él mismo es el contenido de su libro y que en esas páginas se podrán leer vivamente sus defectos, imperfecciones y su modo de ser, el hombre de la cabaña también nos pone sobre aviso con ironía:
«En la mayoría de los libros, el yo o la primera persona se omite; en éste se conservará; ésa es la principal diferencia en cuanto al egotismo. En general olvidamos que, al fin y al cabo, es siempre la primera persona la que habla. No hablaría tanto sobre mí mismo si hubiera otra persona a quien conociera tan bien. Por desgracia, estoy limitado a este asunto debido a la escasez de mi experiencia».4
Entre las notables experiencias que comparte Thoreau en su Diario está la necesidad de caminar. Al menos cuatro horas al día deambula por las colinas, los bosques, los campos. Atribuye su buena salud y ánimo a esa costumbre inquebrantable. Nada ahí es nimio. Con el paso del tiempo, Thoreau escribe el primer ensayo dedicado por completo el arte de Caminar. Así, en mayúscula. Este arte no puede estar más lejos de la práctica deportiva y los mandamientos de los fanáticos del wellness que cuentan sus pasos en una aplicación y se juntan para sudar.
Hay algo en el propio ritmo de la escritura de Thoreau que parece brotar de la cadencia y ligereza de quien sabe abandonarse a la caminata. Pam. Pam. Pam. No es fácil dejar de leer sus diarios y ensayos. Uno se siente tocado por cómo revela todo ese espacio interior. La portentosa defensa que hace de la libertad y la naturaleza —entiende que ya hay demasiados defensores de la civilización— nace justamente de esos pasos que da sin prisa, sin mapa, sin ataduras, sin estupideces intrusivas.
5.
A Stefan Zweig le divertía la cara de sorpresa que ponían los jóvenes cuando les contaba que antes de 1914 todo el mundo se trasladaba a donde quería y podía permanecer ahí el tiempo que deseara. Les narraba cómo él mismo había viajado a la India y los Estados Unidos sin pasaporte y que, en realidad, por aquellos tiempos jamás había visto uno. Durante años la gente caminaba de un país a otro sin tener que rellenar papeles, tampoco existían visados ni salvoconductos. Eso, claro, era el mundo de ayer:
«Las mismas fronteras que aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich. Fue después de la guerra cuando el nacionalsocialismo comenzó a trastornar el mundo, y el primer fenómeno visible de esta epidemia fue la xenofobia: el odio o, por lo menos, el temor al extraño».5
Confieso que algo de la presente ola neofascista —una época que despliega gestos y prácticas tan cercanas a las que hundieron a Zweig—, me lleva a pensar una y otra vez en mis referentes personales del pensamiento vagabundo. Me refugio claramente en Montaigne, Thoreau, Walser, Nietzsche. Pero también en adalides del paseo y la deriva urbana como Walter Benjamin, Guy Debord, Vila-Matas, Francis Alÿs, Rebecca Solnit y Frédéric Gros. Hay algo en su obra que permite reconocer la necesidad de ventilar la casa, caminar ideas, burlar los límites e imaginar otros posibles.
Hablo de pensar el caminar como un derecho y una forma de acción política. De resistir a toda costa la inmovilidad y estrechez que tanto cultivan los nuevos fanáticos de lo propio. De reconocernos como parte de la naturaleza que violentamos hasta el colapso y confrontar paso a paso este poder autoritario que vigila, desacelera, inmoviliza y humilla a quien se rebela frente a la arbitrariedad de las fronteras. Habría que tomar como un síntoma del delirio y podredumbre contemporánea la forma en que el poder se ceba y criminaliza a los cuerpos migrantes. Y ponerse en marcha.
1 Enrique Vila-Matas, Doctor Pasavento, Barcelona, Seix Barral, 2017, pp.17-18.
2 Véase, https://www.laphamsquarterly.org/roundtable/two-sturdy-oaks
3 Henry David Thoreau, El Diario (1837-1861), Madrid, Capitán Swing, 2013, p.41
4 Henry David Thoreau, Walden, Madrid, Errata naturae, 2015. p.10
5 Stefan Zweig, El mundo de ayer, Barcelona, Acantilado, 2015, p. 514