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No sé adónde va esta frase. Tampoco sé exactamente de dónde viene.
No es una manera original de empezar un ensayo. Tampoco sé si es verdad. Sé, por ejemplo, que después de esta frase vendrá otra y que, si todo sale bien, dentro de unas dos mil quinientas palabras habrá un punto final. Sé que entre una cosa y otra debería decir algo sobre el ensayo, aunque escribir «decir algo sobre el ensayo» ya me incomoda. Parece que el ensayo estuviera ahí fuera, terminado, esperando a que alguien lo describa.
Podría empezar por Montaigne. Siempre se puede empezar por Montaigne. Podría recordar que essayer significa probar, intentar, tantear. Hablar después de una escritura provisional, abierta y digresiva. Convocar a Adorno. Quizá a Lukács, después a Benjamin. En algún momento aparecería la palabra «fragmento». Probablemente también «hibridez». Si las cosas se complicaran, «liminal». Y al cabo de dos mil quinientas palabras habríamos llegado exactamente al lugar en el que estábamos antes de empezar.
Probemos otra cosa.
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No sé adónde va esta frase.
Ahora es menos verdad que antes, porque ya sé adónde fue la primera vez. Quizá escribir consista en eso: en producir un pasado sobre el que podamos volver. Una frase permite la siguiente, pero también hace posible el arrepentimiento. Escribimos tres líneas y regresamos a la primera. Escribimos tres páginas para descubrir que la segunda sobra. Terminamos un texto y cambiamos el principio. Avanzar, volver y volver a avanzar. El movimiento de la escritura se parece menos a una línea que al agua en la orilla del mar, que avanza, retrocede y nunca devuelve las cosas exactamente al mismo sitio.
El cursor, mientras tanto, parpadea. Hay algo obsceno en su paciencia. Podemos quedarnos mirándolo durante un minuto y seguirá allí, apareciendo y desapareciendo, como si supiera que antes o después tendremos que actuar. El cursor no tiene prisa porque no tiene nada que decir. Nosotros tampoco, algunas veces. Quizá por eso escribimos.
Antes de empezar este texto tenía una idea. Otra idea. Durante un tiempo estuve convencido de que era muy buena, probablemente mejor que esta. Alguien dijo algo en mitad de una conversación y supe inmediatamente que allí había un comienzo. Lo tuve tan claro que no lo apunté. Ahora no recuerdo las palabras exactas. Recuerdo, en cambio, la certeza con que las reconocí. Durante varios días llevé esa idea conmigo, la deformé, le di la vuelta, la mezclé con otras.
Desapareció.
Ahora el cursor parpadea.
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Hay veces en que primero pensamos y después escribimos. El lenguaje funciona entonces como un servicio de mensajería: recibe un pensamiento ya empaquetado y promete entregarlo sin alteraciones ni daños. La promesa, naturalmente, es dudosa.
Hace más de dos siglos, Kleist escribió un pequeño ensayo sobre la elaboración gradual del pensamiento al hablar. Su intuición era sencilla y todavía resulta algo escandalosa: no necesariamente hablamos porque sepamos lo que pensamos. A veces averiguamos lo que pensamos porque seguimos hablando. La escritura complica aún más el experimento porque nos permite regresar después y alterar las huellas de ese descubrimiento. Podemos mover la frase que produjo una idea hasta colocarla después de la idea que engendró. Podemos borrar el titubeo, corregir la contradicción, anticipar una imagen que solo encontramos al final. Cuando terminamos, el pensamiento parece haber sabido desde el principio adónde se dirigía.
Miente, aunque no del todo.
Quizá una parte importante de escribir consista precisamente en esa operación retrospectiva: convertir una sucesión de accidentes en una forma. Una palabra produce una idea que no estaba antes, una errata descubre una asociación, y una frase escrita únicamente para llegar a otra se convierte, sin pedir permiso, en el centro del párrafo. Después regresamos y ordenamos las pruebas.
El texto definitivo no es solo la última versión de un pensamiento. También es a veces la falsificación de su genealogía.
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Ensayar. Iba a buscar la etimología, pero quizá pueda esperar.
La palabra me interesa de momento porque contiene una escena. Un escenario vacío, tal vez. Alguien entra, dice una frase, se equivoca y vuelve a empezar. Otra persona le recuerda que tiene que colocarse dos pasos más a la izquierda. Repiten la escena y ahora sale mejor; vuelven a repetirla y sale peor. Eso también ocurre. La tercera tentativa puede estropear la segunda. Podemos llevar una hora corrigiendo un párrafo y acabar pulsando Control + Z cinco veces.
Deshacer.
Deshacer.
Deshacer.
Deshacer.
Deshacer.
Hay algo hermoso en que una de las operaciones fundamentales de la escritura tenga ese nombre. Y algo tranquilizador. Control + Z ofrece una forma casi perfecta de arrepentimiento, ya que permite eliminar sin perder, destruir conservando la posibilidad inmediata de restitución. Lo borrado permanece durante un tiempo al otro lado de dos teclas. Incluso cuando cerramos el documento, quedan rastros. Estamos entrenados para no perder nada: versiones automáticas, notas del móvil, copias de seguridad, capturas, mensajes, favoritos, historial, nube. Hemos construido un mundo a partir de nuestro miedo a desaparecer.
Quizá por eso resulta tan extraño descubrir que algunas cosas se pierden de verdad. No van a ninguna papelera. No queda una versión anterior esperándonos al otro lado de dos teclas.
La memoria no tiene esa cortesía.
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Esto exige una confesión.
Tengo la costumbre de no apuntar algunas ideas. No todas, por supuesto. Anoto frases en cuadernos, escribo palabras en el teléfono y me envío mensajes absurdos que días después apenas comprendo. Pero con ciertas ideas hago –sin orgullo– exactamente lo contrario: les suelto la mano quizá cuando más me necesitan.
Durante mucho tiempo me conté que las ideas verdaderamente buenas regresan. Si una intuición merece la pena, pienso, debería ser capaz de sobrevivir unas horas, quizá unos días, sin que la proteja inmediatamente una nota. Es una teoría cómoda y no tengo ninguna prueba de que sea cierta. Probablemente sea solo una superstición inventada para ennoblecer la pereza.
También contiene cierta crueldad. Dejo la idea a la intemperie y espero. Algunas vuelven. Otras no. Una vez escribí en un cuaderno: «Soy un logocida». En su momento busqué si no sería más correcto decir «logicida», pero apunté la respuesta y no logro –ni quiero– recordarla.
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El problema de mi pequeña teoría de la supervivencia es evidente: confunde persistencia con valor. Hasta aquí llega la intuición –aparentemente apócrifa– de que «la historia la escriben los vencedores». Nada demuestra que una idea recordada sea mejor que una idea olvidada. Tal vez solo sea más pegadiza, más simple o haya encontrado antes una frase capaz de alojarla. La memoria no es una institución de crítica literaria. Conserva rostros que querríamos olvidar y extravía en segundos la voz de alguien a quien extrañamos.
Puede que las ideas que sobreviven no sean las mejores, sino las que saben defenderse mejor de nosotros. La que debía originar este texto no supo hacerlo. O quizá sí. Porque ahora estoy escribiendo sobre su desaparición.
Empiezo a sospechar que perder una idea no significa necesariamente que deje de producir efectos. También un hueco organiza aquello que lo rodea. Una palabra olvidada obliga a buscar otra. La ausencia no devuelve el objeto, pero puede adquirir una forma propia. Hay cosas que siguen interviniendo en nuestra vida precisamente desde el lugar que dejaron vacío.
[He eliminado aquí un párrafo.]
Ahora se entiende mejor.
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El párrafo eliminado no existió.
Podría haber existido, que no es exactamente lo mismo, aunque empieza a parecérsele. Escribí el corchete porque necesitaba borrar algo y no tenía nada que borrar: una simulación del proceso de escritura introducida en un texto que pretende mostrar el proceso de escritura. Una pequeña trampa. Lo razonable sería eliminar también el corchete antes de que alguien descubra el mecanismo.
Lo dejo.
Me interesa precisamente el momento en que el procedimiento se vuelve visible y deja de funcionar con naturalidad. Hasta hace un instante este texto fingía ser una serie de versiones sucesivas. Ahora sabemos que esas versiones están siendo construidas al mismo tiempo. Definitivo_3_bueno.docx no viene realmente después de Definitivo_3.docx. Ambos están aquí, uno debajo del otro, y la supuesta historia de sus correcciones ha sido escrita de una vez, o de varias, que para el caso es lo mismo.
La espontaneidad literaria requiere muchísimo trabajo. Una digresión puede estar calculada. Una vacilación puede haber sobrevivido a doce correcciones. El titubeo más convincente quizá sea el resultado de una decisión tomada con absoluta seguridad. Hasta la confesión puede ser una estrategia formal.
Esta lo es.
Aunque también sea verdad.
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Vuelvo a la idea perdida.
No puedo reconstruirla. Esto es importante. Podría inventar una aproximación, atribuirle alguna de las intuiciones que han aparecido mientras escribía estas páginas y convencerme después de que se parecía bastante a aquello que pensé entonces. La memoria es especialmente hábil fabricando originales a partir de sus copias. Dentro de unas semanas quizá llegue incluso a recordar la idea que estoy diciendo que olvidé.
Prefiero no hacerlo. Hay algo más interesante en admitir que ese texto ya no puede escribirse.
La afirmación parece excesiva: si no recuerdo la idea, tampoco puedo saber qué texto habría producido. Precisamente por eso. En algún punto del pasado hubo una bifurcación que ya no puedo reconstruir. De haber anotado aquella frase, quizá estas páginas hablarían de otra cosa. O lo harían con la voz de quien me las dijo. Tendrían otro comienzo, otras referencias, otra cadencia. Quizá serían mejores. Quizá insoportables. No hay forma de saberlo.
Ese ensayo posible desapareció, pero su desaparición ha creado las condiciones para este. No lo reemplaza. Cualquiera sabe que las pérdidas no funcionan así: lo que viene después crece en otro lugar.
No sé si eso me absuelve del crimen.
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Cada vez que este texto encuentra algo quiere convertirlo inmediatamente en una definición. Es un vicio difícil de quitar. Encontramos una puerta y enseguida queremos colocar encima un cartel: EL ENSAYO. Luego nos felicitamos porque por fin sabemos dónde estamos. Pero quizá nombrar la puerta sea también una manera de cerrarla.
Puede que la libertad del ensayo no tenga tanto que ver con carecer de forma como con permitir que la forma aparezca mientras pensamos. Esto no significa escribir sin restricciones ni convertir cualquier ocurrencia en literatura. Al contrario: si el pensamiento puede producirse en la escritura, la forma deja de ser el recipiente que lo contiene y pasa a intervenir en aquello que puede ser pensado. Cambiar el orden de dos párrafos no es necesariamente cambiar la presentación de una idea. Puede ser cambiar la idea. Igual que una metáfora no siempre explica algo que ya sabíamos, sino que a veces nos permite saberlo.
Por eso desconfío ahora de la frase con la que empecé. «No sé adónde va esta frase» parecía conceder toda la libertad al futuro, como si escribir consistiera únicamente en avanzar hacia lo desconocido. Pero estas páginas hacen otra cosa. Han regresado, borrado, inventado antecedentes, rescatado una conversación que no puedo recordar y convertido una ausencia en causa.
Tampoco sabía de dónde venía la frase.
Ahora sé que, en parte, venía de algo que ya no estaba.
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Hay tres palabras que llevo varias versiones evitando: el ensayo es…
Sé que los puntos suspensivos no ayudan. Podría decir que el ensayo es una escritura que piensa su propia forma mientras avanza. Suena razonable. También demasiado razonable. Podría hablar de provisionalidad, libertad, digresión o apertura. Todas esas palabras dicen algo verdadero y, juntas, empiezan a no decir casi nada.
Tal vez el problema esté en nuestra necesidad de convertir una práctica en una definición. Escribir un ensayo no obliga a saber qué es el ensayo, del mismo modo que recordar no exige disponer de una teoría de la memoria. Uno trabaja con aquello que aparece y también con lo que falta, con documentos y lagunas, frases conservadas y frases perdidas, intuiciones que resisten y otras que solo dejan detrás una pequeña deformación del terreno.
La escritura no salva todo –no salva nada–. Menos mal.
Un texto que conservara todas sus posibilidades no sería más libre. Sería imposible.
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Leo de nuevo el principio: «No sé adónde va esta frase. Tampoco sé exactamente de dónde viene».
Ahora sé adónde ha ido, que no es lo mismo. Llegó hasta aquí atravesando varias versiones que en realidad nunca han existido. Nadie ha guardado estos documentos. Los nombres son falsos. La cronología también. He fabricado retrospectivamente los tropiezos de una escritura para que parezca que el pensamiento ha sucedido delante del lector.
No hay salida de ese artificio. Por fortuna.
Porque quizá nunca se trató de encontrar una escritura anterior a la forma, más libre porque fuera más pura, inmediata o verdadera. Escribir consiste precisamente en entrar en el artificio y aceptar sus consecuencias: una frase hace posible otra y vuelve imposible una tercera; una corrección salva un párrafo y mata al que habría podido ocupar su lugar; una imagen abre una dirección y clausura muchas otras.
Empiezo a comprender entonces que aquella idea olvidada no fue mi único crimen. Escribir también es matar posibilidades.
Cada versión de un texto contiene la desaparición de otras. Elegir una palabra significa renunciar a las que podrían haber ocupado su lugar. Corregir no consiste solo en mejorar, sino en decidir qué sobrevive. Incluso recuperar una versión anterior implica abandonar todas las modificaciones que nos habían alejado de ella.
Quizá todos los escritores sean logocidas.
No. Esta frase también parece pedir que la subrayen.
Deshacer.
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Hay un momento en que corregir deja de mejorar un texto, pero casi nunca sabemos reconocerlo. Por eso seguimos. Cambiamos una palabra y, cinco minutos después, la devolvemos a su sitio; quitamos una coma y volvemos a ponerla; leemos en voz alta una frase que conocemos tanto que se nos deshace en la boca. Apenas un balbuceo. La escritura entra entonces en una zona extraña en la que cada decisión parece simultáneamente necesaria y arbitraria.
Los textos terminan por razones mucho menos literarias de lo que nos gusta imaginar. Porque vence un plazo, porque alguien espera, porque estamos cansados, porque ya no sabemos qué hacer con ellos. O porque llega un momento en que comprendemos que cualquier modificación ulterior no va a mejorarlos: simplemente los convertirá en otros.
Terminar es renunciar a esos otros.
Mientras escribimos, un texto contiene futuros y cada decisión elimina algunos. El punto final no certifica que hayamos encontrado la única forma posible, ni siquiera necesariamente la mejor. Solo señala el momento en que dejamos de buscar otra.
«Definitivo».
La palabra resulta entonces bastante cómica.
Y también, de algún modo, conmovedora.
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He recordado algo.
No la idea.
Solo recuerdo la certeza de que era buena.
Esto es peor.
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No sé adónde va esta frase.
La otra ya no volverá.
Guardar.