POR FLORENCIA DEL CAMPO

En El libro de Tamar, de Tamara Kamenszain, en un momento se habla de Julia Kristeva. La poeta argentina (que escribe otros géneros además de poesía) comenta en este libro que «Kristeva dice que novelar es para ella “musicalizar” en su nueva lengua, para que el lector no solo piense sino que también pueda sentir en francés lo que ella le escribe. El amor, la maternidad, el deseo, el compromiso, son los ítems que ella señala como aptos para ser novelados. Y no fue otro que su marido novelista francés quien la “autorizó” (ella usa este término que me suena muy lacaniano) a implementar esa primera persona que llama ficción. […]. A diferencia de lo que le pasó a Kristeva, a mí el padre de mis hijos me “autorizó” a escribir ensayos».

Este artículo es sobre Clavícula de Marta Sanz, y lanzo una hipótesis que justifica la cita de arriba: Marta Sanz, de alguna manera, nos autorizó con Clavícula, a una generación determinada en España, a la escritura del malestar del cuerpo. Autorizar en un sentido de habilitar, de abrir algo.

No se pude ignorar que Marta Sanz ya había hecho un trabajo similar al que hizo Brigitte Giraud con Tener un cuerpo, en su novela autobiográfica o autobiografía novelada titulada La lección de anatomía. Pero tampoco es imposible pensar que con Clavícula pasó algo diferente.

Por eso la cita con la que arranco este artículo. Por eso es por todo. En primer lugar, porque no sería tan ridículo preguntarnos, si hablamos de Marta Sanz, pero si hablamos de literatura en general también, qué es novelar. No sé, no sabemos. No puedo lanzar una respuesta contundente en este breve ensayo. Pero puedo decir que hay un ítem que Marta Sanz se permite (¿novelar?) (escribir) en dos de sus libros más personales: el cuerpo. ¿Es el cuerpo un ítem apto para ser novelado? Sanz nos demuestra que sí. Si es que acordamos que ella lo ha hecho.

Otra opción es que entendamos por «novelar» algo que se opone a la literatura del yo. Personalmente, preferiría no hacerlo. Preferiría no tener que surcar las aguas turbias del debate imposible de qué es autoficción, qué es novela autobiográfica, qué es literatura del yo. No porque el debate sea cansino, sino porque creo que está bien no saber (tanto). Quizá se pueda pensar que en La lección de anatomía Sanz novela más que en Clavícula. ¿O es al revés? En cualquier caso, no buscaría justo el límite, la línea punteada en un mapa que había que colorear en la escuela primaria y en el que, sin querer, en ese ejercicio invadíamos con otro color el territorio de al lado.

En segundo lugar, porque lacanianamente a veces necesitamos figuras que nos autoricen. A Kristeva su marido. A Kamenszain su marido. Y acá me lo juego todo, una subhipótesis para mi hipótesis: a las escritoras, una escritora. Unas mujeres de tal generación necesitábamos, quizá, una figura (una madre simbólica tal vez diría Laura Freixas) contemporánea, cercana, intelectual, cálida, exitosa, que nos autorizara a decir ciertas cosas, a mostrar ciertas cosas, a destapar ciertas cosas.

Seguramente no sea solo mérito de Marta Sanz, ni siquiera de su maravilloso libro: las cosas a veces caen en el momento justo. Clavícula se publica en 2017. Parece una locura, pero no falta tanto para que se cumplan diez años de su primera publicación (sí, qué mayores que estamos). ¿Qué cosas todavía no habían pasado? ¿Qué libros todavía no se habían escrito? ¿Qué debate feminista estaba esos días en la televisión? (perdón, en internet; estoy muy mayor). No existía todavía la editorial Tránsito, por ejemplo (aunque faltaba muy poco: apareció en 2018). No es un dato al azar, me hago cargo de las intenciones del comentario: una editorial que ha apostado por la publicación exclusivamente de voces femeninas, y en cuyo catálogo abundan las autoficciones u otras formas de la literatura del yo.

¿Necesitábamos que alguien nos autorizara? ¡Sí!, necesitábamos que alguien nos autorizara. ¿Todo sería diferente si Marta Sanz jamás hubiese escrito Clavícula? No todo, pero al mundo le faltaría un gran libro, y a nosotras esa (esa en concreto) madre simbólica. ¿De verdad piensas todo esto? Sí, de verdad lo pienso. ¿Y dónde me ubico yo, que ni leí Clavícula (o que la leí y me dejó igual, o me pareció un plomo — estoy jugando a que hablo con alguien, por si no se entendió—)? Pues, en el lugar de la discusión. Y de rechazar a la madre simbólica, por qué no (lacanianamente, ya que estamos…).

La lección de anatomía fue publicada por primera vez en 2008, pero en una nueva edición de 2014 Rafael Chirbes le regala un prólogo. Allí leo: «[…] texto que marca un punto de inflexión en su narrativa: libro fronterizo, autobiografía —autorretrato, lo llama la narradora— de cuya anomalía se nos advierte ya desde ese título que remite al célebre cuadro de Rembrandt». En el cuadro vemos a ocho hombres, de los cuales uno es el cirujano y los otros son los aprendices, alrededor de un cadáver, masculino también. Marta Sanz, como una cirujana especialista en clavículas, nos enseñó también algo, abriéndolo, mostrándolo, señalándolo: que se puede escribir (y quizá novelar, en algún sentido) el malestar del cuerpo para que pase algo en el malestar del mundo (literario).

Por otra parte, recojo de la cita de Chirbes el señalamiento de esas fronteras, esas líneas punteadas de las que antes yo hablaba, pero más que las líneas, me interesa ahora el punto: el punto de inflexión. Si La lección de anatomía lo es dentro de la producción literaria de Sanz hasta ese momento, Clavícula puede serlo (ser un punto de inflexión) ya no solo al interior de su propia producción sino para el conjunto de una producción nacional. Insisto: no porque haya descubierto la vacuna contra nada, sino porque autorizó a que ese cuerpo que yace para ser explorado literariamente fuera femenino, impúdico, fronterizo, novelado, ridiculizado, burlado, considerado. La autorización es simbólica, es implícita. No sé cómo funciona, pero son cosas que, a veces, pasan.

Clavícula dio en el clavo. Y nos dio unas claves. En Argentina decimos «lo clavó» cuando algo acertó o dio en el blanco (¿en España también?). Sanz la clavó. Dijo en ese libro: «Nadie pronuncia la palabra menopausia. Es un tótem o un tabú». Me gusta el guiño freudiano. Yo agregaría, para más guiño, que: en la cultura, el malestar del cuerpo.

Clavícula habla de la angustia de una mujer que comienza a sentir un malestar en la zona de la clavícula y que emprende un camino tortuoso por el sistema sanitario para dar con el diagnóstico que explique ese síntoma. Pero las muchas pruebas a las que se somete no muestran nada. Se van descartando enfermedades: no es cáncer de pulmón, no es EPOC, no es ansiedad, no es insuficiencia coronaria, ni la válvula mitral, ni divertículos, ni nerviosidad u hongos. ¿Qué es? ¿Nada, locura? ¿Una loca que somatiza, que exagera, como todas las mujeres?

El prólogo de Chirbes al que me referí antes acaba diciendo: «El ser humano es su máscara», dice Marta Sanz en el último capítulo del autorretrato. Acabada la lección, que fue repaso de un catálogo de máscaras, en el teatro anatómico literario ya solo queda mostrar lo que había debajo de ellas: el cuerpo, la pura carne desnuda». Y en Clavícula, la autora dice: «[…] pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva». La idea de máscara también es bastante psicoanalítica; fue la psicoanalista Joan Riviere quien habló de esto para explicar algo de la condición femenina, de la sexualidad femenina. Si todos los textos son autobiográficos, novelar es una de las formas posibles de la máscara. Y Clavícula, una de las formas posibles de la autoficción y de la condición de mujer enmascarada o en mascarada.

En La lección de anatomía aparece varias veces la palabra «clavícula», a veces para referirse a clavículas de otras mujeres de la familia, pero también a la propia: «[…] uno de mis problemas de salud más graves es el insomnio, unido al tabaquismo, a la propensión a la cistitis, a los constipados que se agarran al pecho, a la condritis en la clavícula, a las menstruaciones dolorosas […]» y el listado sigue hasta la angustia: «[…] dejando a un lado estas angustias, mi salud es buena». La clavícula de Clavícula no tiene una condritis, y ni siquiera le duele concreta y claramente la clavícula, sino que puede ser una costilla, el pecho o algo por ahí, no del todo localizado. De lo que no hay dudas en Clavícula tampoco es de la angustia.

Hay un párrafo, en Clavícula, que no comparte página con ningún otro párrafo, donde así como Tamara Kamenszain citaba a Julia Kristeva, Marta Sanz cita a Elvira Navarro, y creo que es este uno de los párrafos que consciente y explícitamente acciona algo de ese autorizar que decía antes sin ignorar obras y autoras anteriores que pudieron comenzar ese camino, y dejando la huella clara de una generación a la que le seguirá otras futuras de autoras que podrán recoger algo de estos textos sembrados para seguir la tradición. Para poder novelar algunos ítems. En ese párrafo estamos mencionadas e invitadas muchas autoras, y a mí me gusta hacerme cargo de él, asistir a ese evento al que me invitan, al que me autorizan a ir: «Algo parecido a todo esto cuenta Elvira Navarro en La trabajadora. Recogemos una inquietud de época y escribimos esas cosas porque algo nos duele, porque somos mujeres, porque tenemos o no tenemos pareja, escribimos, tenemos o no tenemos trabajo, somos españolas y blancas, posiblemente feministas, posiblemente de izquierdas. Pero nuestros libros no están escritos con las mismas palabras y, en consecuencia, no, no son iguales, C´est dans l´air du temps».

Recoger una inquietud de época y escribir porque algo nos duele. Es decir, aquel listado de ítems que Kristeva enumeraba como aptos para ser novelados quizá puedan definirse como: todo aquello que nos duele. Nos duelen las mismas cosas (incluso la regla y la menopausia), pero no tenemos el mismo cuerpo ni los mismos síntomas. No, no somos iguales; quizá esto habría que decírselo al protocolo sanitario cuando asistimos al médico y somos una historia clínica y un número, mucho más que una identidad con nombre de mujer, y un cuerpo único.

Sí, era el aire de los tiempos 2017 cuando se publicó Clavícula de decir estas cosas y entender una tradición y habilitar una continuidad. Sin ir más lejos, el 8M del año siguiente, 2018, las mujeres hicimos huelga y, como dice InfoLibre, «La novelista Marta Sanz suspende un acto este jueves». Cuando le preguntan por qué se une a la huelga, ella, la novelista, es decir, la trabajadora, responde: «[…] que no nos autoexplotemos hasta enfermar porque nunca vamos a cumplir con lo que se nos pide. […] y me asusta la precarización y el empobrecimiento de las mujeres en esos tiempos de crisis. […]. Haré la huelga porque creo que el cuerpo de la mujer sigue siendo el espacio para ejercer violencias sexuales y laborales, físicas y psíquicas. […]. Iré a la manifestación de Madrid. Y, al día siguiente, seguiré escribiendo los libros que creo que tengo que escribir desde las geografías de mi escritura, es decir, desde mi condición de escritora mujer de izquierdas, atea, urbana, de clase media, heterosexual, casada, sin hijos, con padres, muchos amigos y amigas, y estudios superiores».

Así como las condiciones materiales de producción no pueden separarse de la obra («Cuando escribo —cuando escribimos— no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales», dice en Clavícula), el contexto tampoco. Para sostener mi hipótesis necesito recordar qué estábamos haciendo en 2017/2018. No se puede separar porque esa línea que marcaba un límite para colorear y que traspasábamos sin querer, ahora estamos habilitadas a traspasarla queriendo, «Como si un niño se hubiera salido de los bordes de una silueta al colorearla» (frase extraída de La lección de anatomía, que al final era la antesala de una lección política).

Hay una escena memorable en Clavícula que es cuando una médica de urgencias se salta el protocolo y le da un volante para una placa torácica. Lo hace porque Marta rompe a llorar en la consulta. La médica le pregunta a qué le tiene miedo; la trabajadora, es decir, la paciente, la escritora, le responde que a estar enferma y a no poder trabajar, por lo tanto. «[…] que la enfermedad se relacione con la imposibilidad de pagar las facturas». El malestar en las facturas.

Si la médica de urgencias autorizó a que Marta Sanz pusiera el pecho sobre una máquina de rayos, como quien le pone el pecho a las balas, para averiguar algo del interior del cuerpo, y lo hizo saltándose la norma, un poco por fuera del guion del teatro de máscaras que le tocaba, por sensibilidad a un síntoma sobre todos los demás: a la angustia; esta otra maquinaria, que es la literatura en su vertiente de ser posible en lo referido a la escritura del malestar del cuerpo, queda autorizada y ahí ponemos el pecho, para la posibilidad de novelar o hacer autobiografías, autoficciones o ensayos (me da igual) que muestren algo del interior anatómico no solo de la autora, sino de una época.

Ahora que es 2025 y yo estoy mucho más cerca de la menopausia que en 2017 o 2018, me autorizo a pensarme autorizada.