UN MÉTODO DEL CÓMO

El Manual del distraído comienza con un texto titulado «Confiar». Esto ya es elocuente. En él se toma claro partido por una postura realista —destilada indudablemente en los atanores del empirismo británico— según la cual parece recomendable creer en el mundo externo, así como conservar una suerte de fe animal que, sin garantizarnos nada, «nos separa de la demencia y nos restituye a la vida». El ser humano encuentra un lógico alivio en la confianza de ciertas regularidades y procesos. Sin solución de continuidad, el manual se decanta abruptamente hacia el relato de una peripecia en «Puros huesos», el segundo texto del libro, que cuenta una visita a la romana Iglesia del Jesús y a las habitaciones donde vivió San Ignacio sus últimos años. De súbito, el texto se convierte en un inolvidable diálogo con un anónimo jesuita español, «un cura descuidado, con esa sonrisa excesiva y apenada que tienen las personas de edad cuando llevan una dentadura postiza, que en este caso era de las baratas y, si no me equivoco, con las piezas un poco más grandes de lo debido. Los ojos pequeños, azules, muy móviles, uno de esos hombres a quienes les gusta estar entre niños». Es un diálogo chispeante, repleto de alusiones, desembragues de la atención y observaciones llamativas sobre el jesuita, quien al cabo le regala tres estampitas a Rossi. Y con ellas concluye el texto: «Me fui con las tres estampitas. Ni las rompí, ni las tiré. No las veo nunca, pero allí están. No me sirven y, sin embargo, las recuerdo. Acepto la confusión». Corolario: el dizque escéptico se volvió a distraer.

Considero que en estos inaugurales pero significativos deslizamientos —entre exposición y narración, levedad y apego, indicios y confusión— cifra el Manual del distraído la médula de su ejercicio de la inteligencia, en absoluto ceñido al descubrimiento de verdades. Frente a las fórmulas inanes y los tópicos reconfortantes, «la prosa de Rossi se instala justo debajo de la piel del mundo con un cosquilleo interrogante; no es una autopsia ni una revisión médica exhaustiva, no exige bisturí ni placas radiográficas, sólo levanta un poco la alfombra y nos deja ver el polvo que se amontona bajo las apariencias» (Jordi Doce). En efecto, la figura del distraído opone a las servidumbres del mundo exterior sus propios paréntesis de la atención, sus repentinas ensoñaciones, sus manías. No desconoce las tensiones más elementales que recorren la experiencia humana, ante algunas de las cuales apenas cabe más que la aceptación y la renovada negociación de significados. «Es bueno ver y no ver: éste es precisamente el estado de la naturaleza», afirmó Blaise Pascal. Un mundo múltiple y simultáneo exige de todo espíritu analítico como Rossi aproximaciones y tentativas múltiples, en consonancia con su extranjería existencial. Se trata de cultivar un tipo de fe bastante cauta; la fe «en la realidad del mundo y, sobre todo, en su inagotable misterio» (Enrique Krauze).

Su preceptiva intelectual le permite cuestionar y enriquecer a lo largo de las páginas de Manual del distraído nuestras ideas heredadas sobre la literatura de Borges («La página perfecta»), los mecanismos ciegos y perversos derivados de la hipertrofia burocrática («Crónica americana»), así como analizar la cerrada red lingüística de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez («Vasto reino de pesadumbre») o plasmar en un breve capítulo reveladoras yuxtaposiciones de recuerdos, citas, pasajes de crítica estética y espontáneas irisaciones del ánimo («Minucias», «Residuos»). Asimismo, hallamos dos retratos formidables («Un preceptor», «In memoriam») sobre sendas figuras que acompañaron notablemente a Rossi en el desarrollo de su personalidad: el Conde Alessandri y Jorge Portilla, dos aguafuertes críticos recubiertos por el fino barniz de la miseria y el fracaso.

En este punto, debe asumirse que la variedad de asuntos e inflexiones de Manual del distraído configura una forma de pensamiento que intenta amoldarse a esa sarta de superposiciones que «van congregando los distintos submundos circundantes, quiero decir, los sociales, los económicos, los políticos y los culturales» (Claudio Guillén). Ante la imposibilidad de formarnos una idea sobre los hechos como entidades delimitadas y contenidas dentro de sí, toda vez que en la mayoría de los casos apenas adoptamos más que una postura móvil, o una apresurada tendencia, el trabajo intelectual –en especial de naturaleza humanística– parece admitir que únicamente rinde ciertos frutos cuando encuentra el método pertinente, con independencia incluso de los resultados obtenidos. Rossi ensayó el método del distraído mediante estos textos. Uno de los más destacados representantes de la filosofía analítica con la que Rossi entró en contacto en Oxford, Gilbert Ryle, estableció una distinción básica entre «saber cómo» y «saber qué», la cual resulta fundamental para las disciplinas del espíritu. En el caso concreto de Rossi, el escritor que estaba suplantando al filósofo pareció darse cuenta de la importancia de un método adecuado, flexible y distraído, esto es, que «se resiste a los llamados externos, que obedece tan sólo a su propio impulso interior, que no es traído, sino que llega a un sitio por decisión propia» (Jordi Doce). No es aconsejable confundir al distraído con el indiferente; muy al contrario, el distraído «se siente atraído por las diez mil cosas que, según los chinos, componen este universo» (Octavio Paz). Lo esencial, entonces, reside en asumir que la filosofía o el estilo literario no pueden impartirse, únicamente inculcarse, lo que los convierte en obvias ramas del saber-cómo. «No son ciencias sino (en el sentido tradicional) disciplinas» (Gilbert Ryle). De ahí que la distracción se alce como un modo de proceder y del saber-cómo, susceptible siempre de modificarse sobre la marcha y de convertirse en un producto del proceso intelectual. Entendido como proceso, el saber-cómo del distraído es también «un querer-saber» (Claudio Guillén): antisolemne, fronterizo, a menudo desencantado y siempre tentativo, pero que consigue asediar la fortaleza de la escritura literaria y sus graníticas murallas reforzadas mediante convenciones macilentas.

 

DISTRAÍDOS VENCEREMOS

Todo libro de auténtica valía crea su propia tradición, es decir, un ancho campo de resonancias, contraseñas y posibilidades. Pero, al mismo tiempo, contrae un firme compromiso con las coordenadas estéticas que determinan su escritura. A partir de estas consideraciones, Rossi no debería presentársenos como un radical innovador, sino como un integrante más de esa fecunda estirpe mexicana (y latinoamericana) que siempre desafió la clasificación genérica de la literatura y, en su lugar, prefirió componer «libros para leer», para utilizar la expresión de Salvador Elizondo, otro escritor perteneciente a la misma generación que Rossi (al igual que Sergio Pitol o Margo Glantz, cuyos libros también rechazan los rótulos críticos más comunes). «Los libros de Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, José Vasconcelos o Alfonso Reyes –fundadores de la modernidad literaria mexicana– tampoco tenían un género transparente» (Álvaro Enrigue). Ateneístas como Reyes y Julio Torri, o satélites singulares como Carlos Díaz Dufoo Jr., en efecto, habían cultivado la miscelánea, vagamente heredera del cosmopolitismo cultural y la urgencia editorial de la época modernista, que a su vez se nutría en parte de la extensa tradición de los moralistas franceses: ese quasar de libros heterodoxos y aparentemente descabezados —basados en máximas, reflexiones o aforismos— que comprende desde los ensayos de Montaigne a los cuadernos de Valéry y, actualmente, los pequeños tratados de Pascal Quignard. La pujanza de esta corriente tan arraigada en la literatura mexicana ha sido notable en otras literaturas latinoamericanas, hasta el punto de avenirse especialmente bien a la categoría de «prosas apátridas», tal y como la concibió el peruano Julio Ramón Ribeyro: textos que no se ajustan cabalmente a ningún género, que existen gracias a la contigüidad y el número.

Obviamente, Rossi no era ajeno a esta tendencia. De hecho, la abundante enumeración de autores —desde Lichtenberg a Antonio Machado— responde a una maniobra especular mediante la que Rossi, «al hablar de otros, habla sobre sí mismo» (Silvina Celeste Fazio), es decir, configura una especie de comunidad sentimental con cuyos miembros comparte ideario y sensibilidad. Desde mucho antes de Montaigne, el hombre ya constituía un tema maravillosamente vano, diverso y fluctuante, tanto como los modos mediante los que encaramos la crónica de nuestros mundos privados y de nuestras acechanzas intelectuales. Mark Twain expresó una máxima sencilla y rotunda: «Para un hombre con un martillo, todo parece un clavo». Para el distraído, todo método —todo ensayo— se abre a una zona de sorpresa y confusión. Y la aceptación de esta premisa es su victoria.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]