Este desequilibrio entre el anhelo y la realidad del ser humano es la condición de apertura al mundo, su posibilidad creadora. Más que al mundo, a los mundos, una pluralidad que hace dudar a los hombres de ser una especie única, quizás inconmensurable en un mundo general infinito. Es, nada menos, una realidad que «rebaja y sublimiza» al hombre.
Tal desequilibrio es el que, años más tarde, Freud definirá como el malestar en la cultura. El hombre es libre por ser indeterminado, es libre de querer realizar su deseo, pero la sociedad es opresiva por necesidad y coarta sus primarios empujes para hacer posible la convivencia. Es cuando aparece un deje romántico en Leopardi, cuando advierte que, en aquel sentido, el mundo no está hecho para el hombre, que le es extraño por estar alienado. Le cabe perfeccionarse por medio de la ya citada assuefazione, conformación, producción de formas en la persistente y continua accidentalidad de la historia, que constituye la variable cultura de las naciones. Cultura es libertad, cultivo de lo innecesario, en oposición a la naturaleza, donde todo es necesario. Lo humano resulta ser una infinita serie de combinaciones accidentales, lo que denominamos civilización. En fin, si fin hay, una obra enorme y provisoria. La obra de un animal enfermo que busca la verdad en la pasión. O, con otra fórmula: la filía aristotélica, que es la búsqueda de uno mismo en el otro y del otro en uno mismo.
Por momentos, Leopardi intenta entender el anhelo de perfección –la perfección de la naturaleza, reino de la ontología perfecta de los demás seres vivientes– como un residuo de memoria mítica, la de haber sido alguna vez naturales y perfectos. Un hombre primitivo, a la manera del buen salvaje rusoniano, al cual le bastaba un mínimo de razón, la indispensable para considerarse superior y dominador de las otras especies vivas. Se rompió la homogeneidad específica, el hombre se consideró distinto y hasta el día de hoy, en plena modernidad, se sigue preguntando en qué reside tal distinción.
En este punto se da la cuestión crucial y paradójica de la condición humana. La naturaleza ha hecho al hombre razonable, capaz de tedio y hedonista, o sea innatural. Si se guiara por la pura razón, como postula Kant, sería virtuoso pero se mataría a sí mismo. Con escepticismo, Leopardi aconseja no fiarse del juicio, aun del más competente, ni del inmediato uno mismo. El hombre ha de desconfiar de sus propias habilidades. Somos profundos cuando sentimos, hasta llegar a la brutalidad, la sinrazón y la insensibilidad. Sólo somos felices cuando logramos ser indiferentes ante la verdad, la vacua verdad, y nos conformamos con lo que consideramos armonioso con nuestra naturaleza, la que aceptamos como tal, lo conseguido en lugar de lo dado. Si se quiere, una forma de estoicismo que parte de no preguntar a la naturaleza por qué nos ha hecho tal como somos / no somos. La respuesta no es de este mundo, la proporcionan las religiones, con las cuales Leopardi nada quiere tener ni saber.
La insistencia con que aparece en él la palabra naturaleza es problemática y está lejos de resultar inequívoca. Puede la naturaleza ser inmaterial, o sea, inconmensurable, al revés que la razón, que mensura todo lo sensible que consideramos materia. En esto, Leopardi la identifica con el Dios de los panteístas, lo cual le granjea la fama de ateo. Dios: totalidad de la naturaleza, todo su ser y todo su saber, algo fuera del alcance del hombre. Dentro de ese orden puesto y supuesto, el hombre tiene consigo mismo una relación de inmediatez animal, una suerte de egoísmo orgánico y primitivo. También, un cierto orden natural propio desde el cual encara a la naturaleza toda: la naturaleza humana. El hombre es naturalmente humano y hasta puede identificar lo natural con algún vago sentimiento de naturalidad, de espontánea autenticidad.
En ciertas ocasiones, la naturaleza adquiere un rasgo de providente, pues provee al hombre, como a los demás seres vivientes, de los medios para subsistir cumpliendo con un secreto fin, el de mantener viva la vida, más allá de la mera accidentalidad. Los seres perfectos se subordinan al hombre, ser desequilibrado por su imperfección, y así, aunque problemática, la Tierra es ahora su lugar. Es cuando el solitario de Recanati se pregunta por qué alabamos a la naturaleza, con lo que volvemos al panteísmo, a una deuda spinoziana. La dádiva, con todo, es dramática: la vida natural es una guerra en la cual una especie destruye a la otra por mor de subsistir; la vida es amor propio y odio al otro, perpetuo combate. La vida, que se funda en sí misma, es construcción destructiva.
La escena fuerte de esta lidia es la existencia paralela de la naturaleza y la razón. La primera es graciosa, la segunda es bella y, al igual que la bondad, es placentera (¿Platón?). Pero seguir vivo es una costumbre, ninguna razón, algo propio del ser assuefabile. Por eso la naturaleza sustituye a la razón, en tanto lo contrario nunca ocurre. Lo natural es impulsivo y fuerte, al revés que lo racional. Cuando ambas se enfrentan, sólo cabe una conciliación religiosa, que Leopardi, desde luego, excluye. Razón y vida continúan siendo incompatibles. No obstante, la verdadera enemistad de la naturaleza no es con la razón sino con la ciencia, la humana esperanza por conocer. Entre medias, se abre paso la moral, que consiste en perfeccionar humanamente la naturaleza, no en someterla a una razón que le es extraña.
La contienda es dramática pero no trágica. Es humana la aspiración a saberlo todo, es decir, reconciliarse con la naturaleza porque la razón es natural aunque paradójicamente innatural por su propia naturaleza. El lugar de encuentro es la ciencia natural, el gran desafío del siglo. La mayor dificultad es que la naturaleza es una y tiene una legalidad inmutable y fija, en tanto la humanidad está seccionada entre primitivos y civilizados. Los unos son más bárbaros y menos corruptos, los otros (nosotros), al revés. ¿Quién es más o menos humano?
La razón leopardiana es en sí misma inocente, anterior a la moral, como la naturaleza. Pero es también espiritual, es decir, negativa, una infinitud de búsquedas que perfora lo compacto natural. Razonar es contradecirse y lo más racional del hombre es admitir esta contradicción que, dentro de sí, carente de apoyos sobrenaturales, ha de ejercerse para sostenerse en su humanidad.
«Vivir para vivir. El real objeto de la vida es la vida». Una sucesión de construcciones, destrucciones y reconstrucciones que en su devenir ratifica que la vida es una y, como tal, está sola. «E navigar m’è dolce in questo mare».
3
Leopardi ha sido un severo crítico de la modernidad pero lo fue como hombre moderno, asumiendo lo ineluctable de la historia humana que había llegado hasta él, convencido de que el mundo no puede subsistir si no se toma a sí mismo como fin. Es decir, prescindiendo de toda trascendencia, toda sobrenaturalidad, toda sumisión a instancias mágicamente superiores al hombre, fueran celestiales o fatalmente naturales, algo que Karl Jaspers considera definitorio del hombre occidental, un ser a quien el mundo le resulta indispensable.
De variable modo, el escritor se sitúa en la Europa de su tiempo, es decir, en el epicentro de la globalización, que para Leopardi es la uniformidad de un mundo centrado en las naciones colonizadoras europeas. Todos imitan al dominador que, a su vez, cobra una gran experiencia mundana unida a un conocimiento de las cosas muy positivo y regulado pero que resulta siempre pobre medido por sus ambiciones. Un plan de vida, casi una antropología individualista, egoísta, competitiva, eficaz en cuanto a los bienes privados y ajena al bien común. Nunca el hombre ha hecho más ni ha sabido más, pero, en un contexto de infinitud, cuanto haga es siempre poco y oscuro. «Tendemos a un infinito que no entendemos».
Una situación de fechas contribuye a explicar a este pensador encerrado en una opípara biblioteca, en medio del campo marquesano, en un caserón patriarcal aislado de una pequeña ciudad provincial y que, sin embargo, intuyó el cuadro de situación de su tiempo y desde su lugar. Europa venía de una experiencia catastrófica: revolución, terror, guerras napoleónicas. Cundía eso que Ortega llama el alma desencantada, perpleja ante la obra de una dictadura racionalista y virtuosa a la cual escapa la materialidad de la historia humana. Dicho bruscamente: la vida.
Leopardi provenía de una formación ilustrada, en especial del materialismo ateo de Holbach y Helvetius. La experiencia del trauma revolucionario le quitó cualquier confianza en los cambios bruscos y los intentos de geometrizar la vida social desde el partido único de los justos. También caducó su fe en el progreso moral del hombre promovido por el progreso científico positivo. Saber más nos hace más humanos y más poderosos pero no éticamente mejores porque nuestra calidad no se mide y tampoco creemos ya en una instancia sobrehumana que pueda medirnos desde fuera del mundo histórico. Con todo, la modernidad –que para Leopardi empieza con una escena mítica, la expulsión del Paraíso, cuando Adán y Eva se cubren púdicamente los genitales, comenzando a distanciarse de la naturaleza–, al admitir la existencia del mal, también habilita la acción de la libertad humana, que es la de elegir entre lo bueno y lo malo. Él la denomina corrupción porque en ella interviene lo maligno, pero se trata de la radical condición libre del hombre moderno, legislador de sí mismo. Más aún, al relativizar todo dentro de la historia, el hombre moderno consolida su libertad crítica. Todo se torna discutible, empezando por el gran edificio de las religiones, especialmente en relación con ellas.
En Leopardi, la autocrítica moderna del hombre moderno excluye, desde luego, cualquier retorno a un pasado áureo y deseable, la alternativa propia de una Europa dominada por la Restauración, la Santa Alianza y, particularmente en Italia, por el fulcro vaticano. No obstante, la comparable endeblez de un mundo sin dioses le hace, a rachas, idealizar un pasado definitivamente pasado y modelo de equilibrio, armonía y solidez. Grecia, Roma, todo lo que Giacomo no era ni fue nunca.
En efecto, la Antigüedad, así mentada sin mayores detalles, ofrece el modelo de un universal heroísmo que la modernidad ha convertido en universal egoísmo. La grandeza eterna / la efímera pequeñez. La vida antigua no era vista como un peso ni una desgracia, según el disvalor que le ha dispensado el cristianismo. Era inocente, un idilio que Hegel definirá como la zoología espiritual, hacer el bien sin saber qué es ni por qué se hace. A su vez –Max Weber ha discurrido lo suyo al respecto– la imagen de la vida como una deuda simbólica que debe pagarse con trabajo hace creativa y dinámica, fluida e inestable, a una modernidad que recuerda la estática del monumento clásico. En verdad, un mito que sirve para describir más didácticamente el mundo moderno visto por un hombre moderno como lo fue Leopardi.