Nueva York es una ciudad inagotable, y su importancia y presencia en la narrativa hispánica contemporánea ha ido creciendo al ritmo que lo han hecho el número de personas que la visitan. El imaginario colectivo generado en torno a esta se alimenta de la infinidad de textos literarios, audiovisuales, pictóricos o de cualquier otra índole cultural o artística que se contextualizan en la simbólica capital mundial. En clave literaria, el retrato de la Gran Manzana bascula entre la ciudad real y su fabulación, con miradas y descripciones que despiertan en los escritores tanto fascinación como rechazo, como si fuese difícil abrazar un término medio cuando se habla de Nueva York.
La ciudad que nunca duerme debe considerarse, como defiende Rafael Alarcón Sierra, un «mito moderno», dado el gran espesor referencial que posee. Como cronotopo asentado, el propósito de este texto es analizar la relevancia como personaje destacado que Nueva York despliega en textos narrativos aparecidos en este siglo de diversos autores latinoamericanos y españoles, focalizando en la originalidad de diversos topoi o motivos recurrentes asociados a esta. Al acotar el intervalo temporal, además de constatarse la vigencia perenne de la ciudad en las letras hispánicas, se puede comprobar cómo los motivos heredados se actualizan a través de la mirada de unos escritores que componen textos de gran singularidad donde la urbe es una inequívoca protagonista.
Ya en su primera visita a Nueva York, en 1916, Juan Ramón Jiménez descubrió que esta era tan monstruosa y difícil como excesiva y magnífica. Este carácter ambivalente es una idea recurrente en muchas obras centradas en territorio neoyorquino; un carácter contradictorio que puede provocar disfrute o sufrimiento a partes iguales. En esta oscilación se sitúan numerosos textos narrativos. La escritora mexicana Valeria Luiselli, residente en la ciudad, donde ha contextualizado parte de sus escritos, compone –y este verbo es, más que nunca, muy apropiado– la interesantísima novela Desierto sonoro (2019), que parte de Nueva York y se convierte en una peculiar road movie familiar que atraviesa la vastedad del territorio norteamericano. La obra ha de entenderse, especialmente en su primer bloque, como el paisaje sonoro de la ciudad, y es que la narradora y su marido se conocieron en la New York University (NYU) grabando audio para un paisaje sonoro: «El objeto del proyecto era registrar y catalogar los sonidos emblemáticos o distintivos de la ciudad: el rechinido del metro al detenerse, la música en los pasillos subterráneos de la estación de la calle 42, los pastores predicando en Harlem, el rumor de voces y murmullos en la bolsa de valores de Wall Street».
El objetivo inicial es, por lo tanto, acústico: documentar los jadeos de la bestia gigante que supone Nueva York. El libro apareció, en primer término, en inglés –y fue traducido por la propia Luiselli, junto a Daniel Saldaña, para Sexto Piso– y su título original, Lost Children Archive, da cuenta de uno de los temas que ganan peso conforme la trama avanza: la desaparición de niños migrantes que llegan a la frontera sur del país. De hecho, ya en la primera página, Desierto sonoro arranca en el puente George Washington, emplazamiento de gran simbolismo al funcionar como umbral que divide Nueva York de New Jersey, anticipando así el enorme potencial narrativo del concepto de frontera.
La protagonista debe visitar emplazamientos poco amables, como la Corte Federal de Inmigración en Nueva York, pero, al mismo tiempo, considera su pequeño departamento en la ciudad como el «centro gravitacional» de la familia, aquel en que se puede tejer un relato familiar propio. Por ello, la ciudad más poblada de Estados Unidos ofrece también una imagen positiva a su protagonista, ya que, una vez iniciado el viaje que ha de concluir en Arizona, se sabe que la crisis del matrimonio se recrudecerá. El tiempo estático que simboliza el desierto americano, tan connotado, que atraviesan en coche los cuatro personajes de la trama se opone al tiempo dinámico que posee un espacio como Nueva York.
Desierto sonoro es un tratado de narratología, ideal para profundizar en figuras como el narrador o conceptos como el de la focalización. También permite un análisis desde las herramientas de esta disciplina Llámame Brooklyn (2006), de Eduardo Lago, merecedora del premio Nadal. En una entrevista aparecida en esta misma publicación, el madrileño recordaba el impacto positivo para su escritura que tuvo su llegada a la urbe, rellenando cuadernos de forma desaforada. El material del que se nutría lo conformaban las historias y sensaciones neoyorquinas de las que era testigo y, en estos archivos, se encuentra parte de lo que luego será su reconocida obra.
El bar Oakland, situado en clave dramática en las inmediaciones del Brooklyn Heights, es el espacio central de la historia, y toma inspiración, según confiesa el propio escritor, del bar Montero, de este mismo barrio, y donde Lago se reunió con otros españoles en sus primeros compases como residente neoyorquino. En Llámame Brooklyn, así, se citan personajes reales y ficcionales, con un sugerente juego metaficcional de fondo, y con la rememoración de una historia que nos lleva a la Guerra Civil española, donde el propio distrito de Brooklyn –uno de los cinco que conforman Nueva York– despliega su importancia narrativa en varias direcciones.
También juega Nueva York un rol ambivalente en Duelo (2017), destacada pieza de esa obra en marcha que supone el universo narrativo de Eduardo Halfon. El guatemalteco reflexiona habitualmente sobre los procesos de construcción –y narración– de la identidad, y en esta obra descubrimos cómo la urbe estadounidense gana peso conforme avanza la historia de indagación sobre el tío del protagonista, Salomón. El narrador cree que este, del que se habla poco y de forma esquiva, se ahogó en el lago de Amatitlán, ubicado a pocos kilómetros de Ciudad de Guatemala. Si bien, todo cambia con el descubrimiento de una fotografía antigua, en cuyo reverso puede leerse «Salomón, Nueva York, 1940». Con este peculiar motivo literario del «manuscrito encontrado», en forma de imagen, el narrador comienza sus pesquisas y descubrirá que, en realidad, su tío acabó sus días de una forma triste en la Gran Manzana. No obstante, el territorio norteamericano no deja solo esta lectura tan negativa en la novela: también va a significar lugar de refugio para el narrador y su gente mientras mejora la situación política de su país natal, pues a inicios de los ochenta –cuando Halfon era un niño de diez años– Guatemala vivió un clima de infernal agitación política y social.
En Duelo se recuerda cómo el abuelo del narrador salió de Beirut y llegó a Nueva York, «donde un oficial de migración haragán o quizás caprichoso decidió cortar a la mitad nuestro apellido». Probablemente, en la narrativa contemporánea, cuando aparece el motivo de la inmigración es cuando la ciudad muestra su cara más desagradable. Es algo que puede comprobarse en diferentes textos narrativos. Un ejemplo paradigmático lo constituye Estados Unidos de Banana (2011), escrito por Giannina Braschi. Nacida en San Juan, se centra en la diáspora puertorriqueña y latinoamericana en Estados Unidos, aunque ubicada de forma clara en Nueva York. El libro es una sátira de la sociedad norteamericana, donde pone en la diana, no sin carga autocrítica, los modos en que se excluye a los inmigrantes en la ciudad donde los sueños, teóricamente, se cumplen. Ya en su innovador libro Imperio de los sueños (1999) reflexionaba sobre la suerte y desventuras de los latinos en Nueva York, y varios lustros después vuelve a preguntarse por la identidad y la inclusión de los inmigrantes en su primer gran texto escrito en inglés, traducido al castellano en 2016.
También es enloquecedora Nueva York para el personaje de Claudio, uno de los dos protagonistas de Después del invierno (2014), de Guadalupe Nettel. Cubano de nacimiento, el personaje, que vive en un diminuto apartamento de la calle Ochenta y siete del Upper West Side, es un misántropo y, por ello, la hostilidad que presenta la ciudad en muchos momentos funciona como perfecto reflejo de lo que Claudio siente en sus interacciones humanas. Este nos habla de su amante, Ruth, a quien parece utilizar como mero objeto sexual, y nos comenta que se deja agasajar por su fortuna: «A Ruth le gusta comprar alimentos en las tiendas de delicatessen de Tribeca que son como jugueterías para señoras», afirma Claudio en su narración en primera persona.
La otra voz narrativa –y personaje– protagonista pertenece a Cecilia. Nacida en Oaxaca, se instala en París, donde empezará una relación con Tom, afectado por una rara enfermedad degenerativa. Es una novela donde lo espacial es importante, constatándose que las ciudades también pueden cambiar a los personajes, ya que la capital francesa, por momentos, es la contraparte de Nueva York, dibujada de forma más amable. Conforme la diégesis avanza, descubrimos cuáles son los particulares traumas que traen consigo ambos protagonistas, hasta el momento en que se conocen. Cuando se ven en París, parece que la relación avanza, pero el encuentro en suelo norteamericano no será igual de positivo. Después del invierno posee un notable interés, con una banda sonora en la que suenan los acordes de Keith Jarrett o Nick Drake.
Si bien, la escritora mexicana también incluye pinceladas amables hacia la ciudad que nunca duerme. Destaca la belleza de esta a finales de septiembre e, incluso, el huraño Claudio es capaz de reconocer que la echa de menos cuando sufre un trágico revés mientras permanece en Boston. Y es que, parece difícil no caer en la tentación de dejarse seducir por un espacio que es capaz de proporcionar también lo mejor. Es algo que saben Elvira Lindo o Antonio Muñoz Molina, pareja andaluza que ha sabido disfrutar de la ciudad y dar cuenta de lo deslumbrante de la ciudad en diferentes textos. De Elvira Lindo puede destacarse Lugares que no quiero compartir con nadie (2011), mientras que de Muñoz Molina se puede citar Ventanas de Manhattan (2004), aparecido el mismo año en que es nombrado director del Instituto Cervantes de la ciudad, aunque lo cierto es que Nueva York está muy presente en buena parte de su obra, al igual que otras ciudades reales o ficcionalizadas, desde Lisboa hasta Mágina.
También se deja llevar con gracejo por la magia de la ciudad Manuel Vilas, en su peculiar libro de viajes por Estados Unidos que constituye América (2017). Afirma que todo el mundo se enamora en Nueva York. Y también de Nueva York, claro. Aunque, eso sí, hay factores que ayudan, como introduce con retranca: «Nueva York está bien si tienes mucho dinero. Y si no lo tienes, bah, no te preocupes, enseguida lo tendrás. Nueva York te echará una mano. Esa es la idea: Nueva York es una espera, pronto tendrás lo que deseas».
Menos amable resulta cuando la ciudad se liga a una enfermedad, por mucho que esta no sea la culpable y no desaparezcan los estímulos positivos. Esto se encuentra en obras recientes de Lina Meruane, Tomás González o Gabriela Ybarra. Esta última, en El comensal (2015), une dos grandes historias: el asesinato por parte de ETA de su abuelo y el fallecimiento por cáncer de su madre. Cuando, en su «Segunda Parte», la autora, narradora y personaje central escucha, en boca de su madre, la noticia de la enfermedad, vive en Nueva York, y hacia allí vuela la afectada para tratarse y dejarse cuidar por su hija. A Gabriela le cambia la vida y, aunque Nueva York pueda ser una distracción para ambas en el tiempo que se prolonga la enfermedad, queda ligada a la enfermedad inevitablemente, al tratarse el tumor en el Memorial Sloane Kettering Cancer Center, ubicado en Manhattan.
También queda anexionada la ciudad a la desgracia en La luz difícil (2023), la tierna y elegante novela del medellinense Tomás González, ya que es en pleno corazón de la urbe donde el hijo de David, el protagonista, sufre un gravísimo accidente. El escritor deja claro que la ciudad tiene la potencia de cambiar el ánimo de los sujetos. Tras su llegada desde Colombia a finales de los ochenta, el matrimonio formado por Sara y David se hospeda en un diminuto apartamento de la 101 West, al lado de Central Park, pero ello le dificulta su labor como pintor, y no recupera la felicidad hasta mudarse a la calle Segunda. A partir de ahí, será un flâneur en busca de inspiración creativa: «Empecé a recorrer las costas urbanas y semiurbanas de Brooklyn y Nueva Jersey y a tomarles fotos y pintarlas».
Critica, eso sí, la mugre y estado del metro, lo que es habitual en la narrativa sobre la ciudad –Agustín Fernández Mallo, en Madre de corazón atómico (2024), escribe que el metro neoyorquino «ejemplariza de manera especialmente paradigmática mi aversión al concepto de agujero»– y refiere las numerosas y grandes ratas –otro lugar común–, pero evoca la paz mental que le suscitan las escapadas a Coney Island, y cómo el mar va a ser un espacio de liberación ante la pena en que está sumida su vida desde el accidente sufrido por Jacobo. Nueva York, en el fondo, si se sabe mirar –su oficio de pintor es verdaderamente elocuente al respecto–, podrá ser una ciudad amable de la que podrá extraerse esa «luz difícil» a la que alude el título. Quizás ese sea el secreto para culminar el lienzo que se le resiste a David.
En el caso de Lina Meruane y su inteligentísima Sangre en el ojo (2012), la enfermedad que sufre la protagonista de esta autoficción es la ceguera. La narradora parece indicar que Nueva York es el peor lugar del mundo para perder la visión, y no tanto por la belleza de la urbe, sino por el caos que también significa sobrevivir en un laberinto de sonidos, hedor y mugre: «La calle no era un lugar, era una multitud de ruidos dándose codazos y apretones. Y estaba el rumor de una canaleta podrida. Bolsas de basura apiladas en la calle». Aunque Nueva York se entienda como ese lugar donde profesional e intelectualmente crezca, como estudiante de Doctorado, el relato carece de esa mirada tierna que le daba González. Durante su enfermedad, la protagonista visita su Chile natal, donde su familia le reprocha su ausencia. Resulta de gran interés cuando esta une también ambos territorios desde otra desgracia, la que marca en sus respectivos calendarios el 11 de septiembre, pero jugando con la metáfora de la visión que teje todo el libro: «No es coincidencia ni repetición, le dije, hastiada. No es más que una extraña imagen doble».
El 11-S es la gran cicatriz de Nueva York, pero también de Occidente, el simbólico y sangriento final de siglo XX e inicio del XXI. El atentado yihadista contra las Torres Gemelas aparece en numerosos textos emplazados en la ciudad desde una perspectiva contemporánea. Ha generado un amplio corpus literario, con obras que refieren lo espectacular y trágico del atentado y lo recrean en un mundo donde cada vez cuesta más discernir lo real de lo irreal, como El fondo del cielo (2009), de Rodrigo Fresán, o Los muertos (2010), de Jorge Carrión. En La luz difícil, González evoca cómo el silencio se apoderó de todo, como si el típico ruido neoyorquino hubiese «sido conquistado desde su interior y vencido para siempre».
Se concluye el paseo por la ciudad con dos originales obras. Teoría del ascensor (2016), firmada por el ya fallecido Sergio Chejfec, es una reflexión del autor sobre infinitas cuestiones que conforman su universo narrativo y, en las páginas dedicadas a Nueva York, el bonaerense se pregunta por el multilingüismo como seña constitutiva de su particular visión de la ciudad en la que reside, o las múltiples maneras de hablar «español» en este espacio. Para Chejfec, los emigrados representan un corte sincrónico de algo que está siempre en movimiento, la lengua de su comunidad: «Mientras avanzamos en el tiempo hay una parte del idioma que nos exilia del presente fijándonos en el pasado».
Como sugerente divertimento posmoderno se ha de entender Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee) (2016), de la también residente neoyorquina Marina Perezagua. La pareja formada por Don Quijote y Sancho Panza, aunque nacida más de cuatro siglos atrás, aterriza en la ciudad de los rascacielos en pleno siglo XXI, en una ciudad pre-apocalíptica inundada por efecto de la constante lluvia roja, y donde el Caballero de la Triste Figura busca de forma constante a su particular Dulcinea, representada aquí por Marcela, la Torre de la Libertad que se ha alzado en el lugar donde estuvieron las Torres Gemelas. La autora sevillana bebe del texto cervantino y actualiza sus motivos de forma hilarante, y son numerosos los escenarios que ambos personajes visitan en sus aventuras, como el estadio de los New York Mets, El City Fields, la cárcel de Rikers Island, un Starbucks junto a Central Park o la materialización del propio Cervantes en la actualidad: el Instituto Cervantes de New York. Hay muchos guiños metaficcionales y los capítulos en que Sancho y su amigo llegan a este centro neoyorquino –del XVII al XX– son excepcionales.
Si se juega con el conocido título de un libro de Enrique Vila-Matas –quien, por cierto, viaja a la ciudad en su Dietario voluble (2008)– se podría concluir con la idea de que Nueva York no se acaba nunca. Puede ser uno de los lugares más deslumbrantes del planeta, pero también un emplazamiento cruel, en el que los sujetos que tratan de hacerse a ella son recibidos con hostilidad. En cualquier caso, en las letras hispánicas contemporáneas, la ciudad es mucho más que un mero plató o decorado, y tiene la inequívoca potencia de convertirse en un personaje literario más, de ser un actante y tener gran protagonismo en clave narrativa. Y más aún: Nueva York, eje temático de la Feria del Libro de Madrid que arranca a finales de este mayo de 2025, puede considerarse, sin duda, un género literario en sí mismo.