POR EZEQUIEL ALEMIAN

Quizás precisamente porque escribió tanto y con tanta intensidad sobre sí mismo, haciendo con su comportamiento que quienes lo conocieron, de manera casi inexorable, hablaran y escribieran sobre él, el polaco Witold Gombrowicz sigue siendo uno de los escritores más enigmáticos de la segunda mitad del siglo XX.

En su libro Extranjero en todas partes, Mercedes Halfon explora con enorme sagacidad y también con un elegante equilibrio de escritura la leyenda de este escritor siempre incómodo, siempre inaprensible.

Recurriendo a los diversos libros de Gombrowicz y a los testimonios de quienes lo frecuentaron, a entrevistas que ella misma hizo con escritores y críticos, con investigadores, Halfon reconstruye de manera minuciosa los veinticuatro años que el polaco vivió en la Argentina, donde simplemente fue ignorado por la literatura local mientras su reconocimiento en el exterior, incluso en su país natal, se iba dando de manera muy lenta.

Recordemos que en 1939, invitado como representante de la vanguardia polaca al viaje inaugural de un crucero, el Chrobry, que ha partido de Gdynia, Gombrowicz hace escala en Buenos Aires en momentos en que Alemania invade Polonia, y decide quedarse. Permanecerá en la Argentina hasta 1963, cuando obligado por el deterioro de su salud regresará finalmente a Europa, donde morirá seis años más tarde.

Al momento de desembarcar llevaba publicados en Varsovia, con gran repercusión, su primera novela, Ferdydurke (1937), el folletín gótico Los hechizados (1937), firmado con seudónimo, el libro de cuentos Memorias del tiempo de la inmadurez (1933) y la obra de teatro Yvonne, princesa de Borgoña (1935).

En Buenos Aires escribirá mucho, prácticamente el resto de sus libros: las novelas Transatlántico (1950), Pornografía (1959), y Cosmos (1965), las obras de teatro La boda (1947) y Opereta (1966), y casi la totalidad de su Diario (1953-1966).

Aristócrata y terrateniente de vida disoluta, llevará en Buenos Aires una existencia de bohemio, en la pobreza extrema, sobreviviendo en pensiones , recorriendo los barrios bajos a la búsqueda de experiencias homosexuales, con largas horas en el café Rex de Avenida de Mayo, jugando al ajedrez, en amistad con jóvenes locales, con poco contacto con otros emigrados polacos, y con el apoyo de mujeres adineradas que creen en él y le pasan dinero, «cada vez más fascinado por América del Sur», como señaló poco antes de su muerte en una Autobiografía sucinta.

En Buenos Aires, escribe Halfon, «Gombrowicz comanda, combate, actúa, empuja la literatura por fuera de lo escrito, lo leído, lo elaborado intelectualmente. Es un escritor en acción, que crea un sentido gestual, cómico, muy suyo. Son, podríamos decir, performances invisibles».

En el centro de esta premeditada escenificación de sí mismo está el Diario, que Gombrowicz publica en la revista Kultura, de la emigración polaca, en París. Leyendo a Gide ha comprendido el enorme potencial del género, ya totalmente extirpado del ámbito de lo privado, en la medida en que es producido para ser publicado. «Seré mi propio comentador, mi propio director de escena, seré un Gombrowicz pensador, un Gombrowicz genio, demonólogo de la cultura y muchos otros impensables», le confiesa a Jerzy Giedroyc, director de Kultura.

Halfon señala que Gombrowicz se valió del Diario para hacerse conocido, para convertirse en un escritor célebre. Kultura tiraba tres mil ejemplares por número, su línea era anticomunista pero no era nacionalista y tenía un gran prestigio en Europa. Gombrowicz ya había publicado ahí, por entregas, Transatlántico, «un barco lleno de dinamita, lanzado contra los sentimientos nacionales y el sometimiento al lenguaje», y pronto se convirtió en su principal pluma.

Extranjero en todas partes exhibe precisamente a Gombrowicz en ese doble rol de narrador y de personaje principal. En ese entramado inseparable aparecen algunas escenas que pasan por ser de las más iluminadoras de la tradición letrada argentina.

Como la cena a la que asiste, por ejemplo, en 1942, invitado por Carlos Mastronardi, en casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. También se sientan a la mesa José Bianco, Enrique Peyrou y Jorge Luis Borges. Son (solo falta Victoria Ocampo) el corazón de la revista Sur, que durante años intentará definir el canon de la literatura porteña. Gombrowicz habla poco, no mira a nadie, no saca temas de conversación, no es amable con los anfitriones. Su español es muy defectuoso y el francés de ellos, dice, inaudible. Impaciente, incómodo, se cierra sobre sí mismo.
«La cena terminó en nada», escribe, «como todas las cenas consumidas en compañía de la literatura argentina». A Gombrowicz le interesaba lo bajo y en ese regio departamento se reunían las alturas, él se fascinaba con la oscuridad de las estaciones y sus anfitriones con las luces de París. «Ah, llegar a la altura de Francia e Inglaterra! ¡Ah, tener una literatura madura!», se burla de las pretensiones porteñas.

A Borges, «que hablaba de prisa y de manera incomprensible», lo reconocerá esa noche como «probablemente el escritor argentino de mayor talento», aunque también asegurará no haberlo leído. (Gombrowicz apenas aparece mencionado en las mil setecientas páginas del Borges de Bioy Casares. «Conde pederasta y escritorzuelo», lo despacha Borges).

Halfon recuerda que para su investigación sobre Gombrowicz en Argentina, Rita, viuda y albacea del escritor, se entrevistó con Silvina Ocampo, a quien le pidió que le hablara de esa famosa cena. «¿Por qué famosa?», fue toda la respuesta de la Ocampo.

O el reencuentro, en 1960, en Buenos Aires, con el intelectual Roberto Santucho, a quien había conocido poco antes en el interior, y años más tarde se convertirá en uno de los líderes de la insurgencia armada en la Argentina, para terminar abatido por el Ejército. El discurso de Santucho, «tonto, presuntuoso y apodíptico», imbuido de una «retórica de la que no es capaz de extraer las narices» le produce a Gombrowicz el mismo sentimiento de impotencia que le provocaba el discurso de Hitler. En Santucho ve celos, complejo de inferioridad, superficialidad, debilidad y confusión. «Miraba su cabeza y su mano, una mano dispuesta a matar en nombre de una niñería. No hay que olvidar que los que no escriben con tinta escriben con sangre», anota en el Diario.

Lo único real, escribió, es el dolor. «Sean prudentes, sean hábiles, y jamás se identifiquen con lo que hacen de ustedes mismos», les aconsejó a los ferdydurkistas.

Su mito sigue más vivo que nunca. La publicación inesperada, en 2013, de Kronos, una suerte de «diario del Diario», escrito simultáneamente con el de Kultura, pero estrictamente privado, encendió la expectativa de encontrar otro Gombrowicz, un Gombrowicz secreto, el verdadero. Pero no había nada que no se supiera.

La selección de citas que hace Halfon en Extranjero en cualquier parte es inmejorable y reveladora, no solo de esa inteligencia de la escritura que hace único a Gombrowicz, sino también de la claridad conceptual con que lo narraba todo.

«Fui a Ostende, una tienda de moda, y me compré un par de zapatos amarillos que resultaron ser demasiado pequeños. Volví, pues a la tienda, y cambié ese par por otro, del mismo modelo y número y, en fin, idéntico en todos los aspectos, que también resultó ser demasiado pequeño. A veces me asombro de mí mismo», escribe un viernes de 1953.

Hace ya casi treinta y cinco años, en una charla con alumnos de la Universidad de Buenos Aires, César Aira señalaba que el personaje que más le interesaba de la literatura era siempre el autor. «Todos los grandes escritores han sido personajes fuera de lo común. El gran modelo para mí de lo que debería ser el mito personal de un escritor ha sido siempre Witold Gombrowicz», dijo.