Muy relacionado con el presente, ¿verdad?

El origen del libro está en la preocupación que me produce ver que muchos piensan que los desarrollos científicos y tecnológicos conseguidos en nuestras sociedades van inexorablemente acompañados de la promoción de valores humanos y derechos políticos. Desgraciadamente, no es así. Sociedades tecnológicamente muy adelantadas pueden ser víctimas de la peor de las tiranías. Lo hemos visto en la Rusia comunista y en la Alemania nacional-socialista.

El libro comienza con el estudio de ideologías que han sido tan importantes en el siglo xx, que se convirtieron en religiones políticas; me refiero al comunismo marxista, al fascismo de Mussolini, al nazismo de Hitler, y a todas sus variantes. En ese contexto vi el carácter eminentemente político que tiene la religión fundada por Mahoma a comienzos del siglo vii, el islam.

Dada la importancia que tiene el islam, aunque sólo sea por el número de sus fieles —más de mil doscientos millones—, analicé, sobre todo, los aspectos políticos de esa religión en diferentes epígrafes: la idea de Dios, como ser todopoderoso y no especialmente racional que tiene el islam; la idea de Mahoma, como profeta definitivo, con la última palabra sobre todo lo humano y lo divino; la idea del islam de la guerra santa, la yihad, como lucha por la conversión de todos los seres humanos al islam; si no es posible por la persuasión, entonces por las armas; la discriminación hacia todos los que no son musulmanes; la discriminación, dentro de la sociedad islámica, de las mujeres, en inferioridad respecto a los varones; la persecución a la que condenan a los que abandonan el islam, etcétera. De ahí que sea un tema sociopolítico, religioso, de la mayor trascendencia.

El otro tema que trato es el del nacionalismo, que sufren tantos países de Europa. En particular, me fijo en el nacionalismo vasco y catalán y en la ideología totalitaria, y aporto el luminoso diagnóstico que hizo Ramón y Cajal sobre el nacionalismo catalán.

Y, por último, trato de dos cuestiones fundamentales: la relación en que ha de verse el individuo y el Estado y lo que yo llamo «reconstruir la democracia». Es decir, qué medios arbitrar a fin de hacer sostenible un Estado democrático plenamente de derecho.

 

España es un país donde brillan obras individuales de mérito, ¿cómo explicar, sin embargo, las pocas consecuencias sociales que tienen esas obras? ¿Será el individualismo español un arma de doble filo?

La contribución social de España es una de las más importantes de la historia de la humanidad. Basta con estudiar la historia de América, y más concretamente los trescientos años que duró el imperio español en América, para ver hasta qué punto contribuyó al engrandecimiento de su población. Hacia 1800, al final del imperio español en América, el nivel de renta de los virreinatos era superior al que tenían las naciones europeas más avanzadas, como lo puso en evidencia el geógrafo Alexander von Humboldt, y un siglo y medio antes el británico Thomas Gage, a pesar de que abandonó el catolicismo y América, en sus memorias reconoce que la ciudad de México era mucho más impresionante que el Londres de la época.

La contribución cultural española en los campos de la lingüística, la antropología, la etnología, la arqueología, la botánica, la ingeniería, la construcción naval y en otros campos, como las bibliotecas, el urbanismo, etcétera, ha sido enorme; y eso, teniendo en cuenta que la población española era numéricamente inferior a la italiana, la francesa o la alemana.

 

Te propongo un pequeño juego psicológico, a la manera de Wertheimer y Jung, que fueron los primeros en aplicarlo. Se trata de responder con una palabra o una frase, lo que se te ocurra, a cada una de las palabras que escuches. ¿Preparado? Bien, adelante:

¿Centro? El origen de toda perspectiva. ¿Arquitectura? Habitabilidad. ¿Radio? Comunicación. ¿Mujer? Deseo. ¿Hombre? Inteligencia (contestación provocativa). ¿Misterio? Oscuridad. ¿Lenguaje? Expresión. ¿Historia? Relato. ¿Filosofía? Reflexión. ¿Alma? Movimiento. ¿Razón? Inteligencia. ¿Herramienta? Trabajo. ¿Sexo? Necesidad. ¿Bruno? Memoria. ¿Abierto? Democracia. ¿Cerrado? Tiranía. ¿Amor? Deleite. ¿Vida? Superación. ¿Muerte? Negación. ¿Arte? Juego. ¿Realidad? Ojos, la vista. ¿Salamanca? La Atenas española. ¿Belleza? Esplendor. ¿Divinidad? Lo supremo. ¿Destino? Iba a decir fatalidad, pero en latín fatum, hado, significa un mal destino.

 

Hay varios lemas que sueles recordar en tu obra, uno de Giordano Bruno: In tristitia hilaris, in hilaritate tristis. Y otro de Villamediana: Más penado, más perdido, menos arrepentido. Y aún un tercero, de Leonardo: Ostinato rigore, que modificas por: Caprichoso rigor. Los tres pertenecen a tu primera época. ¿Los mantienes aún? ¿Añadirías alguno?

En efecto, son muy expresivos de mi pensamiento de entonces, pero también lo son de mi personalidad de ahora. Comenzando por el de Bruno: ese lema nos anima a ver los sentimientos más opuestos de modo que se atemperen y neutralicen recíprocamente. En cuanto al segundo lema, el de Villamediana, indica que cuando uno tiene una idea en la que cree, no puede renunciar a ella o arrepentirse de ella por encontrarse de pronto en una situación difícil. Sigo compartiendo ese punto de vista. Y en cuanto al lema de Leonardo: Ostinato rigore. Creo que he de mantener esa posición, la del rigor. Pero cambiando el ostinato por lo caprichoso debido a la eventual aparición de lo inesperado, a la que uno debe estar siempre preparado. No debemos olvidar que caprichoso viene de cabra, y que la cabra tira al monte. Pero sin olvidar el rigor… Es decir, que se trata, no de un capricho cualquiera, sino de un capricho investido de rigor. ¿Qué lema adoptaría actualmente? Quizá uno que utilicé como exlibris, y que me dibujó el gran artista José Hernández. Ese lema es: Meliora latent, que significa, traducido: Lo mejor está oculto.

 

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