1.
En mi cabeza Gilda canta todo el tiempo, canta «No me arrepiento de este amor» con esa voz que rompe y brilla y hay luces de neón de buses, busetas y camiones con frases en los parachoques que dicen «tu envidia me da fama» o «de lo que vos me deseas, que Dios te dé mucho más» que atraviesan a toda velocidad una carretera serpenteante en medio de la niebla. Y es una carretera que nunca termina.
2.
Gilda, de nombre Miriam Alejandra Bianchi, murió en 1996 en la carretera en un accidente. Yo tenía 5 años. Tiempo después la vi, cantaba «Paisaje» en un videoclip del programa 12 ritmos 12 de Telecuenca, y la soñé como una santa de estampita. Una santa ascendiendo al cielo, a la luz, muy alto, llena de lentejuelas, brillantina y rosas.
3.
Mi padre se encargaba de llevar las escopetas de la fábrica de mi abuelo al norte del país, pero se quedaba más de lo que decía que se iba a quedar. Pasé mi infancia esperando que volviera, rezando porque no se matara en un accidente. Se iba quedando días y semanas y yo creo que un día se quedó del todo y nos mandó a su fantasma. Mi padre siempre estaba en la carretera, cuando nací y cuando cumplí años y cuando me enfermaba y cuando no estaba en la carretera estaba buscando formas de volver a ella. Un día yo también tomé la carretera, trabajaba como periodista de viajes y pasaba más tiempo mirando por la ventana de buses interprovinciales que en cualquier otro sitio. Iba perdida imaginando cosas que no habían pasado y que nunca pasarían en ese estado de hipnosis que se crea cuando atraviesas la cordillera de los Andes a toda velocidad partiendo la tierra y tu vida en pedazos, porque es la cordillera la que te atraviesa a ti y es la niebla la que te va borrando y quizá por eso nunca lloro tanto y tan bien como cuando estoy en la carretera con música de tecnocumbia a todo volumen: un lugar donde desaparecer completamente.
4.
Ni siquiera puedo recordar la primera vez que escuché tecnocumbia porque es como si siempre hubiese estado ahí, como si hubiese nacido entre trompetas, timbales y sintetizadores. Es la música de año viejo, de carnaval, de todos los cumpleaños, los bautizos, los matrimonios y los entierros; la música de fin de fiesta y del fin del mundo. Y cuando escribo siempre se está acabando el mundo. El de una familia, el de la mía, el mundo del pasado que habíamos conseguido mantener en pie con cariño, aguardiente y tantas mentiras. La banda sonora de fondo la cantan Gilda, Sharon y Selena y mis muertos vuelven a morirse otra vez, pero antes bailan y gozan y mi abuela sigue reprochándoles ser tan porfiados.
5.
Escucho tecnocumbia e imagino bosques de mentira: rosas de plástico en medio del páramo, calesitas girando en la punta de los volcanes. Escribo con la cabeza pegada al vidrio de un autobús que nunca se detiene.
6.
La primera vez que pensé escribir algo estaba en la carretera. Viajaba de Cuenca a Quito, diez horas en bus. Iba a hacer un fotorreportaje de un Lodge a 4000 mts. de altura en medio de la nada. Pagaban mal, pero me gustaba viajar de noche por esas carreteras oscuras, medio despierta, medio dormida, medio alucinada, como arrancada a toda prisa de la infancia donde todo es luminoso y burbujea. En el bus, nadie dormía porque la mezcla de sonidos e imágenes de la película de Jackie Chan y la música de Tierra Canela nos mantenía con los ojos tan abiertos como el hombre de La naranja mecánica, pero sin las agujas. Era una mezcla rara, frenética y terrorífica. Los niños lloraban y las ventanas se llenaban de vaho. Se me ocurrió un cuento: un bus como ese, pero en el que solo van músicos, se daña en medio de un pueblo lleno de chuquiraguas y liebres en los pajonales, un pueblo que al principio parece un pueblo fantasma. Pero no es un pueblo fantasma, hay gente mirando por las rendijas de las puertas y ventanas. Y los músicos caminan cargando trompetas, timbales, tambores y teclados y golpean todas las puertas. Nadie responde. Entonces deciden tocar algo y la gente del pueblo sale, poco a poco y baila, al principio lento, pero luego eufóricos, dislocados. La música los va transformando y, al final, devoran a los músicos y todo se queda en silencio. No sé dónde está esa historia. La escribí varias veces y ninguna me gustó. Pero recuerdo que me fascinaba la idea de escribir algo que sonara como ese autobús, como la musiquita en mi cabeza, bailable, electrizante y aterradora.
7.
En secreto, mi abuela también escuchaba tecnocumbia, solo en secreto, porque siempre decía que era música de ordinarias, de tercas y porfiadas.
8.
Yo siempre quise ser tecnocumbiera. Vivir en la carretera con la cabeza pegada al vidrio pensando en quién sabe qué amores inventados o perdidos, o inventados y perdidos. Como no pude ser tecnocumbiera, escribí a Rossi Bum Bum y a Débora Dalia Débora, mujeres con nombres de neón y vidas de sed y polvo.
9.
Mi madre odiaba la tecnocumbia, decía que le recordaba todas las fiestas que salieron mal. También la de su boda.
10.
Mi padre también era un hombre electrizante y aterrador. Su cantante de tecnocumbia favorita era Jazmín, la tumbadora. Digo era, pero es. Mi padre escuchaba cumbia y tangos y boleros, bebía y contaba historias de esos viajes de los que volvía siempre eufórico para, lentamente, volver a ser como era: triste y quieto, un hombre del páramo con ganas de llorar cuando todos bailan.
11.
Escribir cuentos con brillantina y enormes autopistas en una noche eterna, escribir cuentos en los que todas las fiestas terminan mal, escribir cuentos en los que mi padre vuelve a casa, escribir cuentos ordinados, tercos, porfiados, escribir cuentos en donde lo único que permanece es la música desquiciante de un teclado eléctrico.
12.
Quería que mis cuentos tuviesen esa música de fondo, como cuando lees a Andrés Caicedo y escuchas bien adentro una buena salsa. O eso pensaba. Ahora que trato de contarlo, quizá lo que quiero es volver a un instante: son las tres de la mañana y voy en un autobús interprovincial, suena «Ámame suavecito» de Gilda, las luces led azules parpadean al ritmo de mi corazón, un perro hace pis encima de los periódicos que hay junto al conductor, un bebé llora en el asiento de a lado, el tipo de adelante, calvo y grande, se corta las uñas. Apoyo la cabeza contra el vidrio e imagino cosas que nunca pasaron ni pasarán, imagino historias que nunca escribiré y lloro porque cada vez que cruzo la cordillera creo que va a ser la última. Y entiendo a mi padre y sus ganas de quedarse ahí quieto en una curva infinita con las montañas amenazando con devorarlo. Quieto y a punto de estallar con la voz de Gilda de fondo. Solo en momentos como este una siente que se aleja muy rápido de todo en la última fila de un bus que desaparece en la noche a poco más de cien kilómetros por hora. Escribo con la cabeza pegada al vidrio de un autobús que nunca se detiene.