POR JAIME RODRÍGUEZ
Andie MacDowell en el festival de Cannes en 2017. Fuente: wikicommons.

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Soy el primer ser humano en decir mierda. Ocurre la madrugada del 12 de diciembre de 1981. En el sueño, mi papá se ha unido a una secta satánica: viste una túnica granate, un colgante de símbolos profanos y lleva el pelo más largo y barba. Algunos años más tarde lo identifico con Rasputín. Y muchos años más tarde lo identifico con Alan Moore. Esa madrugada, sin embargo, es un miembro de la secta satánica que apareció en el capítulo de Starsky & Hutch que acabábamos de ver por la noche. Todo está mal. Y todo está bien en realidad, porque en mi sueño abrazo a mi papá, el monje loco, el sumo sacerdote de la desdicha, el diablo. Mierda.

Todo esto para decir que la mayor influencia que he tenido en mi vida es Starsky & Hutch.

No hablo de la serie de dos policías que van en un Ford Torino del 75 por las calles de California, sino de lo que ocurre en tu cabeza cuando entra en comunión con las de otras miles, millones de personas, en ese rito fútil, momentáneo, incandescente e inútil que llamamos pop.

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Esto ocurre: entre 1802 y 1817 Niccolò Paganini trabajó sin pausa pero sin prisa en sus 24 Caprichos para violín, una serie de exploraciones más o menos lúdicas llamadas a apuntalar su fama de virtuoso y que dedicaría no a una persona sino a «todos los artistas». El 3 de julio de 1934 Serguei Rajmáninov se aburría en su villa suiza, junto al lago Lucerna, a la que había bautizado Villa Senar uniendo su propio nombre al de su esposa, Natalia. Se-Na-R. Aquella tarde Rajmaninóv decidió jugar con los Caprichos de Paganini y terminó dedicando parte de ese verano a componer su Rapsodia sobre un tema de Paganini, una serie de variaciones, en realidad, que tomaban los temas del maestro italiano y los deconstruían cambiando tonalidades, tempos y en ocasiones, como en la variación número 18 -andante cantabile- invirtiendo directamente el orden de las notas. Esa variación en particular se hace enormemente popular y es utilizada por primera vez en el cine en 1943, en una versión de Romeo y Julieta en clave ranchera protagonizada por Jorge Negrete y María Félix. En 1980, el realizador francés Jeannot Szwarc estrena la película Somewhere in time protagonizada por Christopher Reeve y Jane Seymour, una fábula romántica sobre un escritor que decide (y logra) viajar en el tiempo para reunirse con una misteriosa mujer. El principal motivo musical de la película, el que sugiere los viajes en el tiempo, es la «Variación 18» de Rajmáninov. Trece años después, Harold Ramis dirige Groundhog day (El día de la marmota) a partir de un guion de Danny Rubin: una comedia existencial protagonizada por Bill Murray en la que un «hombre del tiempo» (el guiño solo es posible en castellano) es atrapado por un bucle temporal del que sale (probablemente diez años después de estar viviendo el mismo día, aunque algunos elevan la duración del bucle a 30 o incluso 100 años) no solo convertido en una mejor persona sino habiendo desarrollado ciertas habilidades artísticas como esculpir en hielo o tocar el piano. En una de las escenas el personaje de Murray está tocando en una fiesta local del pueblo en el que vive su condena cuando entra Rita, interpretada por Andie MacDowell, de quien se ha enamorado a lo largo de ese único e interminable día. Al verla, cambia la melodía que está tocando por la «Variación 18» de Rajmáninov, misma que a su vez acaba transformando, introduciendo arreglos de música televisivos, como los que hacen las bandas en los Talk Shows americanos o los de la banda de Saturday Night Live.

De joven, yo adoraba a Andie MacDowell.

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En el episodio octavo de la serie original de La dimensión desconocida estrenado el 20 de noviembre de 1959 y titulado «Time enough at last» («Tiempo suficiente al fin»), un hombre vive atormentado porque lo único que desea en el mundo es tener tiempo para leer y su obligaciones laborales o domésticas, representadas por un jefe y una esposa tiránicos, no se lo permiten. Es un tipo miope y castrado de lectura. Como nuestro héroe trabaja en un banco, un día decide esconderse en la bóveda con un bocadillo y un libro que ansía terminar. Entonces cae la bomba y al salir de su escondite el hombre se encuentra completamente solo en un mundo en ruinas. Cuando está a punto de pegarse un tiro descubre que en la biblioteca del pueblo han sobrevivido casi todos los libros. Extasiado ante la posibilidad de tener, al fin, tiempo suficiente, organiza los libros que leerá en sus años venideros -Shakespeare, Shelley, Dickens- pero, cuando va a coger el primer volumen, tropieza y se le caen las gafas cuyos gruesos cristales se hacen añicos. El lector queda así reducido a «una parte más de los escombros, solo un fragmento de lo que el hombre se ha concedido a sí mismo».

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Inspirar es estimular la labor creadora, pero antes es una forma de consumir oxígeno. Paradójicamente el consumo es una forma de extinción. Qué divertido pensar en la inspiración como una explotación indiscriminada de recursos. El expolio de la propia memoria. Escribir libros con la estructura de dibujos animados, recrear personajes de Combate o El Ninja. Adorar los alcances del actor secundario.

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Ahora toca hablar de las cerezas. El mismo año en el que Rajmáninov paría sus variaciones sobre un tema de Paganini, el médico (y poeta) William Carlos Williams hacía su ronda en Rutherford -New Jersey- y daba a la imprenta sus Collected Poems, 1921–1931. Uno de esos poemas tiene apenas 28 palabras (en inglés) y se titula «This is just to say» («Esto es solo para decirte»): «Me comí / las ciruelas/ que dejaste/ en la nevera // y que / probablemente/ guardabas para el desayuno // Perdóname
estaban deliciosas / tan dulces / y tan frías».

Cosas de la culpa judeo cristiana. Y el amor. Y las cerezas.

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«Aún en sueños te me has negado / y enviado solo a tus doncellas»: Ezra Pound, sobre la belleza.

7

Hace poco soñé que mi hermano venía finalmente a La casa de la pradera y nos íbamos juntos a pescar al río. Las cañas, las sillas plegables, las cervezas. No nos decíamos palabra. Muy abajo en las aguas del Tajo, fuera de nuestro alcance, las luciopercas y bordallos intercambiaban historias familiares llenas de vergüenza y desolación.