COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
¿Estamos asistiendo a la desaparición de las cartas o, precisamente por ello, a su regreso? En una época dominada por la inmediatez y la comunicación permanente, la correspondencia parece pertenecer a otro régimen del tiempo: el de la espera y de la reflexión sostenida. Para explorar esa dicotomía, Jesús Cañete y Nicolas Bersihand emprenden una conversación epistolar que atraviesa archivos, escritores, exilios, amores, pérdidas y hallazgos. Más que defender la carta como objeto de nostalgia, exploran lo que sigue haciendo posible: una forma singular de atención al otro y de escucha de uno mismo. Porque quizá las cartas no sólo habitan otro tiempo; quizá crean uno propio.
NICOLAS BERSIHAND
Querido Jesús,
Quisiera proponerte dedicar estos cruces epistolares a la gran olvidada de la literatura, de la sociedad y su historia: la correspondencia, entendida en su versión material llamada las «cartas».
Aún formamos parte de esta última generación europea que nació sin pantallas ni internet, pero con el compás de las cartas, esperadas, recibidas, escritas. Los avisos del cartero, los sobres esperándonos, el corazón latiendo a muerte, forman parte de un pasado que no volverá. Te propongo evocarla con gratitud, como una ambrosía que nos fue regalada, sin merecerla. ¿Qué habría sido de la humanidad sin las cartas que, desde aquel mensajero que corrió desde Maratón para entregar su mensaje «Hemos ganado» y cayó muerto tras entregar su mensaje, hasta la invención del teléfono y, más tarde, del correo electrónico y las redes sociales, transportaron todas nuestras vivencias más personales, nuestros secretos más íntimos y todo aquello que circula por la sangre, la memoria y los sueños? ¿Cuántas parejas se enamoraron por el arte epistolar de la otra persona? Por lo tanto, una mera pregunta demográfica: ¿qué proporción de la humanidad le debe la vida misma a una carta? No sé si existió otro género que haya hecho tanto en nuestra historia, en la vida de cada uno, la verdad. ¿Qué opinas, querido Jesús, de esta asombrosa trayectoria de las cartas?
JESÚS CAÑETE
Madrid, 21 de junio de 2026; Solsticio de Verano
Querido Nicolas,
La iniciación en los epistolarios creo que muchos de mi generación se la debemos a la versión cinematográfica de la magnífica novela de Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses, que a fines de los ochenta hizo Stephen Frears, director que tuvo una enorme influencia en esa década. En la literatura de mi enseñanza secundaria, un profesor nos había hecho leer un clásico como la Epístola moral a Fabio, de Fernández de Andrada y, por mi cuenta, leí la epístola que Francisco de Aldana envía a Benito Arias Montano, personaje muy popular en la Alcalá en que estudié, pues había sido uno de los profesores ilustres de la vieja Universidad.
Además de las cartas -y ya iremos comentando lo mucho que dan de sí y cómo en su contenido se cruzan los géneros literarios- me han interesado dos temas afines: el arte postal y las rutas postales. En los noventa del pasado siglo, trabajé en una exposición de mail art que tenía numerosas piezas en donde el sobre era una especie de cofre preparado para la intimidad de una carta que dejaba al azar del envío completar su condición artística. También preparé una exposición basada en la ruta postal que estableció la compañía Latécoère entre Europa y América del Sur. Aquellos pesados aeroplanos de la Aeropostal comenzaban su itinerario en Toulouse y, costeando el Mediterráneo, cruzaban el Estrecho para recorrer la costa de Marruecos y el Sáhara español hasta llegar a Dakar y, de ahí, dar el último salto a Natal, ya en Brasil. En uno de los destacamentos de esa ruta, en Cabo Juby, entonces en el Sáhara español, se encontraba en 1927 un veinteañero Antoine de Saint-Exupéry que recibió la visita de un joven fotógrafo, Alfonso Sánchez Portela, miembro del Estudio Alfonso, la casa fotográfica más conocida del Madrid del siglo XX, y Luis de Oteyza, un escritor siempre a la búsqueda de exotismos, que estaba empeñado en aprovechar la ruta aeropostal para llegar a Senegal y contarle al público español sus impresiones, acompañadas de las fotografías.
Dejando aparte el mail art y las rutas aeropostales, me gusta tanto que la carta lo sea por su valor documental (es decir que haya sido escrita para transmitir una confidencia, un ruego, un testimonio, sin que por ello pierda su capacidad persuasiva), como que la carta sea el vehículo para construir una ficción. He leído con el mismo placer las cartas de la cubana Lydia Cabrera a las escritoras Teresa de la Parra o Gabriela Mistral, como la ficción que a través de las cartas construye el poeta Tomás Segovia en sus Cartas de un jubilado.
Quisiera saber si consideras que, tratándose de cartas, todas se ajustan a parecidos patrones.
NICOLAS BERSIHAND
Madrid
Querido Jesús,
Muchas gracias por tu carta y tu respuesta, tan apasionante, la verdad. Como dices, si en el «contenido de las cartas, se cruzan los géneros literarios», la correspondencia es para mí el lugar de todas las mil y una maravillas de todas las artes y disciplinas.
Soy neófito para rutas postales, pero de los nombres que citas, y para enlazar sobre tu pregunta final -saber si todas obedecen a un mismo patrón- mencionas a una figura mítica de la literatura francesa, Antoine de Saint-Exupéry, que me recuerda una de las correspondencias más conmovedoras que leí. Son las cartas que su mujer, la uruguaya Consuelo de Saint-Exupéry, le escribía, en plena segunda guerra mundial, cada domingo en su ausencia, hasta meses después de su desaparición al frente de su avión de guerra, en el Atlántico, en la primavera de 1944. Y años después, reanudó esta costumbre al dedicarle unas horas cada domingo para este diálogo epistolar, última huella viva de su amor.
Quizá el origen común, antes de cualquier intención, utilidad o ambición de una carta, es un vestigio del combate contra la muerte, y la prueba de la victoria humana. En mi caso, recuerdo perfectamente haber descubierto, a los 12 años, la última carta que mi abuelo -de quien heredé el segundo nombre, Alain- dejó para su esposa, mi abuela, aún viva con 97 años. Alistado como médico de guerra en el ejército francés, cayó en la guerra de Indochina, y, sabiendo que no iba a sobrevivir a estas balas por las que el ejército vietnamita se disculpó después, dictó sus últimas palabras a su ayudante. Esta fue mi iniciación al secreto de la grandeza epistolar, anterior pues a la revelación de la gran literatura.
Creo que la carta es como la prosa de Monsieur Jourdain, este género que practicamos sin darnos cuenta y la gran oportunidad, al escribir el pasado, para volver a vivirlo. Si para Proust, «la literatura es la verdadera vida», la carta sería la praxis literaria para todas las personas, escritoras o no. Te dejo, querido Jesús, con una pregunta: ¿qué cartas te han marcado, personales o literarias?
JESÚS CAÑETE
Madrid, 22 de junio de 2026, al filo de la medianoche
Querido Nicolas,
Hay dos epistolarios que han sido de consulta y lectura frecuente. Cartas a Toutouche, de Alejo Carpentier, y las cartas que Manuel Azaña envió a diferentes interlocutores entre los meses de febrero de 1939 y agosto de 1940.
En el caso del primero, se trata de las cartas que envía a su madre, Lina Valmont, entre 1928 y 1937, periodo en que Carpentier reside en París. Carpentier desvela sus dificultades económicas, sus trabajos periodísticos, las gestiones que hace con la familia de su padre (un arquitecto de origen francés que dejó abandonada a la familia en Cuba) pero, sobre todo, y para ello le pide a su madre una reserva absoluta, va dando su opinión sobre las personas que conoce y cuenta sus ambiciones literarias. Estas cartas me han sido de mucha utilidad para redactar una biografía de Alejo Carpentier de ese periodo de su vida (1928-1939) en que publica su primera novela, escribe en las principales revistas de la vanguardia, colabora frecuentemente en medios cubanos y es un testigo privilegiado de la vida cultural del París de entreguerras.
En cuanto a Azaña; me interesa mucho la vida y obra de quien fue uno de los intelectuales y políticos más destacados de su tiempo. Tras la salida al exilio, a partir de febrero de 1939, Azaña se dedicó, fundamentalmente, a enviar y responder cartas. Hay una de ellas que me interesa especialmente, es la que el 18 de junio de 1939 envía a Ángel Ossorio, político, abogado católico y uno de sus privilegiados interlocutores. Esta carta, en donde le cuenta a Ossorio los primeros momentos de su exilio y que se conoce como «Crónica abreviada de quince días», va salpicada con numerosas perlas de Azaña, entre ellas la que dice que «el Museo del Prado es más importante para España que la República y la monarquía juntas». Tengo el propósito de publicar en la editorial Nota al margen, esta carta junto a otra que Cipriano de Rivas Cherif, amigo personal y cuñado de Azaña, envía a Ossorio muy poco después, el 1 de julio de 1939. Me interesa que se lean juntas pues ofrecen dos perspectivas diferentes del mismo momento histórico. Me parece una oportuna coincidencia que vayan dirigidas al mismo corresponsal que fue, por cierto, autor de dos libros concebidos como epistolarios: Cartas a una muchacha sobre temas de derecho civil (1925) y Cartas a una señora sobre temas de derecho político (1932).
Con las cartas me pasa como con algunos libros perdidos. Me pregunto cómo sería el libro de las pinturas del negro Aponte o el Tesoro Mexicano de Francisco Hernández, o todo lo que habría en la correspondencia de Jorge Guillén con Manuel Azaña, que las circunstancias le obligaron a destruir. Como hoy ha desaparecido la costumbre del borrador, pienso en esos proyectos de cartas en donde se conservaban las tachaduras o frases que, en el último momento, uno prefería no escribir.
NICOLAS BERSIHAND
Querido Jesús,
Te escribo muy de madrugada, en Madrid, cuando amanece el día anunciado como el más caluroso del año y nuestra correspondencia es como un refugio, un paréntesis antes del arranque del día, de la invasión y lucha contra los males de la época.
Existe una zona diferenciada dentro del corpus epistolar que me apasiona: las cartas escritas, pero no enviadas. La más conocida, y tremenda, es la Carta al padre, de Kafka; otra que me fascinó fue una larguísima carta de George Sand a un comité feminista que quería, contra las leyes electorales de la época, presentarla ¡de oficio como candidata a diputada!
Vuelvo a la pregunta que cerraba tu primera carta: ¿existe un patrón común para las cartas? Creo que lo que define a una carta es una estructura elemental pero invariable: alguien le escribe y le envía algo a otra persona. Ambas participan, cada una con sus «circunstancias» diría Ortega y Gasset, a la elaboración de textos enviados y destinados a la otra, desde la relación que les vincula, el trasfondo de la correspondencia intercambiada. El instrumento que tocan en cada carta, hecho de palabras y silencios, resuena desde y con el vínculo que las une, anteriormente. Por ejemplo, las cartas a la madre nos tocan tanto porque se fundamentan en la obra de las madres, una triple donación al recién nacido: la vida, el amor y el lenguaje; cuerdas muy sensibles y fundamentales de la vida que toda carta a la madre vuelve a tocar. Proust escribió a un amigo que «toda nuestra vida no fue más que una preparación, ella enseñándome a vivir para cuando ella faltara». Cuando supera la depresión tras la muerte de su madre, Proust retomará una carta dirigida a ella, pero inconclusa, el inicio de Contra Sainte-Beuve, para adentrarse en la escritura de En busca del tiempo perdido, y morirá poco después de haberle puesto el punto final.
Para acabar, quiero formular mi última pregunta: ¿cómo planteas las relaciones entre las cartas y la literatura, la misma escritura?
JESÚS CAÑETE
Querido Nicolas,
Estaba en lo cierto Claudio Guillén cuando dice que «la carta tiende casi irresistiblemente hacia la ficción». Mientras se escribe, el interlocutor adquiere una presencia real y completa. Decía Rosa Chacel que «en un epistolario actúa como duende imprevisible el tiempo».
Te cuento más sobre las cartas de Azaña. Hace un año realizamos un «experimento» en el que participaron un grupo de poetas, especialistas y profesores que comentaron una serie de cartas enviadas a Azaña a lo largo de dos décadas. Hubo dos bloques, el primero con cartas entre 1918 y 1925, escritas por diferentes intelectuales cuando Azaña era el director de la revista literaria La Pluma y también secretario del Ateneo de Madrid. La primera carta, de 1918, es de Unamuno y le propone dar una conferencia sobre Cataluña, pues, como dice con esa a veces irritante solemnidad: «justo es, pues, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe duda de que la perderá».
También se comentaron cartas enviadas por Juan Ramón Jiménez, Valle Inclán, Machado -que le envía ese precioso poema dedicado a Valle Inclán, «Iris de la noche»- y Cipriano de Rivas Cherif. Y un segundo bloque de cartas entre 1933 y 1939, primero dirigidas a Azaña en el poder y luego en el exilio. Son cartas enviadas, por ejemplo, por Indalecio Prieto, que trata de persuadirle para que acepte que el partido comunista forme parte de la coalición del Frente Popular. Prieto le dice que «la resta es siempre en las contiendas electorales mucho mayor que la suma cuando se trata de agrupaciones colindantes, porque al dividirse, y siendo siempre grande el encono entre los afines, se estorban encarnizadamente». Solo disponiendo del tiempo de una carta se podía explicar con tanta precisión tan acertada estrategia política. O la carta de Santiago Casares Quiroga, de diciembre de 1939, ya en un exilio que no acabó para él, pero en el que tomó la acertada decisión de no abandonar Francia, pues la vocación teatral de su hija María -la gran María Casares- no encontraría fuera de Francia «los medios y apoyos que aquí encuentra para abrirse camino». Con todas las cartas y comentarios se ha publicado el libro: Mi muy querido amigo Azaña, que ha visto la luz en la editorial Nota al margen.
Dime algo, ya que esta pasada noche ha sido la víspera de San Juan y las hogueras han llenado la costa mediterránea, ¿en alguna ocasión has arrojado alguna carta «al fuego»?
NICOLAS BERSIHAND
Querido Jesús,
Gracias, mil gracias por tu carta que será la última tuya a la que pueda contestar. Si me lo permites, me gustaría proseguir con mi último envío sobre la estructura específica de la carta, porque falta un elemento perturbador, la joya de la Corona: la escritura misma, imprevisible, indomable, donde se escribe más de la cuenta, fuera de los territorios autorizados y del plan trazado. Mario Vargas Llosa insistía mucho en que, al empezar su jornada de trabajo, tenía una idea de lo que iba a escribir que luego, casi nunca se cumplía. La vía propia de la escritura, las circunstancias personales de ambos protagonistas y la intención de crear algo específico para una persona en concreto -no para otras ni para el gran público- dan a la carta un valor extraordinario, irrepetible, único.
La carta literaria y artística es inseparable de las obras disfrutadas: las de Van Gogh, de Picasso o Matisse dan cuenta de su génesis permitiendo seguirla, como si de un thriller se tratase. Asimismo, las cartas permiten evitar bulos muy extendidos, librarse de mitos tenaces y acercarse a la verdad de las obras. Así, la correspondencia de Flaubert desmonta esta famosa leyenda: «Madame Bovary c’est moi!» como demuestra la carta del gran Gustave a Mlle Leroyer de Chantepie del 18 marzo de 1857: «No hay nada de verdadero en Madame Bovary. Es una historia totalmente inventada; no he puesto nada dentro de mis sentimientos ni de mi existencia». Y en cuanto a cartas literarias, desde las cartas de la Hermandad poética, red de poetas y escritoras andaluzas en el siglo XIX hasta la «lettre du voyant» de Rimbaud, las cartas de Rilke y Virginia Woolf a un joven poeta, pasando por el único texto de Pessoa sobre sus heterónimos -¡una carta!- hasta Beckett, el ilustre irlandés que le explica en una carta redactada en alemán a un amigo de Berlín que dejará de escribir en inglés para hacerlo en francés, idioma con menos posibilidades expresivas; son una parte fundamental de la cultura y de la literatura.
Pero la mejor ilustración de que las cartas no son sólo una aliada imprescindible, sino parte esencial de la propia obra para entenderla y disfrutarla plenamente, reside en la obra de James Joyce. El paralelo de Ulises con la Ilíada esconde otra cercanía entre Joyce y Homero: su capacidad para absorber y transformar relatos ajenos, historias preexistentes, en su obra. En sus cartas, pide constantemente resúmenes de libros, detalles sobre la vida de Dublín para incorporarlos debidamente procesadas, a su obra. Escribió una carta sobre la muerte de su madre, reconociendo que él, su padre y sus hermanos la habían asesinado, nada menos. Sus cartas eróticas a Nora, que causaron un gran revuelo en su día, son de las menos autocensuradas de la historia del erotismo y un retrato alucinante de un hombre atacado de celos. Pero hay más: ningún crítico entendió del todo Ulises cuando, tras 7 años de labor literaria, se publicó en París, en la famosa librería Shakespeare & Company, creada por Sylvia Beach en la Rue de l’Odéon, y su paralelismo con la Odisea. Joyce no tuvo más remedio que escribir dos cartas a dos amigos, Carlo Linatti y Stuart Gilbert, para comunicarles los esquemas fundacionales de su obra, y gracias a ellas hoy podemos comprenderlo mejor. El origen de Ulises aparece por cierto en tres cartas a su hermano, Stanislaus, escritas desde su depresión en Roma, como un proyecto de relato suplementario (¡y corto!) para Dubliners. Y el monólogo final de Molly Bloom, compuesto de 8 frases muy largas, sin puntuación ni mayúscula en la «I» inglesa, el «Yo», demuestra que no sólo importan las cartas escritas por alguien, sino también las que recibe. La madre de Joyce escribía la «I» inglesa, «Yo», sin mayúscula y Nora tendía a escribir sin puntuar. Joyce, gran montador literario, unirá estas dos anomalías para escribir quizá ¡el primer monólogo femenino, en primera persona y sin censura, de la modernidad! Y ¿cómo rastrear mejor el estupor, la admiración o su contrario que suscitaron sus obras que en las cartas escritas por Eliot, Hemingway, Woolf, Pound y hasta Robbe-Grillet y miembros del Boom latinoamericano?
JESÚS CAÑETE
Querido Nicolas,
Gracias por tu última y jugosa carta; dice Alfonso Reyes que las cartas deben proporcionar un buen rato a quien la recibe y la lee.
«Mis cartas no contestan exactamente a las tuyas, pero se debe a que normalmente te escribo antes de haberte leído», le dice Cézanne a Émile Zola. Ayer estuve a punto de seguir ese consejo, pero no me atreví.
Este intercambio y tus reflexiones me han hecho pensar en las cartas que se pierden y originan una respuesta inventada. Como para otros temas, ese libro inagotable que es El Quijote permite conversar sobre cartas, pues son muchas las que aparecen en la obra cervantina. Me gusta y me divierte la que don Quijote envía con Sancho a Dulcinea; no falta ninguna peripecia. Cervantes exhibe todo el sentido del humor del que es capaz; y sus personajes, a cuenta de la carta, nos muestran su ambivalente personalidad. La ilusión de Quijote y las artimañas de un Sancho mentiroso. Supongo que recuerdas ese momento. La carta, mejor dicho, un borrador de carta lo escribe don Quijote en el librillo de memoria del loco enamorado de Cardenio que había encontrado por casualidad en una maleta perdida en Sierra Morena. Escribe este borrador para que Sancho lo haga pasar a limpio, y también se lo lee para que lo memorice, no sea que vaya a perderse. A cuenta de esta carta se produce uno de esos admirables encadenamientos que presagian un desenlace con traca (anagrama de carta, por cierto). El librillo se queda, sin él saberlo, en manos de don Quijote y, por su parte, Sancho no llega a ningún lugar, pero cuando tiene que dar cuentas a su señor, se lo inventa todo y resuelve el enredo diciendo que la imaginada Dulcinea, que no sabe leer ni escribir, hizo la carta mil pedazos, porque no quería dársela a leer a nadie para que no se sepa en el lugar nada de «sus secretos».
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Jesús Cañete. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alcalá. Comisario de exposiciones y editor. Se ha ocupado, entre otras, de las ediciones de la Antología Negra, de Blaise Cendrars, traducida por Manuel Azaña (Árdora Ediciones, 2010), de Cuba y las músicas negras, de Adolfo Salazar (FCE, 2017) y del epistolario Mi muy querido amigo Azaña (Nota al margen, 2026). Ha sido comisario de exposiciones de fotografía («Pierre Verger. Andalucía 1935» y «Al Senegal en aeroplano. Fotografías de Alfonso», entre otras), así como las monográficas dedicadas a escritores como Juan Gelman, Ana María Matute y Juan Goytisolo. Ha sido comisario adjunto de la exposición «Manuel Azaña: Intelectual y Estadista», organizada por el Ministerio de la Presidencia, Acción Cultural Española y la Biblioteca Nacional de España. Actualmente es editor en la editorial Nota al margen (www.notalmargen.com)
Nicolas Bersihand. (París, 1976). Editor y escritor francés. Empezó en periodismo cultural y trabajó con el gran dramaturgo Armand Gatti. Traductor y editor ecléctico, desde libros de arte (tf editores), y filosofía (Amorrortu Editores) hasta de bolsillo en Punto de Lectura (Grupo Prisa) y colaboró con la editorial Duomo, creada y dirigida por Valerie Miles. Creó y dirigió la única editorial dedicada al género epistolar, DesLettres, que publicó la colección Mots intimes en Le Robert (Grupo Planeta). En España publicó tres antologías en Ediciones B (Penguin Random House): Cartas a la madre (2022), Cartas eróticas (2023) y Cartas al amor (2024). En la actualidad, prepara otras antologías epistolares y obras de ficción. @nicobersi