COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin y cedidas por los autores.

VALERIE MILES

Bolaño sabía que la literatura funda un linaje y transmite un legado que solo existen dentro de su territorio. Allí el origen no dicta el destino, aunque tampoco desaparece, todo se vuelve material. Estos dos escritores escriben desde geografías apartadas del centro y desde historias atravesadas por el abandono y la violencia. Al leerse, convierten el mapa real en otro, trazado por libros, afinidades y parientes elegidos. Ese es el pacto de estas cartas: protegerse exponiéndose. Porque la vida es un frenesí, una ilusión, una sombra, una…


LUIS VALENCIA YURGAKI                         Rumbo a Limoges

Jose, querido amigo inesperado:

¡Se dan garra haciendo esperar a la gente! Fíjate que llevo ya buen rato en un escaño, de cara a una pantalla que ni se inmuta. La doña a mi lado me pregunta por el tren: «Mais… c’est pas possible», dice, aunque habla español. No suelo suponer, pero le dije que hay probabilidades altas de baja. «¿Altas de baja?». Un sustantivo elíptico o alguna maña bolañesca, ¿no? Probabilidades altas de [dar de] baja. Como sea, si la doña —como yo— va de Austerlitz a Limoges, cualquier dato ha de servirle.

Discúlpame, han modificado la hora tantas veces que te escribo bajo el efecto de lo imprevisto. Justo antes, en la marquesina del metro, pensaba en lo fútil de la premura frente a este tipo de situaciones ajenas. Por cierto, te escribo porque una buena amiga me habló recién de La sombra de los perros románticos, la biografía definitiva o definida e incluso definitoria sobre Roberto Bolaño que acabas de publicar. Hay que ser o haber sido una Infra para soportar la dosis poética de una vida así, un fuego así, y todavía más para abrirse paso entre tanta humareda.

¡Parabién!

Ahora mismo, por fin, estamos embarcando. ¡Qué suerte! Mi plaza da hacia la ventana. El jefe de a bordo procura la seguridad con su equipo y, por fin, el tren se pone en marcha. No es sino que arranque para que el tiempo se comprima.

Jose, he hecho este viaje unas mil veces, sin contar. Me encanta cómo las barras metálicas avanzan cual tiras de plata, compitiendo contra los alambres y cables de electricidad. Es inusual la estela que produce la gente sobre los andenes. Muy diferente a la de los árboles y casas, autos y explanadas con empalizadas. En el campo, el conjunto de turbinas como elefantes chupados.

No lo sé, sospecho que en La sombra de los perros románticos te hiciste una morada para soportar las imágenes del dolor. Bolaño escribió: «Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto y olvidarás». Ese poema me acompañó desde la Embajada de Francia en Colombia hasta el pequeño estudio donde vivía sobre el Boulevard Magenta.

Si me duermo en el trayecto, soñaré que Bolaño se junta a nuestra correspondencia para impedir que cometa el crimen de crecer. Ya sabes, estoy junto a los perros románticos.

Va un abrazo, Jose.

JOSE SERRALVO                         Talloires, Francia

Querido Luis:

Crecer hubiera sido un crimen, sí, pero al final acabamos creciendo, mal que nos pese, porque la vida es, creo, como un ejército en medio de emboscadas, toca mirar al frente y avanzar, resignado, sin remedio, aun cuando uno prefiriera mil veces quedarse en la retaguardia, fumando, si se fuma, que no es mi caso, o leyendo, actividad que siempre entraña un cierto peligro, y más en mitad de una guerra, donde abundan los francotiradores, donde cualquier distracción puede ser fatal, donde un libro sirve lo mismo de salvavidas que de cepo. Bolaño lo sabía mejor que nadie: para él la literatura no era solo un refugio, sino también una intemperie. Esa paradoja —protegerse exponiéndose— me parece el corazón de todo lo que escribió.

Antes de hablar de Bolaño, permíteme dos cosas. La primera, darte las gracias por tu carta, llegada de la nada, sí, pero cuya voz —supongo que las cartas son voces más que objetos— me ha hecho sonreír, por los trenes y las doñas y las tiras de plata, pero sobre todo por tu alusión al Boulevard Magenta, que me zambulló de lleno en mi propia época de perro romántico, esos dos años que pasé en París, con muchas tardes empachándome de películas en el barrio latino y muchas noches desgranando palabras hasta altas horas de la madrugada desde mi insomne buhardilla con vistas al Sacré-Cœur. Entremedias, un paseo en Vélib’ que precisamente me obligaba a atravesar el Boulevard Magenta y siempre, sin excepción, al poco de cruzar République, pensaba en el exvecino Cortázar, una de las grandes influencias de Bolaño y, como seguro sabes, otro enamorado de París, hasta el punto de que llegó a decir que prefería ser un donnadie en una gran ciudad que lo contrario. ¿Qué te trajo a ti a Francia, Luis? ¿Y a esas mil veces en Limoges?

No sé si sabes que yo llevo ya cuatro años en Ginebra, aunque hoy, estirando mis últimos días de vacaciones, que parecen ser también los últimos del verano, vine a refugiarme a Talloires, un pueblito de tres calles a orillas del lago Annecy, tejido de aguas turquesas, bosques de luz y montañas con forma de dragones despaturrados, desde donde es fácil olvidarse de todo, soñar que somos ficción, y disfrutar de esa libertad absoluta, o casi, Prohibida la pelota, yo hago stand-up paddle, Prohibida la música, aprovecho y leo, Prohibido fumar, te escribo sobre cómo no fumo, Prohibido hacer barbacoas, traje un sándwich, Prohibidos los perros, menos mal dejé al mío en casa.

El sol acaba de resbalarse por el horizonte. La única salida. La última salida. Empieza a refrescar y aún ni siquiera he respondido a tu pregunta sobre mi biografía de Bolaño, que me queda pendiente. Por ahora, me limitaré a adelantar que seguro no es definitiva, pero tal vez sí definitoria: a fin de cuentas, la vida nunca es solo vida, sino también borrador para otras cosas. Cuéntame un poco más de la tuya, sobre todo de tu Colombia, pues, en parte, si me permites el descaro, es también mía.

De momento te mando un abrazo, y con él, aerolitos de tiempo viejo y muchas semillas por germinar.

Jose

LUIS VALENCIA YURGAKI                         París

Querido Jose:

Me llegó tu carta en un momento de extravío, puesto que volví a París en un santiamén, ignorando la vastedad del campo. Yo sigo en el frente, prestando el debido servicio. Si bien no fumo, me vivo la película. Ayer salvé la noche, te digo, y me fui por un par de chelas al bar Château d’Eau. Luego, en casa, como miliciano proclive al desmadre, me tomé un viche antes de sentarme a escribirte. No lo hice antes porque debía trabajar, y aquello me provoca siempre una zozobra sin par, como volver. Tú bien sabes que la nostalgia es, si no el carácter propio del retorno, su cualidad más notable.

El caso es que no sé por dónde empezar. Lo que dices suscita la misma emoción de la que hablaba recién: extravío. Quizá porque nunca he visitado Talloires. Igual, me basta con mencionarlo para ver El lago de Annecy, de Paul Cézanne, y, de postre, te imagino —trazado al fondo— al pie de la casita que figura anclada.

De vacaciones en un cuadro azul.

…Todavía más ahora empiezo a verte, gravitando en aquella luz de tu época parisina. Surcando los vientos del Boulevard Magenta rumbo a la mansarda. Me gustó mucho esa parte. Creo que hay un París para cada quien. Tengo una amiga en la rue de Paradis que tiene una foto de Cortázar en una constelación de cuadros familiares y todo el mundo le pregunta si es su padre. Ella se ríe y dice que es su hija ilegítima, resultado de un fugaz amorío con una traductora al húngaro de Rayuela.

¿Qué me trajo a Francia?

La literatura, Jose. No tengo la menor duda.

¿Y a esas mil veces en Limoges?

La amistad.

Déjame te echo el cuento, aunque se hace tarde ya y mañana juego fútbol. Para ese entonces yo estaba en Cali y pasaba por una ristra de sentires sin precedente, a raíz de la publicación de alguno de mis textos y uno que otro premio literario. Era periodista judicial para un diario y no me ganaba la vida con ello. Como Bolaño, escribía crónicas de cuando en cuando y aquello sí suponía un bonus.

Vengo de Machete, una cuadra del barrio Los Lagos, al suroriente de Cali, en el Distrito de Aguablanca, un sector surgido de los procesos de migración interna y desplazamiento desde el Pacífico. Ahí fui feliz hasta donde pude. No fue fácil y, cuando la vida se le hizo un pliegue a mamá, mi hermano y yo caímos al amparo del sistema de protección estatal.

Tú lo dijiste: la vida también es borrador para otras cosas.

Ahí forjé un carácter frente al mundo, me alimentaron, me eduqué y después apareció la literatura. Todo lo plasmé en mi primera novela, Jose. La escritura vino sin darme cuenta. Un día estaba escribiendo escondido en un baño de alguna fundación y al otro estaba en París, escribiendo la infancia de todos los que conocí, en la ciudad donde crecí. Cali tiene un no sé qué que evoca a la exaltación y arrastra a todas las pasiones. De repente caes a un bar de salsa o al Bulevar del Río y, brioso, cultivas sin querer tu trauma, en medio del goce.

En mi caso fue el abandono.

Olvidé hablarte de Limoges. Bueno, ¿cómo es eso de que viviste en Colombia? Explícame. Ah, y si un día se publica mi novela, te la haré llegar a Ginebra. Por lo pronto, sigo en el campo de batalla.

Va un abrazo, amigo.

Posdata: Estuve en Colombia hace algunos meses y mira lo que me encontré en Salento, en el Eje Cafetero, a propósito de fumar. La imagen me causó mucha risa.

JOSE SERRALVO                         Ginebra

Luis querido:

Llevamos solo tres cartas, cuatro con la que me ocupa, y ya quiero confesarte más cosas de las que razonablemente caben en estas páginas. Aunque todo en mí se incline hacia la subordinada interminable, me va a tocar ser menos saramaguesco y, hasta donde alcance, un tris más borgiano.

Empezaré con la nostalgia y los extravíos.

Es curioso: tras medio centenar de visitas a Talloires, eres tú quien me enseña que Cézanne estuvo allí mismo pintando, ¡y mandando cartas! Escarbo y el azar me regala esta frase suya: «Cuando estaba en Aix, me parecía que estaría mejor en otra parte; ahora que estoy aquí, extraño Aix». Al leerla pensé que las cartas son cascadas y combustiones y palomas que vuelan sin marcharse. Luego pensé en tu paisano Gabo y en su sabio catalán, ese que en Macondo añoraba Cataluña y al regresar a Cataluña no hacía sino añorar en secreto Macondo, lo cual me lleva, por cierto, a mis Colombias:

Desde hace quince años trabajo para el Comité Internacional de la Cruz Roja y tres de ellos los pasé allí, siendo «allí» todos esos rincones de despampanante belleza que nadie visita, los manglares de Punto Frío en la bahía de Tumaco, las laderas áridas al sur del Cauca, los resguardos de los awá, los ríos del Chocó y los páramos del Catatumbo, listado al que sumo descompases en La Topa Tolondra y llanto en comunas de Medellín. Por eso me atrevo a apropiarme de Colombia, sin que sea mía, como tampoco lo es España ni Suiza, a estas alturas ya no pertenezco a ningún país, o pertenezco a demasiados a la par. Creo que a Bolaño le pasaba lo mismo. He llegado a decir, medio en broma medio en serio, que Juan Gabriel Vásquez me dejó sin título: El hombre de ninguna parte le sentaba bien a su Conrad, pero le hubiera sentado aún mejor a mi Bolaño.

Aquí es donde hacemos el tránsito, supongo. De la nostalgia y los extravíos a la única patria posible, hablo de la nuestra, claro, de la literatura, patria amable donde las haya, pues recoge náufragos y cura heridas y reparte nombres y, por si fuera poco, jamás pregunta de dónde vienes ni te exige pasaportes. Es un cliché decir que me salvó, pero soy de esos.

Mi trauma, por si te sirve de consuelo, fue la violencia, prima hermana del abandono. Dos padres que empezaron a trabajar siendo niños, él a los doce, ella a los catorce, sin institutos ni universidades, con sueños, pero sin saber cómo aterrizarlos, hasta que gritos, destrozos y puños tocaron techo, pergeñando sus propios desenlaces, alguno tras rejas. Ellos no eran aerolitos, sino cometas condenados al descoyuntamiento. Entremedias, por fortuna, di de bruces con Saramago y con la certeza, adquirida a golpes, de que las palabras también protegen. A mí en un tabuco de un barrio de heroinómanos, a ti escondido en el baño de alguna fundación, a Bolaño, otro adepto a las fugas sedentarias, zambulléndose en cuadernos y lecturas (mal llamadas) autodidactas, mientras se pateaba las calles de la Ciudad de México. En fin, no suelo hablar de esto. Sé que hay un libro ahí, pero, pese a que a veces me han dicho que soy —ejem, perdona la falta de modestia— un escritor valiente, la verdad es que me faltan —ejem, perdona la grosería— las huevas para escribirlo. Y no importa, va. A veces hay que ser de la escuela de Amis: que nos baste el respaldo azul oscuro de un sillón vacío y una lámpara común y corriente.

Voy a buscar, o fundar, un bar que se llame Château de Sable. Y ahí nos vemos, espero. Mientras, te devuelvo el eco y el abrazo,

Jose.

LUIS VALENCIA YURGAKI                         París

Jose, querido,

No bien acababa de escribirte cuando me enteré de que estas epístolas habían ido a calar en una región donde me contemplo. Hasta hace poco mi ruta había estado determinada por el abandono a secas, pero ya no, ya no. Es más, de un tiempo para acá vengo procediendo a lo Faulkner, consciente de que los cristales rotos también lanzan destellos.

¿Qué más?

Llevo ya un mes fuera de Magenta. Te imaginarás la desilusión después de la pila de páginas que me dejé por esos lares. Como sea, ahora estoy cerca de una calle Victor Hugo, una estatua de Jean de La Fontaine y la Maison de Balzac. Jean de la Fontaine es a los franceses lo que Rafael Pombo a los colombianos. «¡Mírenle la estampa! Parece un ratón que han cogido en trampa. Con ese morrión». Como este es el potaje que se sirve en la escuela, colombiano que se respete conoce de memoria alguna barra o párrafo de Pombo. Y si no, su vida ha recreado alguna de sus fábulas.

Veo en tus Colombias y en tu experiencia algo de todo eso.

Todo lo demás, a mi parecer, es puro gato muerto: curiosidad y nada más. En el yunque de nuestro sistema educativo, en cambio, rara vez han sonado con el mismo fuero un Zapata Olivella, un Candelario Obeso y, todavía menos, una Mary Grueso.

Mirá vos, que me distraigo y me sale en verso.

Y, sin embargo, porque a veces no depende de nosotros, todo esto es un pormenor o un desliz frente a lo que se ha expuesto aquí. Creo que a la pena que se hereda de cualquier tipo de violencia se la lima con amor y, si es el caso, literatura o buena música. No sabes cuánto me alegra saber que pisaste el Pacífico colombiano con sus esteros y manglares. Yo soy de allá, aunque nací en Cali. Mi familia yace sembrada en esas tierras desde los tiempos de Raposo, al sol de hoy territorio extinto. Heredamos tierras y luego lo perdimos todo, por causa de la violencia.

El mero nombre de un pariente figura en el Sagrado Corazón de Puerto Merizalde, como donante fundacional para el asentamiento de comunidades en dicho corregimiento. Todo eso, que en cierta medida concibió el propósito de mi estrella, no es más que otra historia, querido Jose.

Ahora bien, en Francia me ha ido de maravilla. Nunca he pagado un arriendo. Los beneficios de mi estancia han sido obra de la amistad acendrada, la literatura y, como dije al inicio de esta carta, un autoconocimiento capaz de dejarme ver. Marguerite Yourcenar decía que sus primeras patrias fueron los libros, el lugar donde se vio por primera vez, el verdadero momento de su nacimiento. Juan, el hermano de Manuel Zapata Olivella, tiene una línea que dice «La patria empezará donde tu amor se acabe».

Quiero creer que, puesto que me embarga el muntu, una consciencia de leyendas tan distante como la tierra, solo la literatura puede darme abasto. Ahora veo el otro filo de la lanza: la impresión de que vas en círculo, removiendo la historia ancestral y familiar, al tiempo que la defiendes.

No bien acabo esta carta, me entero de que, hasta ahora, en cada párrafo, me he abierto paso sin siquiera anticipar el final. Es imborrable y alucinante lo que hacen de nosotros las palabras. En lo que devenimos. Antes de irme, querido amigo, imagino un remolino de palabras que profiero con ademán galante y las agarro en el aire, raudo, antes de que me rebasen en su vuelo. Va un abrazo.

JOSE SERRALVO                         Ginebra

Querido Luis:

Gracias por tu última carta, la de los ancestros y las patrias y las lanzas. Te escribo rozando la medianoche, en un viernes que es ya casi sábado, porque durante la semana he andado envuelto en una urdimbre de telarañas y ha sido imposible sacar siquiera un momento para responderte. Varias veces, entre un trajín y el siguiente, traté de arrancarme de la mesa, o engañar mi cansancio al final del día, pero lo único que lograba era acordarme de Kafka, de aquella ansiedad desmesurada que le producía el no poder dedicarse en cuerpo y alma a las ficciones, tanto las propias como las ajenas, «Consisto en literatura», escribió una vez, «no soy ni puedo ser otra cosa».

Yo, por fortuna, consisto también, y felizmente, en otras cosas, así que me quejo menos que él de oficinas, horarios o trámites, menos, sí, aunque no nada, porque, a fin de cuentas, arrastro también el sambenito de letraherido —qué término tan intestino, ¿no? Y tan diáfano. Sabemos que hay puertas tapiando palabras y palabras que abren puertas. Hablando de lo cual: me ha bastado leer eso de Raposo para verme de nuevo en mitad de la selva colombiana, rodeado de yarumos trenzados de bejuco, tomando cerveza caliente con algún guerrillero, la kaláshnikov sobre el tronco, herrumbre contra savia, con la guardia rendida, porque allí solo hay río y silencio, o selva y tiempo, en verdad ambos pares de cosas, ninguna guerra a la vista, a veces las ausencias bastan para estar tranquilo, además, nadie teme a un delegado de la Cruz Roja.

¿Sabes qué? Me sorprendo y me apeno al pensar que tu familia fue víctima de desplazamiento forzado. Durante los años que pasé en Colombia vi a muchos campesinos abandonando a regañadientes sus hogares por culpa de la violencia, pero nunca tuve la suerte de hablar con quienes llegaban, y desde luego no con uno que hubiese recalado tan lejos como tú, ni de vuelta con tantas palabras nuevas.

Empezaste esta correspondencia con la garra caleña, me parece justo acabarla con la andaluza, porque hay mucha, mucha garra, digo, en tu genealogía de tierras perdidas y fábulas encontradas. Quizás por eso me pongo a pensar en linajes, pero, por volver una vez más al principio, lo hago también de forma elíptica, buscando consuelo en lo liviano, casi como si sucumbiese a los vicios taxonómicos de Ernesto San Epifanio, primero me acuerdo de tu amiga de la rue de Paradis, esa que se declaraba hija ilegítima de Cortázar, luego pienso en mí, incapaz de reivindicar tamañas filiaciones, pero que, como medio te confesé en mi segunda carta, reconozco en Saramago a ese pariente que nunca mataría, a partir de aquí es mejor ni parar, lanzarme al ruedo antes de dormir, pero no, toros no, lo mío es más bien el agua, seamos marineros insolentes que desafían la brújula, sin miedo a la deriva, para eso brillan las estrellas, aquí no podemos perdernos, hagamos, pues, un último inventario, Bolaño hijo de Nicanor Parra, García Márquez hermanastro menor de Rulfo, una jovencísima Agatha Christie como sueño erótico de Pérez-Reverte, Virginia Woolf abuela postiza de Mercè Rodoreda, Vila-Matas arrendador de Kafka, que cobra en cuotas de insomnio, y, por ir cerrando, sumo a dos escritores de tu última carta, Faulkner podría servirnos de prestamista de sintaxis para Vargas Llosa y Marguerite Yourcenar, por aquello de las máscaras y los imperios, de viuda anacrónica de Borges, cuya tumba casi alcanzo a ver desde mi ventana, querría abrazarla antes de apagar la luz, mientras pienso en lo que olvidé preguntarte, los nombres que pondrías en tu cédula de influencias, pero no te preocupes, siempre es bueno dejar enigmas por resolver, de modo que aquí me quedo, sin cerrar nada del todo,

Sucio de sueño,

Rico en fantasmas,

Y abrazándote,

Jose


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Luis Valencia Yurgaki. Nació en Cali (Colombia) en 1996. Es comunicador social y periodista de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali. Sus crónicas y cuentos han aparecido en medios y revistas como El Estornudo (Cuba), Granta en español, El País de Cali y El Espectador. Ha sido finalista del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2025 y finalista del Premio Internacional de Novela Diana Zaforteza 2026. Actualmente vive en París y estudia en la Université Sorbonne Nouvelle.

Jose Serralvo. (Jerez de la Frontera, 1984) es escritor y jurista especializado en derecho internacional. Ha publicado las novelas Los elegidos (Sepha, 2013), un retrato crudo de la deshumanización laboral; El niño que se desnudó delante de una webcam (Los libros del Lince, 2015), una profunda reflexión sobre los riesgos de los menores en la red; la sátira política Independencia en la granja (Editorial Renacimiento, 2018) y, más recientemente La sombra de los perros románticos (Navona, 2026), la primera biografía sobre Roberto Bolaño. Como trabajador humanitario, ha realizado misiones en Afganistán, Colombia, la República Democrática del Congo, Jerusalén, Ucrania y Armenia. Colabora con las revistas Jot Down y Mercurio.

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