COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin y cedida por la autora y de Montaña Pulido.

VALERIE MILES

Desde una casa de montaña en el Gran Cáucaso, Lana Kalandia, traductora y una de las creadoras del recién inaugurado Festival Iberoamericano de Literatura de Tbilisi, intercambia cartas con el escritor Nicolás Melini, director del Festival Hispanoamericano de Literatura. El diálogo se mueve entre el español, lengua global de cientos de millones de hablantes, y el georgiano, lengua milenaria con alfabeto propio que hablan apenas unos millones. Entre la antigua Iberia caucásica, donde el vino aún fermenta en vasijas de barro y los cantos polifónicos atraviesan los siglos, y Canarias, ese «eslabón perdido» entre las dos orillas del español, sus cartas recorren lenguas, libros viajeros y festivales que convierten territorios periféricos en lugares de encuentro.


LANA KALANDIA                                           თლუღი, რაჭა (Tlughi, Racha)

Querido Nicolás,

Te escribo desde Racha, un lugar precioso de Georgia. Hace tiempo te prometí enviar fotos, pero prefiero que esta carta hable de los paisajes imaginarios. Aquí pasé los mejores veranos de mi infancia, unidos a mis primeras lecturas. Es curioso que entonces no me sorprendiera encontrar, en el viejo armario de madera de mi abuela, libros de Shakespeare, clásicos franceses, poesía persa, Las mil y una noches, Los hermanos Karamázov y Anna Karénina, todos traducidos al georgiano.

En aquella lejana lectura inocente me parecía natural encontrar esos libros allí. Solo ahora pienso en cuántas manos invisibles tuvieron que intervenir para que fueran traducidos, editados y finalmente llegaran hasta este pequeño pueblo rodeado de bosques y habitado por apenas ochenta personas.

Mis antepasados ya no están, pero los libros siguen en el mismo lugar, como si hubieran esperado a que alguien regresara, abriera las ventanas y, a la luz del sol, con «el polvo suspendido en el aire», volviera a abrir sus páginas. ¿No te parece mágico?

Los libros son como personajes de cuentos: para que suceda algo, tienen que cruzar el umbral y salir de casa… y nunca se sabe en qué puerto lejano van a desembarcar ni si terminarán, como los viejos Argonautas, perdidos en las costas de la Cólquida. Justo ahora, cuando lees estas palabras, quizá alguien abre las páginas de tu libro en un lugar insospechado y empieza a escribir, sin saberlo, su propia versión secreta. De todos los viajes que puede hacer un libro, hay uno que me interesa especialmente: el que ocurre cuando cruza la frontera de su lengua.

Tú escribes en una lengua que hablan cientos de millones de personas, para un mundo enorme. Yo traduzco a una lengua que hablan pocos millones en un territorio pequeño, pero con escritura propia y una literatura de siglos. Para mí, como traductora, dar una nueva vida a estos textos en una lengua así siempre ha sido una fuente de fascinación.

Y dime, Nicolás, ¿qué sientes tú al ver que tus palabras cruzan la frontera y encuentran su lugar en una lengua que no puedes leer, en un universo lingüístico tan singular?

Un abrazo,

Lana

NICOLÁS MELINI

Querida Lana,

Cuánto me alegra saber de ti, además, después de nuestro encuentro en tu país el pasado mayo, por la celebración del Festival Iberoamericano de Literatura de Tbilisi que organizaste, mi tercera vez en Georgia.

Supongo que te encuentras en el Cáucaso (o muy cerca), esas montañas que pudimos atisbar, pero desde un lugar más al sur que Racha, desde Kajetia. La literatura se encuentra en ti desde niña, siendo hija y sobrina de tres importantes escritores georgianos. Tenemos pendiente que, algún día, me cuentes más sobre ellos. Debe de ser impresionante llegar a Racha y encontrarte con un vínculo tan profundo con el pasado, en forma no solo de lugar (de casa que habitar), sino de libros, de clásicos de la literatura universal. Y me parece que tiene que ver con algo que me atrapa de Georgia cada vez que voy: la sensación de que allí la literatura sigue siendo un conocimiento sólido, importante. Por eso, precisamente, tener un libro en tu lengua materna y que, en cualquier momento, alguien en Georgia pudiera leerlo, supone para mí algo más que el honor propio de haber sido traducido a otra lengua. Georgia es un país en el que me reconozco, me es extrañamente familiar y querido, pienso que gracias a que he podido percibir que es patria de los que escriben, donde la escritura importa, independientemente del idioma. Además, todo hay que decirlo, este sentimiento mío hacia Georgia se debe, sobre todo —no podía ser de otro modo—, a las personas que más he tratado allí, algunas de los cuales, como tú, me acercaron tu país en un perfecto español. Me refiero a Irakli, a Lia, a Gvantsa, a Natasha, a Zviad, a Rostom, grandes anfitriones literarios.

Tienes razón, el español es un lujo, una patria vasta y gozosa. Supongo que ambos somos proselitistas de esa patria, cada uno a su modo. Tan impresionante es el español, que requiere manifestaciones que trasciendan las nacionalidades. Personalmente, me emociona la naturalidad con la que nos vinculamos escritores de diferentes países, con distinto acento y léxico, con un sentimiento de pertenencia al mismo ámbito, a la misma cultura. Y te confieso que le he dado algunas vueltas a la situación georgiana respecto de la lengua rusa, al hecho de que muchos georgianos la hablen, pero no quieran, se nieguen debido al trato ruso. Desde fuera, siendo español, y aunque lo comprendo perfectamente y no lo cuestiono, me pregunto si no es un drama, si no se siente como algo muy traumático.

LANA KALANDIA                                თლუღი, რაჭა

Nicolás, querido Nicolás:

Me preguntas por mi familia. No es fácil para mí hablar de ella. Nací en una familia de escritores; o, más exactamente, de poetas. Mi padre era el mayor de tres hermanos. Dos eran poetas; el menor, novelista. Ninguno de ellos está ya entre nosotros.

Mi padre perteneció a la generación que comenzó a escribir entre los años setenta y ochenta, pero sentía un profundo vínculo con los simbolistas georgianos, especialmente con Paolo Iashvili, uno de los poetas de los Cuernos Azules, que se suicidó en 1937. En 1993, tras la guerra de Abjasia —librada con apoyo ruso—, mis padres perdieron su ciudad, Sokhumi, y la casa que se vieron obligados a abandonar. Fue un golpe tan inmenso que mi padre dejó de escribir durante muchos años. Decía que no sabía si sería capaz de volver a escribir, que necesitaba tomar distancia para transformar todo aquello, aquel dolor, en palabras. Durante ese tiempo se vinculó a la política y fue diputado en el Parlamento de Georgia durante cuatro legislaturas, perteneció al grupo de políticos que cortó los últimos lazos legislativos con la Unión Soviética y Rusia.

Muchos años después volvió a escribir. Compuso entonces una serie de poemas sobre la guerra que considero de las cosas más hermosas y sobrecogedoras que he leído: verdaderas imágenes de la tragedia transformadas en poesía.

Me siento profundamente vinculada a esa tradición literaria y a todo lo que dejaron mis padres y mi familia. Les debo mucho, pero, por encima de todo, les debo el amor por las palabras, la pasión por la literatura y una inmensa generosidad humana.

Me conmueve que hables con tanta sensibilidad de Georgia. Lo que dices sobre la importancia de la lengua es cierto. Creo que, en este cruce de imperios y civilizaciones, la supervivencia de Georgia se debe, en gran medida, a la lengua propia y a la literatura. Quizá esta era la forma de no perderse en un mundo vasto: aferrarse a la lengua y a la palabra; permanecer en un lugar y, al mismo tiempo, estar en el mundo.

Decía el monje y poeta georgiano Ioane Zosime, en el siglo X: «Todo misterio está sepultado en esta lengua». Desde la distancia de tantos siglos, me pregunto si hablaba únicamente de la dimensión religiosa o si era también una metáfora que todavía podemos reconocer hoy. Porque la lengua es memoria, vivencia, todo aquello que no queda en el olvido; una forma de no ser diluido en un mundo inmenso.

Hablas también de imponer la lengua. Incluso en los años más severos y represivos del Imperio ruso, no pudieron acabar con ella. La lengua ha sido, de alguna manera, la gran vencedora de la historia.

Pero pertenecer a un idioma de poca difusión tiene también sus propios matices. A veces percibo en nuestra comunidad literaria un cierto cansancio acumulado: la sensación de que la voz no siempre llega adonde quisiera, un silencio que no debe confundirse con «ninguna forma de ausencia».

Y me pregunto si esta sensación pertenece solo a nuestro presente o si es el eco de un hilo invisible que viene de más atrás. Pienso en los simbolistas georgianos, víctimas del Gran Terror: Paolo Iashvili, Titsian Tabidze y tantos otros. Stalin era georgiano y un poeta fallido y trató con saña a ese grupo, brutalmente reprimido por el régimen soviético, que se llamaban, como te decía, los «cuernos azules» los Tsisperqantselebi. Su silencio fue otro: impuesto, violento, definitivo. Pero queda la duda de si su sacrificio ha conseguido atravesar las fronteras de nuestra casa y encontrar, en la historia de la literatura universal, toda la resonancia que le correspondía. Tal vez sea también una forma de invisibilidad, como esa «larga historia de la sombra» que parece acompañar a algunas de nuestras voces.

Me hablas del Festival Iberoamericano de Tbilisi. Creo que alguna vez te había comentado cuánto me ha inspirado el Festival Hispanoamericano de Literatura que organizas en Canarias. Me atraía esa atmósfera de levedad que se crea allí, cuando la ciudad parece entregarse por completo a la literatura.

Creo que el Festival Iberoamericano de Tbilisi nació como respuesta a aquellas preguntas que veníamos haciéndonos: cómo hacer que una voz llegue, cómo crear un espacio de resonancia. Quería que durante unos días Tbilisi se llenara de palabras y poesía; que la literatura pudiera respirarse en la ciudad y que Tbilisi volviera a ser, como en las imágenes de Parajanov, una tierra de sueños compartidos. Había, además, una resonancia especial en el nombre que le dimos al festival: griegos y romanos llamaban Iberia a la antigua Georgia, de modo que «iberoamericano», en Tbilisi, adquiría desde el principio un doble sentido.

Y mientras termino esta carta, me doy cuenta de que nunca te he preguntado cómo empezó todo. ¿Cómo nació la idea del festival?

Un abrazo,

Lana

NICOLÁS MELINI

Querida Lana,

Me comentas de los matices de pertenecer a una lengua con poca difusión, pero no sabes hasta qué punto el silencio que agota o la sensación de que la voz no llega donde haría falta son comunes a prácticamente todos los territorios del español. Creo que el escritor ecuatoriano, el boliviano, el colombiano, incluso el argentino y el mexicano, también el chileno, conoce eso de lo que hablas, porque nuestros libros no circulan por todo el territorio de la lengua, pero también y sobre todo porque el camino del libro que sale en un lugar siempre es lento. Se publica hoy, pero acaso encuentra lectores más adelante, incluso en otro tiempo y quién sabe cómo llegue a otros lugares. Creo que el desarrollo de la industria del libro ha generado en muchos la ilusa pretensión de obtener una gran repercusión, cuando lo normal es lo contrario, una latencia, semillas que ni siquiera germinan ahora. La literatura es lenta.

Como sabes, yo procedo de un territorio alejado, pequeño y además joven. La literatura escrita en las islas Canarias comenzó con Bartolomé Cairasco de Figueroa y Antonio de Viana (siglo XVI), así que los escritores de las islas, además de abominar —unos más que otros— de la pequeñez y la fragmentación de su territorio, han venido abominando de la lejanía que a menudo ha dificultado la incorporación de sus obras al canon nacional, un territorio nacional por el que, normalmente, ni siquiera han circulado. Contra lo que se pudiera pensar, de alcanzar América ni siquiera hablamos: a la mayoría de la literatura española le cuesta alcanzar la otra orilla del Atlántico, y las islas Canarias, encontrándose más cerca de América, sin embargo, para la difusión de sus letras, pareciera que se encuentran más lejos que la península. Esas tensiones existenciales, me parece, las compartimos de un modo particular con los escritores georgianos, pero, al contrario de lo que sucede con Georgia, nuestras raíces locales son poco profundas, apenas unos siglos, y en el principio tan reciente de nuestra historia lo que se encuentra no es otra cosa que la esclavitud —como nos recordaba el profesor El Hadji Amadou Ndoye (Senegal)—, porque los primeros esclavos de la triangulación fueron los aborígenes más aguerridos de las islas, una vez conquistadas por los enviados de la corona de Castilla.

Pero te cuento esto porque, no solo tiene que ver con lo que me comentas de las dificultades georgianas, sino que también explica alguno de los motivos que me motivó cuando nos encontrábamos en la concepción del Festival Hispanoamericano. Como sabes, durante mucho tiempo, los escritores de la península ibérica han hecho las Américas y los escritores de América han hecho la madre patria, y, en ambos casos, el intercambio ha sobrevolado las islas Canarias, salvo contadas excepciones. En los últimos tiempos, Canarias ha sido una suerte de eslabón perdido en esa relación de los escritores de una y otra orilla, porque los centros de poder editorial se han encontrado en Madrid y Barcelona, principalmente, y estos, si acaso, se han relacionado con las élites de algunas capitales americanas. Por ello, tenía mucho sentido que hiciéramos el festival en la isla de La Palma, que el encuentro entre escritores españoles y americanos tuviera lugar en las islas, pero, además, que tuviese lugar en la isla que, junto con Sevilla y Amberes, durante el siglo XVI, contó con el permiso oficial para comerciar con América. Entonces el puente canario era necesario y eso enriqueció a las islas.

Como ves, también en nuestro caso nos vemos motivados —e impelidos a actuar— por estrategias que subsanen modestamente ese tipo de vacíos y silencios que también aquejan a los escritores georgianos.

Un beso grande.

Nicolás

LANA KALANDIA

Querido Nicolás:

Te escribo esta carta todavía desde Racha, mientras recojo mis cosas para volver a Tbilisi. Pasaré allí los últimos días antes de regresar a Barcelona.

Hay algo muy revelador en lo que me cuentas sobre la fragilidad de la literatura que se crea fuera de los centros de poder, incluso dentro de una lengua tan poderosa como la española. Desde la distancia, no se percibe esta fragmentación en la circulación de los libros. Ahora veo con mucha más nitidez por qué elegiste La Palma como lugar de encuentro de los escritores hispanoamericanos: no solo por su belleza —y sí que la tiene—, no solo por tu cercanía personal —que también está ahí—, sino por crear una memoria literaria, por recuperar este «eslabón perdido», como dices muy bien. Convertir un territorio alguna vez olvidado en un espacio de encuentros me parece maravilloso. Me siento muy afortunada de haber estado allí presente varias veces y de disfrutar de todo lo que habéis construido con tanto trabajo y delicadeza.

Hay unas palabras tuyas que se me han quedado resonando mucho: «la literatura es lenta». Es una frase densa y limpia; pienso que resume bien muchas capas de la trascendencia de la literatura: el viaje que puede recorrer un libro hasta encontrarse con su lector. Esa lentitud, ese laberinto en el que a veces se extravían las voces, puede resultar decepcionante a los ojos de sus contemporáneos, pero tengo la convicción de que el tiempo del camino nunca es «tiempo perdido». El trayecto de un libro, por azaroso que sea, forma también parte de su historia y merece ser contado.

Pensando en esos caminos errantes de los libros, me vino a la memoria algo que descubrí mientras traducía La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. En una edición soviética de los años ochenta faltaban muchas páginas debido a la censura. Los libros de autores extranjeros pasaban por un sistema de autorización desde el centro, y desde allí se distribuían los derechos a las distintas repúblicas de la Unión Soviética. Allí se decidía también qué páginas podían permanecer y cuáles debían ser censuradas. El libro había llegado, pero no con su verdadera cara.

Tuve la oportunidad de preguntarle a Mario si sabía que su libro se había publicado censurado en la Unión Soviética. Me sorprendió que lo supiera con tanta exactitud: sabía que faltaban cuarenta páginas. Yo no las había contado. Había protestado ante la editora. Siempre he leído con curiosidad las páginas que se suprimían en aquella época, intentando seguir la sombra que dejaban en el libro y mirar desde esta ausencia, como desde otra orilla, para entender mejor de qué tenían miedo los regímenes.

A veces las páginas arrancadas de un libro cuentan más que las páginas que llegaron hasta el lector. Esta es la historia de un solo libro. Pero ¿cuántas historias como esta, cuántos viajes errantes se habrán perdido en el olvido de la historia de la literatura universal? ¿Cuántos libros habrán llegado, tras un camino que ya nadie recuerda, a un lector: su única Ítaca?

Te mando un abrazo muy fuerte.

NICOLÁS MELINI

Querida Lana,

Aunque no lo parezca, «la literatura es lenta», en mi caso y creo que también en el tuyo, es una proposición positiva, a favor de la literatura y a favor también del que escribe literatura: a favor de lo que es sólido y necesario e importa. Para mí es una belleza de idea que deberíamos atesorar y repetirnos a menudo, conjurando cualquier atisbo de impaciencia que, al fin y al cabo, no tendría que ver con la literatura, sino con nosotros mismos.

Por otro lado —si me permites la reflexión—, me gustaría aportar un matiz: no, «la literatura es lenta» no puede servirnos como excusa. Como bien sabes, no puede significar «algún día algo», algo que deseamos para nosotros: el éxito, la consagración, las ventas, lo que sea que deseemos. No es una proposición que nos podamos aplicar a nosotros mismos —que escribimos— benevolentemente, como los jóvenes ingenuos que fuimos en los ochenta y noventa del siglo pasado: «la literatura es lenta, ya llegará el día que…», no es cierto.

Ahora vemos de manera cada vez más acentuada cómo, debido al signo de los tiempos, la mayoría de las personas se desorientan y acaban persiguiendo lo veloz, valorando lo inmediato y masivo. Diría que los escritores españoles de mi generación, unos más que otros, hemos sentido cómo el zeitgeist nos pasa por encima, o, al menos, nos lo pone un poco más difícil, ejerce cierta resistencia que solo con trabajo y mucha perseverancia y el mayor de los talentos se puede —no superar— mitigar hasta la resistencia.

Hace un par de días conversaba con la novelista gallega Blanca Riestra sobre estas cuestiones (ahora te escribo desde Galicia, mirando el mar de Costa da morte), y nos decíamos, tratando de cargarnos de valor, que lo que nos pasa en un sentido amplio «no es la literatura, sino el mercado», cuya naturaleza no tiene nada que ver con la literatura: que lo que sucede es solo el mercado del libro haciendo prevalecer lo que le da dinero, no tiene nada que ver con nosotros. Por lo tanto, no hay nada que debamos atender ahí.

Sé que es una discusión antigua. Ya Cela (oriundo de Coruña, donde me encontré con Blanca antes de ayer) dijo aquello de que «en España, el que resiste gana». Claro que hay un postergamiento de la literatura y de los que escriben literatura hoy, pero es algo que se viene produciendo desde que la literatura fue un arte popular, en el XIX. Nos ha tocado ocupar un lugar lejos, pero a todos, a todos los que escribimos literatura sin excepción. Y nos importa, pero, posiblemente, carece de importancia.

Sin embargo, comprender esto me parece tan importante para que podamos seguir escribiendo despreocupados de todo…

Te mando un fuerte abrazo.

Nicolás


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Lana Kalandia. Es traductora y doctora en Filología Georgiana. Nació en Georgia en 1970 y estudió en la Universidad Estatal de Tiflis, donde posteriormente fue profesora de Literatura Moderna. Desde 2013 se dedica a la traducción de obras literarias del español al georgiano. Ha sido tres veces finalista del Premio Literario Saba a la mejor traducción del año: en 2015 por Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez; en 2016 por La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa; y en 2017 por La ciudad y los perros, del mismo autor. En 2018 recibió el premio de la Universidad Iliauni a la mejor traducción de los últimos cinco años por La fiesta del Chivo y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Reside en Barcelona desde hace más de veinte años.

Nicolás Melini. (La Palma, 1969), es autor de una quincena de libros, entre los que se encuentran las novelas cortas El futbolista asesino, La sangre, la luz, el violoncelo, El estupor de los atlantes (esta última traducida al francés y al georgiano) y la reciente El turista sin equipaje, libros de cuentos como Pulsión del amigo y Talón, y de poemas como Cuadros de Hopper, Adonde marchaba y Los chinos. Ex programador de La noche de los libros y en la actualidad director del Festival Hispanoamericano de Literatura, reside entre La Palma y Madrid.

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