POR JAVIER ÁGREDA
1. LOS AÑOS NOVENTA

Hace veinticinco años Perú atravesaba una de sus peores crisis. El desastroso Gobierno de Alan García (1985-1990) marcó récords históricos de inflación y dejó la economía en tan mal estado que el siguiente presidente, Alberto Fujimori, tuvo de aplicar —a pocos días de asumir su mandato— uno de los más drásticos shocks económicos. Por su parte, la subversión (las organizaciones Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru [MRTA]) parecía estar ganando la guerra contra el Estado: ya tenía tomadas algunas zonas del país y contaba con una fuerte presencia en las universidades estatales. Y, para acentuar la crisis, el presidente Fujimori dio un golpe de Estado el 5 de abril de 1992, convirtiendo su Gobierno en una dictadura que fue considerada por los especialistas entre las diez más corruptas del último siglo. Sin lugar a dudas, una de los peores momentos que ha atravesado el país en toda su historia.

 

1.1. LOS NOVELISTAS MAYORES

No obstante, la literatura peruana, en especial la novela, atravesaba por un buen momento. La larga tradición de novelas indigenistas, que tiene su más alta expresión en la obra José María Arguedas (1911-1969), se había conjugado con la modernización narrativa que representaron la generación del cincuenta y la obra de Mario Vargas Llosa (1936). Así, se estableció un sólido canon a partir del cual surgieron varias generaciones de destacados narradores, dándole continuidad y calidad a la producción de novelas peruanas. Un año antes del periodo que nos interesa, se había publicado La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez, una ambiciosa y amplia saga que reinterpreta la experiencia histórica peruana desde la perspectiva del sentimiento de agravio y el rencor de los sectores subalternos. Con esta novela, considerada en una encuesta como la mejor de la literatura peruana de los años noventa, Gutiérrez daba un gran salto cualitativo en su obra, iniciando su ciclo novelístico de madurez.

Entre los narradores «mayores» que, a inicios de este periodo, contaban ya con una obra sólida y la continuaron desarrollando con regularidad, habría que destacar a C. E. Zavaleta, Edgardo Rivera Martínez, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique. El mayor de ellos es Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928-Lima, 2011), integrante de la llamada generación de cincuenta y uno de los introductores, junto con Mario Vargas Llosa, de las modernas técnicas narrativas anglosajonas (Joyce, Faulkner, etcétera) a la literatura peruana. Zavaleta es un autor múltiple, dedicado tanto a la narrativa urbana como «rural», en los años noventa continuó con ambas facetas, con novelas como la casi autobiográfica Un joven, una sombra (1992) y, especialmente, la extensa Pálido, pero sereno (1997), que un sector de la crítica considera como su obra maestra.

Otro autor que inició un gran segundo ciclo creativo fue Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933). Su caso es sumamente especial, pues fue durante muchos años un escritor apreciado y celebrado sólo por una minoría. Sus primeros libros, todos conjuntos de cuentos, fueron publicados en ediciones limitadas y de escasa circulación. Se trataba de relatos de estirpe indigenista, pero que incorporaban elementos simbólicos y fantásticos; lo que los críticos denominan «neoindigenismo». Según confesión del propio autor, recién con la llegada de las computadoras personales se sintió en capacidad de abordar la novela. Y así fue que publicó sus dos bildungsroman, País de Jauja (1993) y Libro del amor y de las profecías (1999), en las que los protagonistas son jóvenes mestizos que logran armonizar el legado prehispánico y andino con las más altas tradiciones culturales europeas. País de Jauja fue finalista del Premio Rómulo Gallegos 1993.

Después de su fallida incursión en la política, Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) publicó la novela Lituma en los Andes (1993), que obtuvo el Premio Planeta. Se trata de un relato policial: hay un crimen cuyo autor tiene que descubrir el cabo Lituma, un personaje recurrente dentro de las ficciones vargasllosianas. Esta novela es una de las mayores aproximaciones del autor al universo andino y, además, aborda la violencia desatada por Sendero Luminoso.

Más original e interesante resultó su siguiente novela, Los cuadernos de don Rigoberto (1997), que retomaba los personajes de El elogio de la madrastra (1988) para desarrollar, en un relato mucho más amplio, su propuesta: una lúdica conjunción de erotismo, fantasía, arte y prosa esmeradamente trabajada. Su origen puede encontrarse en la vieja admiración de Vargas Llosa por una cierta «literatura literaria», que estaría representada por las obras de Borges, Nabokov y otros autores. Un complejo ejercicio de estilo y una muestra del peculiar sentido del humor y de la faceta más experimental de la creatividad de su autor.

La fiesta del Chivo (2000) es, sin lugar a dudas, la novela más importante de Vargas Llosa en este periodo, un regreso a la novela total y al cuestionamiento del poder político, dos elementos centrales en la obra de este autor. Se trata de un relato ambientado en República Dominicana durante el largo Gobierno de Leónidas Trujillo; especialmente, la fase final de esa dictadura, que concluyó con el asesinato de Trujillo en 1961, y sus funestas consecuencias en la sociedad dominicana. Y, aunque en algunos momentos la novela adquiere un tono demasiado enfático y demostrativo, Vargas Llosa vuelve a apelar a su gran arsenal de recursos técnicos (vasos comunicantes, cajas chinas, elementos escondidos…), empleándolos de una manera mucho más mesurada y amable con el lector.

Alfredo Bryce (Lima, 1937) era entonces, después de Mario Vargas Llosa, el novelista peruano con mayor fama y prestigio internacional. Su primera novela, Un mundo para Julius (1970), lo consagró tempranamente y es considerada una de las más importantes de la literatura peruana del siglo xx. La narrativa de Bryce, caracterizada por el humor autoirónico y lo hiperbólico, vuelve al universo de Julius con No me esperes en abril (1995), una buena novela, aunque sin la brillantez de Un mundo para Julius. Algo similar ocurrió con Reo de nocturnidad (1997), que continuaba de alguna manera en la línea de otras dos muy exitosas novelas de Bryce —La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985)—, pero sin alcanzar la calidad literaria de ellas.

 

1.2. LA GENERACIÓN DEL NOVENTA

La crisis política y económica que atravesaba el país afectó mucho más a los escritores jóvenes, a la llamada «generación del noventa». Por un lado, los hizo aislarse del contexto social, para buscar refugio en universos ficcionales irreales, ciudades «utópicas» (sin ubicación geográfica) o que le deben más a la subjetividad del autor que a los referentes reales. Acaso el ejemplo más claro de esta tendencia sea el escritor peruano-mexicano Mario Bellatin (México D. F., 1960), quien vivió desde los cuatro años en Lima y desarrolló en esa ciudad la primera mitad de su obra.

Las novelas de Bellatin tienen siempre un fuerte contenido simbólico y alegórico y se desarrollan en ambientes cerrados y opresivos. Todas esas características le dan a sus ficciones un cierto aire kafkiano, que él conjuga con una trama llena de situaciones y personajes extraños y extremos y una temática centrada en la muerte y la trascendencia espiritual. De sus cinco primeras novelas, publicadas originalmente en Lima, destaca de manera nítida Salón de belleza (1994), en el que el protagonista es dueño de un local de cosmética que se convierte en moridero para víctimas de una desconocida enfermedad. Ya en México, Bellatin publicaría en este mismo periodo otra de sus novelas clave: Poeta ciego (1997).

Más enclavados en lo propiamente literario se hallan los universos ficcionales de Iván Thays (Lima, 1968). Admirador de escritores como Durrell, Musil y Proust, publicó en los años noventa dos novelas protagonizadas por peruanos que viajan a Europa y en las que lo más importante son las emociones y las elaboraciones mentales de esos protagonistas, hombres con una sólida formación académica y artística. Esas reflexiones son siempre presentadas a través de hermosas analogías, imágenes llenas de contenido simbólico y frecuentes alusiones literarias y culturales. Esta propuesta tiene su mejor expresión en la novela El viaje interior (1999).

Autor de una narrativa sumamente diversa y original, Carlos Herrera (Arequipa, 1961) publicó en 1995 la novela Blanco y negro. La razón contradictoria de Ulises García. Es un relato escrito a la manera de un ensayo que analiza la peculiar condición del protagonista, quien sólo puede ver el mundo a través de oposiciones como placer-dolor, izquierda-derecha, etcétera. Un relato metaficcional que fue considerado por Miguel Gutiérrez como «uno de los textos narrativos más novedosos que se han publicado en el Perú» en los años noventa.

Un buen número de narradores jóvenes dieron testimonio de la crisis y violencia imperante en el país a través de sus experiencias personales como adolescentes en una ciudad tan agresiva como Lima. Sus novelas giraban en torno a los excesos juveniles (drogas, sexo, pandillas) y reproducían los estereotipos sociales vigentes en la ciudad en aquellos tiempos. Vistas a la distancia estas novelas, resaltan por su valor testimonial más que por el literario. Las más importantes fueron Al final de la calle (1993), de Óscar Malca (Lima, 1968); No se lo digas a nadie (1994), de Jaime Bayly (Lima, 1965); Contra el tráfico (1997), de Manuel Rilo (Lima, 1971); Noche de cuervos (1999), de Raúl Tola (Lima, 1975), y Nuestros años salvajes (2001), de Carlos Torres Rotondo (Lima, 1973). Varias de estas novelas han sido convertidas en películas.