En las más de 800 páginas de sus Apuntes parlamentarios, se recogen crónicas desde mediados de 1977 hasta 1980 y la sesión del asalto al Congreso, en febrero de 1981. Quienes me conocen, saben que no hago aquí el elogio de un amigo por ser un amigo, sino por ser uno de los grandes del periodismo español contemporáneo. Ni siquiera las 188 erratas que contabilicé en ese libro suyo, y para nada imputables a Víctor, son capaces de borrar una impresión que persiste insistente, años después de su lectura: que la democracia se implantase en España, al cabo de casi cuarenta años de franquismo, se debió no solo a políticos como Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo, quienes supieron ver con claridad cuál era la lectura histórica del momento en que vivían. Los periodistas y, con ellos, Víctor destacado en el grupo de cabeza, fueron una baza importante en esa partida. Y, por ser así como lo pienso, no me parece una casualidad que el libro que recoge sus crónicas lo editara el Congreso de los Diputados. A tal señor, tal honor.

Pero regresando al tema central que me ocupa, deseo que echen conmigo una mirada al periodismo al otro lado del gran charco, ciñéndonos a seis grandes nombres: tres de la vieja guardia y otros tres rigurosamente contemporáneos.

En primer lugar, y no se sorprendan, Jorge Luis Borges. Para quienes no lo sepan, les aviso de que uno de los libros más interesantes de Borges es el que se titula Textos cautivos, donde se recogen sus colaboraciones de 1936 a 1939 en El Hogar, una revista argentina para las amas de casa. Entre ellas encuentra uno páginas que ya preludian el gran Borges posterior y, por su carácter breve y brillante, son un espaldarazo de la prosa grande al oficio del periodismo.

Gabriel García Márquez, por su parte, fue cocinero antes que fraile, es decir, periodista antes que narrador, y su extensa obra publicada en El Heraldo, de Barranquilla, y El Espectador, de Bogotá, antes del lanzamiento de Cien años de soledad, la recopiló meticulosamente el francés Jacques Gilard y yo me encargué de hacer una selección en tres tomos para la editorial alemana de Gabo, como lo llaman familiarmente sus paisanos. Los tres tomos los titulé: La Jirafa de Barranquilla, El Observador de Bogotá y El buen salvaje en Europa. García Márquez se opuso de manera tajante a este tercer título, y yo me negué de modo no menos tajante a inventar uno distinto, con lo cual la pelota quedó en el tejado de la editorial, que se sacó de la manga un título aséptico: Del Caribe a Moscú.

Y el tercero de la vieja guardia es Mario Vargas Llosa, de quien ustedes –pienso– leen con regularidad sus columnas y saben que se puede estar o no de acuerdo con sus ideas, pero hay que sacarse el sombrero por el modo en que las expone. Por lo demás, siempre recuerdo la sonada polémica que mantuvo con su tocayo, el uruguayo Benedetti, en 1984, en las páginas de El País; una polémica en la que ambos se emplearon a fondo, pero siempre, los dos, desde la objetividad en lo argumentado y el respeto mutuo entre Marios. Benedetti le puso fin con una frase perfecta para citar cuando me hablan mal del Vargas Llosa columnista. Dijo Benedetti: «Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor».

Entre los que llamé rigurosamente contemporáneos, me voy a limitar a citar los nombres de tres cultores de la crónica, el género periodístico de mayor solera, tanta que se remonta a Bernal Díaz del Castillo y los demás cronistas de Indias, si bien es cierto que en los siglos XV y XVI aún no existía la prensa. Pero sí existía el género, que ha resucitado con enorme brillantez a fines del siglo pasado y del que soy seguidor empedernido y admirador a carta cabal. Si desean leer buena literatura contemporánea en español, háganse con las colecciones de crónicas que han publicado tres periodistas argentinos: Leila Guerriero, Martín Caparrós y Juan Forn.

De regreso en España, elijo también tres nombres de entre los contemporáneos, y los tres ya muertos, para evitarme problemas con los vivos. De Juan Goytisolo es notable ver que los textos de sus artículos no desmerecen en nada los más sabrosos de sus ensayos. De José Miguel Ullán, basta abrir en Google la busca de sus artículos –y son cientos–, amén de su obra de periodista radiofónico en Radio France Internationale y la creación del suplemento de Diario 16, Culturas 16, del que Carlos Fuentes dijo que era el mejor que se hacía en el mundo y, si bien no maximalizo tanto como Fuentes, creo poder decir de buena fe que, si no el mejor, sí que fue uno de los mejores del mundo. Y finalmente, José Comas, el malogrado corresponsal de El País en Alemania, con quien compartí no pocas horas de amistad y de camaradería profesional, y cuyas crónicas de aquella Alemania de Bonn y las que dedicó al seguimiento del sindicato Solidarność en Polonia son modélicas del género.

Aproximándome al final de esta charla les recordaré que el periodista y pacifista alemán Carl von Ossietzky fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz por su obra, y lo aceptó a pesar de la tenaz oposición de los nazis, que lo mantenían encarcelado. No pudo acudir a recibirlo en Oslo, pero queda su ejemplo como el de un profesional de la prensa que fue premiado por su obra periodística, si bien no como escritor. Ello me lleva a recordar que entre los 117 Premios Nobel de Literatura se encuentran varios periodistas de importancia. Me bastará con citar a Hemingway y Albert Camus: don Ernesto con sus crónicas de las dos guerras mundiales en Europa y de la guerra civil española; mientras Camus, desde el periódico de la resistencia francesa Combat, afilaba sus armas literarias para el futuro grandísimo escritor que llegaría a ser. Y que tan joven moriría, a sus 46 años, el 4 de enero de 1960, cuando en la carretera nacional francesa número cinco, en una recta sin obstáculos, en accidente provocado, según parece, por el exceso de velocidad a que conducía su Facel Vega el editor Michel Gallimard, murió y nos dejó huérfanos Albert Camus, su copiloto. Pensé entonces, y lo sigo pensando, que, amén del suicidio, hay más de un problema filosófico auténticamente serio. La muerte absurda, por ejemplo. Un día antes de la suya, y refiriéndose a la muy reciente de Fausto Coppi, el campeonísimo del ciclismo, Albert Camus había dicho: «No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto».

Sé que me he ido por las ramas, pero siempre me pasa hablando de Camus.

Lo que quería decirles, para casi terminar, es que ni a Camus ni a Hemingway les dieron el Premio Nobel de Literatura por sus respectivas obras periodísticas, sino por sus novelas, cuentos, ensayos y dramas. Hubo que esperar hasta el año 2015, cuando la Academia Sueca distinguió con su galardón a la periodista bielorrusa Svetlana Alexsiévich, entronizando de ese modo al periodismo como un género literario más. Y como remataría José Miguel Ullán: ni más ni menos. Pero no quiero dejar de mencionar que sé de sobra todo lo que me dejo en el tintero: Indro Montanelli en Italia; Gore Vidal y Guy Talese en Estados Unidos; Robert Fisk en Inglaterra; Egon Erwin Kisch, Joseph Roth y Kurt Tucholsky entre los de expresión alemana y, desde luego, mi tocayo y amigo Ryszard Kapuściński en Polonia. Solo que el formato de la ponencia no me dejaba hueco para más.

Prensa que te quiero prensa. En las páginas de un buen periódico, el artículo firmado por un autor es literatura. Que a ese autor, por publicarlo en ese medio, le llamen periodista son ganas de marear la perdiz. Ojalá haya convencido a algunos entre ustedes de que el periodismo es mucho más que una colección de noticias. Me gustaría que así fuese, en una ciudad donde me admiraba desde niño que hubiese una calle en cuyo rótulo en azulejos se podía leer: «Periodista Luca de Tena»; una ciudad en cuya calle Ricos nació José Isidoro Morales, justamente celebrado como «padre de la libertad de prensa en España».

Y la paz. Así terminaba sus glosas un viejo periodista del viejo Odiel cuyo paradójico seudónimo era… Bélico.

 

Esta ponencia se presentó en el VIII Encuentro Iberoamericano de Prensa, dentro de la XIII Edición del Otoño Cultural Iberoamericano de Huelva, el día 27 de noviembre de 2020.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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