
Hace once años un ingeniero de caminos, Javier García del Moral, lector apasionado, natural de Logroño, compró una vieja propiedad en Dallas. Una casa de madera con su porche frontal, su jardín trasero, su césped por segar. La reformó, la llenó de libros y tragos, y la bautizó The Wild Detectives en honor a su admirado Roberto Bolaño y a sus inmortales detectives salvajes. No le importó que Ulises Lima y Arturo Belano son The Savage detectives en la edición gringa. Y es que Wild y Savage son adjetivos aplicables a la fiesta de aniversario que un fin de semana de abril sacude la modorra de los vecinos de Oak Cliff. Es una insurrección, una lucha por la alegría, un gesto de rebeldía. Con la complicidad de los amigos de Deep Vellum, la editorial norteamericana que más apuesta por la literatura experimental del resto del planeta, y con el apoyo de los directores de Southwest Review, una de las revistas literarias más antiguas y prestigiosas del país, se arma una fiesta en la que convive el rock, la cumbia, las diatribas poéticas o el afro perreo. Un mezcalito por aquí, una cerveza negra por allá, te leo un poema en el baño, te beso bajo el tendedero, la librería convertida en una Zona Temporalmente Autónoma, como las que imaginó Hakim Bey, en la que convive una banda, un modelo horizontal de relaciones, lazos de sangre extendidos, contratos, alianzas, y afinidades espirituales. Este año que se conmemora el 50 aniversario de la fundación del infrarrealismo, Esteban Feune de Colombi y yo fuimos invitados a tomarnos la librería y sus alrededores con poemas, manifiestos, cartas y fanzines. Bolaño was here, grafiteamos, y nosotros detrás, emocionados y agradecidos. De este subidón emerge el texto que sigue, un homenaje a los valientes que apuestan por convertir la vida en su mejor poema.
Chris Krauss, California, noviembre 2017
En Francia, hay una organización a la vez formal e informal que se encarga de la perpetuación de la obra de un artista muerto conocida como Sociedades de los amigos. Constituida jurídicamente como una sociedad de responsabilidad limitada, Societés des amis reúne las obras inéditas, la correspondencia, los diarios y los cuadernos del escritor fallecido. Recaban recuerdos y tributos sus miembros y el resto de sus amigos y colegas. Buscan notas tomadas por antiguos estudiantes en las conferencias del amigo muerto, y archivan todas las reseñas críticas que aparecieron sobre su trabajo mientras vivía. Luego, publican todo este material en una edición limitada conocida como los cahiers. Estos amigos suelen ser escritores también, y realizan el trabajo sin recibir honorarios. Las Societés existen para mantener viva la memoria de un artista, y asegurar que su obra sea preservada y transmitida en el futuro. Pienso que el entusiasmo de Javi con la lectura y los libros es lo mismo, pero con los vivos. Es como si fuera el presidente honorario de una Sociedad de Amigos, amigos de la literatura como pretexto, incentivo o disparador. Diría que para Javier, la literatura es aquello que hace que la vida sea más interesante que la literatura.
Mercè Monge, Gelida restaurant, Barcelona, abril 2018
Para las catalanas que crecimos en los años ochenta del siglo pasado Dallas nos remite a la familia Ewing, el rancho de Southfork y a la mítica frase de J.R.: Sue Ellen, ets un pendó. Cualquier pelagatos se animaba a soltártelo cuando le parecía que ibas un poco demasiado provocativa, la falda más corta de lo habitual, un escote algo más pronunciado, en fin, tristezas de país católico. Dallas fue una de las primeras series dobladas que la televisión catalana emitió y que permitió avanzar, entre caballos, borracheras y pozos petrolíferos, en la necesaria normalización lingüística que impulsaba la Generalitat. Normalizarse es algo muy catalán. A mí me da mucha pereza lo de ser normal, ¿Quién es normal? ¿No fue Caetano Veloso que puso en una canción que de cerca, nadie es normal? Pues eso. Javier parece un tipo normal, sí, pero si yo te contara…
Bill Callahan, The Wilde Detectives, noviembre 2018
Me gustan las librerías, por eso estoy aquí. Y beber también me gusta. Y por eso también estoy aquí.
Well, you got to walk that lonesome valley
You got to walk it by yourselves
Nobody else can walk it for you
You got to walk it by yourselves
…
Rory Long, Laguna Beach, octubre 2019
Por entonces predicaba para la Iglesia Texana de los Últimos Días y mis ideas políticas, antaño confusas, se habían ordenado. Creía en la necesidad de una resurrección americana, creía conocer las características de esa resurrección, que serían distintas a todo lo hasta entonces experimentado, creía en la familia americana y en su derecho a recibir el mensaje múltiple verdadero y en su derecho a no ser envenenada por mensajes socialistas o por mensajes manipulados por el FBI, creía que una enfermedad moral corroía buena parte del cuerpo de la República y que era necesario intervenir quirúrgicamente… Y en esas apareció Javier. Quería comprar la Iglesia. No tenía suficiente con la librería, y toda la panda de desubicados que aglutinaba, no tenía suficiente con el restaurante, al que puso por título uno de los peores discos de Miles Davis ¡A quién se le ocurre ponerse a interpretar el concierto de Aranjuez en modo free jazz! Le dije que no, que ni soñara en instalar una sede de la religión gánica en Dallas. Hacer siempre lo que se tiene ganas, ¡manda huevos!
Andrés de la Casa-Huertas, Editorial Pepitas de Calabaza, Logroño 2020
A Javier le fascina el chorizo. Las patatas con chorizo, las lentejas con chorizo, los tacos de chorizo… Una vez me dijo que el aroma del chorizo, que entra de contrabando en su maleta cada vez que aterriza en Fort Worth, era psicoactivo. Que respirar efluvios de chorizo, hervido, frito o a la parrilla, nos daba a los de Logroño un super poder para emprender tareas descabelladas, como escribir tiras cómicas semanales, que luego se convirtieron en un libro que publicó Pepitas de Calabaza, o como organizar fiestas de aniversario como si en lugar de una librería fuera el dueño de la discoteca Pacha de Dallas.
Terrance Hayes, New York University, abril 2022
Se lo dije a Javi, tienes que leer más poesía, hermano. Recorría la biblioteca de su casa y solo veía novelas, novelas y más novelas. ¿Para qué esta obsesión con lo narrativo? Ficción, no ficción, ficción, ficción, no ficción. Basta. Imagínate si no fueras más que una canción en un altavoz roto, le dije. Imagínate que tuvieras que secarle el sudor de la frente a una mujer muy recta, pero sólo tuvieras un trapo sucio ¿Lo imaginas? Demasiada poca poesía, hermano. Especialmente si te encanta, como me encanta a mí, caer a la tierra. Especialmente si eres un globo un poco tirante y un poco desinflado. No sé, Javi, he sido invitado a Dallas varias veces, pero la invitación nunca partió de tu librería salvaje. Está mal que lo diga yo, pero lo voy a decir: soy un puto genio. Tengo una MacArthur, hermano. Cuando me la dieron flipé, y mi madre más. Le dijo a mi hermana, pero si a Terence lo que le gusta es mirar el cielo. Te amo, mamá, y también amo al romántico que se entrega al sexo en una casa en llamas. Por eso no hay nada más romántico que hincarle el diente al músculo. No hay nada más romántico que la falta que a veces sabe hacer un buen amor. La falta de poesía, querido perrito romántico, no se cura con gominolas de marihuana. Más poesía, por favor.
Jordi Nopca, cerca del Metro Vilapicina, Barcelona, mayo 2024
Bajo la máscara del homenaje explícito a Bolaño, Wild detectives permite también a sus visitantes experiencias que parecen salidas del universo extraño y magnético de Wes Anderson. En los días que tuve el privilegio de pasar con Javier García del Moral y la alucinógena ‘troupe’ llegada desde de México, las aventuras y la diversión quedaron entrelazadas con elegancia y fastuosidad, recorridas también subterráneamente por la serpiente del peligro. Gracias a Javier, mi libro de relatos Come on up -publicado por Bellevue- encontró un buen puñado de lectores ideales: nunca olvidaré su amabilidad ni su vocación de alimentar saludablemente -especialmente por la mañana- a su invitado barcelonés.
Zicu Tilla, Ca La Llimona, Mataró, marzo 2025
Los infrarrealistas brotaron como setas en el jardín de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro en Ciudad de México. Es bien sabido. Lo que quizás se sepa menos es que los hilos del micelio se extendieron por todo Texas. Para ellos, Dallas fue el escenario donde se llevó a cabo la mascarada del asesinato de Kennedy, y Lee Harvey Oswald su héroe trágico, un chivo expiatorio de un complot que se había gestado en una oscura oficina de la Ciudad de México. En las primeras páginas de Los Detectives Salvajes el poeta García Madero ojea un ejemplar de Lee Harvey Oswald, la revista literaria que los real visceralistas crean para publicar sus poemas incendiarios. Un joven Roberto Bolaño le contó a Juan Villoro que en una de sus largas caminatas por el DF sentía que se había cruzado con Lee Harvey, justo frente a la sede de la embajada rusa. Lo que no sabía Roberto entonces es que una de esas mismas noches, la gran escritora mexicana Elena Garro bailó con Lee Harvey en un cocktail en la embajada cubana. Lo digo y lo repito: nadie conoce a nadie en realidad.
Ernesto Montiel, Museo de Dallas, abril 2025
Fue verlos bajarse del Uber y gritarles: ¿Compañía La Soledad? Imagina sus caras. Otro momento de micro fama, de esos que tanto disfrutan. Me cayeron bien los dos, tan delgaduchos, tan estrafalarios. En pocos minutos hicimos el mapa del mundo con nuestros amigos comunes, todos nacidos en Maracaibo: el artista Aquiles Hadjs en Tokyo, la poeta Natasha Tiniacos en New York, la profesora Bárbara Muñoz en Bogotá y otro artista, Marco Montiel-Soto, que no recuerdo si anda en Madrid o Berlín. Maracuchos. No hay manera de no tropezar con nosotros.
D., The Wild Detectives, Dallas abril 2025.
Me encanta leer de todo. Depende del momento de mi vida. Empiezo muchos libros, la mayoría no los termino. No me deshago de ellos porque sé que quizás, años más tarde, lo recuperaré y porque siento que si compré un libro es por algo, aunque aún no sepa la razón. Lo último que leí que me gustó es Animal, de Lisa Taddeo. Llegué a él porque formo parte del Club de Lectura de la Rabia Femenina. Cada mes leemos un libro que explora la rabia de las mujeres, sus diferentes maneras de manifestarse. Somos unas dieciséis, cada una en un momento vital distinto, unas con hijas, otras en el mundo académico, otras trabajadoras como yo. Nos conocimos aquí en la librería. Este lugar es un vórtice. Tiene una energía muy especial. Con esto de la rabia salgo muy excitada de las sesiones de lectura, con ganas de liarla. No sé, alguna vez he pensado en llamar a algún ex para tenderle una trampa. Seducirlo, citarlo en un motel y que una vez allí quien aparezca sea su mujer. Cosas así. Nunca lo hice aún, eh, no creas. Al rato se me pasa. Me tomo un mezcal Descartes y sonrío.
Esteban Feune de Colombi, Can Farrés, El Bruc, mayo 2025
De un bar cívico de Poblenou al que aterrizó con el pequeñísimo y silencioso Pau pegado a su esternón, al colorido patio de The Wild Detectives en el Bishop Arts District. El salto cuántico fue simple y poderoso. De Barcelona a Dallas en un santiamén. Un santiamén patrocinado por American Airlines, que une ambas ciudades con un vuelo directo. En el aeropuerto, el ex marine de la aduana adivinó nuestro nombre al voleo, se puso cachondo, hizo bromas sexistas y no selló nuestros pasaportes. Así van las cosas. El jet lag hacía estragos, pero Javier, flaco y espigado como Scooby-Doo, parecía amortiguarlo con la gracia de un logroñés en la Tejas Profunda. En esa minúscula lágrima de Estados Unidos en que las mecedoras de los porches extrañan a sus dueños y luego al viento y más tarde a los fantasmas, aquel hombre parecía el alcalde: casa, restaurante y librería, todo a walking distance. Claro, walking para nosotros, que nos la pasamos walking, pero no para los vernáculos, que todo-todo-todo en coche, y si es una 4×4 enorme y rugiente y de patas anchas, mejor. En esa minúscula lágrima de Estados Unidos dentro del Lone Star State, cuya bandera señoreaba en cada esquina, había una librería que supo ser un hogar de madera con techo a dos aguas y ahora era también bar de tragos y mezcales, librería-bar que a la tarde ofrecía un happy hour inesquivable: con la compra de un libro, un cocktail de regalo. Había cola. Y detrás de la barra, las chicas hablaban de darling o de love y en señal de gratitud por el libro y el cocktail ofrendaban risas reales desde sus cuerpos tatuados y siempre a tono con la música, un tema más shazameable que el otro, risas francas y fenomenales como si Trump no existiera, y si vos querés, Trump no existe. El último día, después de la joda –¡qué joda!–, recuerdo que entré con las valijas a The Wild Detectives y desde la barra un what you gonna have, honey? me derritió las pieles, y pedí un café, una Topo Chico helada y una chocolate chip cookie y nuestros libros por ahí junto a los de Eileen Miles y Carmen Boullosa y en el suelo ni un rastro del afroperreo de hace un rato y la gente con sus libros haciendo cola y las sonrisas fabulosas y fantásticas puntuando la mañana del domingo como si hubieran tirado la librería por la ventana en esa minúscula lágrima de Estados Unidos.
