POR JUAN CARLOS RECHE

El poeta como lector de poesía

La poesía siempre ha estado rodeada de un halo de falsos problemas que la ha lastrado con inútiles y falsas responsabilidades. Hemos visto poner en duda su prestigio, su función, su utilidad, sus resultados. Siempre se le ha pedido demasiado, y no siempre es posible tener una respuesta a la altura. Además, al ser la primera de las artes, no precisar de utillaje y alumbrar a todas las otras, se ha contaminado de estas, alzando así las expectativas puestas en ella. También se ha obviado en ocasiones su finalidad: emocionar comunicando el conocimiento que pueda aprehender, ya sea sobre cuestiones íntimas, trascendentes o colectivas, y su capacidad de incidir.

Ahora que he cumplido la edad a la que murió Stănescu, vuelvo a hacerme unas cuantas preguntas, como parte del ejercicio de responsabilidad que conlleva el oficio poético, por si hubiera cambiado de opinión o algún matiz nuevo consiguiera arrojar algo más de luz.

La relación de la poesía con el público ha variado a lo largo de los siglos, pasando por distintos grados de popularidad y accesibilidad, pero siempre se le ha pedido que, cuando estamos en apuros y acudimos a ella, nos proponga respuestas que podamos usar y recordar; es decir, que tenga la propiedad de ser memorable.

Y por ello hemos aprendido que no hay «una poesía verdadera» en detrimento de una poesía falsa, sino más bien una poesía útil y una poesía innecesaria, una poesía que perdura en el tiempo y una poesía de consumo rápido, con fecha de caducidad casi instantánea.

Así que me gustaría escribir estas líneas desde mi experiencia como lector de poesía, porque es el punto de información al que acudo cuando necesito ayuda para afrontar alguna cuestión, convencimiento. Y, además, por otras dos razones: porque el receptor es uno de los elementos del sistema comunicativo menos tenidos en cuenta últimamente, y porque media en la relación del poeta con lo colectivo.

Utilidades y expectativas

Me pregunto entones qué ha de tener la poesía hoy día para que la consideremos necesaria; es decir, que pueda sorprendernos y ayudarnos a encontrar respuestas, recordando nuevamente la frase de Horacio de que no son necesarios los poetas mediocres.

Algunas respuestas consabidas, por retóricas, son cada vez menos eficaces: que se explique a sí misma, que no existen fórmulas prefabricadas para escribirla bien, que cualquier lector sabe íntimamente qué es para él un buen poema, o que la buena poesía se parece entre sí. También que la validez de una propuesta la justifica el hecho de que funcione como reacción a otra poética anterior o contemporánea, normalmente dominante.

Lo cual nos lleva a reformular otra vieja pregunta: ¿con qué criterios evaluar su calidad más allá del propio gusto y de que sea una propuesta singular? La calidad de la poesía ha de justificarse con su correlato, es decir con poemas, no con buenas intenciones o poéticas diseñadas desde la teoría o el rechazo. Y eso de los buenos poemas no siempre se consigue a las primeras de cambio. El prurito en la búsqueda del poeta prodigio por parte de la crítica es algo que, desgraciadamente, no ha cambiado desde Rimbaud. Hay muchos poetas fundamentales que empezaron a serlo en su madurez creativa, o lo mejor de su obra ha surgido en ella.

La utilidad de la poesía tiene que ver con su disponibilidad. Para lo cual no ha de agotarse y ha de saber regenerarse. Y siempre ha respondido a las preguntas de una manera u otra, ha sobrevivido a sus trampas, expectativas, deficiencias y excesos; se ha sobrevivido a sí misma, esperando de ella que fuera voz y parte importante de la situación a la que la convocan.

Por poner un ejemplo, a la manoseada pregunta de Adorno (1951) sobre si es posible la poesía después de Auschwitz, el poeta italiano Tonino Guerra, que había pasado por allí (1943-45), respondió con esa mezcla de desparpajo y supervivencia moral, con esa simplicidad atroz que tienen los poetas útiles: la de las respuestas memorables:

LA MARIPOSA1

Contento, lo que se dice contento,
he estado muchas veces en la vida
pero más que ninguna cuando
me liberaron en Alemania
que me quedé mirando una mariposa
sin ganas de comérmela.

¿Qué me espero entonces, como lector, de la poesía, esa absurda ignominia de respirar cantando, como la definió Vicente Núñez? Que no escurra el bulto, que esté comprometida con la emoción y no con su relato, que, aunque participe de la mezcla de géneros, no se deje fagocitar por la literatura, la escritura y la prosificación, que no confunda su finalidad con los medios para alcanzarla. Que cuando, en apuros, acuda a ella, ofrezca una respuesta memorable, y me deje como a Tonino Guerra, contento. Con ese latigazo, tradicionalmente lírico y trascendente, que deja marcado el conocimiento para vivir más conforme. Acudimos a ella como fuente de información sentimental, para obtener respuestas ante una situación; por ello de la poesía suelen pervivir poemas o versos concretos.

El arte en general, y la poesía en concreto, siempre han sabido salir de los callejones sin salida a los que el agotamiento de la propia práctica artística los había conducido, a través de puertas como las de la vanguardia, la antipoesía, el arte povera, o el nativismo, por poner algunos ejemplos. A través de puertas que una vez transitadas, dejan un olor a cerrado, si no se consigue airear bien.

Como la mayoría de los mecanismos y los seres vivos, el arte tiene un sistema de alarma que se activa cuando empieza a dar señales de agotamiento, manifestando una reacción a sus carencias o abusos, tales como el anquilosamiento de los discursos, que dejan de funcionar correctamente, la impostura de la repetición o la poca información que nos brinda, entre otros factores. De repente el péndulo se para a pensar, a escrutar otros caminos a 360 grados.

¿Una nueva poesía?

Hace ya una década, en 2016, concluía mi texto «El cometido del poeta»2 advirtiendo que «estamos en un momento de la historia en el que el poeta más actual tal vez sea el más clásico, es decir, el mejor informado, el más responsable».

Sigo estando de acuerdo conmigo mismo. Aunque por entonces el adjetivo «sostenible» no estuviera tan de moda ni lleno de significados, ni conociera el libelo de Giorgio Agamben ¿Qué es lo contemporáneo?3, bastante acudido para intentar descifrar la contemporaneidad y el arte actual:

…el contemporáneo no es solamente el que, al percibir la oscuridad del presente, se aferra a una luz inalienable; es también aquel que, dividiendo e interpolando el tiempo, es capaz de transformarlo y ponerlo en relación con otros tiempos, capaz de leer de manera inédita la historia, capaz de «citarla» de acuerdo con una necesidad que no proviene en absoluto de su arbitrio, sino de una exigencia a la que no puede dejar de responder.

Ese impulso de echarse a cuestas la tradición para explorarla sin cortapisas, de zambullirse en ella para samplearla, reciclarla y actualizarla, ese uso de la macrointertextualidad para rearmar y reubicar nuevos contextos en el presente es una característica fundamental en las recientes promociones artísticas, especialmente en la de las artes plásticas. Juan Manuel Bonet, al referirse a los pintores españoles nacidos en los años setenta del siglo XX, habla de «una generación con lecturas, con memoria». Y destaca «cómo Miki Leal se apropia de un inmenso repertorio iconográfico, en el que se mezclan todas las épocas, todos los estilos, y las más diversas geografías».4 Parece que los pintores, por la calle paralela a la del apropiacionismo, han aprovechado mejor que los poetas la lección de Agamben y se han urgido a plasmar lo inalienable de esta contemporaneidad entre eras.5

Como si este siglo fuera el mar al que arribasen los ríos de las tradiciones, y en su estuario algunos artistas construyeran los espacios preferentemente habitables de sus obras con esa materia prima -el fango de los colectores, de las distintas tradiciones, legados y civilizaciones-, desengañados del alcance de la postmodernidad, de tanto buscar un nuevo terreno donde instalar la casa de su obra. Tal vez la utilidad que se le pide a la poesía sea la de saber mirar la historia para valorarla desde este cambio de era que se divisa desde la atalaya del XXI, saber relacionarse con los legados, juzgándolos o dándoles coba, y colaborar a definir las líneas rojas de la civilización. Quedarnos contentos con estar contentos, y no querer ser felices.

Tal vez esa división, transformación y puesta en relación de los viejos elementos para transformarlos de manera inédita y citarla de acuerdo con la necesidad, que explicaba Agamben, sean pasos hoy día hacia la transformación en un arte «sostenible». Aunque a la poesía no le suelen quedar bien los adjetivos nuevos, quizás la nueva poesía necesaria tenga algo de ello, en el sentido en que pueda asomarse a la tradición para buscar elementos y confrontarse con esos constructos, estéticas y poéticas ofreciéndoles una nueva vida útil.

El papel del poeta

Consecuentemente también los tiempos han influido en el rol del poeta, dejándolo desubicado. No sólo ha perdido importancia la búsqueda de eso llamado «la gran poesía» o «poesía pura», sino que incluso se ha llegado a un no acuerdo tácito sobre su cometido. José Emilio Pacheco en el poema «Una defensa del anonimato»6 decía:

El poeta dejó de ser la voz de su tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.

Y puede seguirse su pensamiento en otro poema, «Crítica de la poesía» (1969), en el que apostilla: «Quizá no es tiempo ahora: / nuestra época / nos dejó hablando solos».

Por mucho que el Consejo de Europa haya tratado de impulsar el papel de la mediación en las humanidades y otros ámbitos, el poeta cada vez encuentra mayor dificultad en ese papel de mediador, quizás porque la nueva tribu se ha convertido en algo inabarcable, difícilmente escrutable desde la perspectiva geopolítica, pues habla otros idiomas, que hay que leer normalmente en traducción.

Al concepto de poesía universal o colectiva le cuesta abarcar su nuevo referente, más allá de los del espacio íntimo o sentimental, y a la poesía social le cuesta tanto reinventarse. Es prácticamente imposible, en definitiva, cuando los instrumentos de la poesía han sido saqueados por la política. En parte porque la poesía española de las últimas promociones se ha abierto a tradiciones y sensibilidades distintas, con valores distantes, dejando en obsolescencia eso de «la verdadera tradición de la poesía española».

Cuando leo la palabra «tierra» en Salvador Espriu no tiene el mismo significado que cuando la leo en Yehuda Amijai o en Mahmud Darwix o la encuentro en Fernán Silva Valdés o Luis Chamizo, ese gran olvidado de la poesía española. Los referentes que complementan el sentido de esa misma palabra en cada poética provienen de situaciones moralmente distintas, debido a la ya citada apertura a otras tradiciones de la poesía de entre siglos. No conocemos la tierra de la que nos están hablando, aunque la sintamos nuestra. Y aun así sigue siendo útil la respuesta de la poesía.

La doble trampa de la moral y la evolución

Me gustaría también intentar responder a otra pregunta que dejé formulada en El cometido del poeta: porqué no ha irrumpido una nueva voz (aunque la poesía sí se haya renovado). Algunos ensayos recientes justifican el rechazo de las nuevas promociones hacia la poesía de la experiencia y el alejamiento de lo figurativo por agotamiento de la propuesta y por el hartazgo del debate (extra)poético; pero hay otros dos aspectos que quisiera traer a colación, en los que tal vez la crítica se haya detenido menos.

Una de las preguntas que más ha rumiado mi promoción -una constelación de voces de la que se alimenta silenciosamente el posterior estallido– en relación con los años ochenta y el manifiesto La otra sentimentalidad no es cómo alejarse de lo figurativo, sino qué más podemos esperar de la poesía si la tratamos como un género de ficción, y si es posible una nueva poesía sin una nueva moral.

Está claro que el poeta no puede dejar de ser partícipe de lo que acontece a su alrededor, y actualmente ese afuera es el de una situación histórica, humana y geopolítica difícilmente esperable y abarcable (por su apertura a otras tradiciones pero, sobre todo, a otras preocupaciones).

En una época, que no ha llegado a ver Blas de Otero, en la que definitivamente se ha perdido el valor de la palabra -pero no su poder-, en la que las raíces no sirven para conectar con la tribu, sino para exhibir la singularidad de los florilegios desinteresándose del humus del contexto, ¿cómo crear una poesía necesaria? Escribir bien hoy día, conseguir una poesía útil es más difícil que en cualquier época pasada. Por eso algunos poetas han huido de la repetición y la sobreexposición.

Ahora que hemos perdido la fe en el hombre antes que en los milagros y la situación global ha dispuesto un magnífico terreno de juego para que irrumpa el que tenga una respuesta a los conflictos, más allá de la divina Indifferenza montaliana, ahora que estamos a las puertas de valorar el legado de la Generación del 27, cabe preguntarse si para que surja una nueva poesía tiene que haber una nueva moral.

Cuestiones no retóricas

El cambio histórico de las últimas décadas ha propiciado escenarios inimaginables, prohibidos anteriormente, y la respuesta de Tonino Guerra -«sálvese quien pueda; es posible, yo lo hice»- podría parecer suficiente, pero de la poesía siempre se espera más. En esta época de conflictos amplificados, esa sobrevivencia del yo individual la sentimos histórica, heroica, casi igual de lejana y emocionante como la última batalla del Cid ganada después de muerto.

¿Para confrontarnos sobre cuáles apuros acudiremos a la poesía? ¿Qué le pido como lector en una situación en la que se ha perdido el valor de la palabra y evaporado la mayoría de los constructos del siglo pasado, en la que, disimulando los conflictos, ocupan el campo las frivolidades del que quiere conquistar su espacio público exponiendo una individualidad de escaso interés? ¿Sobre qué asuntos le preguntaremos para no atragantarnos con su silencio, con su falsa pureza? ¿En qué momento se ha convertido nuestro zeitgeist en un poltergeist?

¿Y qué esperar del poeta, de su cometido; cuáles son esas exigencias agambianas ante las que no puede dejar de responder? ¿Estamos en un momento en que el lector se espera del poeta algo más que monólogos costumbristas o de vanguardia mal digerida sobre cuestiones que solo interesan a él?

Como lector, me gustaría leer una poesía que, a través de la relectura personal y manejo responsable de las tradiciones, aporte respuestas colectivas, dé nuevas vidas a las estéticas, o que al menos ayude a marcar las líneas rojas de la civilización, que no haga de lo personal y lo local un escaparate de souvenirs íntimos. Que, como pedía Carlos Martínez Rivas, no confunda creación con procreación.

1 Tonino Guerra, Poesía completa, Madrid, 2001, Universidad Popular José Hierro. Traducción de Juan Vicente Piqueras.
2 En Años diez, revista de poesía, nº 3. https://www.anosdiezrevistadepoesia.com/numero-3-primavera-2016/
3 Giorgio Agamben, Che cos’è il contemporáneo?, Roma, nottetempo, 2008. La traducción es mía.
4 Born in the Seventies. Una perspectiva española de la pintura contemporánea, Contemporary Istanbul 2024, p. 10.
5  ♓︎  → ♒
6 Los trabajos del mar (1984).

© MIKI LEAL

1. Foro Italico (Stadio Nicola Pietrangeli), 2017
Acrílico y acuarela sobre papel
220 x 304 cm

2. Crecimiento de la pintura, 2023
Acrílico y acuarela sobre papel
220 x 152 cm

3. Escondido en el paisaje, 2024
Acrílico y acuarela sobre papel
220 x 152 cm