POR GONZALO LEIVA

Una vez más, he vuelto a soñar con ella.

Todo comenzó hace un par de años. Me encontraba en las profundidades de la selva camerunesa, en un lugar que nunca antes imaginé que pisaría y que a veces pienso que incluso puede que nunca haya llegado a existir más que en mi imaginación.

Había recibido una invitación para visitar Batoufam, un pequeño reino enclavado entre las montañas de la región del Oeste de Camerún. En ella se me animaba, cordialmente, a asistir a una audiencia oficial con Su Majestad el rey Toukam, decimocuarto en la línea sucesoria del clan y máxima autoridad de la zona.

El exótico palacio tribal, tallado en madera y oculto entre patios defensivos, daba paso a un edificio mucho más prosaico al fondo del complejo residencial, donde el rey pasaba sus jornadas cuando no tenía que ejercer sus responsabilidades. La moderna pantalla de televisión que presidía la sala contrastaba fuertemente con las vestimentas de los presentes, coloridas y llenas de símbolos. El rey se levantó de su trono a recibirme y me indicó que podía tomar asiento frente a él.

La conversación comenzó con una serie de formalismos de bienvenida, nada fuera de lo común, pero poco a poco fue adentrándose en temas que me eran por completo desconocidos, progresando mediante códigos que se me antojaban extraños. Fue entonces cuando apareció por primera vez:

— Lo más oportuno es que mañana le consultemos.

Tras un breve silencio, me atreví a preguntar:

— ¿A quién?

— A la araña.

Al principio pensé que no había oído bien. El rey debió de deducirlo de mi gesto. Al fin y al cabo, no debía de ser el primer extranjero al que le hablaba del tema.

— Sí, has entendido bien, a la araña.

Esta vez lo pronunció más pausadamente. Yo no supe bien cómo reaccionar, pero él, cortésmente, se dignó a explicarme el ritual mediante el cual su pueblo, generación tras generación, había venido tomando cualquier decisión importante, desde negociar terrenos para el cultivo hasta concertar matrimonios entre clanes. Así, el consejo de sabios de Batoufam acudía a la cabaña donde vivía la araña sagrada – oculta en algún lugar secreto del bosque –, depositaba una serie de objetos litúrgicos en su interior y, a la mañana siguiente, interpretaba las telas que ella había tejido en torno a estos para extraer una conclusión sobre cómo proceder con cada asunto.

Pese al desconcierto inicial que me causó su respuesta, tuve un arrebato de curiosidad y quise comprender mejor los pormenores del proceso. ¿Una araña decidiendo sobre la vida de la gente? ¿Cuál era el sentido de aquello, de dónde procedía semejante tradición? Por supuesto, ante mis inquisitivas preguntas, el rey derivó educadamente la conversación a otros menesteres, dándome a entender que aquel conocimiento estaba vedado a los forasteros.

La sesión se alargó hasta la noche, y tras la copiosa cena que me ofrecieron, me dirigí hacia las dependencias en las que me alojaba. Me metí en la cama y me quedé dormido envuelto en el olor a madera seca de la estancia, dudando todavía de si había comprendido realmente todo lo que acababa de escuchar.

Aquella fue la primera noche en la que se me apareció.

La araña surgió de la nada, inmensa, imponente, observándome sin hacer ruido. De vez en cuando movía mecánicamente sus colmillos o alguna de sus interminables patas. Permaneció allí un tiempo, mirándome fijamente, como queriendo decirme algo. En un instante, del mismo modo en que había aparecido, se retiró de nuevo hacia el mundo de las tinieblas.

No sentí miedo ni tuve la sensación de estar viviendo una pesadilla. Me desperté tranquilo, aunque algo extrañado. Achaqué su presencia en el sueño, en todo caso, a lo sorprendente del relato que había oído la noche anterior.

Sin embargo, días más tarde, ya de regreso en casa, volvió a aparecer. En esta ocasión tuve más tiempo para contemplarla. Pude verme reflejado en sus enormes ojos negros, mientras el vello que recubría su gigantesco torso vibraba al respirar. De nuevo estaba inmóvil, apenas algún gesto imperceptible, envuelta en una quietud marmórea. Sentía la tensión que generaba su silencio, como si pretendiese comunicarse conmigo a través de él.

Desde entonces he seguido soñando con ella a menudo.

Desde entonces me sigo preguntando qué querrá decirme.

Tras muchos desvelos, he llegado, al menos, a una primera conclusión parcial: no puede ser casualidad que apareciese aquella primera noche. Muchas veces antes había escuchado historias sobre arañas, pero nunca hasta ese momento asociadas a prácticas adivinatorias u oraculares. Creo que su presencia está vinculada, necesariamente, a ese proceso (¿mágico?) de toma de decisiones en el que ella es la protagonista.

En un intento por dar con la respuesta me he adentrado en el mundo de la interpretación de los sueños. Me he lanzado a investigar el simbolismo arquetípico de los arcanos mayores y el formalismo estructural de los hexagramas del I-Ching. Me he sumergido en los relatos sobre los augures de la antigua Roma y sobre el uso de caparazones de tortuga como instrumentos proféticos en la dinastía Shang.

Llevo meses avanzando y retrocediendo dentro de ese terreno desconocido que se eleva desde las profundidades del subconsciente como un palacio dormido, como un laberinto de geometrías inverosímiles. Me pregunto si es desde allí desde donde emerge también la araña, moradora de ese mundo insondable y primigenio en el que se ocultan todas las respuestas.

Últimamente me he planteado si su presencia me cuestiona acerca de la razón, acerca de su infalibilidad: sobre si nuestra fe ciega en la lógica y el progreso podría no ser más que eso, una fe, dogmática y mistérica, especialmente ahora que los algoritmos que rigen muchos de nuestros procesos de toma de decisión se nos antojan inaccesibles y la mayoría no comprendemos sus mecanismos subyacentes. Si no acudimos hoy a la todopoderosa inteligencia artificial, ignorantes de su ciencia, como se acudía antaño al oráculo de Delfos. Como acuden los habitantes del reino de Batoufam a consultar a su araña.

Mientras tanto, ella sigue apareciéndose cada cierto tiempo en mis sueños y tengo la sensación de que lo seguirá haciendo. Viene para recordarme que hay algo importante que debo saber, algo que todavía se me escapa. Cada vez estoy más convencido de que existe una razón, dentro o fuera de mí, por la que me sigue visitando.

Puede que el sentido último de nuestros encuentros haya sido empujarme a escribir este artículo, o que eventualmente lo encuentre de la forma en la que menos uno lo espera.

Quién sabe.