Los esclavos profundiza en un mundo perturbador en su retrato de la sumisión y parte de esto se consigue con una escritura vertiginosa que busca sobrevenir al lector, solo ocasionalmente con efectismos —como el incesto— que, en todo caso, son bien aprovechados. En su control de los tiempos también logra ralentizar momentos esenciales que nos permiten reflexionar profundamente sobre qué persiguen esos personajes. Si nos centramos en el dominador de una de las parejas que centran este libro de estructura bimembre solo podemos preguntarnos qué tipo de persona es ese millonario que, en cierto modo, colecciona personas a las que anular y destruir por completo. Pero, pese a estar en esa supuesta atalaya del éxito que supone la acumulación de dinero —o quizá por ello— su modo de actuar nos recuerda, como bien señaló Camilo Bogoya, a los retratos que hizo el historiador Suetonio al contarnos las intimidades de los emperadores romanos y sus actos de explotación sexual. 

Como ha quedado claro, esta novela se aleja del interés por lo fantástico para hablar sobre las complejidades de relaciones que, pese a todo, son solo la búsqueda obsesiva de huir de lo anodino a través del control sobre los otros quizá como émulo de una significación humana y, en última instancia, presentar el amor desde una perspectiva conflictiva interna y externa para sus personajes. Como narrador, además, Chimal nos presenta lo que sucede a través de los diálogos de sus personajes, plasmando sus acciones en cada capítulo ante el lector, sin caer en juicios de ningún tipo, para que seamos nosotros quienes tengamos que determinar si estos personajes son culpables o víctimas, si se odian a sí mismos o si odian a los demás, si eso es amor o crueldad. De este modo, escribe el propio personaje de Golo, armado con lápiz y con la propiocepción que lleva a concebirse a uno mismo en tercera persona, que “si Golo es perverso, la perversidad es una virtud. En la balanza de las cosas, rara vez pesan la soltura y la sinceridad con las que reconoce la naturaleza de su alma”.

Quizá por ello cabe preguntarse cómo el autor mexicano, tantas veces respaldado por sellos editoriales enormemente prestigiados en su país, avalados con colecciones sin desperdicio, no ha disfrutado de una mejor apuesta editorial en el ámbito internacional que haya llevado sus obras con mayor facilidad al lector europeo

Señalábamos antes que se había calificado a Chimal de “excéntrico” y de “refinado” y estos dos textos en los que nos hemos centrado ilustran este punto de vista: el autor no persigue estar en el centro del mainstream y parece sentirse más que cómodo alejado de los núcleos canónicos. La fantasía y la ciencia ficción no han alcanzado todavía el tipo de legitimación canónica que experimentó hace ya no pocas décadas el género negro en sus múltiples variantes para resituarlo desde el margen de lo literario en sus centros; en ese sentido, el mundo de los autores iberoamericanos de género fantástico (entendido de modo amplísimo), aunque reconocido en múltiples esferas, sigue avanzando hacia la institucionalización (no valoramos si eso es positivo o negativo) mientras busca escapar de la percepción externa que se cierne para no pocos prejuzgadores como una temible sombra de Macondo y McOndo para definirse en términos propios. Asimismo, los microgéneros, pese a los muchos estudios que han hecho desde el mundo de la academia investigadores como Lauro Zavala en México o Ana Calvo en España, y la innegable multiplicación de su presencia en el sector editorial tanto en Europa como en América, se sitúa también en esas periferias de las dinámicas de mercado, y este sigue siendo el espacio al que se sigue asociando principalmente a Alberto Chimal, pese a que —como hemos visto antes— ha explorado muchos más géneros y formas narrativas. 

Y, como narrador, Chimal es indiscutiblemente refinado. Es algo que produce dominar con maestría la escritura breve con todas sus complicaciones, pero también una pasión adicional del autor a la que no nos hemos referido hasta ahora: su vocación como formador. En Alberto Chimal ensayista es también el Alberto Chimal maestro de escritura creativa: varios de sus libros alejados de la ficción han apostado por esa labor tan complicada de transmitir las claves del oficio de escribir, como en el caso de Cómo empezar a escribir historias (Conaculta, 2012). Muchos de esos libros resultan frívolos, o quizá incluso engañosos, amparados en la noción de que todo el mundo está a veinte cómodos pasos (menos, si es posible) de escribir la mayor novela del siglo. En el caso de Chimal nos encontramos con un texto que es el resultado de destilar sus procesos creativos, reflexionar críticamente sobre ellos y transformarlos en un manual que nos permite conocer mucho mejor cómo alcanza esa refinación a la que han hecho referencia diversos críticos: la atención al detalle y saber que cada palabra debe ser esencial para llenar de sentido y valor el texto para que este resulte cargado de sabor y fuerza al ser leído, sin llegar nunca a transformarse en una sucesión enjuta de palabras.

Con estos pocos ejemplos abordados en estas páginas, y este paisaje perfilado sobre el panorama creativo de Chimal, si algo queda claro es que son muchos los caminos que conducen al autor toluqueño; en consecuencia, son múltiples las vías de llegar hasta él y, además, hacerlo con buen pie. Quizá por ello cabe preguntarse cómo el autor mexicano, tantas veces respaldado por sellos editoriales enormemente prestigiados en su país, avalados con colecciones sin desperdicio, no ha disfrutado de una mejor apuesta editorial en el ámbito internacional que haya llevado sus obras con mayor facilidad al lector europeo, que puede haber corrido el riesgo de no conocer como bien se merece una voz tan apasionada, flexible y llena de matices como la suya.

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