POR GUILLERMO CARNERO

En cualquier otro momento hubiera podido afrontar con total normalidad el asunto al que se refiere el título que encabeza estas páginas, pero hacerlo en la actualidad añade ingratos matices de crispación social y política imposibles de ignorar. En primer lugar, evocar lo que fue para mí Barcelona hace cincuenta años es evocar mi juventud y, si he de ser sincero, no podré evitar ocasionales ribetes de la jovialidad y la inocencia de entonces, que alguien podría, en el contexto actual, considerar frívolos; con todo, las asumo como tales y me felicito retrospectivamente por haberlas sentido. Y, a la inversa y por contraste, mi visión de la Barcelona de hoy ha de parecer sombría, porque la presiden la preocupación y la inquietud.

Además, no me siento a gusto donde a diario se injuria y se trata sin el respeto debido al jefe del Estado de la nación a la que pertenecemos todos. Y, finalmente, he temido volver a Barcelona y verla tan distinta de lo que fue para mí en el decenio anterior a la llamada Transición: expuesta en un ataúd abierto.

*

Mi padre me mandó a Barcelona en 1964 por dos razones. Una, que yo estudiara Ciencias Económicas, que entonces no se podían cursar en Valencia; lo acepté con la condición de cursar simultáneamente Filosofía y Letras. La otra, que él temía que su apellido pudiera perjudicarme en Madrid, al ser recordado en el contexto de la Guerra Civil. Mi padre estudiaba en aquella universidad cuando estalló el golpe militar de julio de 1936 y la abandonó para ingresar como voluntario en el Ejército de la República, en el que permaneció en activo durante la totalidad de la Guerra Civil. En 1939 fue condenado a trabajos forzados y destinado a Figueras, donde conoció a mi madre, natural de Bescanó, provincia de Gerona.

Mi abuelo paterno había sido masón; murió en Valencia el 10 de enero de 1938 y está enterrado bajo una lápida sin símbolo religioso alguno. Mi tío Manuel había sido comunista durante la guerra y siguió siéndolo en el exilio, que pasó en su mayor parte en la Cuba de Fidel Castro, donde publicaba la revistilla de la agrupación cubana del éxodo y el llanto, con el título prestado de Hora de España.

Así pues, vine a Barcelona con diecisiete años para convertirme en economista y futuro hombre de negocios y para soslayar posibles contrariedades derivadas de mi apellido. En esto último, mi padre exageraba sin duda: él había sido un militar limpio de crímenes políticos y mi tío, un exiliado más; pero la Guerra Civil no estaba olvidada en 1964, como sigue sin estarlo en 2018. En cuanto a los problemas policiales, yo me los iba a ganar, como enseguida les diré, por méritos propios, si bien fueron de poca trascendencia.

Ante todo, Barcelona me trae el recuerdo de multitud de lugares de encuentro, elegantes y acogedores, propios de la sociabilidad urbana cuando se iba a los cafés para la conversación y la tertulia. Esos lugares tenían los días contados en toda Europa, aunque algunos se han conservado por ser monumentos de la arquitectura y las artes decorativas (la Casa Municipal de Praga, el café Gerbeaud de Budapest, el Pushkin de Moscú) o porque una afortunada pobreza de décadas ha impedido que fueran víctima de la especulación y material de derribo (A Brasileira de Lisboa, el Slavia y el café del Louvre de Praga).

En Barcelona, esos lugares eran El Oro del Rhin, en Gran Vía-Rambla de Cataluña; Términus, en la calle Aragón; en el paseo de Gracia, el Salón Rosa (con su enorme espejo semicubierto por un cortinón de escayola de ese color); el café del Liceo y el principesco Sándor, en la entonces plaza de Calvo Sotelo (hoy Francesc Macià), con su terraza circular, donde podía tomarse el sol todo el año ante una fila de Ferraris, y donde un café costaba la astronómica cantidad de cinco duros.

Una sastrería de la rambla de Cataluña —puedo nombrarla porque desgraciadamente ha cerrado: Aramis— donde me hice a medida un abrigo de pelo de camello, trajes y un esmoquin, por orden —no exagero— de una señorita de la high life con la que entonces salía, tan exquisita que llevaba a su dálmata a levantar la pata al yacimiento arqueológico de vía Layetana, plaza de Berenguer, y hubiera considerado un desdoro otro lugar menos distinguido.

Una deliciosa pastelería llamada Horno del Cisne; un restaurante cuyo nombre no recuerdo, que ofrecía a los caballeros desaliñados americanas y corbatas, porque no se los admitía sin ellas, y a las señoras y señoritas una carta en la que no figuraban los precios, para que pudieran pedir lo más caro, sin rubor y como por casualidad o, para ser exacto, por destino. Un bar de copas donde un camarero anciano me dio, sonriente y paternal, una lección que nunca he olvidado: cuando al final de la velada y llegado el momento de la propina le tendí un billete de quinientas pesetas pidiéndole cambio, me contestó: «Aquí, muchacho, quinientas pesetas es cambio». Yo no andaba tan alcanzado de dinero como el estudiante medio, pero, aun así, la segunda quincena de cada mes era de obligada austeridad, y entonces solía ir a comer con un grupo de amigos a un figón chileno de la calle Urgel llamado Chiu-Chiu, donde el menú del día, tres platos, postre, bebida y café ascendía a la cantidad de treinta y tres pesetas, es decir, poco más que un café de Sándor con propina.

La delegación del Fondo de Cultura Económica de México, donde compré, en 1965 y de forma semiclandestina, la recién aparecida cuarta edición de La realidad y el deseo, de Luis Cernuda, que incorporaba su último libro, Desolación de la Quimera, y en él poemas que decidieron mi vocación y mi poética, como «Luis de Baviera escucha Lohengrin». El colegio mayor San Raimundo de Peñafort, donde me alojé al llegar a Barcelona en 1964 y del que me expulsaron dos años después por haber participado en la Caputxinada y en otras zaragatas semejantes. El ático de la calle Rocafort que mi padre me compró cuando me expulsaron del Peñafort, y en el que por primera vez me di una ducha con una mujer dentro, mientras sonaba en la radio Un rayo de sol, de Los Diablos (así que era 1969). En aquel piso acogí a Leopoldito Panero cuando lo perseguía por drogata la policía en Madrid, mientras yo hacía el servicio militar; me lo agradeció robándome libros y organizando escándalos las noches en que me tocaba guardia. Un vecino me amenazó un día con llamar a la policía si volvían a salir de mi piso hombres desnudos borrachos y dando voces, así que tuve que echarlo a la calle por muy poeta maldito que fuera, y de ahí data el odio feroz con que desde entonces me distinguió (africano se lo llama por el de Cartago a Roma), y del que me consoló siempre un refrán también africano que dice que todo león tiene su piojo.

Recuerdo las escapadas a Perpiñán para ver allí el cine que la censura impedía proyectar en España (como El último tango en París), censura que se había relajado sin desaparecer gracias a la llamada «Primavera de Fraga», es decir, la situación de Manuel Fraga Iribarne, entre 1962 y 1969, al frente del Ministerio de Información y Turismo, una manifestación de apertura a Europa del tardofranquismo, cuyo alcance, en lo referente a cine y prensa ilustrada, se resumía en una frase que entonces se hizo popular: «Con Fraga, hasta las bragas», esto es, que esa prenda debía seguir en su sitio por mucha libertad moral que hubiera. Una libertad que solía resultar patética, como cuando el Libro de la vida sexual, de Juan José López Ibor (1968), intentaba explicar posturas del Kama Sutra diciendo «Colóquese la esposa…», «Sitúese el esposo…», más toda clase de melindres pudorosos y almibarados.

Los cines de fin de semana de la rambla de Cataluña y el paseo de Gracia, donde se entraba a las diez de la mañana y se salía a la una de la madrugada siguiente, algo que fue una característica de la generación de cinéfilos que fuimos, tal como ha contado Vicente Molina Foix en su última novela, El joven sin alma. El cine de Antonioni, Fellini, Godard, Rohmer, Truffaut y Visconti, con actores como Dirk Bogarde, Montgomery Clift, James Dean y Terence Stamp y actrices como Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Anna Karina, Emmanuelle Riva, Jean Seberg y Delphine Seyrig. Si disfrutábamos el cine con verdadera adicción, sin tregua ni hartura, éramos igualmente devoradores de libros: día y noche no tenían suficientes horas.

Un cine al que se unían las canciones de Gilbert Bécaud (ante todo Nathalie), Jane Birkin y Serge Gainsbourg, Françoise Hardy, Michel Polnareff, Sylvie Vartan y Hervé Vilard (aquel Capri, c’est fini, que tuvo su trascendencia política, como enseguida les diré); canciones que evocó Jaime Gil en «Elegía y recuerdo de la canción francesa», de Moralidades.

La Facultad de Económicas de la Diagonal, donde recibí el primer coup de foudre amoroso, que acabó en la frustración y no en la ducha. Las Ramblas y la plaza de Colón a la que daba la farmacia militar donde hice el servicio. Al tener ficha policial, por haber pasado varias veces por la comisaría de vía Layetana, no pude acogerme al privilegio de las Milicias Universitarias y, así, me presenté como voluntario, opción que permitía, a cambio de casi un año más de mili, escoger el lugar donde prestarla, apaño que urdió mi padre para soslayar el peligro de que me enviaran en castigo a África. La calle Joaquín Costa, donde estaba la casa y el taller del padre de Ana María Moix, una especie de aduanero Rousseau de medio pelo; la calle Maestro Pérez Cabrero, donde vivían Jaime Gil y Salvador Clotas; el Juan Sebastián Bar de la calle Juan Sebastián Bach, donde alguna vez me encontré con Juan Benet; Vallvidrera, Sitges, el funicular y el parque de atracciones del Tibidabo, El Molino en el Paralelo, el Gran Café de la calle Aviñó, la Bodega Bohemia de la calle Conde del Asalto y tantas otras cosas que son demasiado para una sola persona y una sola conferencia.

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