Aunque eso no calzara bien en los lugares comunes del momento, en el Chile de la década de los ochenta del siglo pasado, con Augusto Pinochet y los militares en el poder, se había producido una relativa apertura, acompañada de una proliferación de revistas de oposición, nunca exenta de retrocesos bruscos, de sorpresas desagradables, de amenazas. Escribíamos entre líneas, y los lectores entendían perfectamente bien lo que estábamos diciendo, y muchos llegamos a ser verdaderos maestros de esa escritura enmascarada, de aquello que algunos llamaban «lenguaje de Esopo». Nos reunimos muchas veces en mi departamento de la calle Santa Lucía, frente al cerro de la fundación de la ciudad, con poetas, escritores, periodistas de diferentes sectores, dramaturgos y actores chilenos, y nunca pasó nada realmente inquietante. Todos estábamos alertas, atentos a teléfonos, pisadas, ruidos de ascensores, pero ningún funcionario de seguridad tocaba el timbre. No faltaban los plumíferos retóricos, de estilo palaciego, que pronunciaban largos discursos. Arthur Miller y Bill Styron, a propósito de uno de ellos, a quien la incontinencia verbal había dejado pálido, trémulo, me dijeron en voz baja: «What a terrible man!». Arthur tenía la manía de comparar casi todo lo que observaba en Chile con lo que había visto hacía pocos meses en Turquía. A veces me daba la impresión de que viajaba demasiado y se había equivocado de país. Sin embargo, era un observador atento, apasionado, y tuvo una idea interesante. El periodista Juan Pablo Cárdenas, animador de una de las revistas de oposición más conocidas, podía andar libre de día, pero estaba condenado a regresar todas las noches a dormir en la cárcel. Miller propuso que todos acompañáramos a Cárdenas en su regreso a la prisión y que nos despidiéramos afectuosamente de él en las puertas de la cárcel, frente a sus carceleros. Así se hizo, y ya no recuerdo durante cuántos días.

En mi recuerdo y en mi relectura actual de su obra, veo a Arthur Miller como un escritor del compromiso social y también de la lucha por las libertades públicas. Muerte de un viajante es el drama de la persona devorada por la rutina, por el tiempo, por la necesidad. En una sociedad donde todo se vende, Willy Loman, el personaje principal, está condenado a ser vendedor hasta el final de sus días, aunque odie su profesión. Los actores que hicieron el papel de Loman, como Fredric March, como Lee J. Cobb, pasaron a ser leyendas del teatro moderno. El diálogo de las obras de Miller era coloquial, callejero, incisivo, con momentos de aspereza y hasta de brutalidad. Era un teatro de la realidad cotidiana con todos sus matices. A veces, como en Las brujas de Salem, sale al primer plano, a la escena teatral, una especie de historia del fanatismo, de la intolerancia política y religiosa, de la caza de brujas. Miller había sido llamado a declarar por el Comité parlamentario de Actividades Antinorteamericanas, el del famoso senador McCarthy, en los comienzos de la Guerra Fría, y se había negado en forma pública, en una época en que era muy difícil y peligroso hacerlo, a colaborar. El primer director de la puesta en escena de Muerte de un viajante fue Elia Kazan, cuyos problemas con el comité anticomunista de McCarthy fueron mundialmente divulgados.

Con esos antecedentes, asistir a las reacciones, los comentarios, las actitudes de Miller en el Chile del pinochetismo adquiría un interés doble. A cada rato se revelaba su acabado sentido profesional como hombre de teatro. Podía citar un episodio del teatro clásico griego o descubrir los aspectos teatrales de un episodio cualquiera. En cierto modo, era la antípoda casi exacta de William Styron. Styron era silencioso, introvertido, más afectuoso, en algún sentido, y más distante, incluso más indiferente, en otro. Pero la obra de Arthur Miller es teatro en todo momento, con el exceso en la teatralidad que uno suele encontrar en Samuel Beckett, en Eugène Ionesco, en Albert Camus. La prosa narrativa de Styron se entrega con menos facilidad, aunque con elementos dramáticos que a veces van más lejos. Y su ensayo sobre la depresión y la locura, traducido como Esa visible oscuridad, leído muchos años después de haber sido testigo cercano en Chile, sin sacar conclusiones rápidas, pero con un matiz de perplejidad, con una pregunta no formulada, de su silencio, de su repliegue, adquiere un sentido mucho mayor. Es la literatura como forma de acción, de combate, de compromiso, en el caso de Miller, y como enfermedad, como apasionada opción estética, como instinto de muerte, en el otro.

Antes de su regreso a Nueva York, le entregué a Miller una traducción al inglés de mi Persona non grata. Era una respuesta a infundios que le había tocado escuchar a sus informantes americano chilenos. Pocas semanas después recibí una extraordinaria carta suya, que no tengo ahora a la vista, pero que se encuentra en la última edición española de ese libro. Esa carta era la crítica de cualquier dictadura unipersonal, de la idea del hombre providencial, capaz de solucionar todos los problemas de una sociedad. Era perfectamente válida para los casos de José Stalin y de Fidel Castro. Después le escribí a Miller desde la Universidad de Georgetown, en Washington D. C., donde dictaba un curso de literatura latinoamericana, y me respondió con una invitación a un estreno de teatro suyo en la isla de Manhattan. Me parece que esto ocurría en lo más crudo del invierno norteamericano de 1989. Tomé un tren, después de despedirme en el café de la estación de José Donoso, que vivía en esos días con Pilar, su mujer, en Washington y trabajaba en un centro de estudios muy conocido. Recuerdo que hablamos del depósito de sus archivos que había hecho Pepe en la Universidad de Princeton y de su deseo de que esos papeles sólo fueran conocidos treinta años después de su muerte. Puso la condición por escrito y entiendo que no fue respetada en circunstancias y por razones que desconozco. Emprendí mi viaje en ferrocarril pensativo, en alguna forma conmovido, hundido en la contemplación de un paisaje de nieve, de niebla y nubarrones densos. Asistiría después a una gran ceremonia teatral y a una cena de amigos. De repente, se escuchó un ruido muy fuerte debajo del tren; al poco rato, el expreso de Washington D. C. a Nueva York se detenía gradualmente en medio de la planicie congelada. Empezó a entrar un frío glacial a los carros y todos los viajeros tuvimos que recurrir a nuestros abrigos, nuestras bufandas, a todas las prendas de lana que pudiéramos sacar de nuestros maletines. Ocurría que un pesado cascote de hielo que se encontraba entre los rieles había golpeado contra la parte inferior del tren y había destruido uno de los elementos esenciales de la calefacción. El viaje tranquilo, reflexivo en medio del paisaje invernal se había transformado en una detención peligrosa, con serios riegos de congelación general. Tuvimos que regresar en condiciones precarias a nuestro punto de partida. Cuando le conté el episodio por teléfono, a la mañana siguiente, a Arthur Miller, hizo una larga, interesante reflexión sobre las trampas y los peligros de la modernidad. Había hecho un viaje hacía poco junto a un piloto veterano de aviación y había notado que, cuando la aeronave aterrizaba, su vecino el piloto se aferraba a su asiento con cara de pánico. «En conclusión —me dijo—, si hubieras viajado en diligencia, como en el siglo xix, habrías llegado a la cita con la mayor seguridad, sin el menor percance».

En resumen, nos reímos y quedamos de vernos en una ocasión próxima, cosa que nunca ocurrió. Y nunca volví a saber de Bill Styron y de Rose, su mujer. De todos modos, leo, ahora, una mediocre traducción de los relatos de juventud de Styron, relatos de guerra naval en el Pacífico y de enormes moles de acero sometidas al ataque de aviadores japoneses suicidas, historias que me hacen pensar en narraciones de Jack London leídas hace largas décadas, y entro enseguida en una extraordinaria novela antiesclavista, a pesar de que una novela no debería ser anti o pro nada, Las confesiones de Nat Turner, y me digo que Styron es uno de los grandes escritores norteamericanos modernos, y pienso que quizá su silencio, su introversión, su esbozada depresión conspiraron para que no fuera más conocido y más leído fuera de su país, pero así son los vericuetos y los ocultamientos de la literatura, y quizá es mejor que así sean.

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