El de Madrid no fue un cerco heroico e intenso que nos hubiera podido legar una sinfonía como la Séptima de Shostakóvich, con sus apelaciones a la grandeza —metales y percusión— de lo colectivo. En Madrid, la vetusta artillería hizo más daño que los bombardeos aéreos y afortunadamente las cifras de pérdidas humanas, siendo enormes, no tienen parangón con los aterradores sitios que traería la Segunda Guerra Mundial. Fue un mundo donde el egoísmo, la desconfianza y la delación camparon libremente: los hubo entre vecinos acomodados y porteros «rojos»; entre enchufados y sospechosos, entre propietarios y realojados, y aquello amargó muchas vidas y gestó venganzas y denuncias de largo recorrido. Hubo matanzas indiscriminadas de presos a la vez que, sin embargo, se mantenían juicios ante tribunales mixtos en los que la intervención de abogados sensatos y magistrados de carrera, hizo que no fueran infrecuentes las absoluciones o las condenas leves; las actividades predatorias de las patrullas de los partidos y sindicatos convivieron con las actitudes de magnanimidad de muchos altos funcionarios y con la explícita condena de otros (y más de una vez acabaron en los tribunales quienes buscaban la justicia por su mano). Y hubo también paradojas… Fue una incauta frase de propaganda del general Mola la que creó el mito de una «quinta columna» que, desde el interior de Madrid, colaboraba con las fuerzas militares del asedio: su imprudencia jactanciosa costó seguramente muchas vidas. Pero, a la vez, la voluntad de resistencia convirtió a un general sin demasiado relieve —José Miaja— y a un pundonoroso y preparado oficial de Estado Mayor —Vicente Rojo— en los artífices de una defensa que preservó la ciudad hasta el final de la contienda, como supo contar con admiración un testigo tan imparcial como Manuel Chaves Nogales. Y no faltaron otros testimonios literarios, no siempre desdeñables, que Castillo ha sabido utilizar con oportunidad: la fantasía sádica del jonsista Tomás Borrás en Checas de Madrid, el empalagoso estilo de las novelas de Concha Espina, la infrecuente impavidez de Francisco Camba en Madridgrado; el cinismo mezclado a un tono despiadado y desdeñoso que mostró Wenceslao Fernández Flórez en Una isla en el Mar Rojo; la truculencia empecinada, tocada alguna vez de rara piedad, que tentó a Pío Baroja en Miserias de Madrid; el desparpajo altoburgués de Conchita Carro —tal era el nombre real de la actriz Conchita Montes— en el relato Paco y las duquesas, que apareció en La Novela de Vértice (1939)… O la sorprendente escenografía expresionista que dejó ver un filme falangista muy olvidado, Rojo y negro (1942), de Carlos Arévalo, cuyo rescate debemos a un libro de Vicente Sánchez Biosca.

Todo esto se cita y utiliza en esta suite de «un Madrid extraño, hostil para unos y épico para otros», donde nos inspira «vértigo observar el cambio tan radical que se produce en la vida de algunas personas a raíz de la sublevación y en tan solo unas pocas semanas. Y es que la guerra, que es un fenómeno social total que implica a todas las estructuras y afecta a todas las personas, llevó a que la existencia y el modo de pensar de personajes como los que protagonizan esta extraña retaguardia se transformasen radicalmente […]. Unos pasan de perseguidos a perseguidores y, otros, de mandar a obedecer». Sin duda, esa es la clave que ha fascinado a nuestro Calderón moderno: la sensación de que el destino estaba procediendo a un reparto aleatorio de papeles en la tragedia que acababa de levantar el telón. Alberto Castilla Olavarría había sido falangista y, como tal, fue efímero quintacolumnista, pero enseguida logró adquirir poder en el SIM (Servicio de Información Militar) republicano como perseguidor de sus antiguos amigos, pero también como partícipe en el secuestro y desaparición de Andreu Nin, por cuenta de los mandos soviéticos. El ya mencionado Alfonso López de Letona fue guardaespaldas del líder monárquico Antonio Goicoechea y antes, delincuente menor y legionario, una secuencia vital bastante frecuente. En el tercio conoció a Antonio Verardini, de muy parecida trayectoria, y ambos fueron activos informadores de la policía republicana. Cuando muchas embajadas extranjeras empezaron a acoger perseguidos de relieve (en virtud de una interpretación bastante laxa de la inmunidad diplomática), Verardini y López de Letona crearon una inexistente embajada de Siam que fue un cazadero de pobres incautos que confiaron en sus antiguos amigos,  quienes les sacaron fuertes sumas de dinero, antes de traicionarlos.

No faltaron personajes de identidades múltiples cuya personalidad real no es fácil dilucidar: Isabel del Castillo fue el nombre que adoptó Cándida del Castillo en sus actividades contra la quinta columna y que, tras oscuras peripecias, logró escapar a Francia. Fue la madre del novelista francés Michel del Castillo (nacido en 1933, de su matrimonio con un aristócrata francés al que abandonó); más tarde, Michel noveló sus amargos recuerdos de infancia y adolescencia en un libro, Tanguy (1957), que fue uno de los éxitos de su época: su madre no quedó muy bien parada y uno y otro se desmintieron mutuamente. Regina García había sido socialista antes de la guerra y durante su transcurso trabajó para su correligionario Ángel Pedrero, alto jefe del SIM. Pero, acabada la guerra, se hizo fervorosa apologista del franquismo y escribió unas memorias donde hizo patente su arrepentimiento. No fue el caso de Antonio Bouthelier, figura destacada de la Falange de preguerra y letrado de las Cortes, que pasó la contienda en Madrid donde fue a la vez uno de los dirigentes de la quinta columna y colaborador de la prensa anarquista; acabada la guerra, fue el organizador —junto al escritor Samuel Ros— del pintoresco y descabellado cortejo fúnebre que trasladó los restos de José Antonio Primo de Rivera desde el cementerio de Alicante al Monasterio de El Escorial. A Segundo Serrano Poncela, joven escritor socialista, le marcó el resto de su vida haber sido uno de los responsables del orden público durante los peores momentos del cerco de Madrid; muy pronto, casi todos sus camaradas descargaron sobre sus espaldas la responsabilidad de las sacas de las cárceles madrileñas y los correspondientes fusilamientos masivos. Seguramente tuvieron razón, pero no sirvieron para indultarle ni el valor de sus intensas narraciones del exilio —que publicó a finales de los cincuenta y primeros sesenta— ni una novela tardía, La viña de Nabot (1979), que dio su versión amarga y desolada de la contienda que perdió dos veces: ante sus enemigos y ante sus compañeros.

Pero entre tantas vidas erráticas y tantas miserias humanas también hubo historias de mala sombra injusta y pertinaz. Una es la del policía profesional Lorenzo Aguirre, que siguió en su puesto y llevó a cabo la depuración política del cuerpo en Madrid. Como muchos de los mencionados, fue fusilado en los primeros años de posguerra; en su caso, particularmente malaventurado, tras haber emigrado a Francia y luego regresado a España. Pero Aguirre era también un excelente pintor del paisaje levantino y solo en 1999 una monografía de sus paisanos navarros Camino Paredes y Gregorio Díaz Ereño puso de relieve esta dimensión de su vida. Diferente, aunque también penoso, fue el caso de Lupe Sino, nombre artístico de Antonia Bronchalo Lopesino (apellido del que supo sacar un alias sugestivo), que fue «chica de Chicote», bailarina de cabaret luego y que se casó en 1937 con nuestro ya conocido Antonio Verardini, en una boda de rumbo a la que acudieron el jefe de milicias anarquistas Cipriano Mera y el entonces comandante Segismundo Casado. Acabada la guerra, sobrevivió en Madrid donde llegó a ser la famosa novia del torero Manolete, tan denostada por doña Angustias, madre del diestro, como por la prensa sensacionalista de entonces (una rápida exploración en internet me hace saber que, muerto Manolete, Lupe volvió a México, donde ya había vivido, se casó y se divorció allí y, a la postre, regresó a su país para fallecer en 1959, con poco más de cuarenta años, en un piadoso olvido).

Todas estas vidas erróneas han encontrado un albacea sensible y fiel en Fernando Castillo. Por supuesto, son ya muchos —y todos tienen su lugar en la bibliografía final— los libros que ya han explorado la historia de la violencia en la Guerra Civil. Los hay exculpatorios y condenatorios, virulentos o impávidos, pero La extraña retaguardia ha hecho suya la tarea más difícil de ejercer la humana compasión con el recuerdo de los desdeñados. Y de ese modo, quizá anticipa algunas de las páginas de esa historia moral de la guerra civil que algún día alguien tendrá que escribir.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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