El Autina del poema de Flores fue el cacique de la tribu agua fresca, uno de los cinco cacicazgos principales, y el mayor enemigo de Saturiba. Tenía unos cuarenta caciques subordinados y aliados con él, incluyendo la tribu de Mocoso. Era más poderoso que Saturiba (Hann, 2003, p. 80). Laudonnière se alió con Autina y esto molestó a Saturiba. Los franceses apoyaron a Autina en su guerra contra Potano y comenzaron a comerciar con él pero se volvieron dependientes, por lo que Autina comenzó a exigirles más beneficios por la comida y estos lo capturaron como rehén. Saturiba pidió a los franceses que le entregaran a Autina, lo que posiblemente provocó que indios de la tribu agua fresca ayudaran a Menéndez de Avilés en su ataque contra los franceses y le avisaran de que 200 franceses habían sobrevivido al ataque al fuerte Carolina. Menéndez de Avilés navegó desde San Agustín para visitar a Autina, que le pidió ayuda para que lloviera; comenzó a llover y Autina temió el poder de Menéndez de Avilés, al que le rogó que no entrara en su territorio. Menéndez de Avilés le dijo que iba a seguir río arriba y Autina ordenó a sus villas que le dieran comida y no lo atacaran. De regreso a San Agustín, Menéndez de Avilés se encontró con Autina, quien le rindió homenaje y aceptó aliarse.[8]

El Curucutucu que menciona el poema de Flores es en realidad la tribu tacatacuru. Su territorio abarcaba la isla de Cumberland, al Norte del río San Juan. Eran aliados de Saturiba y enemigos de Autina. Aunque hablaban timucua, tenían un dialecto diferente y mantenían su independencia política de otros grupos timucua.[9] En 1566 los tacatacuru mataron al sacerdote Pedro Martínez, quien fue el primer mártir jesuita en la Florida (Oré, 2014; Gannon, 1965). Martínez, junto al hermano Francisco Villareal y al padre Juan Rogel, llegó a la costa de la Florida el 28 de agosto de 1566. El piloto del barco no pudo encontrar puerto y envió un pequeño bote cerca de la desembocadura del río San Juan en busca de agua potable. En el bote iban el padre Martínez y unos marineros. Una tormenta inesperada arrojó el barco fuera del mar y Martínez y los marineros fueron atacados por los tacatucuru, que lo mataron (Lyon, 1976, p. 377). En venganza, los españoles quemaron varias aldeas y Menéndez de Avilés ordenó la muerte del jefe de los tacatacurus (Lowery, 1905, pp. 270-274 y 289-290). En enero de 1569 los españoles emprendieron una ofensiva contra los tacatacuru y construyeron un fuerte en la isla de Cumberland. Entonces los tacatacuru se vieron forzados a pactar una paz con los españoles (Hann, 1996, pp. 66-67).

La tribu alimacani que menciona el poema vivía en la isla de Fort George, al Norte de la aldea de Saturiba (Milanich, 1996, p. 49). Alimacani fue uno de los líderes indígenas que salió a recibir a Ribault en 1562. También estuvo junto a Saturiba en el recibimiento a Gourgue en 1568. Las crónicas no ofrecen información sobre el supuesto grupo indígena cuncubi. Posiblemente es una ficción del poeta. La Mocosa que menciona Flores puede que se refiera a la tribu mocoso, aliada de Autina. Su territorio estaba en las cercanías de la bahía de Tampa (Milanich, 1996, p. 63). El Bacu que figura en el poema como líder de la tribu mocosa quizás sea otra licencia poética de nuestro autor.

Al final del poema aparece otra sección dedicada a la «Natura de árboles que amplía el catálogo»; estas plantas se distinguen por su valor medicinal. El pequeño inventario farmacéutico corre de la mano de noticias sobre curas y sobre medicinas maravillosas procedentes de América que las crónicas introducían en el imaginario europeo. Podemos afirmar con bastante certeza que la información sobre estas plantas medicinales presente en el poema viene de la obra de Nicolás Monardes a la que nos referimos páginas arriba. Veamos la segunda parte del catálogo poético:

Natura de arboles. // Vn arbol grande y florido / en aquesta tierra esta / que ninguna fruta da / el qual es atribuydo / en rama y gusto, al Manna. / Es arbol de tanta prez / este, que los indios tienen / que de muchas partes vienen / a comprallo en cierto mes / que solo del se mantienen. / Otro arbol nasce aqui / que esta verde de contino / de la hechura de Pino / do sacan el Menjuy / y el Estoraque mas fino, / Vn arbol llamado Taca / ay en las Indias de España / del vno cogen con maña / la fina Tacamahaca / y del otro, la Caraña.

El «árbol grande y florido» similar al «maná» recuerda al fresno del maná o fresno florido (Fraxinus ornus), una especie endémica europea. El «maná sabroso… exudado» se parece a la resina que producen ciertas especies de árboles, pero sobre todo el fresno (Fraxinus angustifolia) (Morales, 2005, p. 29). Según Font Quer (1961, pp. 739-740), la fama de este se debe a sus virtudes médicas, ya que «es un purgante de sabor dulce, suave». En este caso, la comparación poética sirve para establecer un ámbito de referencia conocido en España. El siguiente árbol es «de hechura de pino», de donde «sacan el menjuy / y el estoraque más fino». Dada la variedad de pinos americanos (Pinus sp.)
y su similitud con las especies europeas, no hay ningún detalle en la descripción del árbol que permita identificarlo con seguridad (Pardo Tomás y López Terrada, 1993, p. 313). Según Daniel Austin (1980, p. 27), el pino floridano puede ser el pino blanco Pinus clausa (Engelm.) o el pino amarillo Pinus palustris Mill, pero no tenemos detalles que permitan fijar en un tipo particular la alusión poética pese a las muchas referencias a pinos en las crónicas de Cabeza de Vaca y de Barrientos.

Tanto el benjuí (Styrax benzoin Dryander Styracaceae) como el estoraque son resinas que se obtienen de plantas. Ambas eran famosas desde la Antigüedad por sus propiedades cosméticas y medicinales. En España, desde el siglo XV, se conocían dos variedades: el benjuí de Siam, empleado en la perfumería, y el benjuí de Sumatra, que tenía propiedades farmacéuticas.[10] La importancia de la planta americana fue analizada por José Pardo Tomás y María Luz López Terrada. Su comentario nos ayuda a valorar el atractivo que esta noticia podía tener para los oyentes del pliego de Bartolomé de Flores:

De todos los sucedáneos de resinas que fueron hallados por los primeros europeos que viajaron a aquellas tierras, el que se impuso con más fortuna, hasta el punto de adquirir mayor difusión que su referente clásico, fue, sin duda, el estoraque. El estoraque clásico era la resina extraída de un árbol originario de Asia Menor y que se denominaba liquidámbar (Liquidambar orientalis Miller). Su uso se había generalizado en Europa occidental a partir de la Baja Edad Media, a través del mundo islámico, que lo había incorporado del saber de la medicina bizantina, concretamente de autores como Pablo de Egina y Aecio. Pero el descubrimiento por parte de los conquistadores españoles de una especie americana de liquidámbar (L. styraciflua L.) supuso la importación generalizada de su resina y acabó por sustituir en el mercado europeo al estoraque asiático (Pardo Tomás y López Terrada, 1993, p. 206).

Aunque el estoraque (Styrax officinalis L. Styracaceae) se menciona en las crónicas de Cabeza de Vaca, Barrientos y López de Gómara, la fuente del poema parece ser otra vez la obra citada de Nicolás Monardes (1569, pp. 8-9), donde se detallan las diferencias entre la variedad asiática (Liquidambar orientalis Mill.) y la nueva especie americana (Liquidambar styraciflua). En su estudio clásico sobre La Celestina, Modesto Laza (1958, p. 131) describió las propiedades aromáticas del estoraque. Esta característica explicaba el interés del público en conocer su existencia; también podía emplearse como desinfectante. José María López Piñero y María Luz López Terrada (1997, pp. 48-49) destacan que el descubrimiento de esta planta representó un importante evento en la historia de la medicina: «Monardes se ocupó de una serie de resinas y oleorresinas procedentes de especies de los géneros Elaphrium, Icica, Hymenaea y Rhus, entre ellas, la tacamahaca (de Elaphrium tecomaca [D. C.] Standl.) y la caraña (de Icica caranna H. B. K.); precisó la información relativa al aceite de Liquidambar styraciflua L., destacando su uso “en lugar del estoraque”, es decir, de la oleorresina del árbol Liquidambar orientalis L., procedente de Asia Menor».

Continúa Flores la descripción del catálogo arbóreo con «un árbol llamado taca» de donde extraen «la fina tacamahaca» y «la caraña». La tacamahaca (Elaphrium tecomaca [D. C.] Standl.), conocida como álamo balsámico, y la caraña (Icica caranna H. B. K.) son ambas, para Monardes, resinas obtenidas por incisión en ciertos árboles. La tacamahaca es una resina que sirve de remedio para las hinchazones, el mal de la matriz, los dolores de muela y de espalda y la artritis (Monardes, 1569, pp. 19-24). La tacamahaca y la caraña se usaban para hacer sahumerios con los que curar los dolores de estómago en los niños, según Francisco Núñez en el Libro intitulado del parto humano, en el cual se contienen remedios muy vtiles y vsuales para el parto difficultoso de las mugeres, con otros muchos secretos a ello pertenescientes (Impreso en Alcalá en casa de Iuan Gracian, 1580, fol. 159r). Dice Monardes (1569, p. 4) que la tacamahaca es buena para curar las heridas y los dolores de espalda, de cadera, de articulaciones y de cualquier otra clase: «Así mismo traen de Nueva España otro género de goma, o resina, que llaman los indios tacamahaca. Y este mismo nombre le dieron nuestros españoles. Es resina sacada por incisión de un árbol grande como álamo, que es muy oloroso echa el fruto colorado como simiente de peonia».