La siguiente planta mencionada por Bartolomé de Flores es el nogal (Juglans regia L.). En este caso también es dudosa la referencia porque el nogal fue introducido en las Américas en el siglo xvii. Según Pío Font Quer (1961, p. 111), el nogal (Juglans regia L.) «es un árbol de gran porte, de tronco grueso y no muy elevado, pero con grandes y abiertas ramas, que forman ancha copa. Pierde las hojas en invierno, y cuando va a echar otras nuevas, en primavera, le salen al mismo tiempo las flores». También recuerda que Dioscórides y Laguna atribuían al mismo propiedades medicinales (Font Quer, 1961, p. 113). Posiblemente nuestro poeta habla del nogal común, nogal europeo o nogal español inspirado por los testimonios sobre la Florida de Cabeza de Vaca (1989, cap. VII, p.97): «Por toda ella hay muy grandes árboles y montes claros, donde hay nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros, sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos». Como aclaran Pardo Tomás y López Terrada (1993, p. 307): «Sin embargo, otra juglandácea diferente, la Carga pecan Engler. et Graeb., es también llamada nogal y es probable que sea de la que habló Cabeza de Vaca, pues es nativa de las regiones surcentral de Estados Unidos y norteña de México, donde recibe el nombre de pacán o pecán».

Es un conjunto de tunas, palmas, higueras, avellanos y nogueras, junto a «frutas ras». La renovación del tema del catálogo arbóreo aparece además en la imitación del motivo del jardín edénico –de larga trayectoria desde la Arcadia clásica–, una transposición poética del paraíso terrenal, lugar de felicidad y vida serena (Giamatti, 1966, p. 179). Su descripción sigue los tópicos del jardín del paraíso cristiano, por eso hay árboles frutales (Curtius, 1955, pp. 285-286). También se emplean frases que siguen las normas retóricas del paraje ameno para iniciar el recuento de las sensaciones, una técnica que vemos en varios pasajes de la épica clásica. Además, en ese tiempo maravilloso el clima es templado, la primavera eterna, no hay sufrimientos ni enfermedades, las aguas fluyen desde una fuente cristalina y el pasto es verde y brillante (Giamatti, 1966, p. 70). En esta descripción del paisaje los atractivos mencionados ascienden a siete. En la enumeración el poeta emplea todos los sentidos, ejemplificando esa simetría y didactismo de las descripciones tópicas de los paisajes amenos en la literatura clásica (Curtius, 1955, p. 283). Bartolomé de Flores ofrece una imagen del paisaje grata a la vista –un prado que varía cromáticamente gracias a las diversas plantas–, al tacto, al gusto y al oído, sin una referencia precisa –más bien imaginable– del olor de las flores. El poeta utiliza una antigua imagen del prado ameno que se remonta a la Ilíada (XIV, vv. 345-350) y a la Odisea (VI, vv. 122-124) (Bettin, 2006, pp. 957-1044).

Bartolomé de Flores introduce una innovación importante a los jardines de la tradición literaria clásica (Virgilio, Eneida, VI; Bucólicas, III) y renacentista (Ariosto, Orlando furioso, X; Camões, Os Lusíadas, IX) porque privilegia lo americano al colocarlo como signo de referencia junto a lo culto y a lo clásico. El poeta se apoya en las conocidas imágenes literarias del paraíso cristiano y de la Edad de Oro para anunciar a los lectores y oyentes la riqueza de las nuevas tierras conquistadas. Quizás con estas exageraciones el poema cumplía la función de atraer nuevos colonizadores a la Florida, siguiendo la estrategia de Pedro Menéndez de Avilés (2002, pp. 152-153) en su carta a Felipe II del 15 de octubre de 1565:

Porque en estas tierras habrá muchas y muy buenas granjerías. Como será que habrá vino mucho, muchos ingenios de azúcar, mucho número de ganados que hay grandes dehesas, mucho cáñamo, brea y alquitrán y tablazón […]. Habrá todo género de frutas; hay muy bonísimas aguas, bonísimo temple de tierra; habrá mucho arroz y muchas perlas en las riberas de Santa Elena, donde tenemos nuevas que las hay, y entrando más adentro desta tierra, habrá donde se pueda coger mucho trigo y hacer mucha seda.

El cronista Barrientos también describe plantas semejantes a las mencionadas en el poema de Bartolomé de Flores, donde la naturaleza aparece como elemento predominante. Esta innovación se logra al hablar de la flora americana que presenta como una naturaleza heterogénea en dos sentidos: en primer lugar, por su propia condición autóctona y, en segundo lugar, por el vocabulario indígena que nombra a esta flora.

La descripción de las plantas se interrumpe en el poema para prestar atención a los habitantes de la Florida, a quienes se describe como gigantes de nueve codos de altura: «Gentes de nueue codos. / Y nauegando su altura / cosa digna de contar / puedo por cierto affirmar / tener su legua de anchura / tres mil leguas de la mar / Y en la parte Ocidental / viue gente tan crescida / de gentilidad vencida / que tienen justo y caual / nueue codos por medida».

El tema de los gigantes es de conocida trayectoria, basta recordar los ejemplos de Goliat en la Biblia y de Polifemo en la Odisea, por no mencionar la estela de gigantes de la literatura medieval y renacentista. Es otro de los tópicos de las crónicas de América, reactivado después del viaje de Magallanes y Elcano y su encuentro con los patagones. Aquí Flores parece seguir otra vez el testimonio de Cabeza de Vaca (1989, cap. VII, p. 100), quien dice en los Naufragios: «Cuantos indios vimos desde la Florida aquí todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza». Unos capítulos más adelante el propio Cabeza de Vaca (1989, cap. XI, p. 117) relata en tono de sorna: «Y así llegó donde estábamos, y los indios se quedaron un poco atrás asentados en la misma ribera, y después de media hora acudieron otros cien indios flecheros, que ahora ellos fuesen grandes o no, nuestro miedo les hacía parecer gigantes, y pararon cerca de nosotros, donde los tres primeros estaban». La inclusión de gigantes en el poema tiene la función de incitar el espíritu de aventura y peligro que estos seres despertaban entre los europeos del siglo XVI y, de esta manera, captar mejor la atención de los oyentes y lectores.

En la siguiente sección del poema, Flores menciona «cinco maneras de gentes», quizás para mantener el equilibrio poético de la descripción de las cinco plantas anteriores, o para incluir a las tribus descritas por las crónicas españolas de la Florida. El poeta cita los nombres de cinco líderes indígenas: Saturiba, Autina, Curucutucu, Alimacani y el Bacu. Esta es la primera representación poética de los indígenas norteamericanos:

Satriba, y Autina, reyes. // Esta tierra no consiente / enfermedad ni dolencia / ni reyna concupiciencia / de partes del Oriente / esta la nueua Valencia / Aqui reyna Satriba, / con Doresta su muger / el qual tiene tal poder / que el poderoso Autina / jamas lo puede vencer. // Curucutucu, y Alimacani, Reyes. / Tambien Curucutucu / que nunca tal nombre vi / en tierra de Cuncubi / y en la Mocosa el Bacu, / y el fuerte Limacani, / En armas tan esforçado / era el barbaro y ligero / de rostro espantable y fiero / muy velloso y desbaruado / colorado todo el cuero.

Desde la expedición de Juan Ponce de León en 1513 las relaciones entre los conquistadores europeos y los indígenas de la Florida oscilaban entre la promesa de alianza, el suministro de alimentos, la tensa hostilidad y el ataque. La de Saturiba era una de las cuatro grandes tribus de la etnia Timucua que habitaban en el norte de la Florida en el siglo XVI. El líder Saturiba gobernaba sobre unos treinta cacicazgos que incluían a varios miles de indígenas, quienes vivían en conflictos permanentes entre sí. Su influencia se extendía desde el litoral sur del río San Juan hasta su desembocadura,[6] en un territorio ubicado entre las actuales ciudades de Jacksonville y San Agustín. Tenían una sociedad estratificada y dividida en una nobleza hereditaria y una clase común, con cierta movilidad social (Hann, 1996, p. 25). La tribu de los saturiba entró en contacto con los franceses primero, y se convirtieron en sus aliados. Recibieron a Ribault y luego a Laudonnière, a quien el líder saturiba entregó objetos de plata (Hoffman, 2002, p. 218). En 1564 Laudonnière se alió con Saturiba, que le confesó que su mayor enemigo era Autina (DeCoster, 2013, p. 380). Los franceses atacaron a la tribu potano en apoyo a Autina. Esto creó problemas entre los franceses y Saturiba. En septiembre de 1565, Saturiba entregó a los españoles algunos franceses que habían buscado refugio con ellos. Hacia noviembre de 1565 los españoles y la tribu de Saturiba mantenían buenas relaciones –incluso algunos indios se mudaron cerca del fuerte San Mateo para comerciar con los españoles–, pero las mismas se deterioraron. En marzo de 1566, indios saturiba capturaron al español Rodrigo Troche y su líder ordenó que le sacaran el corazón.[7] Por esta razón, Menéndez de Avilés navegó río arriba, hacia el norte, para buscar alianzas contra Saturiba. Intentó obtener el apoyo de Utina, pero este se negó. Luego llegó hasta la tribu mayaca y logró aliarse con indígenas de la tribu calabay (Lyon, 1976, pp. 168-169; Ruidíaz, 1893, II, p. 155). En marzo de 1567 Menéndez de Avilés trató de entrevistarse con Saturiba, pero este rehusó (Lyon, 1976, p. 180). Después del fracaso de los intentos de alcanzar la paz, los españoles comenzaron entre julio y agosto una campaña militar contra los saturiba que se prolongó hasta 1568. Como consecuencia, el 25 de abril de 1568 se produjo un ataque conjunto de los saturibas y los franceses, bajo el mando de Gourgue, contra las casas y el fuerte San Mateo (Hoffman, 2002, p. 58). Quizás los timucuas se vieron involucrados en los conflictos entre franceses y españoles, o actuaron buscando sacar ventaja en sus conflictos internos; al final, su participación los convirtió en enemigos de los españoles.