SONIDOS DEL ÁRBOL DE AGUA
El ahuehuete, además de significar «viejo del agua», presenta otras posibles etimologías que, apuntando en una dirección diferente, no parecen contradecirse con el sentido profundo que las poblaciones mexicanas actuales confieren al árbol en cuanto a su relación con el agua. El fraile dominico Diego Durán nos legó una muy interesante crónica titulada Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme. En el capítulo xix del primer tomo escribe: «A ningún elemento de los cuatro tanto honró esta nación mexicana, después del fuego, como al agua». Y tras pasar revista a distintos aspectos de su culto, señala:
De las fuentes que más caso hacían eran de las que salían a los pies de unos árboles que llamamos sabinas, que en su lengua llaman ahuehuetl. El cual vocablo se compone de dos, conviene a saber, de atl, que quiere decir «agua», y de huehuetl, que quiere decir «atambor», y así ahuehuetl quiere decir propiamente en nuestra lengua «atambor de agua». A los cuales árboles nosotros llamamos sabinas. Árboles muy grandes y coposos, de que los indios hacían mucho caso, por hallarse siempre a los pies de las fuentes, en lo cual fingían divinidad y misterio. Yo pregunté la causa de llamarse «atambor de agua» aquel árbol, y dan por causa el pasar el agua por sus raíces y por hacer un suave ruido con el aire la copa y ramas de él. [24]
Nótese el detalle anotado por Durán: que —una vez más— las fuentes salían a los pies de los ahuehuetes, y no eran los árboles los que crecían a los pies de las fuentes. El hecho de pasar el agua por sus raíces se constituía, junto con el sonido del árbol, en elemento central, parte de esa divinidad y ese misterio que alberga la existencia del árbol.
Delineando siempre configuraciones distintas, los troncos de los ahuehuetes centenarios nunca son iguales. Constituyen siempre expresiones individuadas, ejemplos de particularidad vegetal: achatados, ensanchados, con tres ejes centrales o bifurcados, la diversidad de ahuehuetes pareciera integrar un catálogo de árboles singulares. Pero, a la vez, tras la multitud de formas, hay un ser único y primordial. El Ahuehuete pareciera representar un árbol arquetípico en la cultura mexicana; no sólo en la tradición indígena y milenaria, sino también en el imaginario contemporáneo. Un árbol-agua, un árbol-vida, un árbol de existencia mayor que el ritmo humano de la historia.
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[1] A lo largo del territorio mexicano existen diversas denominaciones en lengua indígena para nombrar al árbol: matéoco en tarahumara o rarámuri; pénjamu en purépecha; quiztsincui en zoque; chuche en huasteco; yaga-guichi en zapoteco, etc. (Villa-Salas, Alonso y Martínez, 1998, citado en Martínez [1999, p. 13]).
[2] No obstante, existe otra versión que no pertenece a la tradición oral, sino a los estudios sobre arbolado realizados por expertos en el parque de El Retiro. En las páginas 6 y 7 de su informe del 20 de noviembre de 2014, se dice: «de esta época [1764] es el gran parterre estilo francés diseñado por Mulot bajo la dirección de Robert de Cotte, rehecho varias veces, a lo largo de su historia, la última en 2012, especialmente en la reposición de las plantaciones de boj. En él se encuentra el árbol más famoso del Retiro, el Ahuehuete “árbol viejo del agua” (Taxodium mucronatum), de edad incierta, que algunos cifran en más de trescientos años, si bien estudios recientes parecen aproximarle más a doscientos, lo que coincidiría con las plantaciones posteriores a la destrucción causada en la guerra de la Independencia. Esa guerra supuso casi la destrucción del parque y la desaparición de muchos de sus elementos. Consecuencia de ello es que el parque del Retiro, aun siendo un parque histórico-artístico, no cuenta apenas con elementos vegetales de una edad superior a los doscientos años». De esta manera, el ahuehuete bien podría haber sido plantado tras la devastación del parque del Retiro durante la guerra de la Independencia, y no remontarse a una edad tan antigua como la que le concede la tradición.
[3] Según el decreto 19/92 del 26 de marzo de 1992.
[4] De Précy (2018, p. 43).
[5] Luque (1921).
[6] En el norte, el ahuehuete alcanza hasta Texas, y hacia el sur, rebasa incluso el estado de Chiapas, alcanzando el noroeste de Guatemala. No se lo encuentra en las penínsulas de Baja California y de Yucatán.
[7] Juan Rulfo, El fotógrafo Juan Rulfo, Editorial RM, México, 2018. Las imágenes figuran en las páginas 166 y 167. De la segunda fotografía, «Alicia en el bosque», existen dos tomas: una con la niña de frente y otra de espaldas.
[8] Villanueva Díaz et al. (2010).
[9] Es interesante anotar que, en la «Leyenda de los Soles», relato mitológico de los antiguos nahuas donde se cuenta la sucesión de eras cosmogónicas, el ahuehuete constituyó un elemento principal que sirvió como canoa. El Cuarto Sol (nahui atl), el último, finalizó con una inundación: «todos los cerros desaparecieron, porque hubo agua cincuenta y dos años. […] Titlacahuan llamó al que tenía el nombre de Tata y a su mujer llamada Nene, y les dijo: “No queráis nada más; agujerad un ahuehuetl muy grande, y ahí os meteréis cuando sea la vigilia y se venga hundiendo el cielo”. Ahí entraron; luego los tapó y les dijo: “Solamente una mazorca de maíz comerás tú, y también una tu mujer”. Cuando acabaron de consumir los granos, se notó que iba disminuyendo el agua; ya no se movía el palo [esto es, encalló el ahuehuete en la arena nuevamente seca]». («Leyenda de los Soles», 1992, pp. 119-128). La pareja sobrevivió cuando se «hundió el cielo», es decir, al precipitarse el diluvio, en el interior del tronco de ahuehuete, flotando sobre las aguas.
[10] Tras la elección del nuevo tlatoani, uno de los nobles se dirigía a él en estos términos, comparando al gobernante con un ahuehuete capaz de albergar bajo su sombra a los súbditos y propiciar la bonanza del reino y la prosperidad general. Decía: «¡Oh, señor! Entre vuestro pueblo y vuestra gente debaxo de vuestra sombra, porque sois un árbol que se llama púchotl o ahuehuetl, que tiene gran sombra y gran rueda, donde muchos están puestos a su sombra y a su amparo, que para eso os ha puesto en este cargo. Plega a Dios de os hacer tan próspero en vuestro regimiento que todos vuestros súbditos y vasallos sean ricos y bienaventurados» (Sahagún 2000, libro vi). La homología entre el tlatoani gobernante y el ahuehuete surge, de esta forma, explícita.
[11] Véase Heyden (1993).
[12] Montes de Oca (2013).
[13] De la Serna (1953).
[14] También la medicina tradicional mexicana, desde la época precolombina hasta la actualidad, ha considerado al árbol como un recurso terapéutico y salutífero de primer orden, empleándolo en distintas recetas herbolarias a lo largo del país. Las hojas, corteza, resina e incluso raíces del ahuehuete se usan habitualmente como remedio en poblaciones indígenas y mestizas. La resina sirve para curar heridas, úlceras y afecciones cutáneas, a la manera de eficaz cicatrizante; también para sanar dolores causados por frialdad, preparando en infusión raíces tiernas (Martínez, 1969). La corteza, quemada o en decocción, se emplea como astringente, diurético y cicatrizante, para sanar quemaduras, e incluso en tratamientos ginecológicos; las hojas se preparan para tratar males cutáneos, reumatismo e hidropesía, así como dolor o hinchazón, debido a sus propiedades anestésicas (Caballero Nieto y Cortés Zárraga, 1982-2011); un remedio a base del látex se usa contra la gota, y las semillas y conos del árbol, en infusión, para tratar problemas renales. Al ahuehuete también se le atribuye eficacia terapéutica en el tratamiento de diversos padecimientos como hidropesía, presión arterial, hemorroides, trastornos menstruales, varices y afecciones cardiacas; asimismo, se lo utiliza como tónico (Zolla et. al., 2009).
[15] A este respecto, escribe Humboldt, con anterioridad, en la misma obra: «La intendencia de La Puebla ofrece también a la curiosidad del viajero uno de los más antiguos monumentos de la vegetación. El famoso ahuehuete, o ciprés del pueblo de Atlixco, tiene […] setenta y tres pies de circunferencia, y midiéndolo por la parte interior (pues su tronco está hueco), tiene quince pies de diámetro. Por consiguiente el ciprés de Atlixco tiene con corta diferencia el mismo grueso que el baobab (Adansonia digitata) del Senegal» (Humboldt, 2014 [1822], lib. III, cap. viii, p. 159). La referencia sobre el ahuehuete de Santa María del Tule se encuentra en el apartado que trata la «Intendencia de Oaxaca» (lib. III, cap. viii, p. 171).
[16] Existe una larga controversia acerca de si el gigante de Tule es un único ahuehuete o el resultado de haberse amalgamado o fusionado varios de ellos —tres, en concreto, según se dice— en un solo árbol, que no parece llegar a esclarecerse (aunque la opinión actual es que, efectivamente, constituye uno solo). Véase, por ejemplo, Debreczy y Rácz (1997).
[17] Homenaje, tal vez, a su ancestralidad, fue declarado en 2003 Patrimonio Cultural de la Humanidad por la unesco.
[18] Mayer (1947, p. 236).
[19] Villanueva Díaz et al. (2014).
[20] Véanse dos interesantes estudios sobre el Bosque de Chapultepec en Heyden (2002) y De la Luz y Torres (2002).
[21] Martínez (1999).
[22] Díaz del Castillo (1984).
[23] Véase la página dedicada al Museo Anahuacalli: <http://museoanahuacalli.org.mx/museo/que-es/>
[24] Durán (1984, tomo 1, cap. xix, p. 173).
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