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En un ensayo publicado por la revista Otra Parte en septiembre de 2019, el investigador argentino Leandro Donozo escribió que «la crítica tiene que ser más que informar y emitir juicios. Un texto puede ser, con todas las comillas y las salvedades del caso, una forma de obra, a medio camino entre el periodismo […] y la literatura, pero con un peso propio, con algo que aportar en un sentido comparable al que una nueva [obra] puede ofrecer. Una crítica puede ser también una herramienta de construcción artística y social. Quizás, la crítica pueda ser una forma de producción, y la producción, una forma de crítica».
Tal vez parezcan expectativas muy elevadas, pero son necesarias para producir un tipo de crítica literaria en el que confluyan el texto y el archivo, el gusto personal y una mirada informada sobre la especificidad del texto y la forma en que este cumple o traiciona sus propósitos, literatura y mundo, la experiencia individual del lector y el carácter social de la producción y la circulación de literatura. La posibilidad de que los textos, al margen de su inevitable condición de mercancía, continúen produciendo verdad y sentido y que, así, la literatura siga siendo relevante para la discusión pública depende estrechamente de que la crítica literaria renuncie a los vicios que la convierten en «mala crítica» para producir, ella también, verdad y sentido.
Goodreads y las reseñas de los usuarios de Amazon son una anticipación del futuro que nos espera si la crítica no hace su trabajo, todas esas opiniones de compradores que han llegado a los textos por alguna razón y tienen juicios singularísimos que demuestran su profunda incomprensión de lo que han leído: en julio de 2017, por ejemplo, un comprador de la edición norteamericana de Matar a un ruiseñor admitía que no había leído el libro pero le daba solo una estrella de todas maneras porque no le gustaba cómo estaban guillotinadas las páginas de su ejemplar; en mayo de ese año alguien se limitaba a afirmar que «Atticus Finch es un racista chiflado y es momento de que lo bajemos de su pedestal»; un año antes, otro se quejaba de que había «demasiados personajes en las primeras páginas» y que no estaba claro quién era quién; para uno más, se trataba de «el libro más aburrido del mundo: léelo solo si no disfrutas de tu vida»; otro, por el contrario, y también sin ninguna fundamentación, decía: «Es un libro agradable, me gustó bastante».
Una crítica literaria que no avance sobre el gusto y la opinión no tiene ninguna razón para merecer más lectores que los de estas reseñas, o mejores, y carece de cualquier posibilidad de competir con quienes establecen reputaciones en los entornos digitales. Según la plataforma ShowMB, solo cinco «influencers de libros» (sic) se dividen un público en crecimiento que se aproxima a la literatura a través de estos prismas deformantes; sus presentaciones conforman programa: «Mis hobbies son la fotografía artística y la lectura. Juntos crean la combinación perfecta para conocer la magia de los libros», se presenta uno de ellos; otro dice: «Me gusta sumergirme en cientos de proyectos de diferentes tipos y terminar todos ellos con éxito». Hay más. Ninguno de ellos proviene de un crítico profesional o de alguien que haya realizado estudios literarios de cualquier tipo en cualquier grado, pero su interés en la literatura es notable en comparación con el de quienes compiten por el interés de su público. La «superestrella francesa de Instagram Maddy Burciaga» acaparó titulares en la prensa en enero de 2021 por recomendar libros falsos, por ejemplo, simples cajas de cartón con cubiertas de libros impresas en ellas, a los seguidores que quisieran «decorar su casa, pero no leer», y el incremento del teletrabajo y de las videollamadas a raíz de la pandemia hizo que Amazon lanzase al mercado un papel de pared que consistía en la fotografía de una biblioteca repleta de libros: las existencias se agotaron en pocas horas.
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«Los escritores mueren dos veces, primero sus cuerpos, luego su obra, pero lo mismo producen libro tras libro, como pavos reales desplegando sus colas, una maravillosa llamarada de color que muy pronto es arrastrada por el polvo», escribió Leonard Michaels; para no confundir el polvo con alguna sustancia más nutritiva y para evitar la segunda muerte de los textos que conforman y dialogan con nuestra sociedad, es necesaria una crítica literaria que presuponga los prejuicios del lector y la facilidad con la que este es manipulado por una industria cultural cada vez más centrada en la producción de sentimentalidades fatuas y de fácil digestión y que trascienda a ambos; que trabaje contra la lectura mimética de la ficción, emanación de hábitos de lectura inculcados por la institución escolar, en el marco de la cual el escritor habla al lector «de lo que conoce» o, peor aún, «de lo que le pasó» reduciendo la literatura a mal periodismo; que establezca por fin una distinción clara y seminal entre «autor» y «narrador», entre el asunto de los libros y lo que estos significan también en términos de forma y como expresión de una cierta historia de las técnicas literarias; que no se limite a dar cuenta de intenciones, sino que las ponga a prueba y especule sobre qué dicen acerca de la idea de autor, sobre el negocio editorial, sobre la discusión pública en torno a los libros en tanto repositorios de formas posibles de vida, como proyectos utópicos de vidas y sociedades probables; que trabaje contra el abismo cada vez mayor que existe entre el juicio crítico y las opiniones de los consumidores del que ya hablaron en 2019 José Antonio Luna y Raúl Sánchez en un artículo para Eldiario.es en el que constataban que la popularidad entre los espectadores de ciertos filmes iba en proporción inversa a la valoración de los críticos cinematográficos y existía al margen de los criterios que estos utilizaban para abordar las obras fílmicas como el concepto de autor o los movimientos estéticos y políticos en cuyo marco esas obras habían sido producidas.
Se trata de una tarea inmensa, que requiere de una vitalidad y de una exigencia que tal vez la crítica literaria en español no esté en condiciones de ofrecer en este momento y que, sin embargo, resultan urgentes. Una etapa de Cuadernos Hispanoamericanos llega a su fin con la marcha de su séptimo director, Juan Malpartida, y estas reflexiones en torno a la crítica pretenden también recordar el propósito y el sentido de una publicación que algunos leíamos mucho antes de tener la oportunidad, y el placer, de escribir en ella. Una de las manifestaciones más visibles de la defección de la crítica literaria en español está en la evidente falta de calidad de los libros más celebrados de la literatura hispanoamericana de los últimos años, lo que demuestra, una vez más, el hecho de que no puede haber buena literatura donde no hay una crítica literaria «buena». Lo que queda por hacer para salvar la crítica literaria en español de la instrumentalización por parte de la industria, de su desconocimiento por parte de muchos lectores y de la pobreza de los criterios con la que la ejercen algunos de sus miembros es, tal vez, enorme, pero consiste en un esfuerzo que los críticos deben (debemos) estar dispuestos a hacer, ya que, como escribió el joven crítico alemán Michael Hasin en 2015, «para escribir crítica se necesita fe, no en Dios, sino en la literatura. Los críticos tienen que creer que esta es buena no solo para ellos sino también para los demás. Tienen que ser fundamentalistas, tienen que hacer proselitismo». Y si es así, es mejor que comencemos cuanto antes.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]