Azorín vivió en París desde primeros de octubre de 1936 hasta finales de agosto de 1939, con lo que, a diferencia de Baroja, no llegó a conocer la atmósfera precedente a la ocupación alemana. Y como éste, se mantuvo gracias a las colaboraciones en periódicos americanos, en su caso limitadas a La Prensa de Buenos Aires. Además, después de los primeros días en el hotel de la antigua estación de Orsay, Azorín residió siempre muy lejos del Colegio de España (aunque visitara allí a Baroja): en barrios burgueses de la Rive Droite. Tras algunas semanas en un hotel de la zona de la Madeleine cercano a la Capilla Expiatoria, pasó el resto de su estancia en un piso amueblado de la elegante calle Tilsitt, concéntrica a la plaza de L´Étoile.

 

Como sucede con Baroja, prácticamente todo lo que escribió Azorín en los años 40, a su regreso a España, está impregnado de su nostalgia de París. París (1945) constituye la principal fuente de información de los movimientos y los lugares del escritor en esa ciudad. En sus paseos, casi siempre solitarios, Azorín nota la diferente fisonomía de los barrios, los distintos estilos de los parques. Describe el funcionamiento del metro, los productos de los mercados, los carteles publicitarios. Le fascinan el rito oriental de Saint-Julien-le-Pauvre, ciertos callejones sin salida. Frecuenta los puestos de libros viejos junto al Sena, pasa horas plácidas en los cementerios, en los jardines de plazoletas escondidas. Capta los matices del gris de la luz, de los cielos nublados. Pero, con todo, algunas de las páginas más intensas sobre la experiencia parisina de Azorín (su llegada en tren o su mágica evocación de los platos y los postres de la cocina valenciana, de la miel y las hierbas aromáticas de su tierra, por ejemplo) se encuentran dispersas en obras que poco o nada tienen que ver con esta ciudad, como las Memorias inmemoriales, El enfermo, Valencia o Capricho. Por otro lado María Fontán (1943) estiliza en un pastiche irónico, de falsa novela rosa, el contraste entre los ambientes elegantes del París que deja atrás y los del Madrid del regreso, un Madrid muy cambiado que le inspirará nuevas y significativas colaboraciones en La Prensa de Buenos Aires.

En su biografía de Azorín (1942), Ramón Gómez de la Serna, desde la lejanía porteña, afirma que Azorín injustamente puede parecer escapista al no reflejar el clima sombrío de crisis, el desasosiego en que encontró sumido a París en un momento especialmente conflictivo. Pero, según él, su atención estaba totalmente absorbida en la guerra de la lejana España, así como en los españoles que llegaban huyendo de ella. En los años cuarenta Ángel Cruz Rueda puso en circulación el rumor de que Azorín durante la Guerra Civil desde París hizo de mediador en canjes que salvaron la vida de muchos prisioneros de ambos bandos. A falta de una biografía rigurosa, lo único que se puede asegurar es que los cuentos de Españoles en París (publicados sucesivamente en La Prensa de Buenos Aires y recogidos en volumen en 1939) sugieren un trato estrecho con fugitivos de la zona republicana.

Españoles en París constituye una doble excepción positiva en la obra de Azorín. Su imagen de la capital de Francia es por lo general la de un flâneur solitario que, si acaso, a veces se ve con exiliados afines (amigos como Baroja, el doctor Teófilo Hernando o el escultor Sebastián Miranda). Y en estos cuentos se enriquece con una variada galería de tipos humanos: familias de clase media, sacerdotes, aristócratas, pintores, periodistas. Pero, además, su literatura, caracterizada por la serenidad, la contención y la delicadeza, se carga de un doloroso dramatismo con estos españoles de París. Pues son personajes desarraigados, atormentados, errando como sonámbulos por indiferentes lugares de paso: hoteles, estaciones e iglesias.

En la primavera de 1936 Gonzalo Torrente Ballester llega a París becado para consultar un manuscrito medieval en la Biblioteca Nacional; en octubre volverá a España, donde entre 1941 y 1942 redacta la novela Javier Mariño, publicada un año más tarde. El protagonista, así llamado, refleja en gran medida las experiencias parisinas del autor, unos meses particularmente intensos ya que su deslumbramiento ante la gran ciudad en un momento muy complicado coincide con el estallido de la Guerra Civil, que siguió a distancia, obligándolo a plantearse el regreso y, por consiguiente, a tomar partido. La involución de Javier Mariño en contacto con los más amplios horizontes de París y su reacción a las noticias de la guerra española componen una figura estrictamente ortodoxa, ejemplar para la ideología de los sublevados y de una derecha fascista en general (de ahí que Torrente Ballester en ediciones más recientes suavizara los rasgos particularmente ofensivos de un personaje tan antipático).

Al poco tiempo de distribuirse, la censura hizo secuestrar la novela precisamente por lo que, al margen del protagonista y sus ideas, todavía merece ser leída: un retrato espléndido del París de 1936, cuya libertad de costumbres y ebullición política resultaba intolerable a la pacata y represiva España de la inmediata posguerra. Ya que, como sucede en las novelas de formación, Javier Mariño, a pesar de sus prejuicios y de su tenaz rechazo, se expone a una gran variedad de entornos antagónicos.

Mariño se aloja, no en el Colegio de España, sino en otra institución de la Cité Universitaire, de cuya heterogénea arquitectura ofrece una imagen complementaria de la de Baroja. Y, sobre todo, aparece rodeado de estudiantes de todo origen que discuten libremente sus ideas e inquietudes y viven una sexualidad desinhibida.

Torrente Ballester sigue los pasos de los universitarios por sus lugares habituales (los comedores, el parque de Montsouris) así como sus salidas a los restaurantes y cabarets de Montparnasse. Describe las manifestaciones comunistas, los mítines de la sala Wagram en defensa de la República española (en los que intervienen hispanistas como Jean Cassou), los alborotos de los activistas de extrema derecha. Nos hace asistir a las reuniones hieráticas y rancias de casa de Eugeni d´Ors.

El aire del tiempo queda fijado en las alusiones a las canciones de moda, a la publicidad del metro, a la boga de Rilke y de la reciente traducción de las cartas de Katherine Mansfield con prólogo de Gabriel Marcel. Torrente Ballester enfoca los barrios obreros con la sensibilidad del realismo poético del cine de aquellos años: al igual que en las películas de Marcel Carné, René Clair o Jean Renoir, en Javier Mariño los faroles, las ventanas iluminadas y el cafetín de la esquina destacan en la noche vacía de las calles. Incluso, por contraste, no falta un fin de semana aristocrático en un château campestre, como en La regla del juego.

Amenazado por la FAI (Federación Anarquista Ibérica), en octubre de 1936 Josep Maria de Sagarra cruza la frontera francesa ayudado por la Generalitat. Poco después es acogido en París por sus amigos los escritores Jérôme y Jean Tharaud, a quienes se debe el hecho sorprendente de que el exilio de la Guerra Civil española diera lugar a un magistral libro de viajes por los exóticos mares del Pacífico, en lengua catalana: La ruta blava (La ruta azul). Pues estos dos hermanos organizaron a Sagarra un crucero en un barco de las Messageries Maritimes. Via Marsella y Guadalupe, su mujer y él llegaron a Tahití, donde pasaron varios meses, visitando también otras islas cercanas. El extraordinario libro fue redactado día a día, por lo que presenta la inmediatez de un diario.

En la larga travesía de vuelta Sagarra escribió también los poemas de Entre l´Equador i els Tròpics. Y de nuevo en París y hasta su regreso a Barcelona a finales de 1940, trabajó intensamente en la magnífica traducción al catalán de la Divina Comedia que, patrocinada por Cambó, había emprendido en 1935 y de la que se habían llegado a publicar algunos cantos en La Veu de Catalunya.

En Historial de un libro Luis Cernuda afirma que su estancia en París de julio a septiembre de 1938 fue una de las épocas más miserables de su vida. Su primer contacto con Inglaterra en los meses anteriores había resultado un fracaso y las malas noticias que ahora le llegaban de la Guerra Civil le hicieron desistir del regreso a España.

En A una verdad. Luis Cernuda, el volumen de ponencias del congreso que en 1988 la Universidad Internacional Menéndez Pelayo dedicó al poeta sevillano, Rosa Chacel lo recuerda alojado con ella y otros españoles en el hotel Médicis, de la calle Monsieur-le-Prince, en el Barrio Latino (un hotel de larga tradición literaria y artística donde habían residido, entre otros, Verlaine, Alejandro Sawa, Gómez Carrillo, los hermanos Machado, Buñuel y Borges). Rosa Chacel creía detectar todavía la huella del hambre padecida en Valencia en la languidez elegante que Cernuda exhibía en la terraza del café Capoulade en «la dulzura del otoño parisino». Según su biógrafo Rivero Taravillo, el poeta pasaba largas horas a solas en su cuarto trabajando en «Resaca en Sansueña» y «Atardecer en la catedral», dos poemas de Las nubes que terminaría más tarde en Londres. También daba frecuentes paseos por el cercano jardín del Luxemburgo, que, con la delicadeza simbolista de sus estatuas y avenidas de plátanos y castaños, le inspiró «La fuente» (terminada el 22 de julio), un crepuscular monólogo de la fuente de dicho jardín (quizá el surtidor del estanque, más que la mitológica fuente Médicis), que, con su brotar recurrente, el continuo caer y alzarse de su agua, parece rescatar la caducidad de las pasiones humanas.

Al terminar la Guerra Civil los exiliados que, como Azorín o Baroja, van a volver a España más o menos pronto se cruzan en París con los que llegan huyendo del desenlace adverso y que un año después nuevamente tendrán que escapar del rápido avance alemán (por ejemplo, Rafael Alberti o José Herrera Petere).