POR LETICIA PÉREZ CASTELLANOS

Aproximarnos a una descripción de los museos de una región o país es una tarea compleja. Esta institución, o ente cultural, es diversa, dinámica y elusiva. Existen museos de todo tipo, tamaño y presentación: desde aquellos que ocupan edificios fastuosos construidos ex profeso hasta los que se descubren tras la puerta de una casa particular, en una ciudad pequeña en el interior del país; desde los que son financiados por el Estado hasta los puestos en marcha por pequeñas comunidades con sus propios recursos; los hay que se atienen a la condición de entidad no lucrativa que subyace a la definición canónica de museo y también establecimientos comerciales que como «museo» se promocionan.

Para conocer este panorama en un país como México, podría parecer fácil dirigirse a la página web de la administración cultural y buscar el número de museos y sus características principales. Sin duda, con esta aproximación obtendremos datos generales como los que encontramos en el Sistema de Información Cultural (SIC) de la actual Secretaría de Cultura (SECULT) de México, en cuyas bases de datos hallamos mil doscientos ochenta y seis museos. A través de esta herramienta, es posible indagar sobre su ubicación geográfica, nombre y temática por medio de campos preestablecidos, además de permitir una búsqueda abierta por palabra clave, adscripción y fecha de fundación. El problema radica en que estos datos son muy generales, lo que limita el conocimiento en profundidad: por ejemplo, su evolución en el tiempo, la integración de sistemas o redes de museos o bien saber el contexto en el que se impulsaron, quién o quiénes lo propusieron y bajo qué parámetros operan día a día.

Planteo aquí una discusión que tuvo su origen en el encuentro de dos miradas en torno a este panorama, una externa y otra interna. El entrecruzamiento de ambos puntos de observación me ha llevado a una reflexión sobre la compleja situación de los museos en mi país; también acerca de la propia definición del museo, su devenir histórico en el contexto mexicano y, sobre todo, su situación actual más allá de la titularidad.

En 2010 tuve la oportunidad de colaborar con el programa de cooperación internacional Ibermuseos en las tareas iniciales para la puesta en marcha del Observatorio Iberoamericano de Museos, línea de actuación que, dentro de este programa, tutela España. Se trata de una herramienta de carácter interinstitucional, intergubernamental e interdisciplinar para promover el conocimiento y la comprensión de la diversidad museal de Iberoamérica. Con la ayuda de las becas para la formación de profesionales iberoamericanos en el sector cultural, otorgadas por el entonces Ministerio de Cultura, me incorporé, durante nueve semanas, para apoyar la estructuración de un primer estado de la cuestión de los museos iberoamericanos. La idea era sentar las bases para lo que más tarde se convertiría en el Registro de Museos Iberoamericanos (RMI), que funcionaría como un recurso de gestión de la administración pública para respaldar al sector (Observatorio Iberoamericano de Museos, 2013). Mi tarea fue desarrollar un reporte de la situación de los museos en los veintidós países iberoamericanos, que incluía el propio. Con una mirada externa y desde un escritorio de la Subdirección General de Museos Estatales, debía localizar lo que estuviera disponible en internet acerca de los marcos institucionales y legales, las definiciones de museo que tenía cada país, sus sistemas de acreditación, el número de museos, sus temáticas generales y las titularidades. Una investigación así hubiera sido impensable hace unos años. En el 2010, en algunos de los países investigados, los fundamentos para un Gobierno abierto, de transparencia y el acceso a la información eran incipientes, y en los veintidós países que cubría el estudio los datos eran desiguales.

Resulta interesante retomar dos elementos de aquella experiencia. Por un lado, conocer y experimentar lo que México mostraba al exterior, cómo plasmaba su estructura, su entramado institucional y panorama museal a través de los portales públicos a los que, desde el extranjero, se podían acceder. Y, por otro lado, conocer de primera mano las impresiones de nuestros homólogos del Ministerio de Cultura de España y ver cómo México y su compleja institucionalidad eran, al final, un enigma para la mayoría: «Pero ¿cómo?, ¿no cuentan con una secretaría de Estado o ministerio dedicado a la cultura? ¿Por qué existen dos institutos? ¿Qué es el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)? ¿Qué es el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)? Y todos esos museos, ¿a quién se adscriben?». Ésta fue la mirada externa: vernos desde lejos y pensar que este sistema y una larga historia no lineal y compleja de más de doscientos años, con variadas bifurcaciones, eran ininteligibles para alguien extranjero, incluso aunque perteneciera al ámbito de los museos y de las instituciones culturales.

La mirada interna vino desarrollándose durante los últimos años. El trabajo inherente a la docencia e investigación en el Posgrado en Museología de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, de la Ciudad de México, ha permitido conocer una diversidad de casos incluidos en las tesis de los alumnos; también se ha visto materializado en la investigación y el trabajo de campo realizado en la diversidad de museos que hay en el territorio nacional. Este contacto cercano nos llevó a conocer el panorama sobre el terreno, a entender y cuestionar la complejidad de esta área de trabajo y de investigación. Así surgieron varias dudas y planteamientos. Por ejemplo, al indagar de cerca en casos de estudio, Fraustro Cárdenas, alumna del posgrado, quien desarrolló su investigación sobre los museos comunitarios de Zacatecas, detectó que el Museo Comunitario IV Centenario, ubicado en la comunidad mestiza y de población migrante de Pinos, Zacatecas, en realidad está sostenido por una asociación civil. Este hallazgo se contrapone a la idea común en México de que la etiqueta «comunitario» se refiere o se atribuye a aquellos museos ligados a poblaciones indígenas, o bien a museos establecidos por el consenso general. Hemos visto que el adjetivo «comunitario» se adscribe a una diversidad de museos y de vertientes, desde los que se constituyeron «de arriba abajo», por una política cultural implantada desde las entidades centrales de la cultura, hasta los establecidos de «abajo arriba», por iniciativas sociales de todo tipo, incluidas las de comunidades tradicionales de poblaciones indígenas.

Asimismo, durante una visita a la pequeña ciudad de Huamantla, en Tlaxcala, conocimos los principales museos: el Museo de la Ciudad, el Museo Nacional del Títere y el Museo Taurino de Huamantla. Tuvimos la suerte de contar con la guía del cronista local, quien también nos habló y nos condujo a otros espacios menos formales, un Museo de la Fe en ciernes, que se ubicará en uno de los templos religiosos en funciones, y un «museo» dedicado a los vestidos de la Virgen. La visita a este espacio sui generis, en un domicilio particular, consistió en conocer el lugar de la producción de los vestidos: ver de cerca, sin que mediara una vitrina, los atuendos, bordados en hilo de oro, que anualmente son confeccionados para la imagen religiosa, así como poder entablar conversación con los miembros de la principal familia de bordadoras a cargo del trabajo. Por lo que si atendemos a las definiciones formales: ¿esto es un museo?

Al acercarnos más a estos espacios y conocer de cerca su historia y desarrollo, podemos advertir que se trata de sitios diversos en donde median distintos contextos: intereses estatales, la idea de atraer al turismo o iniciativas ciudadanas locales. Algunos de estos proyectos son liderados, en gran medida, por un agente clave: el cronista y un grupo de interesados en el rescate de la historia del lugar. En esta ciudad de gran arraigo ganadero, hace ya varios años, dicho grupo puso en marcha la «tradicional» Huamantlada, un encierro de toros a la manera de los Sanfermines en Pamplona (España) que, actualmente, atrae a miles de turistas cada agosto.

Entonces, ¿cómo se articulan estos museos? ¿A quién se adscriben? La mayoría de los sistemas de cultura en los países distinguen tres titularidades generales: la pública, la privada y la mixta. En la plataforma de reciente lanzamiento del Registro de Museos Iberoamericanos (RMI) se consideran de

Titularidad privada.— Asociación, eclesiástica, empresarial/societaria, fundación, unipersonal/particular, varias entidades privadas y otros.

Titularidad pública.— Nacional, regional/estado/departamento/provincia, municipal/local, varias entidades públicas y otros.

Titularidad mixta.— Varias entidades públicas y otros.

 

No es fácil establecer y uniformar parámetros funcionales para los veintidós países, pues las clasificaciones nacionales deben quedar asimiladas a este esquema suprarregional. En 2010, cuando consulté el portal del SIC para el caso mexicano, la clasificación incluía otras categorías como museo comunitario o universitario (Pérez Castellanos, 2014). Del cruce de las dos miradas que he descrito me surgieron todo tipo de preguntas: qué otorga a un museo el título de nacional, cómo se articula un segmento de la sociedad para establecer un museo de la ciudad y qué hacer con los autonombrados museos, los cuales no son oficialmente reconocidos y, por ello, no figuran en los registros de plataformas como el SIC o el RMI.

 

LAS DEFINICIONES

Una primera consideración se relaciona con la definición misma de museo. ¿Qué tipo de instituciones o establecimientos se incluyen en estos mapeos?, ¿qué condiciones deben cumplir? El término «museo» es de por sí problemático. Los museos e instituciones afines se diversificaron a mayor velocidad que sus definiciones, por lo cual los organismos que se preocupan por nombrar y etiquetar bajo un concepto a estos espacios, como son las asociaciones de profesionales o las administraciones culturales, se enfrentaron a una realidad: en los diccionarios o en la legislación definen al museo en un sentido formal mientras que la sociedad y los propios museos se transforman a un ritmo vertiginoso.