Parece imposible mejorar el uso invertido de una anécdota para mostrar el progresivo desencanto revolucionario de los protagonistas y dobles de Mendoza. Así, si, en «El desertor», el guerrillero muerto, Ramiro Osorio (Osorito), es un amigo juvenil de Andrés, «pequeño, tímido, sigiloso», que éste podría imaginarse «de monaguillo» sin esfuerzo (13), alguien al que acaba escondiendo en su casa de Barranquilla, cuando es perseguido por la policía (59-63), y llevando con su coche a Ciénaga, municipio desde donde pretende unirse a la guerrilla (69-70); en Años de fuga, este guerrillero al que se rinde homenaje, bautizando con su nombre una Brigada, Rozo, ya no se trata de un amigo sino de un conocido, alguien que presidía las reuniones de las Juventudes Comunistas en Bogotá a las que Manuel asistió de joven, pero con quien no simpatizó en absoluto por considerarlo como «un tipo extraño y muy desagradable», una «especie de portero resentido» con «una personalidad agresiva» (299-300).

Las caracterizaciones de los guerrilleros y el cariz afectivo de las relaciones mantenidas con ellos por los protagonistas de ambos textos no pueden ser más antitéticas. También lo serán sus reacciones ante la revelación de las rememoraciones. Mientras que Andrés, al leer «distraídamente» la pintada en el muro: «VIVA RAMIRO OSORIO EL GUERRILLERO», pide a sus amigos (Lorenzo y Paula) que detengan el coche y la contempla durante un «largo rato», antes de continuar su camino, respondiendo con una escueta respuesta a la pregunta de Lorenzo sobre la identidad del guerrillero. De este modo, la narración, fiel a los principios declarados por Mendoza a Gilard, «no trata de meter de contrabando análisis políticos o ideológicos» (228), dejando un final de relato en que el protagonista, a pesar de su deserción de la causa guerrillera, no parece impugnar el ideal que hay detrás de una lucha armada, que es indudable que aún goza de cierta popularidad. En Cinco días en la isla, el descubrimiento se produce al final del capítulo y deja a las claras el arrepentimiento de Manuel de su pasado revolucionario y la aceptación del comunismo como «una forma de barbarie»:

—Él y sus amigos eran unos hampones con una jerga comunista —dice Claudia—. No entiendo cómo pudiste tú mezclarte con ellos alguna vez.

—Tampoco yo lo entiendo. Quizás era algo que estaba en los vientos de la época. Las utopías políticas cumplen un papel similar al de las religiones: ofrecen una respuesta a toda clase de problemas e infortunios. Pero, no sé por qué, acaban siempre tiñéndose de sangre.

—Para mí todo eso no es sino una forma de barbarie —dice Claudia.

—Lo es. Pero a veces hay que esperar un siglo hasta que se les vea su verdadera cara. Fíjate lo ocurrido con el comunismo. Rozo, y hay cientos como él, no era sino un pobre diablo lleno de resentimiento. Sus lecturas debieron limitarse a cuatro o cinco cartillas de marxismo elemental. Y ahora debe ser visto como un mártir de la causa revolucionaria.

—Así ocurrió. ¿Sabes cómo se llamaba el grupo armado que mató a Tomás, mi marido? Brigada Jesús María Rozo (302).

 

Resulta evidente que en los cinco lustros que van desde 1974 hasta 1999 la deserción socialista de los alter ego de Plinio Apuleyo Mendoza se ha resignificado. El sentimiento de derrota de Andrés en «El desertor» por haber dejado de ser el abogado de comunistas y guerrilleros en Bogotá y haber huido a Barranquilla, desde donde, al final del relato, decidirá marcharse a Europa se ha transformado en la disculpa avergonzada de Manuel por su militancia en las juventudes comunistas durante dos años, que atribuye a su fracaso amoroso con Adriana (98-106), porque en su opinión: «el marxismo es un desaguadero de toda clase de frustraciones personales» (105-106).

Esta visión de Manuel de su pasado comunista no sorprenderá a los lectores colombianos, conocedores de la figura pública de Mendoza. Lo señalado por su alter ego en Cinco días en una isla es un reflejo de lo que venía apuntando el escritor en sus artículos periodísticos de la época, en que la expiación pública de su pasado comunista se había convertido en un motivo recurrente, teniendo como broche de oro la inclusión de una cita suya en el «Index Expurgatorius Latinoamericanus» del Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. Concretamente, una en la que parafraseaba a Teodoro Petkoff, exguerrillero venezolano fundador del Movimiento al Socialismo (MAS), afirmando que «la revolución en América vencerá como socialista o será derrotada como revolución» (315).

En resumen, la anécdota anterior constituye una muestra perfecta de la importancia de la deserción revolucionaria en la narrativa de Mendoza, así como del viraje reaccionario de sus textos y personajes. Hoy en día, el lector de El desertor puede quedar sorprendido de que su autor sea el mismo que el de Cinco días en la isla, donde, aunque pueda entenderse la falta de empatía de Manuel con Rozo, resulta llamativa la ausencia del más mínimo cuestionamiento moral del asesinato del guerrillero (o hampón), a cargo de sicarios pagados por Tomás, un ajuste de cuentas que tanto Claudia como el alter ego del escritor parecen considerar normal y que sustenta las críticas de quienes acusan al escritor boyacense de simpatizar con el paramilitarismo que alimentaron las políticas de los gobiernos de Álvaro Uribe en Antioquia (1995-1997) y Colombia (2002-2010).

Este cambio de rumbo ideológico de quien fuera director de Prensa Latina para Colombia en 1959 y se declarara admirador del MAS venezolano a principios de los años setenta ha tenido su último capítulo en Entre dos aguas. En esta novela, publicada hace una década, pero ambientada a principios del milenio, la representación de militares y guerrilleros es poco verosímil y maniquea, muy alejada del enfoque crítico, pero más equidistante, de obras de temática similar como Líbranos del bien (2008) de Alonso Sánchez Baute o la excelsa Los ejércitos (2006) de Evelio Rosero. Sin embargo, lo peor es que el propósito último de la novela del escritor boyacense no parezca ser otro que la puesta en entredicho de la labor de los religiosos y de las organizaciones no gubernamentales que trataban de esclarecer la autoría de los crímenes contra los derechos humanos que se producían en Colombia en aquella época.

 

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No sería oportuno acabar sin un análisis de la narrativa de El desertor, el libro que lo situó en un lugar prometedor del campo literario colombiano de su época. Se trata de un volumen breve, formado por seis cuentos y una novela corta que destaca por la diversidad de temáticas, ambientes y técnicas empleados. Nos encontramos así con relatos escritos por un narrador en primera persona («Espejismo», «De nuevo los pinos», «El día que enterramos las armas» y «En esta hora de la noche») o en tercera («El desertor», «Paris la nuit» y «El primer día»); con narratarios («De nuevo los pinos» y «En esta hora de la noche»); inicios in media res («El desertor») y un sinfín de analepsis, recursos empleados con acierto y que consiguen mantener al lector embebido en las historias que se cuentan.

Ambientadas en lugares diferentes (París, Barranquilla, Bogotá, Caracas o Mallorca), que, a excepción de Caracas, volverán a aparecer en su obra novelística (París y Mallorca en Años de fuga; Barranquilla en Cinco días en la isla y Bogotá en las dos anteriores y en Entre dos aguas), sus historias abordan diferentes temáticas y sucesos, pero cabe destacar que, al igual que ocurre con sus novelas, prevalecen los temas del amor y de la historia colombiana, así como unos narradores o protagonistas masculinos de mediana edad «marginales», «insatisfechos», «fracasados», «desertores» en definitiva (Gilard, 227).

Tres de estos siete relatos: «El día que enterramos las armas», «Espejismos» y el que da título al volumen, abordan La Violencia,[2] estando, además, a la altura de clásicos sobre el tema como los cuentos de Hernando Téllez o El día señalado (1964), de Manuel Mejía Vallejo. Para lograrlo, Mendoza pareciera haber seguido las directrices que su amigo Gabriel García Márquez plasmara en 1959 —tras aplicarlas magistralmente en la redacción de El coronel no tiene quien le escriba (1958)— en su célebre artículo «Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia». Recomendaba Gabo alejarse del exhaustivo inventario de crímenes y la descripción minuciosa de la crueldad. En su lugar, instaba a tratar de narrar las historias de los vivos «que debieron sudar hielo en su escondite», reconociendo así que «el drama de este tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor» porque, y así concluía su texto, «no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral» (1983, 763-767).

«El día que enterramos las armas» es un ejemplo perfecto de ello. En él, Emilio Santos, un jefe exguerrillero liberal narra desde su exilio en Venezuela, el día en que escondieron las armas y disolvieron su escuadra, allá por 1953. Ocurrió tras el golpe militar de Rojas Pinilla que parecía dar fin a la violencia conservadora que había asolado a los pueblos liberales durante casi un lustro. Santos relata sin excesos y en primera persona la emotividad de este momento, las reacciones apesadumbradas de los miembros de su escuadra al despedirse, las dudas de aquellos que no sabían qué hacer con sus vidas, etcétera. Hasta que, casi sin querer, se va llegando al clímax. Primero, con la inserción sutil del ajusticiamiento a que fue sometido su amigo guerrillero Puntería cuando volvía a su pueblo; después, con la mención del asesinato de Guadalupe Salcedo (1924-1957), célebre comandante guerrillero de Los Llanos y de otros líderes de la guerrilla, apostillada por el siguiente comentario: «A todos fue cobrándoles el Ejército su cuenta, uno por uno. Es tan fácil quebrar una ramita suelta…» (90), y, por último, con la declaración de Santos, que, confesándose envejecido y derrotado para retomar la lucha armada, concluye así su relato:

Y lo peor es que las armas están ahí, aguardándonos. Al pie del higuerón. Quisiera encontrar a los muchachos que han sido picados hoy por el mismo avispón que me picó a mí. Quisiera llevarlos allá lejos, al río Meta, donde hace tantos años dejamos enterrada la guaca. Diez fusiles, un F. A., una ametralladora Thompson sirven de mucho para empezar. Quisiera decirles: «Ahí tienen, síganla muchachos, síganla, que ahora la fiesta es de ustedes» (91).

 

La fuerza de este sugerente llamado final es una de las mejores virtudes de un cuento que, como proponía García Márquez, explora el drama de los vivos, en este caso, del perseguidor (guerrillero) perseguido e impotente, acorralado por la nostalgia, una imagen que evoca magistralmente la triple repetición del verbo querer conjugado en imperfecto de subjuntivo.