
«Todas las grandes novelas no solo son grandes novelas, son también novelas grandes». Bajo esta premisa defendió Mario Vargas Llosa en una ponencia la trascendencia, el valor y el poder de la novela larga, y alabó las virtudes de las historias de mirada totalizadora que aterrizan en la mente del lector para plantar en ella un microcosmos del universo humano, ese soñado andamiaje narrativo que pretende resumir un mundo.
Esta empresa, la de concebir un universo en un solo libro, la de crear una novela total —una obra que no puede ser encajada en una sola categoría (épica, psicológica, existencialista, bélica, fantástica…) porque abarca muchas a la vez— es muy probable que sea imposible de realizar, pues se nos hace ardua la idea de poder contemplar a la vez todas las aristas de un mismo y complejo cuerpo geométrico, de un universo entero. Me viene a la mente un largometraje que expresa a la perfección esa ambición megalómana de querer llevar a cabo una acción similar: Synecdoche, New York, la película de Charlie Kaufman que muestra a un director de teatro construyendo sobre un infinito escenario una réplica exacta —en aspecto, tamaño y espíritu— de la ciudad de Nueva York. También pienso en Pierre Menard y en el despropósito ingente de querer reescribir El Quijote.
Si no existen ni la sociedad perfecta ni un mundo uniforme y con sentido, tampoco deberíamos exigir que la imagen reflejada en el papel fuera inmaculada y completa. Quizás el mayor obstáculo a la hora de construir una novela total no sea la imposibilidad de alcanzar la perfección, sino el precio a pagar a cambio: el tiempo. ¿Estamos dispuestos a invertir lustros en un texto en una sociedad en la que el tiempo es cada vez más líquido y se nos escapa entre las manos?
Tal vez, y es más que probable, no exista en todos los escritores de novela la necesidad de edificar, en algún momento de sus vidas, una historia con vigas y maderos universales. Se exaltan entonces las virtudes de la novela breve, que, como la buena poesía, con menos palabras dice y transmite tantísimo: sombras precisas que traspasan al lector y le otorgan una mejor información que la que ofrece el propio objeto situado frente a la luz. Porque es cierto que una sola historia sucinta —siempre y cuando la costura no muestre un apresurado hilván— puede encerrar un mundo: La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas, es un ejemplo impecable de relato corto que confina un cosmos, así como Los muertos de Joyce.
Una lectura breve puede otorgar simbolismos integrales y totalizadores, y acertar con un racimo de estructuras narrativas minúsculas que vierten, como sombras chinescas, rasgos mayores, precisos y contundentes. No obstante, en pocas páginas no puede captarse y transmitirse lo más importante para hacer sentir al lector que se encuentra ante una realidad multiforme: el tiempo, en su extensión máxima; la sensación de haber vivido años con una sola historia. Proust lo logró a fuerza de escribir tomos pesados.
Dostoievski hizo lo propio, por simple que pareciera la acción narrada —aunque compleja moralmente—. Y también Tolstói, Mann y Balzac. Soy algo testarudo, pero no creo que se pueda contagiar fácilmente al lector la visión del pasar de los años en un cuento breve ni tampoco la arquitectura alambicada del tiempo. Se puede pensar sobre él, como hacían Borges y Cortázar en sus cuentos, y exponer su apariencia más inminente y física, tal como los paisajes se reflejan en gotas, pero no plasmarlo en su totalidad ni dejar un poso de años vividos.
Se necesitan muchas páginas para fotografiar un lapso dilatado de tiempo, y, si no se tiene el ingenio de Joyce, Cervantes, Sterne…, sí se ha de tener al menos mucha osadía: no entretenerse demasiado midiendo las huellas que va uno dejando; darse enteramente al oficio de diseccionar el entorno y trasvasarlo al papel; escribir de manera resuelta y sin diques impuestos, y ser perseverante y no abandonar la labor por muy irrealizable que parezca, aunque esta nos pueda llevar a la locura, como le sucedió al cinematográfico Fitzcarraldo, quien soñaba con erigir un teatro de ópera en mitad de la selva y, para ello, no dudó en transportar un barco fluvial por encima de una montaña.
Ingenio, osadía, constancia, un gran número de páginas y un uso ilimitado de la propia imaginación.
Lejos de lo que se pueda pensar, la descripción totalizadora de un mundo no solo puede llevarse a cabo imitando el camino trazado por los grandes maestros del género realista; lo onírico otorga una libertad creativa que nos muestra ese mundo de forma igualmente impecable, incluso dejándonos recuerdos más perdurables. Por ello, no es de extrañar el binomio fantasía y realidad ni que tantos escritores decidieran que la mejor forma de contar una herida de su país fuera mediante el «realismo mágico» — es decir: servir lo fantástico e irreal como algo cotidiano, corriente y que no extraña a los personajes; lo mágico como realista; que la inverosimilitud del texto no resulte inconcebible.
Para retratar bien el trauma de un país hace falta construir previamente ese país, y el realismo mágico, al ser un estilo que inunda las páginas de imágenes y que permite que cada breve descripción onírica —más válida que mil palabras— equivalga a metros de texto, es un registro ideal para dicha tarea. Es idóneo porque contempla la naturaleza como un personaje más y crea una imagen orográfica que arraiga en el lector; por el uso de una polifonía narrativa que juega con el tiempo y con las diferentes voces, pudiéndose entremezclar épocas y testimonios presentes y extintos en una misma conversación; porque los personajes principales suelen ser miembros de una familia de varias generaciones que sirve de raíz guía en la tierra descrita; porque el trasunto propuesto suele hacer de calco del país entero; porque ensalza las costumbres, las supersticiones y las diferentes hablas e idiosincrasias de la nación elegida; y, sobre todo, porque los textos del realismo mágico suelen estar provistos de un lirismo muy cuidado, con metáforas y parábolas continuas, certeras alegorías sobre un territorio.
Otro punto a favor de este estilo para concretizar mundos es la narratología empleada. Las obras más célebres de este género fueron en ocasiones víctimas de narradores que bajaban al lugar narrado, al escenario novelístico, y se manifestaban y hacían de demiurgos, y este afán del narrador por inmiscuirse puede facilitar mucho la solidificación de la estructura del libro —y logra que al lector no se le haga el consiguiente «tocho» cuesta arriba—. Por ejemplo, para conocer todas las atrocidades sucedidas durante un genocidio, el narrador puede adelantar algunos sucesos bélicos, resumirlos en un solo día, dirigir la atención del lector hacia el pasado o el futuro; narrar no solo con descripciones, sino también de forma más subjetiva, dotando de conciencia a objetos y lugares, empleando monólogos interiores… Esto sucede en la magnífica obra El cuento del último pensamiento, de Edgar Hilsenrath, donde el genocidio armenio es relatado en su integridad.
La lista de autores que contaron la herida más reciente de su tierra en novelas largas y en clave de realismo mágico es amplia: Olga Tokarczuk, en Un lugar llamado Antaño, un libro en el que el tiempo es un personaje más, describió el sufrimiento de un pueblo polaco durante el siglo XX; Arundhati Roy, en El dios de las pequeñas cosas, y Salman Rushdie, en Hijos de la medianoche, resumieron los años más críticos de la India en un único tomo, con un impresionante derroche de imaginación: volcando sobre el papel espuelas cargadas de imágenes interpretativas; Edgar Hilsenrath y Günter Grass, con El nazi y el peluquero y El tambor de hojalata, respectivamente mostraron la herida que el nazismo supuso para Alemania y el mundo en dos libros de gran grosor, y Ngügi Wa Thiong’o hizo lo propio en El brujo del cuervo con Kenia y la situación poscolonial en África, rozando las mil páginas. Cien años de soledad, Terra nostra, El reino de este mundo y La casa de los espíritus ejercieron también de bisagras entre la maltratada Latinoamericana y el resto del orbe.
Con estos referentes, a mis veinte años consideré elegir el realismo mágico para intentar conjugar en un solo volumen la historia de toda la guerra civil española, la memoria de mis antepasados jiennenses y la intrahistoria de los distintos pueblos que conforman Iberia, sus costumbres y supersticiones. No era yo entonces un aficionado a la novela bélica ni al ensayo, pero pensé que una de las heridas más recientes de un país se erigía como un campo de cultivo idóneo para intentar corporeizar en miniatura la esencia misma de una nación —y para desenterrar, de camino, el alma de los que murieron a causa del conflicto y honrarlos con exequias literarias.
Sobre este mar ambicioso y ondeante me embarqué en este proyecto hace quince años: La península de las casas vacías. A los mil días de empezar el manuscrito, registré un grueso de quinientas páginas, que aumentarían a ochocientas en siete años y a mil en once. Con el paso del tiempo, surgieron algunas ofertas de publicación. Pero el libro nunca estaba terminado. El trabajo ante mí era titánico. Decidí no opositar para dedicarle todo mi tiempo a la kafkiana empresa y me mudé a distintas regiones de la península para conocer mejor el territorio descrito: Galicia, Euskadi, Cataluña, Madrid y Andalucía; recorrí 20 000 km siguiendo las huellas del conflicto por todo el país y me aislé un año en los Alpes para terminar el manuscrito, donde llené las paredes de una habitación de notas, todo un exoesqueleto compuesto por: un calendario de las cosechas de cada época del año, un mapa con la distribución provincial y de carreteras de entonces; el sistema métrico usado antaño y las diferentes monedas que se acuñaron; fotos de los uniformes de cada bando; una lista con los nombres más usados en los años treinta; gráficas demográficas; la evolución de los cargos militares de cada figura emblemática; los dichos más comunes y las canciones que tatareaba el pueblo; carteles propagandísticos de la época, recortes de periódico, los precios de la comida y del ocio en la Segunda República, la mil y una cronologías de las batallas…
El agobio ante tal cantidad de datos no hacía más que crecer, hasta que un día asimilé otro hecho irrefutable también resaltado por Vargas Llosa: que una característica de las novelas totales es que no pueden llegar a ser perfectas. Entonces supe que lo que me iba a ayudar a terminar el libro no era acumular más información, sino unir la que tenía mediante el realismo mágico.
Uno no puede contemplar un mundo a través de un catalejo inmóvil, pero sí puede imaginarse cómo será ese mundo, así como sus distintos niveles antropológicos, mirando a través de un caleidoscopio. Por poco que este gire, la realidad se expande y refleja todo lo observado de distintas formas. El realismo más estricto es una tira de papel con un comienzo claro y un final igual de exacto. El realismo mágico no pretende ni promete esa rigurosidad, pero tiene algo mejor para captar un Zeitgeist al completo: es una tira de papel que se dobla a sí misma y forma una banda de Moebius. Lo eterno confluye con el presente; el tiempo se muestra como una ficción manipulable y omnipresente.
Hay muchos caminos para emprender la vetusta tarea de resumir un mundo herido en una sola historia. Yo resalto este tándem: novela larga y realismo mágico. Sin este matrimonio, mi paso por Polonia de la mano de Tokarczuk habría sido un simple paseo, y no una estancia completa; no habría podido conocer las venas pisadas por autócratas latinoamericanos; tampoco habría visitado la Asturias previa a su Revolución desde la mirada cándida de un jovenzuelo, ni me habría molestado tanto el ruido de la Kristallnacht. ¡Tantos mundos posibles entre dos flacas solapas!
Papel, tiempo, arrojo, predisposición, entrega, delirio y ganas. Y no temer al tiempo perdido escribiendo, pues, a cambio, si uno es constante, se acaba encontrando con el tiempo recobrado.